Coyuntura

QUEMAR CARTUCHOS; DINAMITAR PUENTES

 

Pablo Iglesias II, rodeado del conjunto de los dirigentes regionales y de nacionalidades, que confluyen en el conglomerado nucleado por Podemos, anuncia, sin avisos ni negociaciones previas, que va a presentar una Moción de Censura contra Rajoy. Sus potenciales aliados, han tenido que recordarle que, en el procedimiento democrático, esas cosas se avisan. Dadas las mutuas desconfianzas y agravios, además de la precariedad de algunas posiciones, es de suponer que la iniciativa tendrá un recorrido mínimo, e impedirá nuevas iniciativas con más posibilidades. Ello generará reproches y acusaciones….. ¿Quién gana con ello?

Es evidente que nos encontramos ante una emergencia nacional, casi un golpe de estado del propio gobierno, pero ese golpe no se dará porque nadie dispone de los medios para llevarlo a cabo. Rajoy, que no es Erdogán, debe abandonar el gobierno, pero el problema no es él, ni tan siquiera el PP, desvelado como una asociación de maleantes para saquear el presupuesto nacional, autonómico y municipal. El problema es que la democracia liberal parlamentaria ha entrado en crisis, sin que haya aparecido su sustituta. Ni tan siquiera una reforma constitucional republicana puede parar el deterioro moral, político y social, que se esconde tras la crisis. Se necesita un nuevo modelo de estado y de sociedad, y nadie sabe qué puede ser eso.

La democracia siempre ha sido, desde su aparición, la batalla política de la clase obrera. No otra cosa significa la frase de Marx de que “el proletariado no se puede emancipar, sin emancipar al conjunto de la sociedad”. Por ello, pasada la prehistoria populista y sectaria de la infancia del movimiento; una vez establecidas sus señas de identidad, a través de sus objetivos estratégicos, vino la espinosa cuestión de la conversión en fuerza nacional, de un movimiento internacionalista, que tenía que liderar una coalición de fuerzas definidas por el Estado-nación burgués. El objetivo estratégico se confundía, en un principio, con mucha facilidad, con la fantasía facilona de un futuro igualitario, libre de contradicciones, ¡Aquí, y ahora! Lo cual no era malo en la paleo-historia del movimiento, igual que no lo fue el populismo. El primero creaba fe, en unos grupos humanos desprovistos hasta de nombre. El segundo permitía reciclar la enorme fuerza organizativa e intelectual del artesanado en declive. Unos trabajadores, la mayoría de las veces semi-autónomos, que lideraron los orígenes del sindicalismo y el obrerismo político.

Lo primero que aprendieron los obreros socialistas, es que la democracia liberal es un marco estrecho para su lucha; la lucha de clase se cruza históricamente y de forma reiterada en su desarrollo, demostrando sus límites burgueses, sobre todo el corsé del derecho de propiedad y la delegación del voto. El problema de la tierra, fue la cuestión crítica en la II República española y, siempre, el problema del trabajo. Desde 1848, la falta de empleos suficientes ha estado presente en los procesos de ampliación del liberalismo hacia la democracia, y hoy es el problema central para las sociedades del sur de Europa, no solo para la sociedad española, poniendo al descubierto la anarquía del capitalismo. No se trata de que, como decían los republicanos de izquierdas, los obreros socialistas sean demasiado impacientes, es que la necesidad aprieta a las personas. Incluso soluciones paliativas, como las rentas mínimas, no afrontan el problema, de que los hombres y mujeres modernos definen su identidad por el trabajo. Sin empleo no hay autonomía personal, y sin autonomía no puede crecer la cultura de ciudadanía, imprescindible para la convivencia democrática. Esto, que para el ciudadano trabajador es obvio, no lo es para el resto, entre los cuales se encuentran los representantes parlamentarios y técnicos de la administración, normalmente profesionales liberales. La reflexión no sustituye a la experiencia, de ahí la limitación democrática que supone la delegación de voto.

Pero ha trascurrido siglo y medio, la clase obrera industrial, el núcleo duro del movimiento obrero, ha pasado de ser central en la política del continente donde nació y creció el socialismo, Europa, a representar un segmento social en declive, al tiempo que se expande, junto con el capitalismo, por el resto del mundo. En Europa, la robótica sustituye al proletario industrial, y el artesanado ha desaparecido, mientras emergen nuevos tipos de trabajadores semi-autónomos, ligados, normalmente a las nuevas formas del capital, relacionado con la ciencia y la tecnología, y crece desmesuradamente el empleo precario para el resto; es decir para los trabajadores que añaden poco valor con su trabajo, ligado normalmente a los servicios relacionados con el consumo de masas. Mientras tanto, la cultura socialista está en retroceso, porque, entre otras cosas, donde hay libertades, los sindicatos y el movimiento obrero están en retroceso y, donde los trabajadores industriales están en expansión, aún no hay sindicatos, con las honrosas excepciones de Brasil, Suráfrica y La India, y las libertades políticas, o no existen o están amenazadas. Aunque las luchas obreras en esos países, incluidos aquellos donde el sindicalismo está proscrito, se hacen cada día mas visibles, provocando un acercamiento de salarios, entre trabajadores precarios europeos y obreros industriales de los países emergentes.

Sin embargo, lo realmente nuevo, que viene de la mano de las nuevas formas emergentes del capital, es la decadencia del Estado-nación en Europa, y la evaporación del espejismo de la independencia nacional, que ilusionó a los pueblos africanos y asiáticos, durante la segunda mitad del siglo XX. Al mismo tiempo, nacen nuevas estructuras de poder político continental, celosamente salvaguardadas por los consejos de administración y las cúpulas de los partidos políticos dominantes, contra el contagio democrático. Y se impone una nueva forma de legislación global, basada en la vieja fórmula liberal de la negociación entre notables, debidamente asistidos por una tecnocracia global, cuyo poder es cada día mayor.

Por lo tanto el problema central, para éste escribidor, de la torpeza, o el sectarismo, demostrado por la cúpula de Podemos, no es el ego de Pablo Iglesias II, sino la enorme pérdida de tiempo y oportunidades democráticas, que ha supuesto su gestión del 15-M. En ese contexto, donde el poder continental y global solo puede ser combatido por coaliciones transversales a las naciones y a la segmentación de los asalariados, pretender marcar límites precisos dentro de un estado nacional, entre los revolucionarios (sic. ¿?) y el resto. La teoría de las dos orillas, genialidad de Anguita, es tan estúpida como lo ha sido siempre en los países con democracia parlamentaria, pero mucho más en las democracias parlamentarias de poder legislativo decadente. Junto a la reclamación de ¡Rajoy, dimisión!, no estaría de más un, ¡A ver quien cambia la organización caduca y estalinista de Podemos!… Porque la socialdemocracia….., ¡Como en Francia!

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