Coyuntura

El 21D no es sinónimo de Dia “D” para Catalunya.

 

 

En el año 1958, se celebraban en Barcelona, bajo los auspicios del Obispado, y la dirección de CARITAS, unas jornadas, denominadas Semana del Suburbio. El entonces director intelectual de la organización católica de servicios sociales, aún no se llamaban ONG,s, llamaba la atención a los asistentes, sobre la peculiaridad de la población inmigrante andaluza, en relación a su capacidad de integración, en una ciudad, donde otras culturas peninsulares tenían mayores problemas para aprender el idioma y adaptarse a la forma de vivir de los barceloneses.

Según este cura, Padre Duocastella, la gran mayoría de los andaluces llegados durante los años cuarenta comprendían el catalán, y fomentaban en sus hijos el aprendizaje de dicha lengua, a pesar de que ésta no se enseñaba en la escuela.

Esa fuerza social, que ayudó a la integración de varios millones de inmigrantes y sus familias, es lo que se conoce con el nombre de Catalanismo. Durante los sesenta se convirtió en una de las culturas políticas más potentes en la lucha contra la dictadura franquista y por la democracia, y, no debemos pasarlo por alto, la fuerza política hegemónica del catalanismo, no fueron los nacionalistas, sino el PSUC.

Aquel partido supo trasformar un movimiento nacido liberal y por la “modernización” de España, en una cultura de cohesión y cambio social, del cual impregnó a las principales instituciones en lucha por la democracia, CC.OO., los movimientos vecinales y la Universidad. Penetró en todas las instituciones culturales catalanas, y fue admirado por todos los demócratas españoles.

La evolución de la democracia española, incluyendo la absorción por el PSOE y, a través del partido por las administraciones públicas, de una parte sustancial del catalanismo universitario, la crisis del eurocomunismo, y los términos de la transición, con sus líneas rojas al cambio social, facilitaron la hegemonía del nacionalismo catalán en el seno del catalanismo. Pero éste ha seguido siendo una enorme fuerza social, que ha impregnado los cambios en Catalunya, otorgándole esa aureola de “modernidad” que ha convertido a Barcelona, a pesar del “centralismo” español, en una capital mundial.

Ese catalanismo, ha sido escindido por el independentismo, donde la fuerza hegemónica, no nos engañemos, es el populismo neoliberal. Quiéranlo, o no lo quieran, los dirigentes de la izquierda española, los ejes políticos en los países del núcleo central de la Unión Europea, los países de la zona euro, viene marcados por Europa. De ahí la peligrosa deriva del actual populismo: nacionalismo, xenofobia y reivindicaciones sociales. Una mezcla que, sencillamente, recoge la bandera principal de la izquierda, que ha sido abandonada por la propia izquierda . Solo que redirige la lucha de clases hacia la lucha contra los otros, un otro de la misma condición, pero de diferente procedencia nacional y cultural.

Por ahora, el poso democrático que ha sido sustento del catalanismo impide la manifestación de los componentes más reaccionarios del nuevo populismo nacionalista de los países europeos. Pero la ausencia de posicionamiento independiente ante el “proces” de la izquierda, en su conjunto, provoca que podamos temer una mala gestión de su parte, en relación a los resultados del 21D.

El 22 D comenzará un “juego de las sillas”, para el que el PSC y los “Comunes” no parecen tener herramientas ideológicas suficientes. El catalanismo no está muerto, pero sin la izquierda se convertirá en un “franquesteín” populista. Algo que ha llegado a constituir el imaginario de una nación, no deja de actuar porque una serie de políticos no comprendan el mundo en el que se mueven. El populismo está preparado, y rápidamente, como hizo con las reivindicaciones sociales, llenará el vacío. Por lo tanto, a la izquierda solo le queda el camino de volver a ser izquierda, y proponerse la trasformación del ámbito en que hoy se deciden las cosas para los europeos, Europa.

 

 

 

 

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