Artículo extraído de Confluencia Network


 

No hay héroes en la retirada


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Lo peor es creer
que se tiene razón por haberla tenido
o esperar que la historia devane los relojes
y nos devuelva intactos al tiempo en que quisiéramos
que todo comenzase.
Ángel Valente

 

Que el procés era la crónica de un fracaso anunciado resultaba evidente para cualquiera con una mínima capacidad de análisis y valoración de la coyuntura histórica en que se desarrollaba. Lo que nadie podía imaginar es que incluyera la propia voladura de la fortaleza institucional mediante la carga explosiva de la DUI putativa (que se supone que tiene existencia legal, sin ser cierta), la escapada del cesado President Puigdemont para formar un esperpéntico Govern en el exilio que nadie se ha tomado en serio, y el concluyente acatamiento constitucional de la mesa del Parlament con la irreductible Forcadell a la cabeza. Tras años de concienzuda preparación, y para sorpresa de los entusiastas de la nonata República catalana, su insidiosa proclamación solo era simbólica, un trampantojo político sin profundidad ni perspectiva, y no una alternativa real al Estatut; y la transmutación del autogobierno (de autonómico a republicano) un farol para que Rajoy accediera a negociar, de tú a tú, un referéndum de autodeterminación... o lo que fuera. En la manga, el as de la internacionalización del conflicto, y la ocupación de la calle mediante las oportunas movilizaciones promovidas desde ANC y Ómnium Cultural, y ejecutadas por disciplinadas huestes de sansculottes cuperos en una parodia de insurrección posmoderna. Para terminar reduciendo la epopeya independentista a otro plebiscito, ahora mediante el acatamiento de las ilegales elecciones autonómicas convocadas por Rajoy gracias a su denostado Art. 155. Lo positivo de este gatuperio, y a la espera del resultado electoral, es que el fracaso de la DUI puede terminar vacunando a los independentistas contra la unilateralidad, como en su día ocurrió con el Plan Ibarretxe.

Poca épica e infructuosa astucia

En este juego de las apariencias todo se ha fiado a la épica de las multitudes, convenientemente entrenadas en las exitosas diadas independentistas previas. Sin duda, contar con más de un millón de personas dispuestas, en principio, a marchar tras la estelada, es una importante baza negociadora. El problema radica en que épica no compagina bien con astucia. Son inversamente proporcionales, pues la primera exige audacia y riesgo, mientras que la segunda reclama prudencia y cordura. Un ejemplo: la treta de votar en secreto, y solo la parte dispositiva de una resolución que, sin embargo, incluye la constitución de la República catalana, para evitar responsabilidades jurídicas, parece más el reconocimiento de la propia debilidad que una ingenua finta a la fiscalía. Porque, no nos engañemos, el voto secreto del Parlament evidencia más debilidad que habilidad. Supone reconocer que la fuerza legal y coercitiva del Estado es muy superior a su capacidad de resistencia. La DUI era un piadoso deseo (con apariencia democrática), por lo que se debían evitar riesgos innecesarios, trasladando la falta de épica parlamentaria a la calle mientras los parlamentarios independentistas se guardaban las espaldas. Con el triste resultado de regalarle a Rajoy un triunfo imprevisto.

Esto no significa que la astucia no sea necesaria. Al contrario, resulta fundamental cuando la correlación de fuerzas es desfavorable. Sirve para ganar posiciones y desarrollar con éxito la épica de las movilizaciones. Pero los independentistas olvidan que el nexo de unión de épica y astucia es la política, y ésta exige un análisis racional y no voluntarista de la coyuntura. Por eso, la gris realidad ha evidenciado que carecían tanto de suficiente astucia como escasa ha resultado ser su épica. Lo resume muy bien el profesor de Teoría Política de la Universidad Complutense de Madrid, Javier Franzé: El independentismo pereció justo cuando confió en sus propias fuerzas para chocar contra la muralla. No deja de ser también una lección para las fuerzas transformadoras españolas. Quizá va siendo hora de dejar de esperar la excepción, la crisis orgánica, el quiebre del “Régimen del ‘78”. Godots que nos quitan la vista de la gris política cotidiana, del momento frugal, del grano de arena… Europa no es lo que a menudo se piensa que es América Latina.[1]

