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El socialismo digital II.

Vísteme despacio que tengo prisa.

 

Me ha gustado mucho su libro, 1984, pero lamento mucho que no refleje el futuro previsible. Desgraciadamente, creo que el mundo dentro de cierto número de años se parecerá más a mi “Un Mundo Feliz”. (Aldous Huxley, en una conversación con Orwell).

En la semana que termina, y en la montaña “mágica” de los millonarios, se ha celebrado una edición más del “Foro de Davos”, encuentro anual de las elites mundiales para lanzar su mensaje al mundo de que alguien está al timón. En la trastienda, se disciplina a los políticos díscolos o despistados que, contagiados dela creencia de ser importantes, no pueden resistirse a asistir a la gran fiesta del poder; Davos transmite la esperanza de que algo del “glamour helvético” se pega, contarle a los nietos que una vez se codearon con los que de verdad mandan. Este año se han debatido cuestiones críticas, como la inteligencia artificial, y su corolario capitalista, el crecimiento exponencial de la desigualdad. Como no se han dado soluciones a éste último problema, se supone que lo que de verdad han debatido, fuera de micrófonos, es como evitar sus consecuencias políticas y de malestar social. Porque lo cierto, es que la tecnología 4.0 ya está aquí, lo mismo que su implantación, tanto para fortalecer el poder de gestión y control económico financiero, como para eludir el control democrático. Sin embargo, la pregunta sigue siendo, ¿es viable utilizar estas tecnologías para lo que se está haciendo con ellas?

Anterior a la “Civilización en la Encrucijada” de Radovan Richta (1968), Joan Róbinson escribió un breve artículo, “Un Modelo para el Futuro” (1962), en el que simulaba una economía donde los “robots” habían sustituido al trabajo industrial, “reduciendo a un mínimo el empleo de trabajadores humanos en la industria organizada”. Esta industria generaría un pequeño sector de ingeniería, pequeño en comparación con el empleo industrial de los años 60, formado por expertos que diseñan robots y controlan la producción realizadas por éstos. El primer problema del modelo era la acumulación, dado que la tendencia decreciente de la tasa de ganancias se aceleraría por la importancia creciente del conocimiento en la inversión, llevando el sistema hacia la reproducción estacionaria, a menos que, caso que la correlación de fuerzas sociales lo permitiera, los precios industriales los marcaran las empresas distribuidoras gracias a su posición relativa de oligopolio tecnológico, y los beneficios así obtenidos revertirían sobre la cúpula del sector de ingeniería y distribución de los productos fabricados por los robots. En cuanto al desempleo, Joan Róbinson apuntaba una posible solución basada en la desigualdad generada por la posición de los individuos ante la tecnología. El nivel salarial superior de los expertos crearía las condiciones para un amplio sector de servicios, organizado en pequeñas empresas, principalmente cooperativas en razón de la mala posición negociadora de las empresas de servicios, que daría empleo al conjunto de los desplazados por la robótica. Estos últimos se convertirían en compradores de los productos fabricados por los robots y, como es de esperar, seguiría existiendo un pequeño sector agrícola, altamente mecanizado, productor de commodities, y una agricultura ligada a los mercados locales de cada polo industrial robotizado. Como el modelo mantenía las premisas competitivas clásicas, el bajo nivel de la tasa de ganancias del sector robótica, producto del poder negociador de los expertos, desalentaría las iniciativas empresariales del resto de sectores, favoreciendo a la creación de empleo del sector servicios.[i] Si las remuneraciones de los trabajadores de servicios no fueran suficientemente altas como para absorber la producción industrial robotizada, una vez cubiertas las necesidades más elementales, la economía entraría en un estado depresivo sin mecanismos de recuperación. Este último supuesto lleva implícita la meritocracia: el poder de los técnicos sustituirá, a la larga, a los inversores.

