Coyuntura

La Grande Torpeza

Si hubiera que buscar un denominador común a la política española sería el de torpeza, algo más difícil de definir y valorar que los errores y, por lo mismo, capaz de afectar a prácticamente todos los actores del docudrama español, donde el delirio se vende como sensatez, y la crítica política se transmuta en reproche moral. Tanto las derechas conservadoras y pseudoliberales, como las izquierdas más o menos radicales, pasando por la gama gris y borrosa de la socialdemocracia (socialcentrista, socioliberal, socialista), se esfuerzan en robar plano en el espectáculo mediático de las sesiones parlamentarias. En las sociedades democráticas modernas, con una opinión pública hiperactiva gracias a las redes sociales, la política no puede ejercerse efectiva y eficazmente sin la suficiente dosis emocional que acompañe a la necesaria credibilidad. Y no hay nada como la torpeza para destruirla. Por eso, la larga cambiada de la moción de censura, ejecutada por Pedro Sánchez con precisión y dominio de los tiempos, ha descolocado a casi todos, pero especialmente a populares, ciudadanos, independentistas atrapados entre el ser (judicial) y el querer ser (político), y, en menor medida, a el staff directivo de Podemos, enredados en el coste de oportunidad de una oposición que beneficia a Sánchez. Y todo cuando la crisis territorial y la presión evolutiva de la Revolución Digital, con sus efectos disruptivos, exige políticos con sentido de Estado y proyecto de país. Veamos.

Populares: el modelo salvini para salvarse

Los tics autoritarios de los populares han aflorado en el argumentario del partido sobre la moción de censura. Admiten su legalidad (de lo contrario tendrían que acudir al Constitucional), pero tachan de ilícito su resultado, con el argumento de que Sánchez no ha ganado las elecciones, olvidando que en nuestra democracia la legitimidad para gobernar reside en el Congreso de los Diputados, y no directamente del voto ciudadano. Esta curiosa concepción del derecho a gobernar, que confunde sistema parlamentario con presidencial, no es más que una manifestación más de la genética político-patriótica de la derecha, actualización aznarista del posfranquismo de Fraga, ahora buscando el rebufo de los nuevos aires ultraconservadores-populistas. La elección de Casado como presidente del PP tiene más de vendetta contra el centrismo pasota de la funcionaria Sainz de Santamaría, que de verdadera apuesta por la renovación regeneradora que necesitarían los populares para volver a resultar atractivos al electorado de centro-derecha. Los pronunciamientos del nuevo líder elogiando a Orbán, y oponiéndose de facto a la censura del Parlamento Europeo por la deriva autoritaria de Hungría, son reveladores de por donde van los tiros. Su mala retórica agresiva, las descalificaciones burdas, y las comparaciones disparatadas con que se opone al gobierno socialista suenan a impostada imitación de los salvinis, trumps y bolsonaros que hoy florecen por el mundo. Un suicida intento de cerrarle el paso a los de Vox y frenar el, hasta ayer, irresistible ascenso de Ciudadanos. Su obsesión es impedir a toda costa que funcione el gobierno Sánchez, utilizando torticeramente para ello la Mesa del Congreso y la mayoría absoluta del Senado, para impedir la aprobación de los presupuestos. No le importa crear serias perturbaciones institucionales y económicas con su increíble viaje propagandístico a Bruselas para que los rechacen. Carente del menor sentido de Estado, con una pobreza preocupante de ideas, sobreactúa como los malos actores con su exigencia de un inconstitucional 155 sine die, creando una peligrosa frontera entre ellos o nosotros que solo consigue, paradojas de la política, consolidar el apoyo independentista al gobierno de Sánchez, y facilitar el dibujo caricaturesco de una España autoritaria, intransigente, y centralista. Con tal de ejercer su papel de salvadores de la patria, no dudan en ponerla en peligro. Todo vale con tal de impedir que tenga éxito la acción de gobierno socialista, y que sus políticas sociales consoliden electoralmente al PSOE. ¡Grande torpeza!