Parece evidente que los teóricos del independentismo (economistas, jueces, abogados, sociólogos, periodistas, tertulianos etc.) no han tenido suficientemente en cuenta la fortaleza institucional del Estado español, la capacidad coercitiva de la ley, el carácter democrático (aunque incompleto e imperfecto) de la Constitución, y el papel internacional de España, integrada en la UE[2] y la OTAN; por no hablar de la existencia (hasta ayer silenciosa) de una mayoría ciudadana de catalanes que ni son ni se sienten independentistas. De ahí el fallido intento de involucrar en el conflicto a la comunidad internacional mediante burdas descalificaciones de la democracia española, donde es fácilmente perceptible el tufo xenófobo de algunas expresiones peyorativas; o las ridículas acusaciones de golpe de Estado por quienes han derogado la Constitución sin tener capacidad (ni votos) para ello. Resultan penosas las irritadas y cuperas declaraciones del cesado President Puigdemont en Bruselas, al que, en razón de su antiguo y muy honorable cargo, se le debería exigir mayor mesura y profundidad intelectual, y no recurrir a la pataleta del niño contrariado porque no le dan la luna.

El juego de la equidistancia

Implementado sin pena ni gloria el Art. 155, nos adentramos en la inevitable guerra de los relatos. Es el terreno preferido por algunos líderes populistas posmodernos, para quienes la realidad se construye mediante el discurso, lo que en la práctica supone una sarta de eslóganes titilantes como candilejas de teatro, exorcismos verbales con los que se pretende transformar dichos en hechos. Con ello, la izquierda renuncia a hacer pedagogía, necesaria para conquistar la hegemonía crítica frente al dominio ideológico de la derecha. Y olvida que damos significado a las cosas, los hechos y las relaciones para a-prenderlos. Y que lo logramos solo en la medida en que el significado refleja la realidad, y no adaptando la realidad a nuestro relato.

Hay momentos históricos en que los conflictos aislados y transversales se reagrupan en una especie de línea de Wallace,[3] con evoluciones separadas a cada lado. Así, en el campo independentista se produce una evolución convergente entre el catalanismo, soberanísmo, e independentismo primario. Paralelamente, en el campo constitucionalista se desarrolla un fenómeno similar de evolución hacia algún tipo de federalismo (más o menos consecuente) de centralistas y autonomistas de primera hornada. No es posible evolucionar en una imaginada tierra de nadie, lo que puede generar un serio problema de supervivencia a los infantiles habitantes de este país de nunca jamás. Las tensiones que tal dinámica tectónica provoca dentro de las organizaciones políticas se manifiestan en fuertes sacudidas y fracturas. Así, las pugnas internas de los socialistas catalanes, la ruptura de la antigua CIU, las diferencias entre anticapitalistas, la defenestración de Albano Dante Fachín en Podem y los ceses (Bercansa) en Podemos. Todos sienten que el suelo tiembla bajo nuestros pies. Y no por cuestiones definitorias de la política que deben caracterizar a la izquierda como el desarrollo democrático, la política económica, la agenda social, el medioambiente, etc. sino por la cuestión territorial, cuyo carácter interclasista diluye los distintos modelos de sociedad. El gran beneficiado de este cambio de foco es el sistema capitalista y sus políticas neoliberales. Que los que se reclaman de izquierda radical participen en tal disparate no deja de ser, cuanto menos, curioso.

