Coyuntura

Si se puede, si se quiere y se sabe

A estas alturas del culebrón postelectoral, una mala secuela de la fallida investidura del 20D, se va aclarando el papel de nuestros cuatro personajes principales (y un actor secundario), embarcados en la busca de un autor que escriba el final más provechoso para cada uno de ellos. Mientras llega el desenlace a un suspense creado a base de chantajes, mentiras y vagas promesas de gratificaciones futuras, con la impetuosa entrada en escena de las fuerzas mediáticas y fácticas empeñadas en acelerar el curso de los acontecimientos, puede resultar instructivo repasar lo que se espera de cada uno de los actores. Veamos:

Rajoy. Incapaz de cualquier sacrificio que no sea el de los demás, trata de impedir que surja otra opción distinta a la de tener que optar entre él o nuevas elecciones. Rajoy, siempre tan imaginativo, proclama compungido: ¡o yo, o elecciones!. Y como nadie las quiere… ¡voilá!, el próximo presidente del gobierno tiene que ser él y nadie más que él. Con su característica cara (dura), entre bobalicona y socarrona, se pregunta el por qué de la tardanza en coronarle. Al fin y al cabo un vaso es un vaso. Sabe que nadie le quiere, pero no le importa. La derecha no gobierna para hacer amigos. Así que, conocido el final, debe acabarse de una vez la función. Y que le dejen gobernar.

En realidad, Rajoy es un consumado resistente, incapaz de tomar la iniciativa en nada, pero con una pachorra que doblega toda resistencia. Esta vez está manejando con habilidad el juego del ultimátum -deberían aprender los nuevos aprendices de brujo– donde la única forma de que jueguen los demás es perdiendo. De momento ha conseguido poner nerviosos a sus contrincantes, y desencadenar una catarata de apoyos directos e indirectos, eclipsando con ello el principal obstáculo para un gobierno del PP: él mismo. Y ante el riesgo de que Pedro Sánchez se niegue a seguirle el juego, ha recurrido a la argucia tahúr de una investidura en diferido, impidiendo que Sánchez pueda volver a postularse como candidato al aceptar el encargo del Rey, pero sin comprometerse. Solo se presentará a la votación de investidura cuando la tenga asegurada. Mientras, que otros resuelvan el bloqueo institucional. Una treta muy suya -ni hace ni deja hacer-, paralizando así cualquier opción alternativa, trasladando la presión a Rivera y Sánchez, y alejando el foco de su persona. La urgencia de tener gobierno no va con Rajoy sino con los que impiden que gobierne. El yo o las elecciones es en realidad o yo, o el bloqueo, versión infantil del aprés moi, le déluge (después de mí, el diluvio). Es la forma patriótica de entender la democracia de una derecha capaz de cualquier cosa con tal de seguir en el poder.

Que un personaje tan mediocre, apático, incapaz de arriesgar lo más mínimo y, en consecuencia, tomar decisiones en momentos decisivos y que está enterrado además hasta las cejas en la corrupción, pueda ejercer impunemente el juego del ultimátum, dice mucho de la naturaleza cesarista y oligárquica del PP. Pero más de la desvergüenza con que actúa nuestra derecha más reaccionaria, en comandita con los poderes facticos, y con la inestimable ayuda de sus aliados dentro de PSOE. A Pedro Sánchez le están presionando hasta casi la agresión verbal, pero apenas han insinuado la conveniencia de que Rajoy de un paso al lado. Por lo visto, los sacrificios por la gobernabilidad de España tienen que ser los de la izquierda. Bueno, al menos ahora no nos sacrifican como antes, lo que no deja de ser un consuelo.

Rivera. El joven líder del partido centrista y regeneracionista, cogido entre dos fuegos y menguadas sus fuerzas tras las elecciones, trata por todo los medios evitar contaminarse con un apoyo claro a Rajoy, el jefe de los corruptos, lo que podría significar su disolución como alternativa regeneradora, que es la baza electoral en un país donde el centro carece de espacio en el tiempo. Un sí a Rajoy, difícil de asimilar por muchos de sus votantes, actuaría como acido de la inoperancia al permitir que los corruptos sigan mandando. Así que necesita que la carga de la responsabilidad recaiga en el PSOE, facilitando la investidura con su abstención. De momento puede aguantar la presión del PP lo que resistan los socialistas la ofensiva combinada de la derecha, el centro y el centroizquierda más conservador. Más allá está por ver. Porque si las presiones sobre Pedro Sánchez rozan el bullying, no son menores aunque menos públicas, las que recibe Cs., cogido en la trampa de las mesas de negociación. La esperanza de Rajoy es que esas presiones fácticas, más las concesiones necesarias en temas sensibles para Cs, le permita a Rivera pasar de la abstención al sí sin traicionar su centrismo regenerador que es su única razón de ser.

