Autonomías

Catalunya: El espectáculo que no cesa

 

 

Vivimos tiempos en los que la política, ha pasado a ser regida por las reglas del espectáculo. Ya no es sólo que prime la capacidad de comunicar sobre la de hacer, la de polemizar sobre la de debatir propuestas, la brevedad del mensaje sobre la reflexión. Es que se ha expulsado la razón y la metodología científica del análisis de la realidad y se ha abierto la puerta al dominio de lo irracional, del maniqueísmo, de las falsas soluciones, de las adhesiones emotivas y viscerales, de la ciudadanía convertida en fan o freaky de supuestos líderes. El mundo de la política se ha convertido en un complejo entramado de pantallas, grandes, pequeñas, intermedias que emiten sin parar una versión de la realidad trufada de diagnósticos fraudulentos, ilusiones con fecha de caducidad muy próxima y enormes potenciales de frustración. Lo que sucede en Catalunya es un buen ejemplo de ello.

 

Es que el proceso secesionista existe como propaganda, no como política GuillemMartínez en entrevista de Crónica Global del 5-02

 

Por la publicidad a Vidalandia

La política-espectáculo sustituye en el imaginario de amplios sectores de la sociedad el análisis de la realidad y las propuestas de mantenimiento o transformación de la misma por la elaboración de un relato, esencialmente simplificador, que seduzca las emociones y sentimientos. Un relato que se apoye sobre la repetición machacona de conceptos por medio de una escenificación casi permanente. El relato procesista quiere imponer la cuestión nacional como la pieza clave de la realidad catalana la principal, el elemento determinante que incorpora en si mismo un proyecto de sociedad que resuelve, o en la versión CUP crea las condiciones para resolver, todas las contradicciones existentes. Mantener esta interpretación exige un pequeño ejercito de guionistas, directores de escena, actores que representen roles de liderazgo y que con el apoyo potente de medios de comunicación establezcan una red de mensajes y representaciones que se retroalimenten permanentemente. El espectáculo no puede parar si quiere mantener su capacidad de seducción, por ello necesita, también en política, impactar, maravillar, captar primero la atención a través de la emoción y después mantenerla pendiente de lo que sucede en ese escenario virtual. Ahora bien el paso del tiempo sin que lo prometido en el espectáculo de el salto prometido y ansiado a la concreción política, es decir sin que se produzca ni la secesión ni ningún tipo serio de desconexión con el Estado español, reduce la capacidad de encantar y sitúa a los espectadores en una especie de estado de duermevela entre lo onírico y lo real. Esa postergación indefinida de lo inminente, alimenta la impaciencia, prima hermana de la frustración, y provoca que una buena parte de la sociedad catalana viva en una especie de pararealidad en la que, la independencia está siempre a punto de materializarse de forma casi mágica. Es una especie de país dentro del país, subpaís, al que la historiadora Paola Lo Cascio ha denominado como Vidalandia (1), en honor del ex -juez y ex -senador Santiago Vidal (2). Este personaje ha alcanzado gran notoriedad al hacerse público que en sus múltiples charlas de difusión de la verdad del próximo y seguro triunfo de la secesión, “desvelaba”, estaba entre amigos, la existencia de un amplio abanico de medidas y actuaciones ilegales tales como la elaboración las listas de jueces afectos y desafectos a la causa, la utilización de datos fiscales o incluso los entrenamientos de los Mossos a cargo de una misteriosa potencia extranjera (¡¿Israel?!). Más allá de esta inquietante mezcla de realidad y fantasía lo que Lo Cascio encuentra más preocupante es que los ciudadanos que acudían a sus charlas aceptaran como normal su nacionalismo esencialista excluyente y que evidenciaran una especie de confianza ciega en la actuación de sus gobernantes, aunque esta se represente como ilegal, o como mínimo confusa. ¡Bienvenidos a Vidalandia!