Centrándonos en Unidos Podemos, es muy preocupante cómo les está afectando la equidistancia, especialmente en el terreno electoral. Materializada en su rechazo tanto a la DUI como al Art. 155, este indignado NI-NI, aunque tiene la virtud de no comprometerte y, por tanto, evita ensuciarse con la vulgar praxis del momento (la solución del referéndum pactado es, en todo caso, a futuro), permitiendo mantener la virginidad política, conlleva el elevado precio de caer en la inoperancia. Seguir con la matraca del rechazo al Art. 155, cuando se acepta su principal efecto, solo puede explicarse como un recurso retórico para ocultar la falta de ideas. En la práctica, no deja de ser una postura cómoda que esquiva las obligaciones impuestas por la realidad hoy para mantener el discurso de siempre. Esta forma de esquizofrenia explica, por ejemplo, el irresponsable tiro en el pié de Ada Colau rompiendo plebiscitariamente el pacto de gobierno con los socialistas en el Ayuntamiento de Barcelona. Todo en una sesión donde también se aprobó una surrealista moción que reconoce el Govern de Puigdemont como único legitimo, pero rechaza la proclamación de la República catalana, ¡cuyo Govern es el mismo![4] Este tipo de piruetas declarativas resultan inexplicables, salvo que traten de salvar posibles futuras alianzas de comunes e independentistas tras un resultado electoral el 21D sin mayorías absolutas. Una muestra de sancta simplicitas que desconozco si es auténtica, o expresión de un imperdonable cinismo político. Pero que, en cualquier caso, coloca a Xavier Domènech, cabeza de lista de Cataluña en Comú, en medio de la refriega, expuesto a que le pasen por encima el grueso de los electores, unos decididos a mantener la antorcha independentista (versión nuevo asalto), otros tratando de visibilizar de manera clara y parlamentariamente efectiva que los no independentistas son mayoría. Más sagazmente, los equidistantes del PSC, con Mikel Iceta al frente, se han propuesto una política de mano tendida a catalanistas (moderados), autonomistas y federalistas. Una inteligente propuesta de catarsis política por la reconciliación y cierre de las heridas, cuyo éxito está por ver, pero que seguramente evitará, cuanto menos, el descalabro; y, en el mejor de los casos, ser decisivos para la formación del nuevo Govern. A destacar la matriz empática de Iceta, virtud de la que carece Iglesias pese a sus teatrales efusiones cariñosas, que tal vez sean tan estridentes precisamente por ello.[5] Porque el altruismo político (ceder para ganar) ya no es un oxímoron, sino una necesidad política en las sociedades globales desarrolladas, donde el alto nivel de complejidad estructural exige colaboración y empatía para construir las oportunas alianzas, al no existir un único y poderoso polo aglutinador, como lo fue el proletariado en la sociedad industrial.[6]

En el fondo de todo este lamentable equívoco político subyace la confusión entre intermediación y equidistancia. La primera exige cierto distanciamiento de las posiciones enfrentadas, que solo es posible si no estás inmerso en el conflicto. Pero cuando lo estás, no puedes intermediar, por muy buena voluntad que tengas. Llega un momento en el que se debe tomar partido. Si no lo haces, te conviertes en un inútil equidistante, generalmente con resultados catastróficos. En política, el no a todo termina siendo un no a ti mismo. Por eso, al final, los equidistantes del ni DUI ni 155 se han encontrado con ambas cosas.

El procés y la fuerza

Cuarenta y dos años después de muerto, el fantasma del franquismo sigue ganándole batallas a la izquierda transformadora, sin un claro proyecto de país que proponer ni un Estado que defender. Una izquierda atenazada por el pavor a que confundan su patriotismo constitucional (Habermas) con patrioterismo reaccionario. Tal vez por eso, frente a la DUI no tienen respuesta más allá de la cantinela: esto solo lo resuelve la política, como si la aplicación del Art. 155 no fuera un acto político, de consecuencias políticas, con desarrollo político. ¿Hay que negociar el reconocimiento de la autoproclamada (simbólicamente, señor juez) República catalana, aceptando los hechos consumados, como pretende el independentismo? No, claro. Pero si no se reconoce la DIU ni admite su legalidad resulta un contrasentido hacerlo con su aparato institucional (autonómico), transustanciado en República por arte de birlibirloque en el Parlament. Porque, tretas jurídicas aparte, lo que se pretendía era mantener las estructuras del autogobierno mientras se construían las republicanas, al tiempo que se intentaba negociar su reconocimiento nacional e internacional. Y, al menos, recular a cambio del referéndum. Todo muy pueril, pero es lo que tiene confundir la fuerza social de las movilizaciones con el poder político necesario para transformar la realidad en la Europa del Siglo XXI.