Ciudadanos: a la busca del espacio perdido

Rivera y sus mariachis ciudadanos, tras experimentar una dosis excesiva de autoestima, y gozar de un colocón de optimismo electoral, se han encontrado ante una difícil navegación entre dos aguas: oponerse al gobierno de los socialistas, y necesidad de diferenciarse de los populares. Con el resultado de un claro escoramiento a la derecha más intransigente y malhumorada, lo que mengua sus posibilidades políticas de alternativa macroniana, si es que alguna vez las tuvo. Una fuga hacia la derecha nacionalista que facilita paradójicamente la recuperación del terreno electoral al PP, un vehículo más seguro para ese viaje. Su pugna por pedir más fuerte, más alto y más rápido el 155 resulta tan disparatada como grotesca. Ese es un territorio con propietario, aunque solo sea porque Rajoy ya lo ha ejercido, pero con los esperables resultados conocidos. De seguir así, lo que pudo ser una alternativa modernizadora de la derecha europeísta a un PP carcomido por la corrupción y la nadería política, será, a lo sumo, la percha imprescindible de los populares. Es decir, lo que ha sido hasta ahora. Su actividad política, una vez instaurado el ecosistema político desfavorable de un gobierno con vocación de permanencia, consiste en aplicar tres estrategias de supervivencia básicas: depredación (mantenerse a base de perjudicar a los competidores), carroñería (utilizar para uso propio los destrozos populares), y parasitismo (aprovechar los dos anteriores para erigirse en la única opción salvadora, españoleando por toda la geografía patria). Se trata de una estrategia muy arriesgada, con graves riesgos de desnaturalización. En tan solo unos pocos meses de sobreactuación patriótica ha vaciado su mochila ideológica del inicial liberalismo con sensibilidad social para sustituir su levedad por el recio y contundente peso del tradicionalismo conservador, lo que le ha costado las primeras desafecciones, como el portazo de la eurodiputada Carolina Punset. Si Ciudadanos no se anda con cuidado, y desarrolla una política algo más sofisticada y menos bravucona, la soterrada competencia con el PP por ver quien es el tipo más duro del país a la hora de enfrentar el independentismo catalán puede llevar a la, hasta hace poco, esperanza blanca de la derecha, escandalizada con la corrupción pepera, hacia territorios salvajes de la derecha extrema, donde ya habita una formación en alza que huele sangre. ¡Grande torpeza!

Independentistas: entre tener y aparentar

Una de las peores y más frustrantes situaciones en la que puede encontrarse una organización política es la de los independentistas, atrapados en el peligroso juego de las apariencias. Incapaces de reconocer la nueva situación creada tras su fracasado intento de sucesión unilateral, y de admitir la necesidad de plantearse una nueva estrategia acorde con la realidad, tratan de ganar tiempo construyendo república en el imaginario de sus militantes. Todo a la espera de lo que deparará el próximo juicio a los políticos encarcelados, hoy su principal atractor movilizador. Una espera que exacerba a los cuperos, propicia el auge de la contestación callejera de los cdr, y crea un desalentador caldo de cultivo para la desesperanza entre sus votantes. No ayuda, sino todo lo contrario, la elección como President de un admirador del independentismo filonazi de Nosaltres Sols en los años treinta, tuits y artículos supremacistas y xenófobos aparte, con una irresistible tendencia a las proclamas belicistas y la arenga emocional, incapaz, por otra parte, de acallar las criticas cada vez más fuertes entre los suyos. Es un grave error que perjudica seriamente la bien construida imagen internacional de los independentistas. ¡Grande torpeza!

