Coyuntura

¡Hagan juego, señorías!

(o la inexplicable necedad de nuestros matemáticos)

Tal como reiteradamente había anunciado, el PSOE dijo dos veces no y Rajoy fracasó en su intento de investidura. Pedro Sánchez ha hecho que el Presidente del PP se trague su propia medicina, la que con tanta desfachatez, descalificaciones zafias y mendaces por medio, le hizo tomar al Secretario General de los socialistas. Rajoy ha podido comprobar en sus propias carnes el error de menospreciar a un adversario que se jugaba mucho en el envite, dando por supuesto que los socialistas le dejarían gobernar una vez firmado el acuerdo con Ciudadanos y sumados 170 escaños, a solo 6 de la mayoría absoluta. Cuando contaba además con la ayuda de la incontinencia verbal de algunos barones socialistas, y el impagable favor de Felipe González. Su proverbial pasividad, que pretende pasar por sabiduría lo que es incapacidad para tomar decisiones arriesgadas, le impidió esgrimir mayor razón para ser investido que una lastimosa súplica de auxilio, apelando a la responsabilidad de los demás. Hasta el líder de Cs. tuvo que afearle su comportamiento bartlebyniano[1]. El patético ¡dejadme gobernar! equivalía a decir: el gobierno es mío, un gemido esquizofrénico que recuerda al Gollum de El señor de los anillos.

Venturosamente, el no de Pedro Sánchez abre de nuevo en España un periodo para la política y sus complejidades. Y, por segunda vez, vuelve a ponerse a prueba la capacidad de nuestros políticos de izquierdas para leer la actual coyuntura, y valorar adecuadamente la dinámica de lucha de clases propia de un país democrático de capitalismo desarrollado, donde coexisten intereses antagónicos, coincidentes, complementarios, y excluyentes en pugna dialéctica. En esta lectura se encuentra la raíz de los aciertos y fracasos. Porque la coyuntura es la forma en que se desarrolla el devenir histórico, el terreno concreto de la acción política, el criptograma de la lucha de clases. Y lo mismo que para tener éxito en la terapia genética hay que leer correctamente el ADN, para intervenir eficazmente en la lucha de clases hay que saber hacerlo con la coyuntura y sus posibilidades políticas, sin confundir deseos con realidades. Porque la praxis política modifica la coyuntura: a favor, si aciertas; en contra, si te equivocas. Así, plantear al PSOE la dicotomía (o antinomia, que no deja de ser una mera lucha de fantasmas) de un gobierno de izquierdas con nacionalistas e independentistas o nuevas elecciones es, hoy mucho más que ayer, un error imperdonable. Se olvida que el Comité Federal de los socialistas tiene prohibido, expresa y taxativamente, dicho gobierno. Obviamente, ese falso dilema supuso nuevas elecciones y un cambio de coyuntura: a peor para la izquierda, a mejor para la derecha. ¡Excelente negocio, cuya responsabilidad es de… ¿lo adivinan?… el PSOE!. Solo un necio echa la culpa a la piedra en la que tropieza.
Y en esas estamos. Esperando a que Pedro Sánchez pase el puente y Pablo Iglesias no lo dinamite. Pero, al menos, las elecciones del 26J han traído claridad al panorama político, aunque al precio de aumentar notablemente la dificultad, de manera que las hipótesis de ayer son certezas hoy. Recordémoslas por si alguien todavía no se ha enterado:

– El PSOE no planteará una alternativa de gobierno que necesite el apoyo (activo o pasivo) de los independentistas catalanes.
– Solo cabe un gobierno de cambio y progreso nucleado y liderado por el PSOE, lo que exige atenerse a su capacidad de maniobra.
– Ciudadanos, guste o no, es parte de la solución. Su abstención resulta imprescindible para un gobierno del PSOE apoyado por Unidos Podemos, con o sin el concurso de CCa. y PNV.

