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Momento populista vs. soluciones socialistas

 

 

Iñigo Errejón, fiel a si mismo, y armado con la teoría posmarxista del populismo laclaudiano, ha escrito un esclarecedor artículo en ctxt (contexto y acción) intitulado Occidente en su momento populista,[1] que evidencia el gran desconcierto político generado por la reacción popular ante los efectos de la crisis sistémica que venimos arrastrando desde 2008. Y además eleva dicho desconcierto a categoría de alternativa política. Errejón se apoya en la emoción como respuesta, en vez de intentar que la razón emocione, mostrando la puerta de salida al capitalismo y sus cíclicas e inevitables crisis. Desconoce, o tal vez olvida, que la dicotomía de la que habla, es en realidad un dilema o disyuntiva, al menos en los países capitalistas de dominio financiero y global: Neoliberalismo o Socialismo (este último, todavía por definir tras el fracaso de los primeros intentos del siglo pasado).[2] Resulta sorprendente tener que señalar tal evidencia 150 años después de que Karl Marx publicara de primer tomo de El Capital. En cualquier caso, es de agradecer que Errejón plantee su momento populista (sea esto lo que sea) con argumentos basados en la lógica de los sucesos políticos que sacuden occidente, colocando su populismo bueno frente al espejo del populismo malo.

La confusión de una falsa dicotomía

Plantea Errejón que nos enfrentamos a una dicotomía: o la respuesta a la crisis y sus efectos es comunitaria, o es una respuesta neoliberal.[3] En primer lugar, no se entiende bien porqué habla de dicotomía (del griego dichótomos, dividido en dos partes, por ejemplo significante-significado, mente-cuerpo, teoría-práctica, etc.) y no de dilema o disyuntiva, que es lo qué en realidad plantea. Pero, aparte de lo apropiado o no del término, lo que resulta poco comprensible es esa curiosa oposición entre comunitaria y neoliberal. Como es sabido, comunitario hace referencia a lo relativo a un grupo, o sistema social, más o menos amplio, más o menos heterogéneo, más o menos estable. Existe también la comunidad neoliberal que, desgraciadamente, no solo da respuestas comunitarias, sino que las aplica. Pero no es cuestión de ponerse quisquilloso, demos por buena la idea comunitaria incluida en la caja de herramientas políticas de Errejón,[4] y prosigamos.

Lo primero que salta a la vista en el (falso) dilema-disyuntiva político, pues supongo que de eso estamos hablando, como ocurre con todo tipo de planteamiento binario y lineal, es que reduce la complejidad de la situación socioeconómica, y la diversidad de los efectos sobre la comunidad, a una simple elección: 1-0, en lenguaje computacional. Ciertamente, esa es la retórica del populismo, la frontera constitutiva (por el discurso) del pueblo. La forma posmoderna de negación de las clases y sus luchas como factor político de primer orden. Lógicamente, la realidad se resiste a tales simplezas, como las partículas atómicas a regirse por la mecánica newtoniana. En esta línea argumental, la palabra mágica es transversalidad. Toda la estrategia populista gira en torno a ella, como polilla fascinada por la llama de una vela. La ansiada transversalidad se consigue centrando la oferta populista en aquellos aspectos o reivindicaciones que expresan espontáneamente las clases populares en su rechazo a la lógica neoliberal. Es decir, la política se reduciría a dar cauce a las demandas populares, sean éstas las que sean. Pero entonces, ¿para qué hacen falta los partidos y qué necesidad tenemos de líderes? ¿Cómo hacer pedagogía política frente al dominio ideológico del neoliberalismo, que sigue logrando un importante consenso? ¿Cuál es la manera de convertir esas demandas en políticas económicas concretas sin que la topografía capitalista nos obligue a aplicar (¡desde la izquierda!) la denostada austeridad, como ocurre en Grecia?

Las respuestas, si no se quiere recurrir a las cómodas evasivas circunstanciales, nos obligan a formular una propuesta alternativa de sistema socioeconómico que sea capaz de satisfacer plenamente las demandas populares. Y no limitarse a comportarse como una especie de correveidile, con mayor o menor imaginación twittera. Errejón y los populistas tienen que decirnos si de verdad creen que las demandas populares pueden satisfacerse en el marco, los limites y limitaciones, del sistema socioeconómico capitalista, por muy desarrollado que esté. O si hay que superar y ampliar dichos límites y limitaciones, transformado el sistema productivo. En otras palabras: reformismo adaptativo o transformación socialista. Ese es el (verdadero) dilema-dicotomía.