Ciertamente, está en la naturaleza de los nacionalismos sentirse Nación y pensarse Estado; el problema surge cuando ese sentimiento adquiere naturaleza prepolítica, tribal, lo que supone inevitablemente cierto nivel de supremacismo, púdicamente cubierto por el manto (o mantra) del España nos roba, apelando al argumento definitivo del bolsillo para hacer “poble” cuando no existe dominación colonial, opresión dictatorial, ni ocupación militar. Se trata de suplir en la Europa civilizada la vieja realidad, señalada por el gran historiador Fontana -mal comprendido, o que se hacía mal comprender- de que no hay independencia sin guerra de independencia. El procés seria la versión pacífica catalana, su aportación al independentismo en la Europa civilizada, vista con simpatía por los ultranacionalistas flamencos. Ahora bien, resulta peligrosamente infantil pensar que puede ser no violenta, salvo que se entienda -o mejor, mal entienda-, como tal la ausencia de violencia física organizada, y de nivel suficiente como para suponer un peligro para el Estado, algo que no siempre está en la mano de las autoridades independentistas controlar. En el siglo XXI europeo, donde ni la lucha armada, ni la violencia social, ni un uso excesivo del legítimo poder gubernamental tienen cabida, saltarse la ley democráticamente establecida es una forma habitual de violencia, de carácter insurreccional si el objetivo es la independencia de una parte del territorio. Esta nueva realidad de insurrección pacífica se manifiesta por primera vez de manera clara en Cataluña, cuando no está adecuadamente reflejada jurídicamente. Pero es algo que tarde o temprano deberá abordarse (los próximos juicios, y las sucesivas instancias internacionales, pueden ser una buena ocasión) pero me parece evidente que una insurrección no deja de serlo porque no se apoye y defienda con un ejército.[1] Cuando no se tiene el argumento de la fuerza solo se puede esgrimir la fuerza del argumento, y este solo puede ser la ley en el Estado democrático de Derecho. La gran torpeza de los independentistas no consiste en haber soñado con una imposible intervención de la UE (de nuevo el espejismo de Kosovo, que si contaba con una fuerza armada), sino en pensar que el pacifismo anulaba los efectos penales de la insurrección. Esta dialéctica de movilizaciones y unilateralidad en forma de república en diferido, es una apuesta muy arriesgada porque impide toda maniobra estratégica de retirada ante la abrumadora inferioridad de sus fuerzas frente al poder del Estado español, y el estratégico fondo de maniobra que le otorga la pertenencia a la UE. En este sentido, el farol del ultimátum lanzado por Torra en el Parlament, rápidamente retirado y criticado por sus socios, expresa bien a las claras la falta de estrategia ante el empantanamiento de la ensoñación independentista. Se puede entender la petición del referéndum de autodeterminación como una conquista a largo plazo (en realidad el verdadero objetivo del procés), pero resulta de una torpeza inexplicable ponerle fecha, y amenazar la estabilidad del único gobierno con el que pueden dialogar. Nada extraño, porque sigue la estela del pueril acato, pero no cumplo, de Puigdemont y sus últimos mohicanos. El resultado de estas actitudes irredentas ha supuesto que el bloque independentista perdiera varias votaciones en el revivido Parlament, incluida, paradojas de la vida, una sobre el derecho inalienable del pueblo de Cataluña a la autodeterminación; y todo sin que se atisbe ganancia alguna. La última expresión de torpeza es la exigencia-chantaje al gobierno para que presione a la fiscalía y retire los cargos (o, al menos, los suavice) contra los políticos presos, cuyo alargamiento irresponsable de la prisión preventiva les convierte de facto, aunque no de jure, en prisioneros. Cierto, este tipo de injerencias han ocurrido, ocurren, y ocurrirán, pero en este caso resultan de imposible realización, ya que hacerlo supondría reforzar el argumento central del independentismo: España no es una verdadera democracia ya que no existe independencia judicial. ¡Grande torpeza!

