Coyuntura

Crisis en Podemos: Un viaje a ninguna parte

La pregunta que buena parte de los votantes de izquierda se estarán haciendo es por qué Iñigo Errejón, que sin duda es una persona inteligente, ha actuado como lo ha hecho, provocando una crisis de difícil solución en Podemos. No se entiende muy bien que la acertada decisión de unir su candidatura a Manuela Carmena para la Comunidad de Madrid, planteando una confluencia que sustituyera y englobara a la de Unidos Podemos, se haya concretado de manera tan chapucera y poco honesta, para decirlo suavemente. Lo lógico hubiera sido que Errejón planteara la propuesta de cobijar su candidatura bajo el paraguas de Más Madrid, algo mucho más atractivo y exitoso, en los órganos colegiados de Podemos, su partido y por el que, hasta ahora, se postulaba a presidir la Comunidad. Solo de haber sido rechazada la idea, podría tener algún sentido actuar unilateralmente. No conozco las razones de tan grave desatino, pero me huelo que residen más en las luchas internas por el liderazgo que en una razonada y tranquila valoración política. Tal vez, Errejón se barruntaba el corto recorrido de su propuesta frente a dirigentes tan poco finos y dialogantes como Espinar. Pero en política la razón se carga con diálogo y respeto a los procedimientos.

Pero si nefasta ha sido la actuación de Errejón, no mucho mejor ha estado la respuesta visceral de Pablo Iglesias. Con su carta-respuesta, seguida inmediatamente por la agresiva reacción de sus manos derecha e izquierda, ha dinamitado toda posibilidad de enmendar el entuerto procedimental. Al disparate se ha respondido con otro mayor: la expulsión virtual (no hace falta porque se ha ido) de Errejón de Podemos, y la búsqueda de un nuevo candidato, tarea nada sencilla porque supone entrar en un juego diabólico: competir contra Carmena, vía Errejón, en la Comunidad, mientras se la apoya en el Ayuntamiento. De ahí que, visto lo visto y escuchado lo escuchado, la sensatez que espera Errejón de la dirección de Podemos sea un piadoso deseo, incompatible con el comportamiento de alguien que no tuvo, o no pudo tener, la sensatez de defender su acertada propuesta en el lugar que, como candidato de Podemos, le correspondía. Un comportamiento irresponsable seguido de una rabieta insensata. El regalo a la derecha no tiene precio.

Llegados a esta situación ya no vale solo con lamentarse. En mi opinión, lo que se debe impedir a toda costa, y por encima de la colección de egos en que se ha convertido la dirección de Podemos, es que en la Comunidad de Madrid, cuya importancia estratégica es evidente, se enfrenten las candidaturas de Carmena-Errejón y Unidos Podemos. Es, sencillamente, inaceptable, y tendría un elevado coste. La forma ideal de evitarlo sería que la dirección de Podemos asumiera la propuesta de Errejón, previa aceptación del error de procedimiento por el candidato. Sin embargo, dada la irreflexiva reacción del dolorido Iglesias y las poco inteligentes, cuando no insultantes, respuestas de Montero y Echenique, tiene pocas posibilidades de que vaya a ocurrir. De ahí que la única forma que hoy parece factible sea que Izquierda Unida fuerce esa salida, no tratando de ejercer una mediación imposible, o muy difícil, sino integrándose en la candidatura Más Madrid; lo que, por otra parte, se inscribe en su proyecto de ampliación de Unidad Popular. Con eso no solo demostraría inteligencia política y amplitud de miras, sino que recuperaría el papel que como fuerza de transformación le corresponde. Lo mismo deberían hacer otras fuerzas como Equo. Responder a la improcedente actuación de Iñigo Errejón con una actuación extemporánea tal vez satisfaga los deseos de revancha de algunos doloridos dirigentes de Podemos, pero les haría un flaco favor a las izquierdas de nuestro país. Espero que, al fin, primen los intereses de los trabajadores sobre las mezquindades de la vieja-nueva política. A todo ello podría contribuir poderosamente un posicionamiento claro y rotundo de los sindicatos, al menos de CCOO, que recuperaría así su dimensión política fundacional, hoy más necesaria que nunca. Porque solo los representantes de los trabajadores pueden imponer la sensatez que parece ser tan difícil de conseguir entre los jóvenes dirigentes políticos salidos de la universidad.

