Coyuntura

La sorprendente euforia de los perdedores

Más allá de las encuestas, el sorprendente resultado electoral del 26J entraba dentro de lo previsible, como ha terminado por reconocer Carolina Bescansa. Bastaba con no olvidarse tan alegremente la macroencuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de Abril, donde reflejaba un claro descenso de Podemos y un no menos nítido ascenso de Unidad Popular. Profundizando en el análisis de los datos, lo que se supone es especialidad de Bescansa, podía deducirse el riesgo de que una parte del electorado entendiera la apuesta de Podemos por ir en coalición con Unidad Popular como una maniobra oportunista ante su clara bajada en la intención de voto. En su momento no se contempló el posible efecto rechazo a una coalición mal explicada y peor dotada de argumentos, con un posicionamiento neosocialdemócrata poco creíble. Y adornada, para más inri, con rancios fuegos de artificio patriota. Pero eso son cosas que no parecen tener importancia para Pablo Iglesias y su equipo, agrupados en torno al gran-pequeño líder. Tras el desconcierto inicial, se le veía feliz por haber capeado el temporal interno -más bien marejadilla en un vaso de agua- y reafirmado su mayorazgo. Ahora a la oposición, señaló con una amplia sonrisa a los periodistas. ¿Ahora si, antes no?

La pena es que su actual temporada en la oposición parlamentaria será mucho más difícil y menos provechosa que la que hubiera tenido tras el 20D, absteniéndose para que se pudiera formar un gobierno presidido por el socialista Pedro Sánchez. Pero eso ya lo he argumentado suficientemente en mi anterior artículo. Solo señalar que haría bien Pedro Sánchez y el PSOE en envainarse sus criticas a Podemos y Unidad Popular por negarle dos veces su investidura. No puede obviar su lastimosa precipitación -las maniobras de Pablo Iglesias terminaron por desequilibrarle, pese a su aparente serenidad- al cerrar un pacto con Cs. sin antes haber intentado negociar el tipo de gobierno que, respetando las líneas rojas del Comité Federal del PSOE, habría podido terminar aceptando Podemos. Apoyándose para ello, como pareció inicialmente, en la actitud mas inteligente y dialogante de Alberto Garzón. Ahora es agua pasada, que no mueve molino pero señala el cauce por donde seguirá discurriendo si no se actúa adecuadamente.

En cuanto a Rajoy, solo cabe admitir su capacidad de resistencia, y la habilidad con que ha sabido aprovechar su segunda oportunidad. Nada asombroso, por otra parte, ya que la derecha no duda en anteponer sus intereses globales y taparse la nariz para votar a los suyos aunque estén cubiertos de mierda; mientras que la izquierda se rasga las vestiduras si hay que hacer concesiones para avanzar, anteponiendo sus intereses de grupo a los globales de las clases trabajadoras. Pero que nadie espere una seria y profunda autocritica por su impagable contribución a que el Partido Popular se beneficie de un segundo raund, tras la oportuna pausa de recuperación.

En cualquier caso, malas noticias para los trabajadores. Ante este panorama no se entiende muy bien a qué tanto entusiasmo. ¡Pero es que se quieren tanto! La inteligencia emocional del grupo dirigente de Podemos tal vez sea muy emotiva pero resulta poco inteligente. Y ahí están los resultados. Sinceramente, no quiero ser un cenizo, pero lamento tener que informarles que no están los tiempos para la lírica ni cartas de amor entre profesores universitarios. Ahora toca hablar de lo inmediato y urgente, del salario mínimo, de la precariedad del empleo, del empleado pobre, de la emergencia social, de la defensa de los derechos sociales. Y, levantando la vista, del horizonte estratégico de transformación socialista del capitalismo. Tras las elecciones ¿un líder reforzado? Lo dudo. Es preferible contar con un dirigente modesto, cuya grandeza estribe en defender eficazmente los intereses, actuales y futuros, de los trabajadores.