El discurso populista y su juego de transversalidades, al no corresponderse con la complejidad de las sociedades desarrolladas, termina dándose de bruces electoralmente: el asalto a los cielos se materializó en un (meritorio) tercer lugar, y en una diversidad de opciones políticas mayor. Es decir, el sistema político se hizo más complejo, pero el discurso de Errejón sigue siendo igual de simple. Sinceramente, me cuesta entenderlo. Una vez más, el lenguaje simplificador, cuya utilidad propagandística no es reducible a opciones políticas, en vez de aclarar el panorama lo oscurece, lo que posibilita la igualmente simplista (e interesada) identificación de los distintos populismos. Así que, antes de nada, conviene quitarse las gafas para ver de cerca la realidad socioeconómica de nuestro país si queremos contemplar con mentalidad científica y rigor intelectual la complejidad dinámica, no lineal, abierta y adaptativa, de un sociedad desarrollada en convulsión y efervescencia, donde los parámetros en que la mayoría de los ciudadanos anclaban su vida presente, y proyectaban el futuro, se desmoronan sin que se vislumbre una salida viable.

El singular y sorprendente momento populista

Sin duda, el desconcierto, la indignación, la rabia, y la exigencia de soluciones rápidas a un estado de emergencia social, vividos bajo el triple impacto de la crisis económica, la desafección política, y la corrupción sistémica, provocan lo que Errejón, siguiendo a Laclau-Mouffe, llama momento populista. Es una forma, poco rigurosa pero eficaz, de describirlo. No es la primera vez que tal momento ocurre (ya sucedió en el primer tercio del siglo XX) ni será la última. Se trata de un momento caótico pero no arbitrario. En realidad, es la manifestación de un estado de desequilibrio crítico del sistema socioeconómico capitalista, inmerso en un conflictivo y doloroso (siempre lo ha sido) proceso de reajuste adaptativo. Y se mantendrá así mientras el sistema sea incapaz de generar suficiente orden. Lo que pasa por atenuar, reducir y aliviar (la UE ha recuperado urgentemente su Agenda Social, alarmada por el potencial disruptivo del populismo) los efectos sociales de la crisis económica. Mientras dura el proceso, y en la medida en que dura, el llamado momento populista es, sin duda, un tiempo de transición política que, en determinadas circunstancias históricas, puede derivar en una momento prerevolucionario. Porque este momento de agitación social es también el resultado del mapa histórico de luchas que se desarrolla en el espacio cartografiado por el sistema productivo capitalista. Sin tenerlo en cuenta es imposible entender su dinámica concreta.

Pero describir el momento, bastante conocido por otra parte, no significa comprenderlo. Y mucho menos ser capaz de sacar las conclusiones políticas adecuadas. Como señala Bob Jessop, politólogo marxista heterodoxo, y profesor en la Universidad de Lancaster, hay una enorme diferencia entre movilizar fuerzas sociales en torno a un discurso populista y ser capaz de traducir sus demandas en políticas concretas y en estrategias que funcionen. Después de todo, no solo la izquierda puede movilizar fuerzas sociales en torno a discursos populistas. Y añade: a pesar de todo el autoproclamado radicalismo y bravuconería posmarxistas, este planteamiento no puede proporcionar las herramientas conceptuales o identificar los mecanismos necesarios para efectuar la crítica de la economía política o de las sociedades «modernas» en general.[5] De hecho, quien mejor moviliza fuerzas sociales en torno al discurso populista en Europa es la ultraderecha, y no por casualidad. Por ejemplo, es la coincidencia en contenidos y lenguaje lo que permite a Le Pen pedir sin rubor el voto a los insumisos de Mélenchon, mientras él calla. La posibilidad de que un porcentaje significativo de votantes insumisos pueda votar al Frente Nacional en la segunda vuelta frente a Macron, debería dar que pensar a nuestros populistas. Como debió hacerles pensar a los comunistas alemanes, obcecados por la nefasta teoría de clase contra clase,[6] para los que Hitler y los socialdemócratas eran la misma mierda, contribuyendo con ello (involuntariamente, desde luego, y con el atenuante de haber sido masacrados por el socialista Noske en 1919) al triunfo electoral del nazismo. Es la amnesia retrógrada que afecta a los que padecen izquierdismo senil. ¿Estamos condenados a repetir la misma historia?

