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El fantasma reaccionario de la lslamofóbia

 

 

Si siempre ha sido crucial enfrentarse a la xenofóbia, porque divide al movimiento obrero, hoy lo es más dada la islamofóbia que nos domina. La prohibición de Donald Trump de la entrada en los EEUU de siete países islámicos –eso sí, con los que no tiene negocios- o la declarada islamofóbia de la plataforma presidencial de Marine le Pen, lo hacen urgente. En nuestro país, aunque la islamofóbia es muy marginal, también se alienta. No cabe interpretar de otra manera la concesión del premio Don Quijote a Arturo Pérez Reverte por un artículo en el que compara la llegada de refugiados con las invasiones bárbaras que destruyeron el Imperio Romano, un canto a la xenofóbia lleno de típicas ideas para fascistas. Un premio concedido por organismos públicos como la Agencia Efe y la Agencia para la Cooperación Internacional y el Desarrollo, para mayor sarcasmo.

Aquellos polvos coloniales trajeron estos lodos xenófobos

Hay que huir de visiones simplistas y abordar el fenómeno de la xenofóbia y su concreción actual en la islamofóbia sin recurrir a los buenos o malos sentimientos. El marxismo y el movimiento obrero en general han analizado con cierta ligereza los comportamientos humanos que están en el origen de estas aberraciones. Cuando el Manifiesto Comunista afirma “que los obreros no tienen Patria”, se produce un gran avance en la unificación de las luchas obreras, pero no se valora que los estados nacionales, a través sobretodo de la educación que se está generalizando en ese momento, tienen poderosas herramientas para crear sentimientos de identificación y arraigo a unos territorios. Aquí está el origen del “amor a las patrias” y a considerar como propios proyectos ajenos porque consideramos que lo son de nuestra Nación. Esto explica, en buena parte, las escasas o nulas críticas de los obreros franceses al colonialismo y sobretodo de los trabajadores británicos, que más bien se sienten orgullosos de su imperio.

Las consecuencias del sentimiento de patria estallarían en 1914, cuando los diferentes partidos socialistas europeos votaron los presupuestos de guerra, tras el “oportuno” asesinato de Jean Jaurès, y se alinearon, junto a sus respectivas burguesías, en las “Uniones Sagradas”. Entusiasmo patriótico y belicista del que tampoco se libraron las feministas, ya que las sufragistas inglesas, abandonaron la lucha por el voto y se unieron a la empresa bélica nacional.

Estas tendencias chovinistas y xenófobas han sido obviadas por los partidos de izquierda con declaraciones grandilocuentes de “la unidad de la clase por encima de lenguas y nacionalidades” y por ello quizá no se ha abordado en serio un análisis de lo que significó la colonización y sus secuelas. Ese largo periodo imperialista que comienza con la expedición de Napoleón a Egipto y que va a dar lugar a una concepción antropológica que presenta al sujeto colonial como a inferior. Esa aventura europea se hará en nombre de la civilización, el mismo Condorcet consideraba “que era un deber de Europa extenderse a pueblos remotos”. El mismo concepto de civilización nace al hilo de la aventura colonial y ha sido el pretexto laico en el que se ha justificado el sometimiento de los pueblos. Mientras en el Antiguo Régimen las conquistas se legalizaban en nombre de la evangelización, ahora se avalan en nuestro etnocentrismo (en opinión de Santiago Alba Rico).

La reconstrucción de Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, obligaría a fomentar las migraciones, dada la escasez de mano de obra de resultas de la guerra. La migración no era nada nuevo, las migraciones han existido desde la prehistoria y han configurado nuestro planeta actual. A la llamada de Alemania, Francia, Suiza… Acudieron los trabajadores de los pueblos europeos más pobres, como los españoles y portugueses y los de las colonias o excolonias. En principio, no se produjeron conflictos más allá de los propios entre poblaciones diferentes, sin embargo, paulatinamente, la situación se fue transformando debido a las crisis económicas y sobre todo al paulatino desmantelamiento del Estado de Bienestar, hasta llegar a la situación actual con el auge de partidos xenófobos y abiertamente antimusulmanes.

La coartada intelectual

Como ha denunciado Luz Gómez García “la islamofóbia es un fenómeno intelectual mediático en el que escritores, profesores y personajes mediáticos, reivindican su derecho a librar un combate universal y mesiánico contra todas las formas del oscurantismo del planeta” con ideólogos como Alain Filkenkraut o la novelista Oriana Fallaci, que decía con desprecio que se reproducían como ratas, o como el Papa Benedicto XVI, que equipara el catolicismo a la razón.

Les faltaba una teoría que diera “rango científico” y ésta se la proporcionaría Samuel Huntington, con su “choque de civilizaciones” que afirma que el problema de Occidente no es el fundamentalismo islámico, sino el mismo Islam “esa civilización cuyo pueblo está convencido de la superioridad de su cultura y obsesionado con su pasado… Y dónde las ideas occidentales de derechos humanos, igualdad, libertad, imperio de la ley y separación iglesia-estado, tienen a menudo escasa resonancia en las sociedades islámicas”.