Estas certezas acotan notablemente las posibilidades de una alternativa a Rajoy. Pero existen y deben ser exploradas con inteligencia, eliminando obstáculos, y facilitando a los dirigentes socialistas la ya de por si complicada tarea. Tiene razón Unidos Podemos al señalar que Pedro Sánchez debe tomar la iniciativa; lo que no está tan claro es que vayan a allanarle el camino. La mitinera intervención de Pablo Iglesias en el debate de investidura no invita al optimismo. Así que, aún a riesgo de repetirme, creo necesario hacer un último esfuerzo por introducir cordura política y habilidad táctica en las próximas decisiones de la izquierda. Porque un nuevo fracaso supondrá la continuidad del PP en el gobierno. Bien por la obligada abstención técnica de los socialistas, bien tras unas nuevas elecciones donde la previsible alta abstención premiaría a la derecha. Debemos evitar que la bisoñez de algunos dirigentes vuelva a tapiar la ventana de oportunidad abierta tras el momentáneo fracaso de Rajoy; que, por otra parte, ya ha asegurado que seguirá intentándolo, a sabiendas que el tiempo juega a su favor.

La necesaria fragmentación de la derecha.
Empecemos por analizar los aspectos de la coyuntura más significativos y determinantes: el papel de los independentistas catalanes y de Cs. Con respecto al partido naranja, considerado de manera simplista como la franquicia, marioneta, botones, etc. del Ibex35, conviene ser un poco más profundo si queremos neutralizar su capacidad boicoteadora a una gobierno de izquierdas. Felizmente, las cosas no son tan elementales, ya que de serlo habría que dar por perdida la partida. Una visión simplista, en blanco y negro, carente de grises, no digamos de la profundidad cromática de la realidad política, imposibilita la comprensión de la coyuntura y, por tanto, actuar eficazmente en ella. Analizar la realidad social desde la óptica de los slogans mitinieros conduce, en el mejor de los casos, a la inoperancia; y el peor, al fortalecimiento de las posiciones del adversario, tal como ha ocurrido hasta ahora.

No conviene olvidar que la praxis política se basa en la complejidad del sistema social. De ahí su especifica dificultad, y la tentación simplista de las verdades elementales fijas. Analizada con rigor científico, la realidad socioeconómica de España nos muestra, en lo esencial, las características estructurales del capitalismo desarrollado, y sus consecuentes relaciones de producción y dominación ideológica. El capitalismo financiero y globalizado significa una ampliación y diversificación de sus complejidades, no su reducción. Ante esta realidad, los esquemas simplistas pueden facilitar a los perezosos mentales certezas inamovibles (disfrazadas de principios) pero resultan inadecuados para actuar políticamente en la dinámica de la lucha de clases. Añádase que toda estrategia por la hegemonía en nuestro país necesita incidir en la fragmentación de la derecha, hasta hoy aglutinada en un solo polo político, el PP (mérito de Aznar), y no facilitar la reabsorción de los fragmentos políticos generados por la crisis, como es el Cs. Nuestros simplificadores mitineros cometen el error de considerar a la derecha como un espacio homogéneo, un continente igual a sí mismo, al que sólo es posible oponerse frontalmente. En otras palabras, es poco inteligente tratar a Ciudadanos como si fuera lo mismo que el PP. Se olvida que, aún defendiendo los intereses generales del sistema capitalista (cosa que también hace la socialdemocracia, vieja y nueva, aunque desde una perspectiva progresista) responde a una demanda de parte de los votantes de centro-derecha, asqueados con la corrupción, el carácter oligárquico del PP, las mentecatas políticas en campos como la cultura y los derechos ciudadanos y la legislación favorable a las grandes corporaciones. Aunque minoritaria, es una parte de la derecha sociológica que se considera centrista con sensibilidad social. Tuvo en UCD su representación, pero fue dinamitada por la tropa reaccionaria y conservadora de AP, reforzada ante el avance electoral de los socialistas. Ante ese riesgo, la derecha supo hacer piña. El precipitado y poco inteligente pacto de investidura PSOE-Cs., motivado entre otras cosas por la pueril escenificación de Pablo Iglesias y su propuesta de gobierno de coalición, así como por el objetivo declarado de Cs. de impedirlo, tuvo, al menos, la virtualidad de incidir y potenciar en esa fragmentación. No se supo, o quiso, aprovecharla y el resultado esta a la vista. Lo alarmante es que cuando se abre para la izquierda una nueva posibilidad de conquistar posiciones en la lucha de clases se vuelve a insistir en la misma actitud, ahora justificada por el pacto de PP con Cs. ¡Pero si ese pacto es consecuencia del fracaso de Pedro Sánchez en su investidura! No incidir en las contradicciones de la derecha es un disparate que tiene mucho de infantil rabieta. O de miedo a perder la virginidad política. El resultado es que la izquierda parece estar condenada a la fragmentación mientras la derecha vuelve a recomponerse. En resumen: Convertir a Cs. en incompatible, situándolo en la otra orilla, sin posibilidad de ningún tipo de acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez es, sencillamente, volver a impedirla. Tendría que ocurrir una autentica revolución interna en la dirigencia socialista para que terminara aceptando el apoyo, imprescindible para un gobierno PSOE-UP, de los independentistas catalanes. Es necesario pactar cuanto menos la abstención de Cs. para que salgan los números. Todo lo demás son sofismas de baja calidad intelectual; o sobreactuaciones de cara a la galería.

