Artículo extraído de Confluencia Network


 

Cataluña: al final de la escapada


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Entre el dolor y la nada,
elijo el dolor. Y tú, ¿qué elegirías?
(À bout de souffle).
Jean Luc Godard.

 

Detenido Puigdemont, presos preventivos los principales dirigentes del procés, roto el bloque independentista por la abstención de la CUP, incapaces de formar un Govern viable y efectivo, vapuleados por la acción judicial que no cesa, y con un importante deterioro del apoyo ciudadano al independentismo según reflejan las últimas encuestas,[1] es momento de hacer balance, sacar algunas conclusiones y hacer propuestas políticas tras el final de la escapada.

No resultará nada fácil, porque la reflexión exige serenidad de ánimo, recuperar la capacidad crítica, y tiempo por delante sin tener que afrontar graves riesgos. Nada de esto se da. La serenidad se ve alterada por los sucesivos procesos judiciales, y toda crítica sigue pareciendo una inaceptable rendición, salvo excepciones, como la de la exconsejera de Enseñanza, Clara Ponsatí, aconsejando reconocer los grandes fracasos tras el 1O, aunque su razonamiento sigue anclado en el delirio lógico.[2] Así, la profesora de economía cae en un tipo de falacia ad verecundiam (falacia de autoridad) al considerar que el Parlament no desobedece nunca, obviando que es una institución autonómica con soberanía condicionada, sometida a la legalidad Constitucional y Estatutaria. Este tipo de argumentario político, por mucho ropaje jurídico con que se vista, choca contra la dura realidad, el muro del que hablaba Domènech en la fallida sesión de investidura de Turull.[3] De ahí la sorpresa (???) de los independentistas ante la fuerte reacción del Estado español… que cuando despertaron (los pocos que lo han hecho) seguía ahí. ¿Se han preguntado cuál habría sido la reacción de Francia, o Alemania, si algún land, département o régión hubiera actuado igual que ellos?

Quizás el origen de todo este desvarío, de graves consecuencias para todos, estriba en una doble ofuscación: Los independentistas han creído, con la incoherencia de un sueño a la vez banal y fantástico, que podían conseguirlo todo frente a un Estado débil y desconcertado, un gobierno vapuleado por la corrupción, y un parlamento fraccionado e inoperante. Por su parte, la derecha española sigue anclada en la predemocrática idea de que los independentistas no deben conseguir nada, no vaya a ser que, al final, lo consigan todo. Mientras, las izquierdas (estatales y catalanas) son incapaces de inscribir la lucha por la transformación del sistema socioeconómico, de acuerdo a las nuevas potencialidades que toda crisis abre, en la defensa del Estado de Derecho frente al ataque independentista.

Con tantos asesores de relumbrón, juristas, economistas y politólogos incluidos, sorprende que los independentistas no supieran que disputar al Estado español la soberanía en Cataluña no puede hacerse mediante la simple retórica (involución democrática del Estado, deriva autoritaria del gobierno), ni a base de sucesivas e intimidantes movilizaciones, ni recurriendo a ineficaces huelgas de país (que rompen la unidad de los trabajadores), ni valiéndose de sucesivos recursos judiciales a la espera de una benevolente cualificación jurídica del delito por los tribunales competentes. Olvidan los independentistas, y su comité de sabios, que todo lo que afecta a la soberanía territorial de un Estado se dirime, finalmente, mediante la fuerza (pacífica, de momento), ya que supone subvertir el orden constitucional; en este caso, violentando la relación institucional de la Generalitat con el Estado español. De ahí el carácter fantasmal de la DIU, mero ejercicio declarativo sin efectos jurídicos, como han reconocido los propios independentistas ante el juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena. La única opción realista en una disputa sobre soberanía es llegar a un acuerdo con el Estado para abrir el cauce constitucional que permita dilucidar, mediante consulta democrática, a quién corresponde ejercerla, y de qué forma, en Cataluña. Por eso, lo más sorprendente del procés es la ingenuidad de unos (ERC, PDeCAT) y el fundamentalismo de otros (CUP y JuntsxCat), incapaces de valorar adecuadamente la realidad del Estado español, miembro estratégico de la UE y de la OTAN.

