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Del nacionalismo al populismo: la encrucijada liberal

 

En el mundo globalizado, los avances de los trabajadores en los países de la vieja Europa; el ataque se ha ido produciendo, de la manera y al ritmo que se puede hervir una rana viva. Primero, se sumerge ésta en agua fría, sobre un fogón; el agua tibia adormece al batracio, que pierde su capacidad de percepción, hasta que acaba cocido, desollado y comido.

Frente a la globalización capitalista, algunos quieren oponer el nacionalismo. Pero la Nación es una ensoñación humana, que dotó de espíritu a los mercados capitalistas, una sin el otro, y viceversa, son inconcebibles; uno constituye la base material de la red que los hace posibles, la otra nace en el ámbito cultural, donde se aprende el intercambio y la relación. Es un concepto, además, burgués, que permitió dar significado a la conciliación de clases –“un solo pueblo, una sola nación”- justo en el siglo del capitalismo, cuando éste exacerbaba la confrontación.

Ahora, cuando el capitalismo, que no puede avanzar sin destruir lo que ha creado, está adquiriendo carácter global, destruyendo las bases materiales de los mercados nacionales, con la internacionalización de sus principales mercados: información, financiero y procesos productivos. Renace en Europa el nacionalismo, que ha sido el alma de todo populismo. Toma la forma de movimientos diversos, que tienen todos en común el miedo al futuro globalizado y el repliegue en las viejas utopías patrioteras.

En el Sur toma la forma de la rebelión de las regiones ricas contra Estados golpeados por la crisis económica, e incapaces de gestionar la solidaridad en los viejos marcos institucionales del estado-nación, porque la Unión Europea retrocede en sus políticas de cohesión social, que fueron la base de las ampliaciones realizadas, en los ochenta y los noventa hacia el Sur y el Este.

En el Este, adopta formas autoritarias y xenófobas, aglutinando los sentimientos antirusos, de los viejos estados sometidos a la influencia de la antigua URSS. Sus gobiernos intentan arrastrar al conjunto de la Unión en su revanchismo, y resucitan los viejos progroms, esta vez, a falta de judíos, ya exterminados en sus tierras, contra los inmigrantes del este y el sur.

Y en los estados centrales de la Unión, aquellos que creían haber recobrado la concordia continental, renacen los bonapartismos chovinistas y el sentimiento de la gran patria, alemanes y franceses resucitan viejas banderas, en forma de partidos filo-fascistas, que acusan a la cohesión de la Unión Europea del deterioro de sus estados del bienestar, y del final, sin remisión, del pleno empleo; externalizado, éste último, en forma de procesos productivos, hacia países y zonas con mano de obra más barata y suficientemente preparada.

Frente a éste auge populista, que recoge, además, los restos del comunismo nacional de los estados; se produce el repliegue de la izquierda, incapaz de comprender qué es y qué significa un mundo global; algunos se preguntan cómo es posible que aún, su enemigo principal, el capitalismo, pueda seguir revolucionando las fuerzas productivas y destruyendo las viejas instituciones. Olvidan el preámbulo del “Manifiesto Comunista”: el capitalismo solo puede avanzar…, destruyendo; solo que, hoy en día, son las instituciones del propio capitalismo, quien, como Saturno devora sus creaciones.

Viejos prejuicios del leninismo estalinista han impedido a la izquierda comprender lo que ocurría a su alrededor, tanto en el campo institucional: el significado del Estado Benefactor europeo de la posguerra de la II Guerra Mundial, especialmente en su constitución nórdica; como el llamado proceso de “Globalización” y la emergencia de las economías asiáticas y, muy especialmente, la de la China Popular post-revolución cultural. Ambos imposibles desde los esquemas históricos –etapas- del “escolasticismo marxista”.

El Estado del Bienestar, constituido tras la victoria más importante de la clase obrera europea desde la revolución rusa, la Guerra contra el nazi-fascismo, que desembocó en gobiernos que consiguieron amplias ventajas sociales, e introdujeron el ethos democrático en el estado burgués liberal; que pusieron bajo el control democrático más del 40% de la riqueza anual generada en los países europeo, especialmente las inversiones que más iban a contribuir al futuro desarrollo tecnológico: la educación, la investigación y la sanidad.

El despegue de China y la India, es la obra de la capacidad de aprendizaje de las clases artesanales y comerciales de los grandes subcontinentes asiáticos, despertadas por las revoluciones nacionalistas, sobre los restos de las civilizaciones orientales, arruinadas por el capitalismo colonial. Unos estados, erigidos para defenderse frente al dominio imperial, que muy pronto se dotaron de una tecnocracia, que tuvo como objetivo principal desarrollar su propio capitalismo, aprovechando la debilidad imperialista tras la guerra de Viet-Nam; y cuyo sistema técnico-educativo estuvo enfocado a la absorción de la tecnología occidental y japonesa más avanzada, y que han acabado por sumar a Corea del Sur y al Surente Asiático, a su proyecto de desarrollo del Pacífico.

Dos acontecimientos históricos, que abren una nueva perspectiva a la humanidad, siempre que los poderes institucionales que los han conformado no entren en conflicto y cooperen en afrontar los grandes retos, de los cuales citaremos algunos:

1) crear instituciones, en el seno de las actuales, principalmente la ONU, para la gobernanza mundial, regida por la cooperación entre estados y organismos de gobierno político, que eviten que sean los consejos de las grandes empresas corporativas, los que dicten las normas del desarrollo económico.

2) combatir eficazmente el cambio climático, con normas internacionales de obligado cumplimiento, apoyadas en sistemas de ayuda al desarrollo de las sociedades más pobres, y de las más afectadas, y de sanciones a las naciones y empresas que no quieran aceptar la regulación del carbono.