A este respecto, es necesario hacer algunas reflexiones en torno al poder real de las manifestaciones y de la llamada huelga país. Todo proceso insurreccional, y el procés lo era, crea y se rige por su propia legalidad que, por lógica, se contrapone a la legalidad existente y contra la que se subleva. Lo que ocurre es que para hacerlo es necesario contar con una fuerza rebelde operativa dispuesta a defender la nueva legalidad; o, como mínimo, la pasividad de la fuerza estatal a la que se enfrenta. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en Egipto (plaza Tahrir) y Ucrania (Maidán). Pero en nuestro caso no contaban siquiera con los Mossos, salvo su pasividad inducida el 1-O. De ahí el suicidio de la DUI. Así que, pasado el Rubicón, solo cabía movilizarse para generar el suficiente nivel de conflictividad social como para lograr la intervención de la comunidad internacional, especialmente de la UE. Ahora bien, las manifestaciones se alimentan de una fuente de energía difícilmente renovable, ya que el conflicto tiende a normalizarse, salvo que factores externos, como la prisión de dirigentes independentistas, o las cargas policiales, la nutran. Tal vez por eso Rajoy, en volantazo, ha ordenado la inacción policial frente a cortes de carreteras y ocupación de estaciones durante la fallida huelga general del 8-N, facilitando la labor de los piquetes independentistas.

Por otra parte, el rédito político de este tipo de acciones se consigue a costa de crear más desorden (disipación de energía) en el medio (sociedad), con el riesgo de que ese desorden se vuelva contra los disipadores, como demostró el resultado final del sobrevalorado Mayo del 68: arrollador triunfo electoral de la derecha, apoyada en una ciudadanía hastiada, que pedía orden y mano dura. Dicho con otras palabras, el aumento de la entropía del sistema independentista refleja la medida en que la energía social disponible se ha convertido durante el procés en energía disipada. Las cargas policiales, la prisión incondicional, las agresiones ultraderechistas, las ofensas y humillaciones del gobierno central alimentan el independentismo con su energía negativa. Pero cuando esta fuente de energía se agota, el sistema colapsa, y necesita transformarse si quiere sobrevivir. Como señala Frederick Soddy, premio Nobel de Química, las leyes de la termodinámica deciden, en última instancia, el ascenso y la caída de sistemas políticos.[7]

Volviendo al procés y su ectoplasmática República catalana, se plantea la pregunta que define la política, sea del color que sea: Qué hacer ahora ante la DUI y el Art. 155. No en un mañana que, en todo caso, dependerá de lo que hagamos hoy. La respuesta no puede estar escrita en el viento. Es importante no incurrir en viejos errores de planteamiento, funcionamiento, y conclusión, como hasta ahora, sin que la experiencia acumulada sirva de mucho. La izquierda llamada a transformar la sociedad no puede actuar exclusivamente dentro del troquelado (imprinting) ideológico,[8] sin el necesario distanciamiento científico que permite evaluar adecuadamente la coyuntura. Porque una cosa es habérselas con el factor de incertidumbre de toda acción política, y otra empeñarse en tirar los dados esperando que alguna vez sumen más de 12.[9]

Panorama después de la batalla

Tras la catártica experiencia del procés y su República que nunca fue, que ha dejado importantes daños colaterales (políticos, económicos, personales y sociales) entre los catalanes, y una vez fuera de la cárcel los presos independentistas, todo va a pivotar sobre unas elecciones autonómicas de enorme trascendencia, y no solo en Cataluña. Veamos.

Los independentistas, liderados esta vez por Oriol Junqueras y su integradora candidatura de ERC, se verán forzados a desarrollar una campaña centrada en la resistencia frente a la posibilidad de perder la mayoría absoluta en escaños, lo que supondría sumar la derrota electoral a la del procés. El ejemplo de lo ocurrido tras el fracaso del Plan Ibarretxe ha hecho saltar todas las alarmas en el campo independentista, aunque no lo suficiente como para construir una lista única, tal como quería Puigdemont, que finalmente encabezará Junts per Catalunya, tapaverguenzas del PDeCAT. Es una muestra clara de que se da por finiquitada la aventura republicana, y cada cual trata de salvar los muebles lo mejor que pueda y sepa. Tanto más cuanto que un President independentista va a necesitar, con toda probabilidad, sea por activa o por pasiva, el apoyo o la tolerancia de formaciones que no lo son. En este sentido, resulta reveladora la carta enviada desde la cárcel por Junqueras a la militancia de ERC, donde aboga por tejer complicidades y tener la mano tendida con Catalunya en Comú de Ada Colau.