Lamentablemente para todos, los independentistas parecen no comprender el trilema al que se enfrentan: Continuar con la República Catalana – Formar un Govern factible – Recuperar la vía estatutaria de la autonomía. Como en el trilema de Rodrick[4] solo es posible realizar dos de las opciones, sacrificando la tercera. Lo grave es que, en su desesperación esencialista, han sacrificado las tres opciones a la vez. Una curiosa forma de mysterium tremendum (pavor a lo numinoso)[5] del que hablaba el teólogo protestante alemán Rudolf Otto (1869-1937).

La salida del laberinto

El independentismo, si no quiere terminar siendo el vencido que sucumbe, ni convertirse en la coartada contra toda propuesta regeneradora y transformadora del Estado, debe buscar una salida al laberinto de Cataluña creado por ellos mismos. Para ello es necesario que previamente entienda:

Primero: que el enfrentamiento frontal con el Estado español sobre la integridad territorial, más si no se cuenta con el apoyo mayoritario de la ciudadanía catalana, y no se disfruta de la necesaria profundidad estratégica (aliados internacionales de peso), supone un gravísimo error que lleva inexorablemente a la derrota, de la que costará mucho recuperarse.

Segundo: que la estrategia independentista, para tener alguna posibilidad de éxito, tiene que plantearse dentro de la legalidad constitucional y estatutaria. Lo contrario es apostar por la insurrección (ruptura del estatus), se vista como se vista (rebelión, sedición, alzamiento, sublevación, alta traición), y tenga el grado de violencia que tenga, que nunca será igual a cero.[6]

Tercero: que para reagrupar fuerzas, minimizar daños, y preparar la nueva estrategia, es necesaria la urgente formación de un Govern factible, dentro de la legalidad, para lo cual debe contar con apoyos externos de formaciones no independentistas, como el PSC y En Común Podem, mediante un Pacto de Gobernabilidad inscrito estratégicamente en el proceso de alterar la correlación de fuerzas estatales entre centralistas, autonomistas, y federalistas. Pacto por el que unos se comprometen seriamente a acatar la legalidad constitucional, y otros a propiciar las reformas y cambios legales para que la aspiración separatista pueda hacerse realidad de acuerdo a los requisitos acordados y refrendados por el conjunto de la ciudadanía española.

Cuarto: que es necesario reformular de una vez por todas el eufemístico (e inviable) derecho a decidir por el realista (y factible) derecho de consulta, lo que se podría conseguir mediante cambios legales. Sería el paso previo a la reforma constitucional donde abordar la estructura territorial del Estado y su articulación, en un federalismo con posibilidad de separación como forma de convivencia en la unidad dentro de la UE. Todo lo cual supone orientar la práctica política para lograr un cambio en la aritmética parlamentaria, hoy claramente en contra por la oposición de la derecha en el Congreso y el dominio del PP en el Senado. Lento, difícil, complejo, pero es el único camino.

De lo contrario, la situación político-institucional catalana se verá abocada a continuar en la guerra de desgaste contra el Estado, tal como insiste la CUP y Puigdemont, arropado por su guardia de corps, proponiendo sucesivos candidatos en la cuerda floja de la ilegalidad. Mientras, seguirá aumentado el desprestigio político de los partidos, se incrementará el desafecto hacia las instituciones autonómicas y estatales, seguirá activo el 155, y llevará inexorablemente a nuevas elecciones, con previsibles resultados similares. Y vuelta empezar.