El abrazo del oso de los independentistas.
Veamos el otro sumando de la endiablada ecuación: los nacionalistas, soberanistas, e independentistas, que de todo hay, sin que sean todos lo mismo. Reforzados en su papel de árbitros en la dicotomía gobierno/elecciones, juegan en la actual coyuntura un papel fundamental, lo que nunca saldrá gratuito. Bien inclinándose por el PP, como hicieron en la elección de la Presidenta y la Mesa del Congreso, bien apoyando una alternativa pilotada por el PSOE. De nuevo resulta peligrosamente inoperante tratar a lo diverso como si fuera igual, por lo que es conveniente analizar las diferencias entre nacionalistas pactistas que, de momento, se ajustan a la legalidad, e independentistas rupturistas, embarcados en un desafío frontal con el Estado.

Por lo que respecta al PNV no parece que existan demasiadas dificultades para contar con su apoyo (activo o pasivo) a un gobierno alternativo al PP, ya que su proceso soberanista se ajusta, por ahora, a las reglas y normas constitucionales y estatutarias. Ahondar en la vía vasca es un peaje que el PSOE deberá contemplar para lograr la investidura de Pedro Sánchez. Otra cosa son los partidos independentistas catalanes, ya embarcados en la creación de la República catalana, lo que les incapacita para jugar un papel positivo en la actual coyuntura. Salvo que los socialistas estén dispuestos a aceptar su órdago político, y validar el procés mediante un referéndum de autodeterminación. Algo que PDC y ERC han dejado meridianamente claro. Por otra arte, el margen de maniobra de estas fuerzas independentistas, en caso de tenerlo, está condicionado por la CUP. No entiendo muy bien que sentido tiene insistir en contar con ellos. Porque no se trata de la cuestión teórica sobre el derecho a decidir, sino eminentemente práctica: someter la viabilidad del futuro gobierno a su agenda soberanista. A Unidos Podemos esto no le causa mayores problemas, ya que proponen un referéndum pactado y dentro de la Constitución, algo bastante problemático, pero es de todo punto inaceptable para el PSOE. Así que la mejor forma de fracasar es repetir el error táctico del anterior intento de investidura de Pedro Sánchez. Esperemos que los dirigentes de UP hayan aprendido de sus errores, aunque no los reconozcan. No se culpe a nadie de ello, pero téngase en cuenta, como decía Cortázar.

Vistas así las cosas, el duro debate interno del PSOE, una vez reabierta la ventana de oportunidad de una alternativa a Rajoy, va a girar sobre si abstenerse y dejar que gobierne Rajoy, o contar con los nacionalistas del PNV, cuyo concurso resulta necesario para un gobierno socialista. ¡Como para ponerles más difíciles las cosas!. Conviene no olvidar que sin los socialistas es imposible, hoy por hoy, un cambio significativo en España. Parece de cajón que exigirles lo que no pueden hacer es tanto como propiciar su fracaso. Como señala Kant, es un disparate esperar una explicación de la razón, y determinar de antemano de qué lado tiene que caer.