Pero si no queremos enredarnos en los tropos populistas, conviene analizar la actual situación con algo más de rigor y menos literatura. Desde una perspectiva menos ideologizada y más científica, lo que está ocurriendo ante nuestras narices es una crisis del sistema en el limite del caos, donde los mecanismos de orden dejan de funcionar con suficiente eficacia precisamente porque la ciudadanía (llámalo pueblo si gustas), que ha conquistado la posibilidad democrática de manifestarse libre y espontáneamente, se moviliza proactivamente para expresar su indignación y rechazo, lo que crea ese momento de transición. Podrá ser un momento populista, como señala Errejón, o un momento transformador. Es lo que en teoría de la complejidad se conoce como bifurcación.[7] Ocurre cuando la crisis es sistémica, y alcanza un punto de transición crítico. Entonces el sistema se ve forzado a cambiar de dirección y elegir entre dos opciones. Lo hará en un sentido u otro, en función del contenido político que adopte la acción mayoritaria de los agentes sociales. Entonces los senderos que se bifurcan, por tomar prestado el título del cuento de Borges, solo pueden ser de reajuste reformista o de transformación socialista. Porque, al contrario que en el relato borgiano, no se puede transitar simultáneamente por los dos caminos, como pretende el llamado populismo de izquierdas. Por eso, finalmente, el populismo siempre termina siendo una elección de reajuste duro del capitalismo, generalmente ubicada en una ultraderecha que gusta vestirse con ropajes socialistas, como ocurrió con el fascismo y el nacional-socialismo. El populismo no puede transitar simultáneamente la reforma y la transformación sin bifurcarse, a su vez, en dos. Es el momento de la confrontación ideológica frente al populismo bueno, y de la lucha frontal, sin concesiones, contra el populismo malo. No olvidemos que se llega a la bifurcación de acuerdo a las historias de las luchas sociales (de clases, con perdón). Por eso la política es una forma de pedagogía. El populismo impide plantearse la transformación precisamente por su historial de elecciones transversales. Lo que nos lleva al corpus populista y su momento errejoniano.

Todos contra uno y uno sobre todos

Acierta Errejón en su crítica a la izquierda tradicional, y su incapacidad para entender el fenómeno populista. Es cierto que la reacción a la crisis sistémica y los efectos de la globalización sobre una amplia capa de trabajadores, se expresa desideologizada, sin identidad de clase, lo que parecer ser para Errejón una buena noticia. Pero no tiene nada de extraño, puesto que su representante mayoritario, la socialdemocracia, ha sido parte de la alternancia en la gobernanza neoliberal, y pionera en las políticas de ajuste y austeridad (Schröder y su Agenda 2010). Pero si la izquierda clásica (a Errejón le cuesta decir marxista) ha mostrado una indudable ceguera política, pese a ajustarse periódicamente sus gafas, eso no convierte en una verdad empírica incontestable que la identidad nacional juegue, por ejemplo, un papel mucho más importante y sea la superficie de inscripción para una alianza heterogénea de sujetos sociales, como pretende el nacional-populista Errejón. Los trabajadores que votan a Le Pen (lo de Trump no es de hoy, ya lo hacían los llamados trabajadores demócratas con Reagan) no lo hacen porque sean populistas malos, sino porque la dirigente del Frente Nacional les promete solucionarles lo suyo (¡conmigo la fábrica no se cierra!). Y lo hace con la elementalidad binaria del nacionalismo xenófobo (Francia primero), como si lo empleos perdidos fueran robados por extranjeros y sus cómplices oligarcas de París y Bruselas. Y eso lo puede hacer porque la izquierda tradicional, en este caso comunistas y socialistas, no han resuelto los problemas derivados de la crisis capitalista. El populismo es hijo de la decepción con la izquierda, no la siniestra creación del neoliberalismo, falacia con la que trata de cubrir sus vergüenzas la izquierda.