 

Más allá de las encuestas

Ahora lo importante no es saber por qué han fallado las encuestas, sino la razón por la cual más de un millón de votantes han optado mayoritariamente por la abstención. Y qué hacer para recuperarlos. La razón de tal desafección no puede buscarse en los vericuetos del psicoanálisis y el miedo a ganar. Debemos encontrarla en la propuesta política encarnada en la coalición Unidos Podemos, sin menospreciar ciertos aspectos formales de una campaña que, por no asustar, se hizo patriotera y vociferantemente vacía. ¿De verdad se creen los dirigentes de Podemos que una encuesta a la militancia, por muy amplia y bien planteada que esté, puede suplir el análisis político de la correlación de fuerzas? ¿Acaso pretenden cambiar demoscopia por política, y ajustar sus propuestas a lo que piensan y piden en cada momento los encuestados? Porque de ser así, maldita la falta que hacen los grupos, partidos o movimientos políticos, cuya misión es esclarecer los hechos, orientar la acción y proponer objetivos a corto y largo plazo. Lo contrario es convertir el grupo político en mero intérprete de los deseos de los votantes; una especie de correveidile académico embebido en cuestionarios sociológicos. No es de extrañar que de tal punto de partida se arribe rápidamente al cómodo puerto de una socialdemocracia light. Y que la ideología dominante campe a sus anchas.

Radical, cuando no grosero, en las formas; reformista, cuando no conservador, en el fondo. Pablo Iglesias ha conseguido molestar a todos: posibles votantes de clase media y media-alta de Podemos, seguros votantes de extracción obrera y popular de IU. Su personalidad autoritaria, y la nebulosa política que cubre sus ideas, puede encandilar a sus militantes, pero genera un fuerte rechazo en amplias capas de la sociedad donde debe fraguarse la mayoría para el cambio. Pero de eso, ni palabra. Prietas las filas con el líder, la todavía más cohesionada dirección de Podemos hace piña bajo la entusiasta consigna de ¡a la oposición!. Los nacidos para ganar se toman un respiro temporal. Y así, queridos electores, tras una corta estancia en la oposición para hacerse mayores y aprender el juego parlamentario, conseguirán gobernar en la siguiente legislatura. Puede ocurrir. Sin embargo, parece que se les escapa un pequeño detalle: no van a estar solos en la oposición, sino acompañados del PSOE, que tiene todas las papeletas para arramblar con los beneficios de ser la primera fuerza de la izquierda. ¿De verdad piensan que ¡si se puede! ganar protagonismo en la oposición a las políticas del PP confrontando la nueva socialdemocracia con la vieja? ¿Dónde establecer las diferencias políticas más allá del simplista no me fío? Es más, ¿están seguros de que los camaradas de IU les van a seguir la corriente, y no actuar como cenizos gruñones? Porque ese es el verdadero problema político: cómo cohesionar el grupo parlamentario de Unidos Podemos, más allá de la coyuntural coalición, sin un planteamiento común de izquierdas que englobe las distintas sensibilidades en un mismo horizonte estratégico. Se puede ir juntos con la nueva (signifique esto lo que signifique) socialdemocracia pero no revueltos. Porque la oposición es un lugar poco agradable donde no caben liderazgos compartidos ni discursos y propuestas discordantes. Avanzar hacia la unidad o exponerse a la ruptura, tal es el desafío al que se enfrenta Unidos Podemos.

 

Unidad Popular frente al espejo electoral

¿Y de Unidad Popular qué? Su preocupante eclipse tras las elecciones no anuncia nada bueno. El dilema que se le plantea a Alberto Garzón es de envergadura: ceder por completo el liderazgo de Unidos Podemos a Pablo Iglesias para salvar la coalición, desdibujando con ello la única alternativa trasformadora; o exigir una visibilidad suficiente para que Izquierda Unida pueda jugar un papel reconocible. Solo veo una salida: impulsar una autentica confluencia política y organizativa que se dote democráticamente de sus nuevos organismos de dirección colectiva y liderazgo compartido. Algo que choca con la cultura absorcionista de Podemos. Estaría bien que se supiera ya por donde van los tiros.

Y no aclara mucho las cosas el piadoso argumento de Alberto Garzón para justificar la coalición Unidos Podemos: de haber ido solos habrían tenido peores resultados. A parte de carecer de base empírica (la encuesta de abril del CIS indicaba lo contrario) resulta un planteamiento utilitarista poco convincente, por decirlo con la obligada cortesía. Parece olvidar que lo importante, mas allá de los resultados electorales, es que la coalición es una necesidad táctica (electoral) que solo tiene sentido estratégico en la perspectiva de la unidad de las izquierdas. Sin lo segundo, lo primero carece de significado, salvo sortear las dificultades económicas y asegurarse un numero mínimo de diputados. El problema es que si no se camina decididamente hacia la unidad, lo que presupone, por otra parte, una clarificación política urgente de la opción neosocialdemócrata de Pablo Iglesias, esos diputados de Izquierda Unida van a tener poca capacidad política, salvo que, como hace Compromís, se integren en el Grupo Mixto. ¡Menuda pirueta!