 

Épica en tiempos de crisis

En estos tiempos de crisis, de miedos, incertezas y hasta angustias, el espectáculo en la política ha de incorporar una vertiente épica, de cambio, de renovación y/o rechazo a lo anterior y de enfrentamiento con los obstáculos que se les oponen. Esos cambios, renovaciones y rupturas suelen ser o bien falsos, caso xenofobia, o bien superficiales o de aspectos que no afectan al núcleo del sistema capitalista. En consonancia los obstáculos, es decir los adversarios y enemigos no son nunca parte esencial del poder económico y suelen apéndices políticos prescindibles o intercambiables, sectores periféricos del sistema capitalista y/o el consabido enemigo externo y débil. Esa necesidad de épica low cost obliga a situar espectáculo y público en medio de intensos y trascendentales nudos dramáticos , de momentos magnificados por su condición de decisivos. Así, en Catalunya en los últimos años se han sucedido las jornadas históricas: los grandes manifestaciones de los sucesivos 11S, el referéndum que se tornó en consulta para acabar siendo proceso participativo del 9N del 2014, las plebiscitarias y pretendidamente definitivas elecciones del 27S del 2015, y ahora empezamos 2016 con el 6S fecha en la que se inició “ el juicio del siglo” según TV3 y el aparato propagandístico del procesismo. Ahora bien por mucho y buen espectáculo que haya, en la política no se puede obviar la cuestión del poder, de los intereses de clase, de las correlaciones de fuerzas… y los guiones y relatos pueden ayudar pero nunca sustituir a la táctica y estrategia. De modo que a esas jornadas arrebatadas de entusiasmos masivos y exaltantes tensiones les ha sucedido puntual e inevitablemente el impasse provocado por su incapacidad para resolver la situación política creada. Ante lo cual se incrementan los gestos para mantener fidelidad de los propios, muchas veces con la inestimable, e interesada, ayuda del PP. Y aquí entra la desobediencia

que, por su potencial creador de narrativa épica, es uno de los elementos más prometedores desde la perspectiva de la gestualidad. Aunque la historia nos enseña que la desobediencia ha sido un instrumento eficaz sólo en condiciones muy concretas, cuando se ha enfrentado a un poder político muy debilitado y externo a la gran mayoría de la sociedad, como es el caso del colonialismo.

 

¡Niño, con la desobediencia no se juega!

 

En nuestra realidad la táctica de la desobediencia se presenta como la escenificación de un gesto que quiere representar la dignidad del que se opone a la indignidad del poder, en este caso sería el Estado español, caracterizado como una instancia ajena a la sociedad catalana. Este relato, se basa en la interpretación (reescritura) de la realidad desde una base ideológica pero también hay un contexto político que lo favorece. La actitud del gobierno de Rajoy, al reducir en su práctica el problema catalán al enfrentamiento con sus antiguos aliados y compañeros de poder y de intereses de clase, convierte la negativa a cualquier tipo de negociación significativa en una especie de muro político y simbólico. Todo indica que en su actuación sigue su táctica habitual de que los problemas se resuelvan por si solos, es decir bajo el peso del status y la fuerza de la inercia conservadora. Sin duda ha apostado por la incapacidad de llegar hasta el final del PdeCAT y de que hay castigarlo de forma que cuando llegue la negociación esta sea en realidad una rendición. Por otra parte la confrontación con el secesionismo le viene muy bien como cortina de humo para tapar el olor a corrupción que desprende su partido y desviar la atención de los problemas sociales y económicos que no ha resuelto ni resolverá. También hay que valorar la posibilidad de que el PP pase cuentas a Mas y los suyos por saltarse la regla de que perro no come a perro, o sea que los conflictos inter-oligárquicos se arreglan sin hacerse daño entre ellos. Sea como sea, esta línea política por una parte refuerza emotivamente el procesismo, pero por otra reduce drásticamente su capacidad de maniobra política al dejarle sin objetivos viables y asequibles a corto plazo con los que mantener el entusiasmo en sus filas. Ello conduce a cargar las tintas en el relato y entrar de lleno en la denuncia de la supuesta colonización de Catalunya, mediante la emigración entre otros medios, y así mismo abre la puerta al coqueteo con la desobediencia. Un desacato que en ningún caso se dirige contra los poderes económicos y que parece poder convivir con normalidad con la sumisión presupuestaria.