Así que, para Errejón, el problema no es que la izquierda, tras el fracaso del socialismo realmente existente, haya sido incapaz de ofrecer una alternativa deseable, creíble y factible, al capitalismo, sino que son fuerzas reaccionarias las que están construyendo una idea de pueblo que ofrece pertenencia y seguridad a sectores golpeados por el miedo o la incertidumbre. Así que, hagámoslo nosotros, los populistas buenos. Para ello señala: La función de la política ya no sería generar horizontes compartidos en torno a los que agregar mayorías, sino rasgar los velos que impiden que se sepa una escandalosa verdad que, una vez conocida, provocará la indignación y movilización popular. Albricias, el velo rasgado mostrará a los trabajadores una escandalosa verdad. ¿Cuál? ¿El carácter histórico del capitalismo y, por lo tanto, su posible y necesaria superación socialista? No parece. ¿La naturaleza inevitablemente depredadora del sistema productivo? Ni se menciona. ¿La irracionalidad del mercado libre, un sistema altamente disipativo? No se contempla. ¿El que sea el capitalismo quien, en su dinámica, genera las odiosas externalidades negativas; y que, por tanto, hay que luchar por transformarlo en el horizonte de un nuevo socialismo acorde con el desarrollo científico-técnico y la conquista del Estado Social y democrático de Derecho? Nada de eso, porque aunque supondría agregar mayorías, pero no se crearía suficiente pueblo. En pocas palabras, demasiado contenido de clase que impide la ansiada transversalidad, e imposibilita la reconciliación del pueblo con la patria.

Errejón está atrapado por los tropos de su devoción laclaudiana. Su progresismo es una forma renovada y piadosa de progresismo socialdemócrata (cocido a la escandinava). Lo curioso (o manipulador, vaya usted a saber) es que cita al mediático y provocador marxista lacaniano, Slavoj Zizek, como fuente de autoridad:

(…) el orden actual no se sostiene por ninguna ocultación o conspiración, de hecho ni siquiera oculta sus infamias. Se sostiene, en cambio, por su capacidad para desarticular, arrinconar o desprestigiar cualquier posible alternativa. El consentimiento hoy no descansa en una ingenua ilusión con respecto a nuestro presente, sino en una creencia cínica de que es el único posible. Las fuerzas transformadoras no tienen entonces como labor “contar la verdad” sobre los tejemanejes oscuros de los de arriba, sino “construir la verdad” de una certeza posible, de la confianza en un orden alternativo, al mismo tiempo deseable y realizable.

¡Pero hombre de Dios si es de eso precisamente de lo que se trata! ¡De una alternativa al capitalismo deseable, factible y creíble! Y eso se llama ahora, como en el siglo XIX, lisa y llanamente SOCIALISMO. Claro que hoy se trata de un construir nuevo sistema socioeconómico, progresista y progresivo, que interesa a una amplísima parte de la sociedad (aunque de momento no todos se interesen), más allá del tradicional obrero fabril. Lo analizo más en detalle en mi libro Pensar el Socialismo en el Siglo XXI.[8]

La realidad es que el populismo es una de las formas de radicalidad que aparecen en situaciones de crisis sistémica. Y se propone construir pueblo sobre la base de negar la alternativa socialista. Porque, qué otra cosa puede significar la afirmación de que se debe esta frase de Errejón: (debemos) entender todo discurso populista como construido en una tensión entre la denuncia de una minoría privilegiada e incapaz, nociva para el bienestar general, y la promesa de la reconciliación de la comunidad una vez el poder político esté al servicio ya no del país oficial sino de los intereses del país real. ¡Pero el país real incluye precisamente a esa minoría, la privilegiada e ineficaz, y también la muy eficaz de capitalistas exitosos con sensibilidad social! ¡El país real es el capitalismo oficial!. Para Errejón, son las elites, estúpido, y no la economía. Se inventa dos países para diluir la desigualdad congénita que genera el sistema productivo capitalista. En el mejor de los casos, se trata de un retroceso ideológico premarxista, que ni siquiera tiene la enjundia intelectual del ilustrado Condorcet, por poner un ejemplo. Se parece más a la doctrina social de la Iglesia que aborrece de los abusos, pero no denuncia las verdaderas causas. Errejón focaliza el problema, por aquello de crear una frontera populista, en los individuos. Se trata del viejo discurso binario moralista (élites=maldad), que libra el sistema capitalista de toda culpa, de forma que sin élites, tendremos reconciliación comunitaria. Vale que niegue la lucha de clases, pero utilizar un lenguaje que recuerda épocas felizmente superadas, so pretexto de no dejárselo a la ultraderecha, me parece muy grave.