La sustitución del antisemitismo – presente en la historia europea durante siglos, por la islamofóbia, ya no se apoya en supuestas teorías de superioridad racial, sino en prejuicios culturales-. Según Enzo Traverso, “se ha cambiado la política, ya que antaño se sometía al bárbaro para civilizarlo, hoy se promueve la separación y expulsión a fin de protegernos de su influencia nefasta”.

Monstruos creados por Occidente

La islamofóbia ha encontrado un filón en el radicalismo islámico, olvidando que Occidente había utilizado y dado protagonismo a grupos islámicos para debilitar a la URSS en Afganistán y que fue precisamente con esa ayuda y financiación con los que éstos se fortalecerían y se transformarían en grupos abiertamente terroristas. Es el que pasó con Al Qaeda y, posteriormente el Estado Islámico, con la inestimable ayuda de la invasión de Irak y la conversión de éste en un estado fallido y confesional. Estos movimientos fundamentalistas siembran periódicamente el terror en Occidente, como sucedió en la Masacre de París en 2015, aunque éste no es su objetivo fundamental sino los propios países musulmanes que no aceptan sus postulados y por eso los consideran herejes, como demuestra que el 80% de los muertos en atentados sean musulmanes.

También ha contribuido a la islamofóbia la actitud mantenida por la Unión Europea y EEUU ante las Primaveras Árabes. Sorprendidos y asustados porque se les movía su tablero geoestratégico, no les proporcionaron apoyo decidido para lograr una evolución democrática y salvar las turbulencias de cualquier transición. Sino que al más mínimo contratiempo, apoyaron a las fuerzas contrarrevolucionarias, respondiendo además a los intereses de su aliado estratégico Arabia Saudí, y reconocieron inmediatamente la dictadura egipcia, tan semejante a la del derrotado Mubarak. No se tuvo en cuenta que lo que se reivindicaba en las plazas era la democracia y el trabajo y que no hubo pronunciamientos a favor de la Sharia y que no hubo ataques a los países occidentales. Las confusas informaciones sobre la Guerra de Siria y el terror de Bashar Al Assad vienen en auxilio de la islamofóbia porque no explican ni identifican los intereses de los países en juego, Gran Bretaña, Francia, Turquía, Arabia Saudí, etc, ni da la misma información a los bombardeos y crueldades que todos los contendientes cometen.

La actitud de la Unión Europea ante la mal llamada Crisis de los Refugiados, con su pasividad, incumplimiento de la legalidad internacional e ignominioso pacto con Turquía, han dado alas a un potente sentimiento xenófobo y antimulsulmán. Permitiendo comportamientos como el de Hungría y no combatiendo su racismo contrario a la ideología de la propia Unión.

Aunque creemos que hay que abordar el odio al musulmán desde sus aspectos políticos, no obstante conviene aportar algunos datos: es absurdo hablar de un islam homogéneo, lo mismo que lo sería hablar de un único cristianismo. La comunidad musulmana está constituida por un mosaico muy diverso formado por más de 1400 millones de personas y más de una treintena de países. Con variaciones doctrinales (chiies, suníes, wahabistas…) e intereses políticos y geoestratégicos tan distantes como los de Turquía, Marruecos, Irán, Arabia Saudí, Indonesia… Por no hablar de los musulmanes europeos y estadounidenses con una idiosincrasia propia.

El falso enemigo exterior

La islamofóbia no es un fenómeno neutro, sino tremendamente útil para el pensamiento único neocapitalista, porque desplaza el foco de los problemas de la humanidad hacia las culturas y las religiones, elementos más difíciles de objetivar y más fáciles de manipular por su trasfondo emocional. Se oscurecen de este modo las luchas de los pueblos por las mejoras de sus condiciones de vida y por la necesaria transformación del sistema de la globalización, en el que un conjunto de corporaciones imponen sus intereses. Ya no existen pobres ni ricos, ni clases sociales, ni una lucha anticapitalista, ahora todo queda en el ámbito de los subjetivo.

Se ha construido un chivo expiatorio: el inmigrante, que en la mayoría de los casos es musulmán, que tiene la culpa de todo lo que nos pasa. Igual que en otros tiempos lo era el judío, al que se recurría cuando las cosas iban mal, como sucedía en la Rusia presoviética, de forma que en las épocas de hambruna se producían los mayores progroms. No serán los recortes en los Servicios Sociales ni las condiciones de trabajo, cada día más leoninas, que nos ha impuesto una clase dominante, los que nos han llevado a la penuria, sino unos inmigrantes que nos quitan nuestras prestaciones sociales y nuestro trabajo.

