Autonomías

Catalunya y la unilateralidad : encerrados con un solo juguete

La insoportable levedad de la épica low cost

La liquidez de la política en Catalunya adquiera cada vez mas tonos de comedia del disparate. Estamos ante un ejemplo claro de la evanescencia de la épica “low cost,” fenómeno socio-político nutrido de postureo,, grandilocuencia de marketing y ausencia casi ( o sin el casi) total de análisis de las dificultades a vencer para conseguir el objetivo, la correlación de fuerzas y la necesaria política de alianzas. La derrota parlamentaria de los presupuestos presentados por el govern de Junts pel si, no ha hecho sino confirmar la situación de impasse que sufrimos después de las elecciones falsamente plebiscitarias del pasado mes de septiembre. Los resultados confirmaron que las fuerzas políticas partidarias de la independencia no contaban con el suficiente respaldo para llevar adelante un proceso secesionista unilateral., pero si tenían mayoría parlamentaria para gobernar, y eso es lo que no han hecho. Desde las filas de Junts pel Si se ha cargado la responsabilidad de esa demostración de ineficacia en los vaivenes y divisiones de la CUP. Es cierto que esta formación ha evidenciado grandes dosis de infantilismo, aunque desde el punto de vista del espectáculo hay que agradecer el suspense de los resultados de sus asambleas, pero en todo caso aquellas no han sido mucho mayores que las de continuismo y oportunismo aportadas por Convergencia y hasta por ERC. El problema de fondo, el real, es que tanto para Junts pel Si como para la CUP la contradicción principal, cuando no fundamental, de la sociedad catalana es la nacional. La asimilación de esa contradicción por parte de la sociedad catalana vendría dada por la transversalidad del independentismo proclamada y publicitada por un importante sector de los medios de comunicación. Pero los resultados tanto de la consulta del 9N del 2014 como los de las elecciones del 27S del 2015 demostraban la existencia de una clara división geográfica y social sobre el tema . Y es que, cuando no existe una situación de dominio colonial y se vive bajo la gestión neoliberal de una gran crisis del capitalismo, convertir el tema nacional en el eje central y definitorio de la política tiene mal acomodo con la realidad. La verdadera y única transversalidad que atraviesa y conforma del “procés” es la de la hegemonía de las pequeña y mediana burguesía, especialmente en la Catalunya interior. Ni las oligarquías económicas ni los sectores mas representativos de las clases trabajadoras han tenido un peso específico determinante en la movilización independentista.

Los tiempos están cambiando

El caso es que fiel a sus compromisos preelectorales el Govern de Junts pel Si, coalición que tiene vocación de efímera, con el apoyo no menos volátil de la CUP, se marcó como principal objetivo definir una política de avance hacia la independencia: concretado, e un decir, en una hoja de ruta a desarrollar en 18 meses. El principal problema de esa apuesta es la unilateralidad que habían defendido en la campaña del 27S y confirmado posteriormente en la declaración de desconexión. La unilateralidad se sostenía sobre el sofisma de que la actual situación política de España hacía imposible la reforma de la estructura del Estado , por lo que había que pasar claramente a la ruptura. Es decir no hay fuerza suficiente para acordar pero si para imponer. Desde el gobierno del PP se jugó con ese desafío desde la seguridad de que no podía llevarse a cabo y se tensó el enfrentamiento esperando obtener réditos electorales. Esta política contaba con la colaboración implícita de importantes sectores del PSOE que practicaban un seguidismo centralista acrítico. Sin embargo los resultados electorales del 20D modificaron sustancialmente la situación.

En el escenario territorial del bipartidismo el PP y el PSOE han defendido conjuntamente el modelo de configuración autonómica con matices: El PP insistiendo en el aspecto centralista, el PSOE mas descentralizador. Por otra parte ambos han pactado según sus conveniencias con las derechas nacionalistas de Euskadi y Catalunya. Todo ello conformaba un modelo de descentralización política moderada y ligeramente asimétrica que se sustentaba en gran parte en los mencionados acuerdos con CiU y PNV. Pero la implantación territorial del PSOE, y en especial en las comunidades históricas, también era clave para sostener ese Estado de las autonomías y gestionar sus contradicciones. Ahora bien, el 21D las cosas ya no son así. El PSC pasa a ser una fuerza secundaria en Catalunya y Euskadi dentro del campo de la izquierda y en Galicia en trance de los mismo. A lo que hay que unir el declive claro de Convergencia y la desaparición de Unió en Catalunya. Al mismo tiempo, las candidaturas de las confluencias, claramente anticentralistas, en Catalunya y Galicia y la de Podemos en solitario en Euskadi, avanzan y hasta se imponen sin que eso suponga un desgaste notorio de Podemos en el resto del Estado. Todo ello avala que la posibilidad de cambio en el modelo nacional tiene una base social y electoral creciente, lo que que contradice el sofisma unilateralista independentista. Sin embargo la no concreción de acuerdos para gobernar y la permanencia en funciones del gobierno del PP, ha impedido que esos cambios se concretasen en medidas políticas, y ha favorecido la continuación del impasse en Catalunya. Un impasse que ha sido caldo de cultivo de inevitables tensiones dentro del campo independentista por la hegemonía.

En sus pocos meses de vida el govern de Junts pel Si se ha enfrentado con poco acierto y escasa iniciativa al reto de la gestión de sus competencias en el marco de la falsa austeridad neoliberal. Lo que es lógico si tenemos en cuenta la tibieza de ERC  ante los postulados y consecuentes políticas neoliberales y la adhesión de CDC laos mismos. El ultimo episodio de des-govern catalán se ha materializado en el rechazo de unos presupuestos continuistas en la austeridad, sin suficiente respaldo de la CUP y sin negociación previa con la oposición.

Significativamente esta demostración de incapacidad para llevar adelante medidas de mejora de la realidad cotidiana de la mayoría de la sociedad, ha desembocado en una reactivación del unilateralismo, concretada en la propuesta de la CUP de realización de un Referendum Unilateral de Independencia ( RUI). Más de lo mismo, disfrazado de matices nominales y apariencia de desobediencia radical, y más forcejeo para cambiar la correlación de fuerzas dentro del bloque secesionista, como adolescentes encerrados con un solo juguete.

El próximo panorama post-electoral promete ser también complejo en el ámbito de la cuestión nacional, pero está abierto y posibilita la única salida posible al impasse catalán: ganar aliados y fuerzas en el conjunto de España, para realizar su reforma como estado, dentro de la que se ha de inscribir el derecho a decidir de las diferentes naciones que lo componen.

 

 

 

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