En fin, los esfuerzos de Errejón por blanquear el populismo, y de paso criticar la supuesta deriva extremista de la nueva dirección de Podemos, sus falsas dicotomías, y la ingenua propuesta de construir una voluntad popular ganadora organizando a la gente frente a un adversario, las élites corruptas, que parecen obra del maligno y no la expresión lógica de un sistema productivo, siguen ahondando en la misma sinrazón de su maestro Laclau. Sin percatarse de que su proyecto político populista desarma a los agentes sociales que, volviendo a Zizek, necesitan dotarse de una alternativa al capitalismo deseable, factible y creíble. Pero no seré yo quien niegue a Errejón la inteligencia y buena fe. Su honesto deseo de ganar tras constar la inoperancia de la izquierda. Desgraciadamente, ya se sabe de qué diablos está empedrado el infierno.

Continua Errejón con una exposición de las conocidas ideas de Laclau-Mouffe, y su radicalismo democrático, que remata con un corolario tan claro como perverso: no hay que romper los acuerdos sociales sino fundarlos de nuevo (actualizar el fallido pacto social); no se trata de aumentar la incertidumbre sino reducirla (nuevo reformismo adaptativo); no hay que “rasgar el orden” sino restablecerlo (objetivo supremo del sistema). Fin de la historia. Y para rematar la pirueta ideológica, deja bien claro que los antisistema son los otros, los que pervierten el capitalismo. No nos engañemos, el populismo, en su versión más ingenua, representa la vuelta al genuino, puro, y honesto capitalismo, donde todos compiten limpiamente, se preocupan por los más necesitados, y dedican sus mejores energías no solo a enriquecerse sino a promocionar el bien de la comunidad. Es lo que pedía Adam Smith, quién, por cierto, creía firmemente en la necesidad de que los pueblos se gobernaran a sí mismos y, como buen ilustrado, desconfiaba de las élites y confiaba ciegamente en la mano invisible del sacrosanto marcado capitalista.

Fronteras y similitudes peligrosas

Entrando en materia, Errejón describe el populismo como todo lo que les sobra a las élites tradicionales y altera el reparto de posiciones por las que estas monopolizaban y agotaban las opciones políticas disponibles. Aunque suena a charla profesoral de Ciencias Políticas, es, cuanto menos, una definición que deja bastante que desear. Pero no tiene sentido establecer un debate más serio, como el mismo Errejón reconoce. Los interesados pueden ver tanto el libro de Laclau La razón populista, como mi replica en La sinrazón populista.[9] Lo que de verdad interesa desde un punto de vista político es el signo mismo que tendrán estas fuerzas “populares” o “patrióticas”: si reaccionario y xenófobo … o si democrático y progresista. Habría, en la lógica populista, uno bueno y otro malo; uno reaccionario y otro progresista. ¿La diferencia? ¡Salta a la vista! La xenofobia frente a la emigración. Por supuesto, se trata de una diferencia sustancial, y debemos felicitarnos porque en España, vacunada por el franquismo de la tentación ultraderechista, nuestro populismo sea patriótico y progresista. Si a esto añadimos que ¡finalmente, y no sin aparatosas resistencias!, han evolucionado del nosotros solos podemos a la unidad con los movimientos sociales y las fuerzas de izquierda, bendita sea. Sin duda ese es el camino. Ahora solo hace falta que terminen de liberarse de la ilusión populista, que no pasa precisamente por su mejor momento, aunque le pese a Errejón. Y se decidan a abordar las soluciones socialistas que exige una verdadera salida de izquierdas a la crisis sistémica del capitalismo. Soluciones nada sencillas ni fáciles, por cierto, entre otras cosas porque no existen experiencias exitosas suficientes, aunque si acercamientos y tentativas esclarecedoras, como analiza, entre otros, el libro del sociólogo norteamericano Erik Odin Wrigth, Construyendo utopías reales.[10]

