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El futuro empieza ayer

 

Hacia el final de su último libro: El siglo de la revolución, y al hilo de unas reflexiones sobre el tratamiento economicista de la desigualdad de Piketty, Josep Fontana se plantea la siguiente pregunta: ¿Se puede interpretar la evolución de los salarios y de las condiciones de trabajo prescindiendo de la actuación de los sindicatos?. Pregunta que recojo y adapto al debate sobre los efectos de la digitalización, robotización. ¿Se puede hablar sobre los efectos en el empleo del actual desarrollo de las fuerzas productivas sin tener en cuenta, o infravalorando, el conflicto social, su evolución y con él la posible modificación del contexto económico, social y político?. Es evidente no sólo que se puede hacer sino que es el tipo de análisis que se realiza y se difunde masivamente desde la abrumadora mayoría de los creadores de opinión sobre economía. Así, en la casi totalidad de artículos o noticias sobre el tema se nos describe, en un futuro más o menos próximo, un proceso que parece realizarse de forma objetiva e inapelable en una única dirección y con unas consecuencias y costes que sólo pueden ser asumidas por una parte de la sociedad, la que vive de su salario, con la perdida de millones de puestos de trabajo. Se ignora o se oculta que, según se actúe sobre la organización del trabajo tanto a nivel de empresa como a nivel de sociedad, también se posibilita reducir cada vez más tanto las jornadas laborales como el desgaste físico y el trabajo repetitivo. Quizás es que interese presentar como única alternativa el correlato lógico del mayor debilitamiento del universo del trabajo a la hora de negociar sus condiciones laborales con los empresarios, que, por lo que se ve, no se verían afectados por el desarrollo tecnológico. Curiosamente, la versión postcapitalista que si señala la repercusión del desarrollo tecnológico en las relaciones de propiedad: la producción de bienes y servicios podrá prescindir cada vez más de la figura empresarial; también concibe el proceso de manera mecanicista y obvia el conflicto social y su esencia: la inevitable y decisiva dimensión política. No hay nada escrito, no hay nada destinado a producirse mecánicamente por el simple y espontáneo desarrollo de las fuerzas productivas. La historia, tanto la de la evolución de la humanidad como la del sistema capitalista evidencia sus posibilidades de evolución pero también sus límites: las relaciones de propiedad. Hasta ahora el suicidio no aparece dentro de los muchos vicios y defectos del capitalismo, otra cosa es su incapacidad de controlar su potencia destructiva, cada día más evidente.

El actual desarrollo espectacular de las fuerzas productivas se sitúa en el marco de una globalización de la economía hegemonizada por el capitalismo financiarizado. Es un contexto en el que modelo económico y social se asienta más que en las virtudes propias en la derrota de una parte sus opositores y la integración de otra parte. Sin embargo la crisis, y la gestión de la no-salida de la misma, evidencia que el crecimiento desbocado de la riqueza financiera de una minoría no sólo se opone sino que actúa contra la satisfacción de las necesidades de la mayoría de la sociedad, necesidades que el mismo sistema estimula y manipula. Sería oportuno y necesario pues que desde la izquierda política y social se inscribiese el tema del desarrollo de las fuerzas productivas en la perspectiva de cómo satisfacer esas necesidades, es decir en la relación entre trabajo, tecnología y riqueza: ¿qué tipo de riqueza se ha de crear, que bienes y servicios priorizamos? ¿ que intereses sociales jerarquizamos? ¿cómo se garantiza la sostenibilidad?¿ como se genera la riqueza y como se distribuye y redistribuye?¿ como se complementan planificación y mercado?. Y como lógico corolario ¿ como participa el trabajo en la gestión de la empresa y de la economía? Y es que tal y como afirma Juan Torres en su reciente artículo ¿ quién teme a la competencia y quién vive del Estado? “es materialmente imposible que se pueda crear cualquier tipo de riqueza sin el trabajo y lo cierto es que los propietarios del trabajo solo reciben una pequeña parte del valor total que generan con su colaboración de todo tipo en la producción”. Son preguntas pues , cuyas respuestas tienen un contenido económico, social y político de proyecto de sociedad y que tienen todo que ver con la igualdad, la democracia y la supervivencia de la especie humana. Alrededor de estas preguntas y repuestas es donde se decide la autentica batalla por la hegemonía social y política , pugna en la que el sindicalismo confederal de clase puede y debe jugar un papel decisivo.

 

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