3) gobernar el tráfico financiero, bajo la regla de la trasparencia de las transacciones y de la pacificación de las guerras impositivas, con una regulación de las plazas financieras, que impida su utilización contra la fiscalidad democrática.

4) a la vista del éxito alcanzado por los países suficientemente fuertes, como China y la India, para la “ingeniería inversa” y el “benchmarking tecnológico”; democratizar las normas de propiedad intelectual y tecnológica, para garantizar el acceso de la población de todos los países a los logros de la ciencia contemporánea.

Pero todo eso no llegará nunca a producirse, si no potenciamos el contenido democrático de la experiencia europea. Ningún país europeo, incluida Alemania, tiene poder y tamaño para condicionar con su acción la economía mundial y evitar, así, ser conducido por ésta. Esta verdad ha sido comprendida por los liberales, tanto del PP europeo, como los autodenominados independientes y progresistas. Macrón, y muy pronto, en su estela, Rovira; los liberales belgas y otros, proclaman su europeísmo, como la manera eficaz de defender las empresas europeas en un mundo globalizado: son muy claros, piden una mayor institucionalización de la Unión, y una disminución del poder de los gobiernos nacionales. Algunos de ellos, trásfugas de la socialdemocracia, defienden, además, que solo así se podrá mantener una parte del Estado del Bienestar, base de la cohesión social europea, y única forma de combatir el populismo nacionalista.

Los conservadores del PP, así como una parte importante de la socialdemocracia, siguen aferrados al estado nacional; en parte por miedo al populismo, en parte porque es su forma de vida. Su mutua adaptación, durante muchos años, les impide imaginar otra forma de política. Y la izquierda, una vez que emigró del internacionalismo al patriotismo, cree que la globalización es un engañabobos. Solo los Verdes, nacidos de forma trasnacional, como en su día el socialismo, piensan en términos globales. Además, el clima, la contaminación, la desaparición de las especies, la destrucción de la base alimenticia de las poblaciones locales, es un fenómeno directamente provocado por intereses globales, y los activistas ecologistas, base de la política verde, se comportan de manera trasnacional. Pactan con las comunidades locales, y crean movimientos de masas potentes, que ya han conseguido, aunque parcialmente, avances importantes. Sin embargo, su debilidad en las políticas nacionales les impide influir en la configuración de las instituciones de gobierno.

En cuanto a los populismos, son la consecuencia del bloqueo de la situación, que cada día se repite a sí misma: hoy, anuncio de la enésima “Gran Coalición alemana”; mañana crisis de gobierno en Italia, con una salida compuesta por los mismos que la han provocado; pasado mañana, hundimiento de otro partido socialista de un país europeo, el cual formará gobierno con algún otro dinosaurio…. Al otro, el PSOE tendrá una nueva crisis que facilitará una coalición en torno al PP..,etc. Y Pablo Iglesias jr., dirá que las encuestas se engañan, o son un invento del Grupo Prisa, mientras otro dirigente, de los que lo acompañaron al inicio, es obligado a dejar el partido.

Es el propio estancamiento de las políticas, unido al desespero de las clases populares europeas, que asisten a la desaparición de sus oficios y empleos, la devaluación de sus pensiones; mientras se deteriora el Estado del Bienestar y es denigrado lo “publico”, lo que crea el espejismo de que solo la el estado-nación puede parar el desastre: la fantasía que construyeron con la burguesía mientras conquistaban sus derechos, para los cuales la nación fue el marco. Y alimenta los delirios de las regiones ricas, que inventan “repúblicas” sobre los viejos sueños nacionales, para alejarse del desastre, con la esperanza de crear una confederación de regiones ricas, que defienda la rebaja de impuestos y trasferencias de cohesión, mientras el PNV les señala el camino más seguro y barato para lograrlo.

Por lo tanto, en Europa, la vieja izquierda, aunque es insustituible, necesita una regeneración, mayor que la que significaron las grandes reformas del siglo XVI y XVII para el pensamiento cristiano. En primer lugar, aceptar el hecho europeo, como algo irreversible, imaginar una democracia continental, apoyada en las instituciones representativas ya existentes, y en la declaración de Derechos Humanos, como marca la carta europea. En segundo lugar, creando órganos reales de cooperación entre las fuerzas ya existentes, con el objetivo de gobernar, tanto en los estados nacionales, como en Bruselas, pero aceptando que las grandes líneas de las políticas financiera, fiscal, económica y de relaciones laborales; así como educativa; tienen que ser marcadas desde la Unión, con un objetivo claro de cohesión de todos los ciudadanos europeos. En tercero, en la defensa de las políticas contra el cambio climático, evitando los retrocesos para que no se descuelguen los estados que boicotean los acuerdos, y fortaleciendo los lazos con el polo asiático, donde los enormes avances logrados por esos países en las tecnologías para la energía limpia, los convierte en aliados seguros; aunque necesitados de capitales para extender sus avances. Ese es, en mi opinión, el camino gradual al socialismo, que solo, hoy en día, se puede imaginar desde Europa y para todo el planeta.

Todo esto no son más que apuntes, que necesitan mucha cooperación entre gente con diversas capacidades organizativas y de activismo, pero también cognitivas y profesionales para plasmarse; pero si no se avanza en la cooperación, entre las fuerzas políticas que ponen los derechos de los ciudadanos y la igualdad social, como primer objetivo de su actividad política, serán los liberales, con su falacia de que “lo que es buenos para los bancos y las empresas” es bueno para todo el país, los que ganarán el futuro. Y ya se sabe que el futuro se alcanza como llega y, además, se come tal cual.

 

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