Así que, sin entrar en mayores disquisiciones lingüísticas y elucubraciones teóricas, es conveniente analizar lo que supone esa diferencia populista planteada por Errejón, siguiendo los pasos de Laclau. Pero antes de nada, una precisión para no enredarnos con las palabras. Errejón, como buen populista posmoderno, habla de construir pueblo, una afición bastante elitista, por cierto, y muestra nada inocente de neoidealismo. Lastimosamente, el pueblo no se crea, aunque si puede destruirse. Supone la conquista de la ciudadanía por la plebe. En ese sentido, en un Estado Democrático, basado en la soberanía popular, todo es pueblo, incluidas las malditas élites, que para mayor inri, suelen tener un importante apoyo popular. Lo que se construyen son alternativas políticas, conformadas de acuerdo a las distintas ideologías en pugna por lograr el necesario consenso. Es decir, el pueblo expresa su ciudadanía en la participación política, entre otras formas votando, con el inevitable fraccionamiento que ello supone. Es precisamente lo que hace necesaria la lucha por la hegemonía. Por cierto, la ciudadanía plena de los trabajadores solo se podrá alcanzar cuando la democracia entre en las empresas. Es decir, cuando la ciudadanía política sea también económica. Algo que hoy solo poseen los propietarios de los medios de producción, distribución y financiación. Sin embargo, ese pueblo construido por el discurso, que tanto fascina a Errejón, solo se logra mediante un nefasto proceso de desideologización, necesario para la creación de la famosa frontera populista, de forma que se neutralicen los intereses parciales (antes llamados de clase). El supuesto radicalismo es, en última instancia, una salvaguarda del capitalismo. Olvidarse del socialismo tiene estas cosas.

Ahora bien, el dibujo de una frontera social mediante el discurso performativo, acto de habla que estructura identidades, convirtiendo la lucha económica, política e ideológica en juegos con el lenguaje, se sustenta en un sistema binario donde el pueblo (99%) es todo menos la élite (1%). Esta simplificación, buena como eslogan movilizador, exige que la acción política pivote sobre conceptos universales capaces de unificar lo diverso. De ahí que los términos de referencia del populismo sean necesariamente genéricos, descarnados y descargados de toda particularidad (antes llamado contenido de clase). En ese espacio ideológico, las ideas-fuerza más potentes y adhesivas son precisamente las que ocultan y enmascaran la naturaleza capitalista de la crisis sistémica: nacionalidad, soberanía, identidad cultural, patriotismo, moralidad, etc. Desaparecen los conceptos que puedan suponer un posicionamiento contra el sistema productivo: propiedad de los medios de producción, mercado, clase trabajadora, desigualdad congénita, socialización, autogestión (en la empresa pública) y cogestión (en la privada), etc. La frontera populista es un peligroso trampantojo político que solo adquiere cierto grado de funcionalidad en situaciones extremas de supervivencia. De ahí que el populismo sea catastrofista, su medio natural, y necesite de un gran líder o lideresa (la Multitud unida en una Persona) capaz de sacrificarse para salvar al pueblo de invasores, traidores, y corruptos. Mejor si todo viene en el mismo paquete.

Si nos fijamos en el discurso de los diversos populismos, veremos que suelen ser más abundantes las coincidencias que las diferencias, como ha reconocido honestamente Pablo Iglesias. No es fortuito, ni ocurre hoy por primera vez. Para Errejón es la lógica manifestación del momento populista. Se trataría de que, como ha ocurrido en Grecia, gane el populismo bueno, cuya diferencia fundamental es que denuncia los aspectos xenófobos del populismo malo. No es de extrañar que no resulte determinante para una parte del pueblo que vota populismo. Lo importante de las coincidencias del discurso populista es la ausencia de alternativa al sistema productivo capitalista. Ofrecen tan solo mejoras para un funcionamiento más justo y eficaz, una vez eliminados los corruptos y sus tramas, y despojadas las élites sin patria de su poder institucional. Un capitalismo nacional de nuevo rostro. Al contrario que en los años 30 del siglo pasado, no oiréis jamás hablar de socialismo a los nuevos populistas… si no es para denunciar a los partidos que tienen la osadía de utilizar ese nombre. Y es lógico, porque el momento populista no se plantea transformar el sistema productivo, ni se propone cambiar las relaciones sociales. Es una corriente ideológica más dentro de la muy interesada, y desgraciadamente todavía exitosa, idea de que NO HAY ALTERNATIVA. Finalmente, un canto de sirenas que lleva inexorablemente la nave populista a estrellarse contra la dura realidad, facilitando el regreso de las élites. ¿Hace falta dar ejemplos?