Desgraciadamente, no estoy seguro de que el discurso de la razón política prevalezca frente a la emotividad primaria, excluyente y fronteriza, que desde siempre ha cohesionado a las tribus humanas, reafirmando el nosotros frente al ellos. Más si el suicidio político aparece como una constante histórica del soberanísmo catalán, émulos de la autoinmolación colectiva de los zelotes en la Masada, durante en la Gran Revuelta Judía frente a las legiones romanas.[7]

Una oportunidad para las izquierdas

En cuanto a las izquierdas, la triste realidad es que en la crisis catalana han perdido incluso las batallas que no han dado. Relegadas al triste papel de segundones en busca del espacio propio en la lucha entre nacionalistas, o se rasgan las vestiduras repitiendo el discurso victimista del independentismo, o se limitan a lamentar la fractura social, evidenciando la carencia de un planteamiento estratégico de acuerdo a las necesidades de la mayoría social del país. Por eso es urgente que, más allá de ejercicios de idílica equidistancia, o de piadosos deseos de tender puentes, las izquierdas se doten de una estrategia política propia que integre la lucha social, que es su principal razón de ser, con la defensa de la unidad de los trabajadores, de sus derechos y demandas, en un proyecto de transformación socioeconómica que incluya una reformulación del modelo territorial que vaya más allá de la simple concesión a los independentistas (referéndum pactado), o un indefinido federalismo curalotodo con poca credibilidad incluso entre los suyos.

Si bien es cierto que las izquierdas no pueden aceptar, aunque sea con la boca pequeña, ninguna DUI, ni siquiera declamativa, sin arriesgarse a la desaparición política y a generar una furibunda reacción de la derecha que contaría con el apoyo mayoritario de los españoles, si pueden y deben procurar una salida política al conflicto ofreciendo un proceso negociador para acordar la forma legal (a corto plazo) y constitucional (a medio plazo) de encauzar las aspiraciones independentistas, tal como he señalado anteriormente. Y la actual fase de impass, con el independentismo paralizado por sus contradicciones a la hora de enfrentar la dura realidad de su derrota, abre una oportunidad para que las izquierdas recuperen su papel y se pueda iniciar un proceso negociador para la formación de un Govern estable y factible que recupere el normal funcionamiento del autogobierno, mediante el señalado Pacto por la Gobernabilidad. Una propuesta que parece abrirse camino tras las declaraciones de Iceta y su gobierno de concentración, y de Domènech con su gobierno transversal técnico, ambos rápidamente rechazados por el independentismo. No es de extrañar, porque ambas propuestas adolecen de suficiente atractivo para quienes siguen creyendo que haber ganado las elecciones supone la derrota del Estado español y su gobierno. Pero el riesgo de nuevas elecciones puede terminar ablandando las posiciones más irreductibles, lo que dotará a socialistas y comunes de mayor capacidad de maniobra.

Será el momento para propuestas de las izquierdas vayan más allá de ayudar a sacar las castañas del fuego a los independentistas. Porque conviene no confundirse: el Pacto por la Gobernabilidad, supone un apoyo externo a un Govern independentista con un President de consenso, una vez alcanzado unas bases programáticas mínimas que deben incluir la avances en la agenda social, y el acatamiento al orden constitucional en la perspectiva de su reforma. La propuesta de un Gobierno transversal con los independentistas no dejaría de ser una rocambolesca repetición del tripartito, solo que ahora subordinado a la estrategia soberanista. Lo que, en el mejor de los casos, supone convertir la solución en un nuevo problema. Sería un Govern sometido al fuego cruzado de Cs, PP, la CUP y los irreductibles de Puigdemont, sin mucho recorrido, y cuyo fatal desenlace supondría, con toda seguridad, una auténtica debacle para la izquierda.