Unidos Podemos: cómo ser sin estar

Atemperados, de momento, los conflictos domésticos en Podemos, las torpezas se han centrado en la actitud de Iglesias, dispuesto a recuperar el liderazgo mediático del impasse obligado por su reciente paternidad. Tras la desastrosa gestión de su chalé, convirtiendo un tema estrictamente personal en una cuestión de política interna mediante su peculiar automoción de confianza de carácter plebiscitario, ha sabido intervenir positivamente en los momentos críticos de las negociaciones sobre los presupuestos, apuntalando la gobernanza socialista, pese a la negativa de Sánchez a su reiterada pretensión de formar parte del gobierno. Esperemos que sea el comienzo de una inteligente oposición colaborativa, el necesario acompañamiento crítico que fortalezca la alternativa de izquierdas frente al acoso de las derechas iracundas. Menos hábil ha estado en su ronda de conversaciones con Junqueras, Puigdemont y Urkullu, otorgándose un papel negociador del que carece, lo que ha motivado el cariñoso reproche de Sánchez. Iglesias no soporta los papeles secundarios, ni acepta que el PSOE ocupe toda la escena, cuando los votos de Unidos Podemos son determinantes. No le falta razón, porque el desafío al que se enfrenta Unidos Podemos es reforzar el gobierno de Sánchez sin fortalecer la tendencia a ser fagocitados electoralmente por los socialistas. Pero el juego de estar sin estar en el gobierno no es la solución, aunque ofrezca réditos mediáticos. El eje de una política que marque las diferencias con la socialdemocracia sin hacer el juego a la derecha, estriba en ejemplarizar en cada ocasión propicia la alternativa transformadora. Y en esta tarea no suele hilar fino. Una ocasión perdida, por ejemplo, ha sido la capacidad de proponer la persona para pilotar la renovación de RTVE, resuelta torpemente en las formas y en el fondo. Un disparatado reparto de cromos al más rancio estilo de la vieja política. La oportunidad brindada por Sánchez no podía utilizarse para obtener un efímero protagonismo, sino para ejemplarizar la nueva política impulsando que fueran los trabajadores de RTVE los que lo asumieran proponiendo, en un ejercicio de autogestión, su candidato, luego asumido y defendido por Unidos Podemos en el Congreso. Lamentablemente, todavía no se entiende que uno de los cometidos más importantes de la izquierda transformadora es posibilitar, primero de facto, luego de jure, la autogestión en el sector publico como forma de ampliar la democracia al sistema productivo, y hacer posible la gestión participativa de los trabajadores en el ámbito de la economía.

Dentro de las innecesarias torpezas, es significativo del descoloque en que siguen los comunes, evidenciado con la votación de ida y vuelta sobre la reprobación de Felipe IV, lo que no facilita precisamente las buenas relaciones con los socialistas. No resulta fácil entender la poderosa razón republicana que los ha llevado a disgustar por la mañana a los independentistas y por la tarde a los constitucionalistas, cuando la primera abstención servía adecuadamente para visibilizar tanto el reproche a la actitud del monarca, como el rechazo al unilateralismo. Tampoco ayuda políticamente los posicionamientos moralistas ante la hipócrita ofensiva de la derecha contra ministros del gobierno en base a conversaciones privadas, o mala gestión de la propiedad inmobiliaria. Produce estupor y tristeza ver cómo dirigentes de Podemos, siguiendo la tónica marcada por Iglesias, entran al trapo mediático de la reprobación personal de la ministra de justicia, obviando la dimensión política de la virtuosa descalificación por comer con indeseables. Un cambio de enfoque que le interesa a la derecha para su estrategia de demolición del gobierno socialista, horrorizada ante la perspectiva, reflejada en las encuestas, de que pueda consolidarse como alternativa progresista de gobierno en las próximas elecciones. Contribuir a que el ruido moralista provocado por el revanchismo de la derecha se acumule es favorecer irresponsablemente la paralización de la acción política del gobierno.