La tentación neoludista

Pero las coincidencias más preocupantes de los populismos no son las del lenguaje. Hay una base común retrógrada a la hora de posicionarse ante la globalización, y la UE. La lucha contra los efectos de la globalización capitalista se confunde con el rechazo a la globalización, en una especie de neoludismo[11] impotente, que busca refugio en una variante grotesca de capitalismo en un solo país, sin comprender que la globalización es la base de la necesaria internacionalización del socialismo. Lo mismo ocurre con el rechazo a las políticas de austeridad impuestas por el Eurogrupo, trasmutadas en un cuestionamiento de la Unión Europea, que a la hora de la verdad se diluye como un azucarillo, tal como muestra y demuestra Syriza en Grecia, forzada a practicar una especie de austericidio de rostro humano tras sus tibios intentos de resistirse a las políticas deflacionarias impuestas por el Eurogrupo. Tsipras ha tenido que reajustar su discurso (no precisamente populista, por otra parte) mientras Amanecer Dorado clama contra la troika y la oligarquía de Bruselas. Lo lamentable del populismo bueno es que sigue sin comprender que no hay posibilidad de transformación y desarrollo socialista encerrados en el estrecho marco nacional. Lo que, por otra parte, tampoco les afecta. Lo suyo es otra cosa.

Precisamente porque los graves efectos negativos de la globalización capitalista, a los que hay que añadir los derivados de la imparable Revolución Digital, no son superables en el marco del sistema actual, es necesario implementar soluciones socialistas, tal como señalaba en mi artículo Demagogia populista o soluciones socialistas.[12] Apostar por una regeneración que no aborde las causas no tiene futuro. El populismo es la respuesta equivocada (gravemente equivocada en la ultraderecha fascistoide) al actual momento de crisis sistémica del capitalismo. Y finalmente perdedora ante la lógica adaptativa del reformismo, tome la forma que tome (conservadora, liberal, social-liberal o populista). Apoyarse en el rechazo y la indignación ciudadana sin proponer soluciones socialistas es un espejismo populista que, en la política práctica, lleva a fortalecer la salida reformista, tanto social-liberal (Macron) como conservadora (Rajoy). Y plantea un terrible dilema a los electores de izquierdas.

Por el contrario, el socialismo propone no solo la eliminación de las lacras generadas por el sistema capitalista, sino, y principalmente, la transformación de sus bases productivas para avanzar hacia unas nuevas relaciones sociales basadas en la plena realización (de facto y de jure) de la igualdad, la libertad, y la solidaridad, capaces de garantizar una vida digna, sin exclusiones, y la autorrealización personal sin trabas socioeconómicas. El socialismo es la culminación evolutiva de un proceso emancipador iniciado con la Ilustración, tal como analizó y defendió Marx. Por contra, el populismo se basa en la ilusa regresión a un mundo de nunca jamás, mientras el Capital recupera sus cuestionados y debilitados mecanismos de poder. Y el sistema productivo comienza de nuevo el ciclo con sus pautas, fluctuaciones, caos y orden, hacia una nueva crisis y su bifurcación, que, sin duda generará un nuevo momento populista… si no existe una alternativa socialista. Mientras no se aborde la transformación del sistema productivo capitalista estaremos condenados a ser los modernos sísifos.

Y termino con unas frases del periodista Manuel Jabois, ese extraño gallego que suele decir sin que parezca que dice lo que no le gustaría tener que de decir:

La misma causa de fuerza mayor (en España se vota al mal menor, y los partidos pactan por fuerza mayor), provocó que el PSOE se sumase al bien de España. Por no dejar a nadie huérfano, cabe recordar que meses antes a Podemos le pareció que el bien de España pasaba por unas elecciones antes que por un Gobierno del PSOE; contaban con que ganase Rajoy y con que Podemos ganase al PSOE: les salió muy bien la mitad del plan. Conociendo los antecedentes del PP, los políticos y también los penales, la decisión de todos estos partidos era arriesgada, pero si algo quedó claro en la evaluación de riesgo es que el bien de España estaba supeditado al bien propio.[13]

Hay en sus palabras mas ciencia política que en las disertaciones de tantos profesores titulados, cuya vuelta a las aulas, enriquecidos con la experiencia práctica, sería muy de agradecer. En todo caso, debería revisitar a Marx limpio de distorsiones soviéticas y de la criogenización y codificación marxista-leninista.[14] Tampoco les vendría mal a nuestros jóvenes y meritorios politólogos populistas, con Errejón a la cabeza, conocer un poco al menos las Ciencias de la Complejidad y sus propiedades emergentes. Pero sin caer en el fisicismo social, una tentación lineal y binaria a la que son proclives.

 

[1] Ver: http://ctxt.es/es/20170419/Firmas/12306/populismo-izquierda-errejon-le-pen-trump.htm.