Pedro Sánchez. Impasible, sin perder la sonrisa profident, sigue sin ceder en su NO ante el desafío de Rajoy, la presión de Rivera, los zombis de la vieja guardia socialista, y los barones más conservadores; lo que demuestra, al menos, que es un buen fajador y no un simple parvenu guaperas. Al contrario, y para sorpresa de muchos en su propio partido, demuestra una clarividencia política de la que muchos carecen. Es consciente de que la salida más favorable a los socialistas pasa por que Rajoy se presente a la investidura, permitiendo así que se abra la posibilidad de intentar una alternativa sustancialmente parecida a la del 20 D, pero ahora con la fuerza del vértigo a las elecciones jugando a su favor. Una especie de Rajoy a la inversa. Para eso necesita que Rivera siga en la abstención y que Rajoy cumpla enteramente el encargo real y se someta a votación en las Cortes. Y, en caso de que Rivera acabara haciéndose el harakiri y votase afirmativamente a Rajoy, tener al menos la coartada para su obligada abstención por sentido de Estado, lo que le permitiría afrontar en mejores condiciones la disputa por el liderazgo de la oposición a Unidos Podemos. Por no hablar de que podría resistir en mejores condiciones el ataque sin cuartel de barones y resentidos en el inminente Congreso del PSOE. No nos engañemos, el fracaso de Pedro Sánchez se saldaría con un fuerte viraje a la derecha de los socialistas bajo la excusa de volver a ganar el centro. Algo que tal vez entusiasme a ciertos dirigentes de la nueva izquierda, pero que supondría una dificultad añadida a la hora de contar con el PSOE para gobernar. No se puede tener profundidad estratégica con una miopía política que solo te permite leer de cerca. En cualquier caso, condicionar la abstención del PSOE al voto afirmativo de Cs. tiene la ventaja para Pedro Sánchez de que deriva la presión sobre Rivera, y éste a su vez sobre Rajoy. Un efecto bumerán nada despreciable.

Pablo Iglesias. Siempre fiel a su depurado estilo tertuliano, sin pelos en la lengua, feroz en la réplica, con una eficaz mezcla de ceño fruncido y sonrisa angelical, espera melancólico que llegue la hora de recuperar el protagonismo perdido: la abstención del PSOE. Entonces, en la votación del Congreso de los Diputados, haría retumbar en el hemiciclo el sonoro NO a Rajoy. Iglesias sabe que es la única baza propagandística con que cuenta para intentar -una vez perdido por segunda vez el asalto a los cielos– ser el jefe de la oposición. Y que lo que la calle y su gente común no le otorgó se lo regale el dirigente socialista en bandeja de plata, junto con su cabeza.

Una operación arriesgada que necesita, en todo caso, que Sánchez evite la tentación de repetir un pacto de regeneración y progreso con la participación de Cs. Por eso, algunos dirigentes de Podemos, como Irene Montero, insisten en que la única alternativa es un gobierno de izquierdas, con el apoyo de los independentistas. Es decir, proponiendo algo actualmente imposible. Porque si ya resultaba inviable tras el 20D, contando con mayores fuerzas, y necesitando tan solo la abstención de los nacionalistas, hoy resulta una autentica quimera (cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón) al necesitar el voto afirmativo de unos independentistas catalanes, inmersos en un procés de ruptura. Y esta vez no solo por el rechazo tajante de Cs. y la imposible aceptación del PSOE, sino porque resulta imposible gobernar dependiendo de quién no te reconoce como su gobierno. Salvo que lleves a la práctica su agenda del catalexit. De verdad, ¿alguien en su sano juicio político puede pensar en que es posible gobernar en esas condiciones sin destruirse en el intento? No lo sé, ya que la sinrazón suele ser mala compañera de la izquierda. Así que, salvo que pensemos que los dirigentes de UP no saben de que va la vaina, cosa que yo no me creo, lo lógico es pensar que lo último que querría Pablo Iglesias es verse de nuevo en la tesitura de tener que volver a votar con Rajoy contra una candidatura encabezada por Pedro Sánchez. De ahí su holganza actual, en contraste con la sobreactuación tras el 20D. Lo que no sé es la dimensión política de las palabras de Errejón constatando que hay que contar de alguna manera con Ciudadanos. Veremos.