La fuerza que se encuentra más cómoda con esta táctica es la CUP, pues es coherente con su caracterización de la situación y al mismo tiempo le permite mantener la apariencia de radicalidad mientras actúa como muleta del gobierno de Junts pel Si. Sin embargo no es oro todo lo que reluce en su supuesta rebeldía, o eso evidencia lo sucedido alrededor del 12 de Octubre en el Ayuntamiento de Badalona. La cosa empezó cuando una parte del equipo de gobierno decidió emprender la heroica y revolucionaria acción de trabajar en ese día como protesta contra la colonización de América, la hispanidad… Hubo denuncias, intervención judicial y el concejal Téllez, perteneciente a Guanyem Badalona y a la CUP, rompió ante las cámaras la orden que prohibía que el Ayuntamiento estuviera activo durante la jornada festiva. Al final se llegó al juicio y en una de las sentencias más lúcidas de los últimos tiempos el juez reprocha al susodicho Téllez el intentar judicializar la política con “una simple escenificación” para conseguir un eco mediático: era conocedor de que su situación comportaría la actuación de los tribunales pero siendo también consciente de que su actitud no era, en ningún caso, delictiva. Puro fuego de artificio. Otra variante es la dedicarse a quemar fotos del rey no emérito, es decir de Felipe VI, colocar banderas independentistas en el ayuntamiento… Acciones evidentemente de tipo propagandístico, de eficacia y contenido discutibles pero legítimas y que exigen cierta coherencia y asumir consecuentemente los riesgos que comporta. La contradicción surge cuando como señala Jaume Bosch en lugar de asumir las propias responsabilidades y comparecer ante el juez y, ya ante él, negarse a declarar porque no se reconoce su legitimidad, se hace todo lo contrario: no ir al juzgado, forzando la actuación de los Mossos ( que quizás es lo que se pretende) y ya dentro del juzgado, viva la coherencia, aceptar declarar (3) . Que no cese el espectáculo.

 

El si pero no de Artur Más

 