Tras la debacle de Andalucía por incomparecencia de los votantes de izquierda, no hay mucho margen para más errores ni divisiones. Por eso, es necesario reflexionar sobre las causas profundas de lo que acontece, a la vez que se atienden los problemas concretos de la coyuntura. Y la principal de ellas es la falta de un horizonte de futuro al capitalismo desarrollado y global. Proponerse como adalides defensores de los perdedores de la revolución científicotécnica y la globalización tiene un problema: eso es precisamente lo que hace la nueva ultraderecha, con similares chivos expiatorios (emigrantes, élites, mafias, establishment). No es de extrañar que, en ocasiones, actúen conjuntamente, en una extraña fraternidad callejera, como ha ocurrido con los chalecos amarillos, a mayor beneficio de Le Pen. Ubicados en es mismo campo de lucha, aunque sea con objetivos radicalmente distintos y enfrentados, los ultras tienen las de ganar porque sus recetas tienen el atractivo de recuperar el tiempo pasado, sin duda mejor para una parte importante de los trabajadores, mientras que la izquierda radical ofrece las recetas socialdemócratas que ya han demostrado para lo que sirven. Cuando la geometría política ya no coincide con la social, el desencaje se manifiesta en desencanto ciudadano con sus representantes tradicionales. Y no se trata de un fenómeno coyuntural ni transitorio, sino que es la manifestación de los movimientos tectónicos que sacuden la sociedad bajo la presión de las transformaciones científicotécnicas de Revolución Digital.

Ante este enorme desafío, la izquierda ya no se plantea transformar el sistema socioeconómico, sino moralizarlo, lo cual está muy bien, pero no es suficiente. Porque la moralidad del sistema capitalista se basa en la concurrencia competitiva, supuestamente regulada por el mercado libre y neutral, algo que hoy en día no se creen ni los ultraliberales. Todo sistema socioeconómico basado en la competencia es un juego de suma cero, y genera necesariamente desigualdad, que es el terreno abonado para el abuso de poder, las mafias político-económicas, y la corrupción. Sin duda, un funcionamiento eficaz del sistema capitalista exige la moralidad que supone el respeto a las reglas del juego. A eso, se debe añadir una dosis mínima de sensibilidad social, algo que ya pedía el moralista Adam Smith, y que defienden los liberales más inteligentes y lucidos, como Popper (fue el primero en proponer una especie de renta básica), pero que solo se consiguió de la mano de la socialdemocracia. El problema es que esa sensibilidad no garantiza la justicia distributiva, ni la desaparición de las desigualdades, ni la superación de las distintas brechas sociales, por mucho que se atenuen durante los periodos cíclicos de bonanza económica. Con las inevitables crisis, emergen con fuerza para sorpresa de los afectados que soñaban con un futuro radiante para ellos y sus descendientes. Es decir, un partido o movimiento de izquierdas con verdadera vocación transformadora debe tener en su horizonte de futuro un nuevo modelo, o paradigma, de sistema socioeconómico basado en sustituir, de forma realista, la concurrencia competitiva por la concurrencia cooperativa, que es la esencia del socialismo. Todo ello, enmarcado en la revolución científicotécnica que presiona evolutivamente, y crea las condiciones materiales, para alcanzarlo. En el siglo XXI es el de la Revolución Digital. No entenderlo supone vivir en el pasado y resultar inoperante en el presente. Pero de todo esto, pese a las dramáticas evidencias empíricas, Iñigo Errejón y Pablo Iglesias no parecen darse cuenta. Uno con su transversalismo extremo, el otro con un visón cortoplacista de la lucha política. De ahí que sus diferencias sean tácticas y personales. Ambos representan, y defienden, formas distintas de llegar dónde ya están. En definitiva, un viaje a ninguna parte, con mucho ruido y emotivas broncas, olvidando que la lechuza, símbolo de sabiduría, caza porque vuela silenciosa, sin apartar los ojos del objetivo.

 

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