Por su parte, Ciudadanos, con Arrimadas al frente, tratará de aglutinar en torno a su rentable firmeza constitucional el voto de los anti independentistas, finalmente movilizados tras el susto de la DUI y sus nada simbólicos efectos en la convivencia y la economía. Su oferta electoral se resume en la inclusiva frase Todos somos catalanes, que encabezó las exitosas manifestaciones de los constitucionalistas. De su capacidad para concentrar el voto de la oposición en su candidatura dependerá su opción de gobierno que, en todo caso, necesitaría el apoyo del PSC, no descartable en principio, pero de difícil concreción por las importantes diferencias políticas. De los populares poco que decir, reducidos a espectadores y avalistas del triunfo de Ciudadanos, sus amigos-competidores.

Los socialistas catalanes deberán moverse entre estos dos polos con la suficiente inteligencia y generosidad para no verse atrapados en la trampa del voto útil. Están en ello, al integrar por la derecha a soberanistas moderados de la antigua Unió, como Ramon Espadaler, ex conseller de Interior, al ex fiscal anticorrupción Jiménez Villarejo por la izquierda, y a personalidades de la Societat Civil Catalana, Federalistes d’Esquerres, La Tercera Vía y Portes Obertes del Catalanisme, además de históricos del socialismo y sindicalismo. Sin embargo, puede resultar insuficiente, dada la polarización de la sociedad. Aunque de conseguir un buen resultado electoral no son descartables distintas combinaciones parlamentarias que pudieran desembocar en la investidura de Iceta como President. Muy difícil, ya que solo sería posible si la agrupación electoral de la perpleja Ada Colau[10] está por la labor, y no repite el error de Pablo Iglesias en la fallida investidura de Pedro Sánchez. Sus erráticas manifestaciones políticas, y la ruptura del pacto con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona parecen indicar una arriesgada preferencia por ERC. El abrazo del oso amoroso de Esquerra Republicana de Catalunya puede ser letal para la izquierda, como lo fue el Tripartit, que le permitió hacerse con las consellerías de Educación en el primero, y de Cultura y Medios de Comunicación en el segundo, vitales para el proyecto independentista.

Complicado lo tiene En Comú Podem-Catalunya en Comú (ECP-CatComú), enfrentados a un escenario poco favorable debido al coste previsible de su calculada ambigüedad, que cotiza a la baja en épocas de polarización. Es factible que, finalmente, su papel principal sea el de secundarios facilitadores de la investidura de otros. En ese caso, la cuestión se volverá a presentar como un dilema de difícil solución: permitir un President independentista, o uno constitucionalista. Es decir, o el causante de una DUI irresponsable, o el avalador del denostado Art. 155. Y no valdrá escudarse en el protector NI-NI. En ambos casos afrontan desagradables consecuencias: ser muleta de uno u otro, lo que siempre han combatido, y enfrentarse al riesgo de más fracturas internas. Lo que nació como una fuerza con vocación de triunfo y renovación política puede verse relegada a un modesto cuarto puesto en el Parlament, donde, eso sí, pueden ser decisivos, lo que exige alta capacidad y responsabilidad política. Veremos.

La CUP, con su candidatura lo más amplia posible, claramente rupturista, independentista y de izquierdas, tratará de volver a jugar el mismo papel decisorio en el bloque independentista. Y, de paso, seguir gozando de la protección y posibilidades operativas que brinda estar en el Parlament. Antisistema sí, pero dentro del orden establecido. Una vieja historia (Sinn Féin, Herri Batasuna) que demuestra la impresionante capacidad de la democracia liberal y el sistema capitalista desarrollado para integrar la protesta, y usarla como anticuerpo. En cualquier caso, nada volverá a ser lo mismo para el movimiento antisistema tras malgastar sus fuerzas en levantar, ¡paradojas de la vida!, una república burguesa con los mismos que hasta ayer combatían por su política económica neoliberal y represiva contra los movimientos sociales.

En definitiva, el panorama preelectoral configura un inestable periodo de transición, donde ninguna de las fuerzas en liza es capaz de ofrecer una salida concluyente y convincente al conflicto. Y demuestra, una vez más, que la ausencia de una estrategia transformadora convierte a la izquierda en colaboradora necesaria, o simple espectadora, de la política ajena.