En cuanto a Alberto Garzón, al líder de Unidad Popular-Izquierda Unida le falta papel en el actual psicodrama, lo que resulta tan llamativo como inaceptable. Al fin y al cabo, la coalición se supone que es cosa de dos. Garzón era consciente del riesgo que se corría aceptando las condiciones de Podemos, cuya superioridad manifiesta le permitía imponerlas sin mayores problemas. Había que aceptarlo por el bien de la izquierda y el futuro de su unidad. Algo evidente y fuera de discusión, aunque los resultados no hayan sido los esperados. Pero la generosidad de la única opción transformadora en nuestro país, una vez cumplido el objetivo de frenar la caída de votos de Podemos, no ha sido correspondida, al menos hasta ahora, con el trato y la consideración debida. Si las cosas no cambian, poco protagonismo va a tener desde su viceportavocía, junto con las de En Comú Poden y En Marea. El dilema para Alberto Garzón es elegir entre la unidad y la identidad, una endiablada dialéctica si tenemos en cuenta que Podemos parece que se encamina hacia su particular Bad Godesberg,[1] la formulación de certezas socialdemócratas (eso si, escandinava) que les haga creíbles y aceptables para recuperar la añorada transversalidad perdida.

Más pronto que tarde, Alberto Garzón tendrá que elegir entre integrarse en Podemos, o reafirmar la independencia y capacidad de acción político-organizativa de UP-IU, impulsando la urgente refundación de la izquierda trasformadora en un proceso de confluencia con todas aquellas fuerzas y movimientos que se planteen la salida socialista al capitalismo financiero global.

Así las cosas, parece que la acción combinada de todos los actores involucrados y afectados, más la presión mediática -con El País de Cebrián a la cabeza-, la salida en trompa de los viejos dirigentes socialistas, y la debilidad orgánica de Pedro Sánchez, hace presagiar que, una vez más, el jefe de los corruptos, amparador de criminales, jefe de un partido procesado, el incombustible Rajoy, puede salirse con la suya. De ser así, las consecuencias resultarán devastadoras para Pedro Sánchez y su equipo, que deberá enfrentarse a un inmediato Congreso, donde se pedirá su cabeza. En cuanto a Unidos Podemos, tal vez piensen que pueden sacar de tal desenlace el dudoso beneficio de la jefatura de la oposición para Pablo Iglesias. Pero eso, de ocurrir, será con un elevado precio… el que tendrán que pagar los trabajadores con nuevos recortes, la persistencia en la fallada política de ajuste neoliberal, y el inmovilismo o algunas tímidas reformas para contentar a Cs. Fin de la función.

¿Fin? Bueno, aunque muy difícil, al borde de la imposibilidad, siguen quedando al menos dos alternativas que cuentan con importantes apoyos, que seguramente serian recibidas con alivio por la ciudadanía, y que permitiría a Unidos Podemos demostrar que tiene eso que llama Errejón certezas; es decir, capacidad de aprovechar el potencial latente en la actual coyuntura para extraer los mayores beneficios para los trabajadores, al tiempo que se fortalece la opción de izquierdas en nuestro país. Desde el punto de vista de la combinatoria parlamentaria, estas son las dos opciones, ninguna de ellas exenta de riesgos, aunque menores que soportar un nuevo gobierno del inepto y corrupto Rajoy. Son:

PSOE-CS., con el apoyo afirmativo de UP desde fuera (188 votos)

PSOE-UP, con la abstención de Cs. (156 votos)

De las dos, sin duda la primera es la que tiene mayores garantías de éxito. No solo porque suma una mayoría confortable, a resguardo de maniobras independentistas, y de difícil obstrucción parlamentaria por el PP, sino porque es la que resulta más favorable para UP: otorga a la coalición de izquierdas gran capacidad de presionar en favor de políticas progresistas, y de compensar la influencia de Cs. Todo, sin sufrir lo efectos negativos de la política de económica dictada por Bruselas, que incluye indefectiblemente nuevos recortes.

La segunda, un gobierno de izquierdas, es la más atractiva ideológicamente, pero tiene varios inconvenientes. El primero, y más serio, es que la actitud de los nacionalistas e independentistas puede condicionar seriamente la gobernabilidad. Por otra parte, la dependencia de los votos de Cs. supondría una grave rémora a la implementación de las políticas sociales esperables de un gobierno de izquierdas, por lo que el desgaste ante la necesidad de cumplir con Bruselas sería enorme al no tener contrapartidas sociales.