El keynesianismo de izquierdas ofrecía con éste y posteriores trabajos, una base teórica para la distopía de Huxley. Como decía la autora, “la extraña apariencia de este modelo se debe al hecho de representar el caso de una economía en la cual se siguen observando ciertas reglas y convencionalismos aun después de no estar acordes con la situación técnica”. La propiedad privada de los medios de producción es, evidentemente, incongruente con una técnica que, por materializarse más en el valor de uso del trabajo que en los equipos productivos, exige regular los mercados; en esa economía la competencia puede ser sumamente destructiva. Hoy observamos una tendencia creciente al endeudamiento de los consumidores, lo cual es un índice de una falta de congruencia entre los ingresos de los diversos sectores sociales a los que va dirigida la producción, y la composición de dicha producción. Igualmente percibimos como la predicción de éstos autores, de que la organización corporativa de la tecnología en la era cibernética desbordaría todas las barreras anteriores al monopolio, se va cumpliendo y las entradas financieras por el endeudamiento de los consumidores cubren los beneficios de las grandes corporaciones. Sin embargo, a pesar de la concentración creciente del conocimiento en dichas instituciones, aún no puede decirse que éste último se haya convertido en una mercancía evaluable y vendible, es decir en capital; a pesar de los esfuerzos organizativos por acercase a tal situación, los expertos conservan aun una gran cantidad de poder. Podría decirse que constituyen el grupo social más influyente, ningún otro puede aspirar a controlar el futuro sin ganárselos. La tecnología crea en ellos una cultura de estar en el centro del cambio social y, por lo tanto, de socios imprescindibles de cualquier proyecto ambicioso. Por otro lado, la predicción de los años 1980 y siguientes, de que el proceso de trabajo y su organización solo podría avanzar desplazando las decisiones hacia el proceso y sus ejecutores, o la utopía de Riffkin de que las nuevas energías y su informatización distribuirían el poder y forzarían a la horizontalidad de la organización social, no parecen encontrar su camino de desarrollo, que se refleja en un estancamiento de las fuerzas productivas. Como pronosticaban los tecnólogos del MIT, los avances de las tecnologías de la información en un contexto de poder vertical buscan hurtar el control democrático, tanto del poder político como del poder tecnológico, en lugar de centrarse en la liberación del trabajo y el bienestar, con la difusión del conocimiento y la extensión horizontal de la capacidad de tomar decisiones hacia las personas que ejercen las actividades económicas.

Kalecki pensaba que los expertos, apoyados en los obreros especializados, en tanto que grupos capaces de corporativizar su posición en la estructura productiva, constituyeron la base del estalinismo; como tales, ejercieron su dictadura para defender sus privilegios frente al campesinado y el resto de trabajadores; pero la historia ha resuelto el problema, sin despejar la hipótesis, al desmantelar las posibilidades de viabilidad del socialismo que realmente existió[ii]. El capitalismo sin freno alternativo ha dado paso a un sistema de estados, inviables cada uno de ellos en sus propias fronteras; excepción hecha de unos pocos macro-estados, como EE.UU. o China, si es que una nueva crisis no demuestra que ni tan siquiera éstos últimos garantizan la viabilidad del sistema mundial de poder, con el peligro añadido de que las viejas inercias geoestratégicas provoquen un conflicto bélico, el cual sabemos que no puede tener vencedor. Esto último, paradójicamente, no frena a los gobiernos de esos macro-estados, ni los lleva a cooperar por la gobernanza global. Mi opinión, por lo tanto, es que el reto principal está en la cuestión geográfico-territorial.

En primer lugar, la economía. ¿Como pueden funcionar los mecanismos reguladores de la economía en un mundo globalizado? Unos mecanismos que son nacionales, al tiempo que cada día se hacen más autónomos de cualquier dispositivo de control, porque los sistemas estatales en los que operan son tan abiertos que no permiten la modulación de las presiones regulatorias. La ONU ya predecía en 1957[iii] que las políticas keynesianas en un país podían tener más impacto en los demás estados, si ese país, como entonces lo era Japón, soporta una parte importante de su acumulación en el superávit comercial con el extranjero. Hay que decir, a favor de Keynes, que el propio maestro ya preveía esa posibilidad en su “Teoría General”. Esa situación de interdependencia y acoplamiento entre diferentes economías es ya común a la mayoría de los países del mundo, incluido Estados Unidos. Los efectos de las erróneas políticas del gobierno actual estadounidense lo demuestran. El mundo puede entrar en recesión si no se produce una rectificación de las represalias comerciales y cibernéticas actuales entre grandes estados.