De la protesta indignada a la propuesta transformadora

La crisis catalana ha puesto a los dirigentes de la izquierda ante el espejo. Ha bastado que surgiera un difícil problema territorial para que la locuacidad indignada y el ceño fruncido dejaran al descubierto el carácter retórico de las propuestas políticas. No han sabido pasar de la protesta a la propuesta, sencillamente porque siguen anclados en la enmienda a la totalidad, sin una alternativa transformadora a la política neoliberal imperante, demostrando un imperdonable desconocimiento del álgebra gubernamental, de la aritmética parlamentaria, y de la geometría política; enquistados en las certezas binarias del enfrentamiento entre ellos (casta, bloque borbónico, triple alianza, gran coalición) y nosotros (la gente, el pueblo, el común de los mortales). Olvidan, o desconocen, que la política es una actividad correctiva, y que sus propuestas deben ser factibles asertivas y proactivas. Que los líderes políticos deben ser algo más que notarios de los deseos e inquietudes sociales. Parafraseando a Wittgenstein, los problemas en política, como los filosóficos, surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones, y el razonamiento se suple con loops interactivos (idea, que se repite de forma indefinida) tan inútiles como simplones: mandato democrático, pueblo de Catalunya, derecho a decidir, presos políticos, golpe de estado, represión franquista, etc.

¿Resulta tan difícil entender primero, y asumir después, que defender la Constitución, aún cuando sea con el objetivo de reformarla o transformarla, es vital para la izquierda? ¿Cómo no darse cuenta del disparate político que supone dejar esa defensa en manos del neoliberalismo y sus diversas formaciones políticas? El nefasto doctrinarismo de la izquierda radical y la populista ciega a sus dirigentes, presos de la descalificación global del Régimen del 78, una simplificación analítica (muy poco marxista, por cierto), que sería origen de todos los males, y que les emparenta con la extrema derecha y el independentismo supremacista. En el fondo, tras toda esta palabrería sin sentido se esconde una dramática falta de proyecto de país, una supina ignorancia política, una inadmisible pereza intelectual, y un paralizante pavor a poner en cuestión los viejos dogmas que les acunan.

Tras la normalización electoral del 21D, las fuerzas de izquierda, coaligadas o no, se encuentran ante un serio desafío estratégico: ofrecer una salida factible al problema de fondo de la estructura territorial de España. Una salida que no se reduzca al encaje constitucional de Cataluña, aunque se resuelva en él, sino que establezca el adecuado cauce legal a la posibilidad de separación, que es un anhelo nacional con siglos de resiliencia. De no ser adecuadamente atendido volverá a resurgir, hipotecando el futuro socialista de nuestro país. Porque toda reforma constitucional que niegue esta posibilidad solo retrasa (en el mejor de los casos) el estallido de un conflicto latente. Ni la mejora del Estatut, ni el desarrollo federalista de España, ni un referéndum de autodeterminación no contemplado en ninguna democracia avanzada[11] son la respuesta al conflicto territorial. La única propuesta que aúna la obligada factibilidad política con el deseable progreso social es la que articula el derecho de consulta y la posibilidad de separación, como explico en mis artículos Derrotas autoinflingidas y Cataluña: referéndum, independentismo, y legalidad.

Porque la convivencia en España no puede basarse exclusivamente en el principio de unidad recogido en el Art. II de la Constitución, sino que debe contemplar la tensión permanente de la posibilidad de separación. Lo que, bien visto, puede ser un aliciente para avanzar en formas cada vez más eficaces de articular la unidad. No veo otro camino para integrar a los independentistas en la solución. Como tampoco se me ocurre qué solución puede haber sin los independentistas, al menos mientras subsista el sentimiento identitario en una parte significativa de la población. Está bien que, tras el baño de realismo de su paso por los juzgados, el independentismo catalán, como antes el vasco, vuelva a la senda constitucional, pero tendremos que ofrecerles alguna vía para que pueda, mediante los mecanismos constitucionales, alcanzar legalmente sus legítimos objetivos si queremos que el acatamiento no sea un tregua antes del nuevo conflicto.