En cuanto a la posibilidad de un pacto a tres, Cs-PSOE-UP, fallido al primer intento, cuando las condiciones eran más favorable, parece claramente descartado, ya que Cs. no va a permitir que UP entre en el gobierno. Y Podemos tendría que admitir su grave error al no haber permitido el gobierno de Pedro Sánchez tras el 20D.

Queda otra posibilidad, que nadie contempla, tal vez porque nuestra cultura política no da para mucho, y menos para actuar con suficiente inteligencia y habilidad en un Congreso de los diputados tan fraccionado: negociar un acuerdo de gobierno monocolor presidido por Pedro Sánchez sobre la base de un programa mínimo de regeneración y progreso, que cuente con personalidades independientes de gran prestigio y solvencia profesional, representando las distintas sensibilidades de centro, centro izquierda e izquierda, y sometido a revisión y voto de confianza en las Cortes trascurridos dos años. Es algo de lo que ya he hablado en otras ocasiones, por lo que no necesito insistir. Sé que si ayer era difícil hoy es dificilísimo. Claro que la política consiste precisamente en convertir en posible –si se puede, ¿recuerdan?- lo improbable mediante el ejercicio inteligente, flexible y sensato de la lucha de clases.

¿Tan difícil es entender que hoy por hoy la contradicción principal, el objetivo prioritario, dada la actual correlación de fuerzas, es derrotar al enemigo principal, el Partido Popular? Parece que sí. Puedo entender las dudas de los socialistas, su desgarro interno entre sus dos almas -algo que viene de lejos-, el miedo a realizar alianzas con quien trata de hacerles un sorpasso, pero no consigo comprender el infantilismo pueril de la izquierda a la izquierda del PSOE. Se habla mucho de pedagogía política pero no parece que se entienda cabalmente su significado.[2] Proponer un acuerdo con el adversario/aliado para derrotar al enemigo, aunque no se consiguiera, serviría para demostrar capacidad de iniciativa política y adecuada comprensión de la coyuntura. Soy consciente de la enorme dificultad de volver a levantar, con las concesiones que ayer no hubiera hecho falta, un acuerdo así. Pero solo lo que se intenta se puede llegar a conseguir. Y de no conseguirlo, al menos se habría desarrollado una fundamental pedagogía política, mostrado capacidad para ajustar la táctica a la estrategia, la guerra relámpago a la de posiciones (que es una condición necesaria para la guerra de movimientos, sean más o menos veloces) Pero esto es algo que deberían saber nuestros profesores de políticas, y demás licenciados universitarios.

En cuanto a los trabajadores y sus sindicatos de clase, da la impresión de que siguen paralizados por el desaliento, en una actitud incomprensible de verlas venir, con alguna tímida declaración de UGT y CC.OO. a favor de un gobierno de progreso. No se trata de lograr en las fabricas y empresas lo que las urnas no han otorgado a los trabajadores, sino de obligar a los partidos que quieren un cambio progresista y regenerador en nuestro país a realizar una lectura de la aritmética parlamentaria que favorezca la alternativa al nefasto gobierno de Rajoy. Y para eso es necesario que la clase fundamental, la fuerza decisiva de la izquierda, se involucre en la formación del gobierno de España, que es el campo principal donde se dirime la política económica y social. Sus intereses en definitiva. Porque con las cosas de comer no se juega.

 

[1] Congreso extraordinario de la socialdemocracia alemana (SPD) celebrado el 15 de noviembre de 1959, donde se oficializó la renuncia al marxismo como ideario político y la aceptación de la economía de mercado.

[2] La pedagogía política no consiste en sermonear a los trabajadores por equivocarse reiteradamente a la hora de votar. Hacer pedagogía consiste en fusionar la teoría política de la transformación social, y la táctica mas adecuada en cada momento para conseguirlo, con la práctica de la lucha de los trabajadores por mejorar su situación socioeconómica, en tanto que corresponsables de la acción política y sus resultados. Esa fusión es la que permite alcanzar una verdadera hegemonía, y no la consecución, al precio que sea, de votos y diputados (ya los tuvo el PSOE, y las grandes conquistas del Estado Social y democrático de Derecho están siendo cuestionadas por la actual crisis y recesión prolongada del capitalismo financiero global) También se hace pedagogía luchando por lo improbable hoy para conseguir lo imposible mañana.

 

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