Pero hay más. Comedido y prudente, como es habitual, el Coordinador de Izquierda Unida, Alberto Garzón, remitía el pasado 29 de junio una carta a los militantes y simpatizantes avanzando un primer análisis de los resultados electorales. En ella pueden leerse algunas afirmaciones que, cuanto menos, convendría matizar. Por ejemplo: La abstención nueva, los que se quedaron sin votar en esta ocasión pero sí lo hicieron en diciembre, prácticamente coincide con los votantes perdidos por la coalición. No está claro si este electorado se perdió ya antes de la coalición, por la frustración respecto a las negociaciones en la investidura, o si ha sido un fenómeno posterior. Pero sí parece claro que no hemos logrado convencer a todos nuestros votantes del momento histórico por el que atraviesa nuestro país… Efectivamente, pero de esa constatación no se deduce ninguna explicación siquiera embrionaria. Ya lo han hecho los que siempre consideraron, en uno y otro campo, la coalición como un error. La verdad es que Unidos Podemos representa un inexcusable desafío político que ha demostrado ser mayor del esperado.

Pero sigamos leyendo: Mientras en 2011 únicamente teníamos once diputados en ese espacio, hoy hay setenta y uno. Se trata de un avance considerable, si bien insuficiente. Hombre, parece un tanto precipitado poner a todos los diputados en la misma cesta de Izquierda Unida, ahora llamada espacio, como si la candidatura de 2016 hubiera sido de Unidad Popular. No es un argumento convincente, aunque a algunos les sirva de analgésico.

Finalmente, Garzón también cae en el optimismo de la voluntad sin el contrapeso del pesimismo de la razón cuando afirma; Los próximos meses y años serán de enormes retos para las clases populares y para la izquierda social y política (???) Y para afrontar esa tarea nos encontramos más fuertes que nunca… Y tenemos una organización comprometida con un proyecto político llamado socialismo. ¿Más fuertes por qué? ¿Por los ocho diputados y dos senadores de Izquierda Unida sin más? ¿Por la existencia de la propia coalición sin avances hacia la unidad? Ni una palabra de como se va a articular y expresar esa ganancia electoral en el seno del grupo Unidos Podemos pilotado por un Pablo Iglesias que declara haberse caído del caballo marxista para abrazar la nueva socialdemocracia. ¡Pero esa es la cuestión fundamental de cara al trabajo parlamentario y la movilización social!

La pregunta, madre de todas las preguntas, es: ¿tienen el mismo proyecto político unos y otros? ¿Es compatible organizativamente el horizonte estratégico socialista y la propuesta socialdemócrata de capitalismo social? ¿Se lo ha planteado seriamente Alberto Garzón y los nuevos dirigentes de IU surgidos en la XI Asamblea? Tendremos que esperar a las próximas reuniones del Consejo Político Federal de IU. En cuanto a Podemos, espero que sepamos algo más tras los resultados de la famosa encuesta interna, la cocina de Bescansa, y las conclusiones del Consejo Ciudadano del próximo 9 de julio.

Porque, la verdad es que, hasta ahora, ninguno de los partidos de izquierdas y centroizquierda han sabido estar a la altura de las circunstancias, ni leer correctamente la correlación de fuerzas en liza. Y así nos va. La insoportable levedad de unos dirigentes que pasan con suma facilidad de las caras largas al alborozo es de difícil digestión política. Uno no puede dejar de preguntarse de qué coño se alegran Pablo Iglesias y su santa compaña. Ni donde dónde encuentra sustento el optimismo de Alberto Garzón, salvo en la necesidad de animar a la militancia.

Me imagino que es lo mismo que se estarán preguntando los afectados por la crisis, cuando contemplan desolados como el gestor implacable de la austeridad dictada por el Eurogrupo, dispone de otros cuatro años al frente del gobierno.

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