Un escolio esperanzador

Quiero acabar con unas reflexiones sobre el momento político, su dinámica, y desafíos, a fin de pensar el futuro, que es lo que nos caracteriza como especie. Y lo hago con la esperanza de que pueda servir, al menos, como tema de debate para los agentes políticos interesados en convertir, siguiendo el apotegma clásico, la crisis en oportunidad. Consciente de que lo importante en política no es soñar con que se cumplan nuestras expectativas, sino descubrir lo que realmente ocurre. Una realidad que, frecuentemente, suele entrar en conflicto con algunas ideas firmemente establecidas. No podemos confundir la verità effettuale della cosa con nuestras fantasías y deseos, como sabiamente aconseja Maquiavelo.[12]

Los agravios insensatos de la campaña contra el Estatut por parte del PP, la irresponsable sentencia del Tribunal Constitucional, usurpando poderes legislativos que no le corresponden,[13] la inacción política de Rajoy, parapetado en una interpretación rígida de la legalidad constitucional, son los principales ingredientes del cocido independentista, tan gustoso para una parte de catalanes como indigesto para el resto del país. La purga del Art. 155 puede provocar una desagradable vomitona que alivie momentáneamente la indigestión nacionalista, pero dejará nuestro sistema democrático tan debilitado que va a necesitar el reconstituyente de una profunda reforma constitucional capaz de integrar el secular anhelo independentista en una convivencia renovada del ser para estar sobre la base del mutuo reconocimiento.

A la espera del resultado de las elecciones del 21D ya podemos sacar algunas conclusiones: en primer lugar, el independentismo parece estar aceptando que sus legítimas aspiraciones solo pueden desarrollarse dentro del cauce y las posibilidades de la legislación constitucional, sin más aventuras unilaterales, contribuyendo activamente a la reforma de la Constitución; en segundo lugar, los constitucionalistas no pueden obviar el hecho de que una parte significativa de la ciudadanía catalana desea la independencia y que, si no halla vías de realización constitucional, puede caer en la tentación de reincidir en la vía unilateral, con riesgo de utilizar métodos violentos. En cuanto a la izquierda transformadora, su tarea en la reformulación de la estructura territorial de España tiene que consistir en defender una visión de la unidad de España que incluya la posibilidad de separación de sus nacionalidades, tanto si se mantiene el modelo autonómico como si se opta por uno federal. Para la izquierda la independencia de Cataluña, o el País Vasco, debe ser un posible pero nunca un deseable. Y mucho menos que se intente conseguir a lo Sansón, derribando el templo constitucional sobre todos los españoles, y luego ofrecerse ante el mundo como la víctima.

Afrontemos, por tanto, el nuevo escenario de confrontación política que se va a configurar tras las elecciones catalanas desde la perspectiva estratégica de la nueva sociedad que emerge por el desarrollo de la Revolución Digital y su explosivo desarrollo de las fuerzas productivas, presionando evolutivamente hacia el socialismo,[14] y que hoy se ven constreñidas por unas relaciones de producción capitalistas incapaces de eliminar la desigualdad, crear y repartir riqueza sin comprometer el futuro de la humanidad, y hacer realidad la igualdad de oportunidades que permita el libre desarrollo de su capacidad a todos los miembros de la sociedad. Todo en un proceso que exige la disolución de las fronteras, y no el fortalecimiento de las viejas, o la creación de nuevas. El nacionalismo que repunta, y el reflujo identitario en busca de la seguridad perdida, no son más que los estertores de un mundo que agoniza. No es viable un verdadero progreso sin la destribalización de los lazos nacionalistas (de todo tipo) y la resocialización del individualismo en una cooperación y solidaridad que necesita transcender las fronteras.

Seis años después del 15M, el sistema de dominación neoliberal ha logrado recuperarse y caminar decidido hacia una nueva crisis global, con la confianza renovada de que No Hay Alternativa. Y no la habrá si no somos capaces de construir un proyecto común de transformación socioeconómica, aprendiendo de los errores, y trabajando por la confluencia de todas las fuerzas socialistas mediante un proceso prudente, paciente y progresivo de reformas estratégicas en la construcción del nuevo socialismo, bajo sus premisas definitorias: más democracia, más eficacia productiva, más justicia distributiva, más protección social, y más respeto medioambiental. Lo que exige, sin duda, que finalmente el mundo cambie de dueño.

 

[1] Ver: http://blogs.publico.es/otrasmiradas/11388/por-que-ondea-la-bandera-espanola-en-el-parlament.