Termino: tal vez sea inevitable que ciertas izquierdas tengan que enredarse en el debate teórico sobre las celestiales esferas identitarias, pero no pueden, sin negarse a si mismas, abandonar la urgente primacía de los vitales asuntos cotidianos que afectan a los trabajadores, fijos y precarios, a los desempleados, a las mujeres, a los jóvenes, a los servicios sociales, a los pensionistas, etc. La causa sagrada de la independencia, capaz de anular la dimensión social que se les supone a los cuperos autoproclamados anticapitalistas, no es, ¡no lo ha sido nunca! la causa de las izquierdas, de vocación y necesidad internacionalista. Por eso, deben tomar la iniciativa política para que lo identitario no anule lo social, y proponer al independentismo moderado y realista (algunos a la fuerza) la salida mutuamente beneficiosa del Pacto de Gobernabilidad. Sin olvidar que las izquierdas realizan su actividad en el ámbito de la razón, que universaliza sus conquistas, en un proyecto transformador, mientras que el nacionalismo, que no deja de ser una forma de superstición basada en mitos y leyendas (pueblo elegido, destino manifiesto, etc.), lo hace en el ámbito de la emoción identitaria, que reafirma su carácter diferencial y excluyente frente a la unidad de los trabajadores.

 

NOTAS

[1] La Vanguardia publicó el lunes 12 de marzo, los resultados del sondeo realizado por la empresa Feedback para el propio periódico, del que se desprende que los partidarios de la independencia han disminuido del 45% al 43,4 %. Respecto a un hipotético apoyo a una Cataluña independiente de la Unión Europea, ahora son mayoría los que descartan dicho respaldo (48 %). Con todo, sigue siendo muy alto el apoyo a la celebración de la consulta (70 %), que se percibe más como un derecho que como una vía a la independencia. Por su parte, según la encuesta del Centre d’Estudis de Opinió de la Generalitat (CEO), un 48% de los catalanes está en contra de la independencia de Cataluña, y un 44’1% a favor, lo que supone para el independentismo la perdida de 8 puntos. También señala que el 19% opta por la vía unilateral a la independencia mientras que el 36% prefiere un acuerdo con el Estado

[2] En una entrevista de TV3 el 25 de marzo declaró: Hemos recibido un gran batacazo. Tenemos que reconocer que después del gran éxito del 1 de octubre lo demás han sido grandes fracasos y nos costará recuperarnos… Quizás nos sorprendió la fuerza con la que el pueblo de Cataluña hizo frente a la represión o quizá nos sorprendió la represión. No podemos estar muy orgullosos.

[3] El muro contra el que topan una y otra vez los independentistas es el mismo con el que se estrellan las izquierdas posmodernas, empeñadas en una guerra de relatos y no en una batalla de conquistas socioeconómicas basadas en la razón, e inscritas en la lucha ideológica.

[4] El llamado Trilema de Rodrik, formulado por el profesor de economía de la Universidad de Harvard, Dani Rodrick, en su obra La paradoja de la globalización, establece que es imposible conseguir al mismo tiempo, la globalización económica, la democracia política y la soberanía nacional. Las tres opciones simultáneas son incompatibles por lo que nos veremos obligados a escoger sólo dos de ellas.

[5] Rudolf Otto lo describe como una experiencia no-sensorial y no-racional o sentimiento cuyo objeto primario e inmediato está más allá del sí mismo, que se presenta como un Gran Otro, una condición en la que el ser humano se ve completamente desconcertado.

[6] El concepto de violencia asociado a la lucha por la soberanía de un territorio, que históricamente ha supuesto violencia armada, o amenaza de ella, tiene que redefinirse en el siglo de la Revolución Digital. Debería pasar de ser requisito único a agravante, como ocurre, por ejemplo, con otros tipos de violencia (de género, psicológica, verbal, económica, laboral, medioambiental, social, digital: ciberataques, ciberbullying, cibergrooming, sexting, etc.) Puede verse: José Sanmartín Esplugues. Claves para entender la violencia en el Siglo XXI. Ludus Vitalis, vol. XX. (http://blogfilosofia.ucv.es/wp-content/uploads/2014/04/Ludus-Vitalis_sanmartin.pdf)

[7] En el año 74 d.C. los combatientes judíos, principalmente zelotes, un grupo nacionalista radical y fundamentalista, que resistían el cerco romano en la Masada, ciudadela en el desierto de Judea, prefirieron suicidares antes que rendirse, lo que solo sirvió para facilitar el progreso de las legiones y la destrucción del Templo de Jerusalén. Lo narra Flavio Josefo en su libro La guerra de los judíos.