El acompañamiento crítico al gobierno socialista, tan necesario como oportuno, no es posible sin una estrategia transformadora que sepa ganar posiciones sin debilitar la mayoría de izquierdas. Para evitar que esta actitud se convierta (o perciba) en una muleta del PSOE es necesario poseer profundidad estratégica. Cuando se carece de ella, el horizonte político es siempre coyuntural, se reduce a respuestas tácticas, lo secundario puede aparecer como fundamental, se pierde la capacidad de maniobra, y se distorsiona la posibilidad de convertirse en alternativa. Cuando el PSOE lo hace medianamente bien, aunque sin tocar los pilares del sistema socioeconómico capitalista, asumido como el mejor de los sistemas posibles, la inspiración socialdemócrata de Podemos le impide hacer política alternativa, debatiéndose entre el radicalismo de propuestas que la mayoría social percibe como poco realistas, y los planteamientos claramente populistas peligrosamente similares a los de la nueva ultraderecha. Un claro ejemplo es el intento de crear una corriente en Unidos Podemos, impulsada por Anguita, Illueca y Monereo, en línea con el movimiento alemán Aufstehen (En pie), fundado por Sahra Wagenknecht, líder del grupo parlamentario de Die Linke (La Izquierda), disparatada versión de izquierdas de Alternativa por Alemania (AfD), con el loable propósito de conectar con amplias capas de la población, los perdedores de la globalización que están demandando seguridad, orden y protección. Este insensato ejercicio de comprensión hacia ciertos aspectos de las políticas ultraderechistas, como las de Salvini y el Decreto Dignidad de Luigi Di Maio, obvia que no se basan en ninguna estrategia de transformación del sistema capitalista, sino en su defensa autoritaria, peligrosamente parecida a la que en su día propuso el ex socialista Mussolini, quien también supo engatusar a amplias capas de votantes de izquierdas.[2] Esta vez es la globalización capitalista y el dominio financiero de la economía, con sus nuevas interdependencias e imperativos políticos, la que genera un déficit de soberanía, una crisis de gobernanza, y una desconfianza generalizada en el sistema democrático y la UE como el mecanismo y el espacio más adecuado para resolver los problemas de los trabajadores. Lo que no entienden los nuevos reformadores autoritarios es que la salida no puede ser un retroceso, una especie de neoludismo político básicamente reaccionario, sino la formulación de un proyecto de transformación inscrito en la globalización, y basado en la ampliación de la democracia, que permita ejercer realmente un control eficaz de la acción político-institucional. Pecan de ilusos quienes piensan que la actual proliferación de respuestas populistas autoritarias, de carácter conservador en lo social y neoliberal en lo económico, es la corriente donde navegar, la Aufgewármte Suppe (sopa recalentada) de la que nutrirse para alcanzar el poder. Al hacerlo reducen su capacidad de lucha ideológica, y pueden terminar avalando las propuestas de la ultraderecha antisistema en una especie de olvido catastrófico, similar al que afectó a la socialdemocracia.[3] ¡Grande torpeza!

Socialistas: resistir hoy para vencer mañana

En cuanto a los socialistas, viven un momento dulce tras el inesperado éxito de Pedro Sánchez y su moción de cesura. Puede que no sea un gran estadista, pero ha demostrado poseer tanto resiliencia a las arremetidas de tirios y troyanos, como habilidad para conjurar complicidades. Claro que los errores de la derecha, particularmente en los dos campos de mayor conflictividad, la cuestión catalana y la cohesión social, le facilitan las cosas. En el primero, Sánchez ha conseguido recuperar el diálogo como cauce de acción política, cuyo desarrollo no puede reducirse a un soliloquio constitucional como hizo Rajoy; en el segundo, ha logrado impregnar su política de progresismo con medidas de fuerte carácter simbólico, como la formación de un gobierno con mayoría de mujeres (que están ahí por mérito propio), la exhumación del cadáver de Franco, las iniciativas contra la ley mordaza, y la inclusión en los presupuestos de partidas con marcado carácter social (pensiones, la subida del salario mínimo, permiso de paternidad, dependencia, etc.). Pero el principal escollo y desafío al que se enfrentan los socialistas es el conflicto catalán, que puede resultar letal si no se afronta con inteligencia y visión de Estado. La dependencia parlamentaria del independentismo catalán es su talón de Aquiles, compensado en parte por la apertura del diálogo institucional con la Generalitat. Sin embargo, la presión independentista para que haga gestos favorables a sus presos. y el mantenimiento en el tiempo de la tensión republicana, pueden crear situaciones de alto riesgo político que precipiten los acontecimientos. Sin duda, tiene razón Sánchez cuando dice que los catalanes tienen que votar. La cuestión es qué votar. Hay tres opciones a cuál más endiablada:

  1. Votar un referéndum de autodeterminación pactado y reconocido internacionalmente.
  2. Votar un nuevo Estatuto de Autonomía con un aumento sustantivo y sustancial de autogobierno.
  3. Votar una consulta sobre las preferencias de los catalanes respecto al estatus constitucional de su relación con el Estado español, que permita, en su caso, abrir la posibilidad reglada de separación.

Aunque ya me he extendido en otros artículos[4] sobre estas salidas, resumiré cuáles son las posibilidades de resultar exitosas, en función de la actual correlación de fuerzas en el ámbito nacional e internacional:

El referéndum de autodeterminación pactado es, hoy por hoy, inviable. No solo porque carece de reconocimiento jurídico y político internacional aplicado a un país de la UE, sino porque el independentismo no tiene la fuerza social suficiente, ni la capacidad política necesaria (pese a la instrumentalización de las instituciones autonómicas) para forzar al Estado a negociarlo. Es previsible que el pulso independentista, y sus réplicas constitucionalistas, continúen. Pero el resultado será un pernicioso estancamiento ante las líneas rojas constitucionales que nadie, salvo las bases de la CUP, está dispuesto a sobrepasar. Cuanto antes se descarte este viaje a ninguna parte, mejor para todos. Votar un nuevo Estatuto de Autonomía es una propuesta más sensata, y puede tener la virtud de atraer al catalanismo moderado que hoy apoya al independentismo, y que no parece muy dispuesto a sacrificar la estabilidad política y económica por una hermosa quimera. El problema reside en que un nuevo Estatut, aún contando con la dudosa aquiescencia de los independentistas, no es factible sin el apoyo en el Parlament de Ciudadanos. Y que, en el mejor de los casos, aplaza un problema latente desde hace, al menos, cien años. Hay que reconocer que Puigdemont tiene razón al señalar que embarcarse ahora en la negociación de un nuevo Estatut es un deseo piadoso que no tiene en cuenta la realidad creada por el procés. Es decir, haría falta un largo periodo de debilitamiento del independentismo, y el apoyo de una parte significativa de sus representantes políticos, lo que no parece muy plausible. Solo nos queda, por tanto, la vía pactada de un derecho de consulta con posibilidad de separación. Pero su dificultad salta a la vista. Solo una clara mayoría de izquierdas con sentido de Estado es capaz de gobernar las incertidumbres inherentes al problema de la articulación territorial en un mundo globalizado, donde las interacciones políticas y económicas marcan el terreno de resolución de los problemas nacionales. Por eso conviene que los socialistas no se llamen a engaño: la libre asociación de las distintas nacionalidades que configuran España es el principal problema político, y no valen formulas de un pasado que siempre vuelve. Olvidarlo es condenarse a repetirlo de forma cada vez más enconada. ¡Grande torpeza!