[2] En Europa hay 21 regiones con movimientos independentistas que, de tener éxito, alterarían el mapa del continente y transformarían su política y su economía, algo que solo interesa a la extrema derecha y a la Rusia de Putin, los principales y casi únicos valedores del independentismo catalán.

[3] La línea de Wallace es una frontera natural que atraviesa Malasia (y que, como sabemos en la actualidad, coincide con la unión de dos placas tectónicas), que separa los animales derivados de Asia de los que evolucionaron en Australia.

[4] El pleno municipal de Barcelona del 2 de noviembre sobre la DUI, el Art. 155, y la judicialización del conflicto político en Catalunya, ha votado 5 mociones diferentes. En la primera, propuesta por ERC, fue aprobado con 29 votos favorables y 12 en contra, el consistorio reconoce al gobierno catalán y el Parlamento surgidos de las elecciones de 2015 como únicos representantes legítimos del pueblo de Cataluña. En cambio, el pleno ha rechazado otra proposición presentada por la CUP, que pedía reconocer la proclamación de la República Catalana.

[5] La matriz empática explica la paradoja de la alta puntuación de Alberto Garzón en la valoración de los líderes políticos, y el bajo apoyo a IU, su formación política. Ya es hora de que, como ha ocurrido en la economía, que la empatía entre a formar parte del análisis y la praxis política.

[6] Para una inteligente aproximación al tema, ver: Jeremy Rifkin. La civilización empática: La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis. Paidós Ibérica, 2010. Rifkin es un sociólogo aferrado al Homo empathicus, de un optimismo psicologista enternecedor, que sueña con un capitalismo de rostro humano.

[7] Este es un tema apasionante que todavía no ha sido adecuadamente desarrollado, que yo sepa, en los sistemas sociales, aunque si en biología.

[8] En etiología, proceso específico de aprendizaje, distinto del asociativo, que presupone la programación genética de la respuesta del sujeto ante las señales del medio, de forma que el aprendizaje queda definitivamente fijado al comportamiento del animal y la capacidad de aprendizaje desaparece. Es lo que ocurre en política con el dogmatismo.

[9] De todas maneras, yo estoy convencido de que Él, al menos, no juega a los dados (Einstein en carta a su amigo Max Born, donde expresa su rechazo al principio cuántico de incertidumbre). Hoy sabemos que estaba equivocado, pero la frase resulta correcta aplicada a los fenómenos sociales, donde los elementos constituyentes tienen voluntad (libre albedrío), por mucho que la genética juegue un importante papel. Ver Ridley Matt. Genoma. Taurus, 200. Capítulo 23.

[10] Ada Colau respondió a la pregunta de Ana Pastor en El Objetivo, de la Sexta, sobre si Cataluña era ahora una República: Entiendo y respeto a los millones de personas que estaban pendientes con anhelo de república. Yo soy la primera que comparto el anhelo republicano. Soy republicana de toda la vida, pero precisamente porque soy republicana creo que una república es una cosa muy seria. Yo estoy muy perpleja … Me cuesta pronunciarme porque estoy absolutamente perpleja.

[11] Hay pequeñas excepciones como Etiopía, el estado caribeño formado por las islas de San Cristóbal y Nevis, Bolivia (que lo otorga a las naciones indias del país), Ecuador (a los pueblos indígenas). Ver el trabajo del profesor José Antonio Perea Unceta, El secesionismo catalán en el contexto del Derecho Internacional (http://eprints.ucm.es/30946/1/PEREA%20UNCETA.pdf)

[12] Nicolás Maquiavelo. El Príncipe. Alianza Editorial, 2010.

[13] Hay que reformular las potestades del Tribunal Constitucional, de forma que no usurpe las del Congreso y los parlamentos autonómicos, anulando o modificando estatutos. A lo sumo, podrá señalar la necesidad de cambios constitucionales si entran en conflicto con artículos de la Constitución. Ver artículo en eldiario.es del catedrático de derecho constitucional de la Universidad de Sevilla, Javier Pérez Royo, Constitutivamente incapaz. (www.eldiario.es/zonacritica/Constitutivamente-incapaz_6_705239485.html

[14] Esta idea la desarrollo ampliamente en mi próximo libro, El Robot socialista.