Las odiosas matemáticas.
¿Han aprendido algo los dirigentes de Podemos?. A tenor del discurso de Pablo Iglesias en el debate de investidura me temo que no mucho. Todo indica que quieren volver a repetir la jugada, aunque con una suma menor de escaños, aferrados a la cantinela de que los números siguen dando para un gobierno de izquierdas con nacionalistas e independentistas. Este especie de fetichismo contable olvida que la aritmética parlamentaria es algo más que matemáticas (aunque se resuelva matemáticamente), ya que los números están cargados de política e ideología. Claro que a los que solo saben sumar y restar es fácil que se les escapen algunas sutilezas del cálculo político. Sutilezas innecesarias, por otra parte, cuando se simplifica el juego político al plantear la dicotomía fundamental, eje de la actividad política, entre pueblo y casta, versión actualizada de la vieja y nefasta doctrina de la III Internacional de clase contra clase, que entre sus peores desvaríos situó a la socialdemocracia en el mismo bando (orilla) que al nazismo, facilitando con ello su triunfo. Cuando finalmente rectificaron era demasiado tarde.[2] Desde luego, desde dicotomías de ese tipo es difícil explicar los casi 10 millones de votantes a la vieja y nueva casta del PP y Cs.; por no hablar de los 5 millones de votos recibidos por la casta socialista. Tal dislate nace de la fascinación por el momento populista teorizado por Laclau-Mouffe, que nuestros profesores universitarios han asimilado alegremente a las movilizaciones del 15M y las sucesivas mareas sectoriales. De ahí su catastrofista idea de que estábamos ante una situación pre revolucionaria, un factible e inmediato asalto a los cielos, con la inmensa mayoría de la sociedad decidida a acabar con el régimen del 78. Dan ganas de gritar con Rousseau: ¡Sors de l’enfance, ami, réveille-toi!.[3]

Las dos alternativas a un falso dilema.
[4] Descartados los independentistas, solo veo dos alternativas para la investidura de Pedro Sánchez: una estaría basada en el acuerdo con Unidos Podemos, con el apoyo de CCa. y PNV (163 votos). El problema es que se necesitaría la abstención de al menos 7 diputados de Cs. Es algo bastante difícil pero factible, ya que volvería a situar al partido naranja ante la responsabilidad de desbloquear la situación, una vez fracasado el acuerdo de investidura con el indeseable Rajoy. Tendría también la virtud de poner toda la presión sobre la derecha, y someter a prueba ese sentido de responsabilidad que exigen a otros ante el riesgo de terceras elecciones. En cualquier caso, Unidos Podemos debería ser consecuente con dicha necesidad y hacer lo posible para facilitarla. Sinceramente, no creo que las descalificaciones de trazo grueso ayuden.

La segunda alternativa es, en mi opinión, la más ventajosa para la izquierda transformadora: un gobierno monocolor del PSOE con independientes de reconocido prestigio, pactado con las fuerzas dispuestas a apoyarlo desde fuera. El margen de maniobra es mucho mayor, al desaparecer algunos obstáculos. Solo necesitaría, al menos, contar con el apoyo afirmativo de Podemos y CCa., y la abstención de Cs. y del PNV (157 votos frente a 135); siempre, claro, que los independentistas no votaran en contra. Tendría la virtud de aislar al apestado y tóxico Rajoy, mandar al PP a la oposición, incidiendo en su crisis interna, al tiempo que propiciaría la necesaria fragmentación política de la derecha; una división hasta ahora patrimonio en exclusiva de la izquierda. Es la más factible, al hacer más asumible la abstención a Cs. Pero también la mejor en la actual coyuntura, entre otras razones porque dejaría a Unidos Podemos mayor margen de acción política para defender su programa, que no sería factible de llevar a cabo, al menos en aspectos importantes, si entra en un gobierno vigilado por Bruselas, obligado a realizar una nueva tanda de recortes de complicado encaje presupuestario. Sin olvidar que desde la oposición constructiva, Unidos Podemos puede, valga la redundancia, ejercer una eficaz tutela y presión sobre el gobierno, obligándole a promulgar las medidas urgentes de regeneración democrática, emergencia social, recuperación de derechos y libertades, derogación de leyes ultraconservadoras, neoliberales o sencillamente reaccionarias, basadas en la ideología clerical más retrógrada; y que el juego parlamentario permitiría alcanzar acuerdos legislativos trasversales, como la reforma electoral y constitucional. Naturalmente sería un gobierno de transición, con una duración acordada, tras la cual, y si la mayoría de los diputados así lo decidiera, volvería a darse la palabra a la ciudadanía. Se trata, en definitiva, de una jugada política que permitiera pasar de la disyuntiva Rajoy o elecciones, a la disyuntiva Rajoy o Sánchez, ya que es bastante poco probable una repetición de comicios.