Si le añadimos la crisis medioambiental, el agotamiento de recursos estratégicos y el calentamiento global, veremos que no se trata solo de dar una alternativa socialista al capitalismo; nos jugamos la supervivencia como especie; para lo cual el socialismo es presentado como una opción. Pero ese tipo de afirmaciones nos conduce a la pregunta radical: ¿Qué es el socialismo en la era de una economía distribuida, cuando ésta no encuentra el camino para serlo? Para distribuir, descentralizar y hacer descender el poder económico al propio proceso productivo; para democratizar la economía se necesita ir suprimiendo paulatinamente, en una era de transición, el principal obstáculo a la regulación que existe: la propiedad privada y su alta centralización de los medios de producción. Causus belli inevitable, en un mundo donde el gendarme principal es, al mismo tiempo, el sumo guardián de los valores asociados a la propiedad privada, y sede de los principales monopolios mundiales, partidarios además, como repetidamente manifiestan desde las instituciones que han impulsado (FMI, OCDE, Banco Mundial.., etc.), de la auto-regulación de los monopolios. No es de extrañar, por lo tanto, que la mayoría de los políticos en activo no puedan imaginar un planeta asociado a la palabra socialismo. No tiene sentido en el ámbito nacional, y no puede ser concebido fuera de cualquier ámbito estatal. El cual, además, solo existe asociado al concepto de nación. La cuestión geográfico-territorial nos coloca ante un círculo vicioso, que corrompe la política.

Y sin embargo, las situaciones que estamos viviendo, especialmente desde 2008, plantean ese tipo de preguntas que solo el socialismo parecía responder en los años anteriores a 1989, aunque su propia realidad lo negara. Por lo tanto, ¿En cual ámbito puede ser pensada una estrategia de socialismo del siglo XXI?… ¿Qué respuesta política se da a la cuestión del Estado nación? ¿Que ente se plantea como sustituto de aquel? ¿Qué dimensión tendría? Porque claro, el problema inmediato de toda política trasformadora es el control de las elites políticas y tecnológicas, y su marco regulador es el Estado-nación democrático, el cual está en proceso de extinción por inanición. Necesitamos saber hacia donde nos dirigimos pasado mañana, no solo en lo que soñamos al final del camino. Estas cuestiones están en el orden del día; las grandes corporaciones van atando sus propias respuestas a través de sus lobbyes en reuniones y convenciones internacionales como Davos; tejiendo redes de gobiernos, ministros, grandes financieros, académicos leales y otras figuras. Incluso en la Unión Europea, escenario más plausible del medio plazo, la política la dictan los lobbyes, presentes tanto en Bruselas como en Estrasburgo. Mientras, los representantes populares, incluidos los sindicatos de clase, continúan ensimismados sin saber que territorio pisan. Aún asistimos al conciliábulo del consenso entre Gobierno, empresarios y banqueros, sea aquel del color que sea, cuando de Europa se trata; incluso a la elección de comisarios por el color de la bandera, y no por sus propuestas políticas.

La política tiene que dar respuesta a los problemas del ciudadano, respuestas viables y en el marco de actuación de la política de hoy, un marco que en cuestión de bases de actuación se cocina en Bruselas. Pero la política hacia la UE se traza desde partidos nacionales; los cuales solo se legitiman en sus estados de residencia; un problema muy complicado que obliga a respetar y mejorar lo único que tenemos, los procedimientos democráticos. Pero también a ser muy humildes, saber que cualquier contribución debe ser bienvenida, mirando a los objetivos marcados por los problemas de la mayoría de los ciudadanos y dentro del cumplimiento de las aspiraciones y garantías democráticas marcadas en la Constitución, incluso cuando queramos cambiarla. Descalificar a los que no cumplen los procedimientos democráticos es lo correcto, descalificar a los que no saben donde se podría ir en 10 años, cuando la dirección que se da no existe ni tiene ruta trazada para llegar, es fantasía, un “ábrete sésamo” sin sentido. Por el momento, solo sumando propuestas, sometiéndolas a crítica, con las herramientas técnicas que disponemos, y a la prueba de la práctica y los consensos inevitables, podremos avanzar y reconstruir la idea del socialismo.

 

 

[i] Joan Robinson (1962; pp. 27-31) Ensayos sobre la Teoría del Crecimiento Económico, FCE.

[ii] Feiwell, G.R. (1981; pp. 24 y 500-54) Michael Kalecki: Contribuciones…… FCE.

[iii] Kalecki dirigía en aquellos años los estudios de desarrollo de Naciones Unidas.

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