[2] He intentado una aproximación en Pensar el socialismo en el Siglo XXI (Amazon, 2016), y hago una reflexión más teórica en Marx desencadenado. Una reformulación del marxismo a la luz de las ciencias y la experiencia histórica, de pronta publicación.

[3] Así subtítulo Errejón su artículo: Es una urgencia democrática que en la dicotomía entre proyectos comunitarios y proyectos neoliberales, el primer polo lo ocupen fuerzas progresistas en lugar de fuerzas xenófobas y reaccionarias.

[4] Tal vez incluya el comunitarismo, concebido como modo de auto-organización social de un grupo en una perspectiva etnocéntrica más o menos ideologizada, sobre el modelo de nosotros contra los otros, o algunos de los varios aspectos formulados por MacIntyre, Sandel, Walzer, Taylor y Amitai Etzioni, entre otros, que rechazan los postulados liberales, tanto kantianos como utilitaristas, sobre el concepto de individuo y racionalidad, particularmente el liberalismo igualitarista representado por John Rawls. Pero es más plausible que Errejón beba del comunitarismo boliviano expresado con elocuencia por el vicepresidente Álvaro García Linera durante la toma de posesión de Evo Morales: Nuestro socialismo es comunitario por su porvenir pero también por su raíz y por su ancestro, porque venimos de lo comunitario ancestral de los pueblos indígenas. Sin embargo, Laclau prescinde de cualquier contexto comunitario a la hora de argumentar la construcción hegemónica, que dependerá de lo que la gente cree posible, para posteriormente plantear una selección como proyecto ético-político. Ver: Ernesto Laclau, Política, hegemonía y discurso, o los fundamentos retóricos de la sociedad. Fondo de Cultura Económica, 2014.

[5] Ver la excelente entrevista realizada por Carlos Prieto y Juan Carlos Monedero, pese a los intentos de llevar el agua a su molino populista: www.publico.es/opinion/renovacion-pensamiento-gramsci-entrevista-bob.htm.

[6] La política de clase contra clase fue adoptada por la Internacional Comunista (IC, o Comintern) en su VI Congreso (julio-agosto de 1928), en sustitución del frente único, postulado desde 1921. La orientación de clase contra clase se basa en el supuesto catastrofista de la inminente caída del capitalismo mundial. De ahí el repudio a todo compromiso con otras corrientes políticas, como la socialdemocracia. Se anulaban las diferencias entre dictadura y democracia burguesa, y sólo se reconocía la existencia de dos campos políticos excluyentes y un dilema: fascismo o comunismo. Se mantuvo hasta que en el VII Congreso de la Comintern (1935) fue sustituida por el Frente Popular. Ver: Milos Hájek. Historia de la Tercera Internacional. Crítica, 1984.

[7] Término utilizado por el Premio Nobel de Química Ilya Prigogine (1917-2003) para señalar lo que ocurre cuando un sistema alcanza estados de desequilibrio estables a través de una cascada de bifurcaciones, en cada una de las cuales el debe escoger entre dos alternativas. Yo lo aplico, reformulado e introduciendo la dimensión cultural, a la evolución de las sociedades humanas en cuanto que son sistemas complejos dinámicos no lineales. Lo explico más detalladamente en Marx desencadenado.

[8] Carlos Tuya, Op. cit.

[9] Ernesto Laclau. La razón populista. Fondo de Cultura Económica, 2005; Carlos Tuya. La sinrazón populista. Amazon, 2015.

[10] Erik Olin Wright. Construyendo utopías reales. Akal, 2014. Ver mi reseña crítica titulada Cuando las utopías se cargan de razón, en: http://confluencia.network/marxismo/anticapitalismo-sxxi/.

[11] El ludismo es un movimiento que toma el nombre de Ned Ludd, con el que se firmaban los comunicados anunciando los motines contra las máquinas, organizados por los trabajadores ingleses en los últimos decenios del siglo XVIII y primeros años del siglo XIX, que luego se extendieron por el resto de Europa.

[12] Ver: www.espacio-publico.com/el-socialismo-de-este-siglo#comment-5544

[13] Manuel Jabois. El bien de España. En: http://elpais.com/elpais/2017/04/25/opinion/1493140878_562986.html

[14] Ver Marcello Musto. La Marx-Engels-Gesamtausgabe (Mega²) y el redescubrimiento de Marx. (www.academia.edu/24845648/la_marx-engels-gesamtausgabe_mega_y_el_redescubrimiento_de_marx._introducci%c3%93n)

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