La islamofóbia tiene otra virtualidad para el sistema. Al estigmatizar a los musulmanes y unir su imagen con los terroristas en el imaginario cultural, agudiza el miedo social. Ello permite a los gobiernos la restricción de las libertades con el fin de garantizar la seguridad, lo que la ciudadanía suele aceptar dócilmente. Esa limitación de las libertades, quita instrumentos a las capas populares para luchar contra la austeridad y otras políticas comunitarias e impide a su vez cuestionar las actuaciones internacionales, tanto en sus alianzas como en sus acciones belicistas, ya que en la lucha contra el terrorismo cabe todo.

Cuando comprobamos qué barrios obreros votantes tradicionales comunistas en Francia lo hacen ahora por Marie le Pen, o que las depauperadas capas medias industriales y rurales de EEUU han votado a Trump, hay que abandonar ciertas posturas elitistas que atribuyen ese voto a la ignorancia y la falta de cultura y ahondar más en las posibles causas. Si somos sinceros, la mayoría de los que se pronuncian por el interculturalismo y el mestizaje, no conviven en sus barrios con inmigrantes ni compiten con ellos por el empleo ni por la escasez de servicios sociales. Aquí, los partidos de izquierda y los sindicatos han de plantearse que tienen mucho trabajo a realizar. Cuando muchos trabajadores y trabajadoras ven que se contrata a personas sin papeles, haciendo caso omiso de los convenios y la legislación, sin que las correspondientes inspecciones de trabajo funcionen, ni los sindicatos se empleen a fondo, esto tiene consecuencias. O cuando se acepta la burocratización de las ayudas o prestaciones sociales, esas capas populares se sienten abandonadas. O un caso mucho peor, el de los trabajadores comunitarios inmigrantes, a los que la legislación comunitaria permite pagar según los salarios de su país de origen, que claro está son mucho peores, lo que genera rencor en los trabajadores autóctonos.

Si las fuerzas progresistas hoy no son portavoces de estas capas sociales, es porque ellas sienten que las han abandonado o porque no han puesto el suficiente interés en su defensa, o mucho peor, han adoptado políticas de extrema derecha, como el socialista francés Manuel Valls.

En España, como hemos dicho, la islamofóbia aún no se ha desarrollado tanto. La reacción al atentado del 11-M lo demostró, no se produjeron ataques indiscriminados a los musulmanes, ni el gobierno consideró necesario decretar el Estado de Excepción – en Francia ya llevan más de un año en Estado de Emergencia-; y se celebró un juicio civil con luz y taquígrafos, pese a la campaña conspiratoria orquestada por el PP. Sin embargo, en ciertos sectores reaccionarios, subsiste la tentación, como hemos visto en el premio oficial a Arturo Pérez Reverte o en declaraciones del tipo “las mujeres no seríamos ahora libres si no hubiéramos expulsado a los musulmanes”.

Hay que ir a la raíz de los problemas

Ya hemos podido comprobar las consecuencias de dejar a su suerte a los sectores más golpeados por las sucesivas deslocalizaciones y por el deterioro de sus condiciones de vida en EEUU. Ante el más de lo mismo que significaba Hillary Clinton han preferido Trump, que al menos variaba la receta y canalizaba su ira. Una vez más este neofascismo, como el clásico, sirve para reforzar al sistema, ya que inmediatamente proclamado presidente, se ha puesto al servicio de Wall Street con sus primeros nombramientos de gobierno. Ahora bien, el presentarlo como demonio, como el ser grotesco, dictador y racista que indudablemente es, no servirá para evitar el ascenso de la extrema derecha en las próximas elecciones europeas, ¿Por qué no ir a la raíz?¿Por qué no buscar las causas determinantes de su triunfo? No hay que acompañar el discurso de los partidos dominantes, incluidos los socialistas, que no analizan en serio los efectos que puede haber tenido y esté teniendo la globalización sobre las capas más débiles de los países occidentales. Hay que recobrar el contacto con esos sectores sociales, alejados ahora de propuestas progresistas y buscar con ellos posibles alternativas.

Hay que ser conscientes que sin estas capas populares no hay posibilidades de cambio, como también debemos abandonar todo sectarismo. Necesitamos a estos trabajadores y trabajadoras musulmanas europeas, muchos de ellos viviendo en condiciones precarias, y necesitamos también a los ciudadanos de esos países musulmanes sometidos a regímenes más o menos dictatoriales. Hay que abandonar falsas polémicas como las del velo o el burkini. Las feministas occidentales no hemos de solucionarles los problemas a las musulmanas. Ellas son capaces de hacerlo por sí mismas, como demuestran sus progresos en muchos sectores, como por ejemplo el de la educación, lo que no nos impide que denunciemos las leyes injustas que puedan surgir, como la de las madres solteras en Marruecos o el silencio cómplice de nuestros gobiernos sobre las discriminaciones que sufren las mujeres saudís.

Hay que abandonar laicismos sagrados, ya que como dice Pepe Candela “si nos oponemos a sumar fuerzas de todos los que puedan apoyar implícitos enfoques de justicia, difícilmente conseguiremos que los pueblos de otras civilizaciones, más identificados teocráticamente, acepten el debate” y mucho menos unirse a la lucha.

 

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