Incompetencia en tiempos de confusión

Todo este cúmulo de torpezas ocurre en un momento histórico complejo, vórtice de una tensión dialéctica difícil de gobernar y prever (como todo vórtice), donde los síntomas de una reacción autoritaria, iliberal en el mejor de los casos, profundamente reaccionaria, se acumulan, con un amenazante progreso de la ultraderecha, alimentada por la falta de respuesta eficaz a la indignación ciudadana ante una crisis que no termina de cerrarse, o lo hace agravando el coste social y aumentando la desigualdad. La falta de seguridad en el trabajo; el parón primero, y descenso después, del ascensor social; la alarma cultural ante una migración imparable; el fallo sistémico del sistema político-institucional provocado por la corrupción; la impotencia paralizante de las formaciones políticas tradicionales, con mayor incidencia en la izquierda sin relato para el siglo XXI; el pauloviano encogimiento defensivo ante los efectos disruptivos de Revolución Digital; la eclosión de falsas noticias, postverdades, hechos alternativos, y el ruido amplificado de la sociedad de la información… son síntomas inequívocos del caos acercándose al límite que caracteriza a los sistemas complejos no lineales abiertos y adaptativos. El diagnostico más claro y evidente del agotamiento de un sistema socioeconómico nacido hace 300 años, incapaz de satisfacer las expectativas que el mismo crea, y cuyo impulso científico-técnico está desatando las fuerzas capaces de transformarlo frente a los intentos de reformarlo; o, en todo caso, sostenerlo recurriendo al autoritarismo populista de extrema derecha. Cuando se trastocan y trasmutan los valores establecidos, cambian las fuerzas que garantizan la cohesión social, y la confusión afecta tanto a víctimas como a victimarios, es lógica la reacción popular que busca certezas en la incertidumbre y seguridad en el desconcierto. Si no los encuentran en la izquierda, prisionera del no hay alternativa, no es de extrañar que se oriente hacia la derecha antisistema, Y se aferre a su explicación más simplista y engañosa, con un enemigo exterior (inmigrantes, comunistas, judíos, musulmanes) que oficie como gran chivo expiatorio. Una vieja historia de sangre y barbarie civilizada. Cuando la razón práctica fracasa a la hora de explicar los malestares sociales, deja paso al discurso del miedo y el imperio de la emoción, que magnetiza con la descripción del presente e impide pensar el futuro. Ante el desconcierto de unos y la ensoñación retrógrada de otros, la izquierda transformadora necesita ofrecer un proyecto creíble de nuevo sistema socioeconómico, basado en la concurrencia cooperativa, que permita el despligue ordenado, justo, y eficaz de las fuerzas productivas desarrolladas por la Revolución Digital, y su intensa presión evolutiva. Y tener siempre en cuenta que para transformar el sistema socioeconómico no basta con ser realista, lo que a veces supone supeditarse a lo existente, sino que debemos ser capaces de ganar, en la cotidianidad del día a día, la credibilidad imprescindible para impulsar el esfuerzo colectivo, sin el que no es posible transformar la realidad. Un proceso lento, difícil, arriesgado, porque el avance al socialismo de la era digital, en un mundo globalizado, supone una larga y difícil marcha por un territorio no cartografiado, donde los viejos mapas suponen un viaje a ninguna parte.

 

[1] Es como si no se pudiera considerar un ciberataque a los sistemas vitales y defensivos de un país como un acto de guerra porque no intervengan fuerzas armadas.

[2] Ver Steven Forti: ¿Por qué queréis blanquear a Salvini? (https://ctxt.es/es/20180905/Politica/21599/Steven-Forti-Hector-Illueca-Manolo-Monereo-Julio-Anguita-Cuarto-Poder-Movimiento-5-Estrellas-la-Liga.htm)

[3] Con el termino olvido catastrófico (Catastrophic forgetting) en Inteligencia Artificial se describe al fenómeno que ocurre cuando una red neuronal entrenada para una tarea olvida lo aprendido al verse expuesta a nuevas enseñanzas.

[4] Ver: Carlos Tuya, Derrotas autoinflingidas. De la épica de las palabras al desastre de los hechos. (03/10/2017) http://confluencia.network/coyuntura/918/

image_pdfimage_print