Así hemos llegado al juicio al expresidente de la Generalitat Artur Mas y las exconselleras Joana Ortega e Irene Rigau por desobedecer al TC en la consulta del 9N de 2014, no sin que antes se volvieran a producir diligencias y detenciones en sectores exconvergentes por el caso del 3%. ¿Otra escenificación, en este caso promovida por los adversarios del procesismo? Puede, pero más allá de que uno de los riesgos del espectáculo es la contraprogramación, lo cierto es que en Catalunya hay muchos casos de corrupción por cerrar y el del 3% simboliza una forma claramente antidemocrática de monopolizar el poder y abusar de él. Pero volvamos a lo sucedido en el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya estos días pasados del 6 al 10 de Febrero. La verdad es que para ser el juicio del siglo ha sido muy poquita cosa. Y no es porque no se hubiera creado ambiente en los medios públicos dependientes de la Generalitat, así como en las redes sociales. La consellera de Governació Meritxell Borrás llegó a sugerir a los funcionarios de la Generalitat que se tomaran días de asuntos propios para apoyar a su expresidente. Una versión cortijera de la administración que apenas tuvo eco. También hubo su manifestación previa al juicio, no tan masiva como se había anunciado, pero unas decenas de miles de personas realizaron una especie de vía crucis por los lugares sagrados del procesismo hasta el tribunal de justicia. Además la actitud del PP, que en vez de flexibilizar la interpretación de las leyes para ofrecer posibilidades de diálogo y negociación al contrario las endurece, favorecía la presentación de los enjuiciados como víctimas y la generalización de su persecución al resto de la sociedad catalana, como pretendía comunicar la consigna: el 6F nos juzgan a todos. Pero luego estalló la contradicción de la desobediencia que se niega a si misma. Más, Rigau y Ortega basaron su defensa en negar la mayor, no desobedecieron al Tribunal Constitucional porque la realización de la consulta, transmutada en proceso participativo, corrió a cargo de anónimos voluntarios (4). ¡ Que nos registren, nosotros/as no fuimos!. Y aquí involuntariamente evidencian el gran talón de Aquiles de su defensa política: el 9N no fue una consulta democrática sino una movilización organizada y controlada por una parte de la sociedad, no por los representantes de todos. Se produjo una confusión, entre el gobierno, la administración y la parte de la sociedad que se identifican con sus propuestas, que restringió la participación a los que ya estaban de acuerdo, como evidenciaron las votaciones. El 9N fue, como expuso Artur Más en el alegato final del juicio con el que pretendía recuperar imagen épica, un enfrentamiento con el Gobierno del PP. Lo que pasa es que rechazar la política de Rajoy no significa apoyar la de Más. Aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, en política y en la lucha de clases no funciona, salvo para un reduccionismo infantil. Porque en los enfrentamientos entre oligarquías o entre nacionalismos, cuando no hay colonialismo por el medio como es este caso, los dos son enemigos de las clases populares, o como mínimo adversarios. Y es que el 3% es una realidad, lo mismo que las políticas de recortes y el alma neoliberal Artur Mas y los suyos, como lo evidencian no sólo sus años de gobierno previos al espejismo procesista, sino el proyecto inicial de presupuestos para 2017 aprobado por el gobierno catalán.

 

Salirse del guión de los otros

Ese el gran reto de la izquierda catalana: definir una opción propia de cambio para la relación Catalunya-España. Una propuesta que ha de ser coherente con un proyecto de trasformación social, con los objetivos y los aliados que este necesita. Para ello primero hay que reconocer que las derechas nacionalistas, la española y la catalana, llevan una gran ventaja. La bipolarización entre o mantenimiento del actual status o independencia ya les permite mantener la situación y su evolución bajo su hegemonía. Ello se comprobó en las elecciones del 27S, aunque el tiempo transcurrido ha significado un claro desgaste de los dos gobiernos, o más propiamente no-gobiernos, por su incapacidad de avanzar. Pero el 27S evidenció que la sola consigna de referéndum no es suficiente. Y es que el Referendum o la consulta no deja de ser un mecanismo para convalidar, o no, una solución política. Por ello adquiere una importancia decisiva el como se llega a su celebración. No sólo se trata de asegurar la deliberación previa y la máxima participación, sino que los resultados sean operativos, que se puedan traducir en medidas políticas y en cambios. Un referéndum que obligara a optar entre o más de lo mismo o la secesión, no resolvería la situación, porque nos seguiría planteando una disyuntiva dominada por la derecha. Es cierto que dentro de la izquierda que ahora está constituyendo Un país en comú conviven desde opciones independentistas hasta federalistas, pero la ambigüedad no es la solución. Sobre todo cuando es previsible una próxima escenificación de choque de trenes con la convocatoria de un referéndum por parte del gobierno catalán que sería rechazado por el español. En las Ponenciès Zero de Un País en Comú se opta por una forma de confederalismo (5) que además permitir el equilibrio interno, entronca con la tradición internacionalista de las clases populares. Ahora bien su utilidad política dependerá de su concreción, más acá de la literatura, en una estrategia y táctica que permitan, tal y como plantea Albert Recio(6), un claro posicionamiento ante cada uno de los posibles escenarios. Al menos, contar con una mínima hoja de ruta que impida que el proyecto, de largo recorrido, naufrague en la vorágine del primer oleaje. Para lo que será necesario dejar a un lado el espectáculo y asumir los riesgos y las potencialidades de hacer política de forma coherente.

 

 

 

 

 

 

 

 

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