En cualquier caso, el dilema al que se enfrenta la izquierda, y particularmente el PSOE, no es nada fácil de resolver. Se necesita habilidad negociadora, cintura política, y un horizonte estratégico claro (el socialismo para nosotros) que encuadre los pasos de hoy en la meta de mañana. Porque no son tiempos para aferrarse a líneas rojas ni a principios desfasados o inaplicables en la actual coyuntura. Si los principios te impiden cambiar la realidad, cambia los principios o la realidad te cambiará a ti. Dentro de pocas semanas, presumiblemente tras las elecciones gallegas y vascas, sabremos si un gobierno alternativo al PP es posible. En todo caso, gran parte de la viabilidad de este último dependerá de la destreza política de Unidos Podemos. Esperemos que esta vez acierten.

P. d. Para acabar, unas preguntas impertinentes:
¿Qué hace Alberto Garzón en la segunda fila del grupo Unidos Podemos?.
¿Tiene menor relevancia política que Errejón y Montero?.
¿No deberían sentarse juntos Iglesias y Garzón, como líderes de la coalición de izquierdas?.
¿Acaso no es la forma más adecuada de visibilizarla y valorar adecuadamente el papel en ella de IU?.
Mal empezamos, compañeros.

 

 

[1] Personaje del cuento Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, que cuando se le encarga un trabajo responde siempre: preferiría no hacerlo.

[2] La política de clase contra clase fue adoptada por la Internacional Comunista (IC, o Comintern) en su VI Congreso (julio-agosto de 1928), en sustitución del frente único, postulado desde 1921, que abría la posibilidad a los comunistas de establecer acuerdos con otras fuerzas obreras o de izquierda para objetivos definidos de lucha, bajo el presupuesto de que a través de ella se lograría desenmascarar a las dirigencias reformistas y enfrentarlos con sus bases. La orientación de clase contra clase se basa en el supuesto catastrofista de la inminente caída del capitalismo mundial. De ahí el repudio a todo compromiso con otras corrientes políticas, como la socialdemocracia. Se anulaban las diferencias entre dictadura y democracia burguesa, y sólo se reconocía la existencia de dos campos políticos excluyentes: fascismo versus comunismo. Los socialistas, desde ese entonces, fueron etiquetados como socialfascistas, el principal enemigo de la clase trabajadora contra el que debía dirigirse el golpe principal. Se mantuvo hasta que en el VII Congreso de la Comintern (1935) fue sustituida por el frente popular. Puede verse: Milos Hájek. Historia de la Tercera Internacional. Crítica, 1984.

[3] ¡Sal de la infancia, amigo, despierta!. Jean Jacques Rousseau. La nouvelle Héloise.

[4] No contemplo aquí la propuesta-manifiesto, aparecida en los periódicos, de un gobierno de Progreso con PSOE, Podemos y Ciudadanos, porque su aceptación ahora por los que antes lo rechazaron exigiría a Podemos reconocer su error, y a Cs. desistir de su veto a un gobierno en el que participe Podemos, ambas cosas poco probables.

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