Ecología

De acuerdo en acuerdo ¿hasta el desacuerdo final?

Enfrentábamos el pasado diciembre la COP21 de París pensando en las decenas de miles de personas que conducen sus vehículos particulares para ir y venir del trabajo o para comprar el pan y que producirán millones de toneladas de emisiones de gases contaminantes y perniciosos para el clima pero también para su salud, sin valorar la importancia de utilizar el transporte público y la incidencia positiva que éste tiene en el empleo y en la calidad de vida.
También pensábamos en las miles de personas trabajadoras que dependen de la pesca y de la agricultura y que es muy probable que en algún momento sufran, por un lado, la escasez de recursos y, por otro, las repercusiones que una helada tardía, una inundación, o una sequía prolongada provocarán en su medio de vida.

No olvidábamos que algún país, no lejano por cierto, con sol y viento por doquier y con mucho por hacer en el ahorro y la eficiencia, ponía trabas a las energías renovables, llegando incluso a penalizar el autoconsumo, manteniendo un desequilibrio en su balanza de pagos debido a que su factura en la importación de petróleo y derivados llega a los 40 mil millones de euros anuales. Añadiendo encima que en su territorio hay familias que no podrán pagar el recibo de la luz a final de mes. El libre mercado prima sobre las necesidades de la gente.

Y no dejábamos de pensar en esas multinacionales, aliadas con el capital y con el poder económico y financiero siempre bien atendidas por algunos poderes políticos, y en sus diseños de tratados internacionales de libre comercio en los que las prioridades no serían los derechos laborales y sociales ni la importancia de los servicios públicos como garantes de democracia, cohesión social, igualdad de oportunidades y de reparto de la riqueza.

Con esos pensamientos, y algún otro, nos fuimos a París.

No es fácil llegar a acuerdos, y si es complicado entre 2, con mayor motivo entre 195.

No es fácil que aquel que mantiene posiciones de dominio tienda a quitar el pie del cuello del dominado, compensarle por los años de opresión y comenzar un camino nuevo en condiciones de igualdad.

No es fácil que un pequeño país sin peso económico, que carezca de yacimientos petroleros y recursos mineros, que no tenga grandes extensiones de bosques, que tenga miles de personas a las que utilizar como mano de obra barata y/o esclava, donde haya trabajo infantil, sin derechos laborales y sindicales, que no sea estratégico en lo que a geo-política se refiere o que, quizás, corra el riesgo real de sumergirse en el deep blue sea, le enmiende la plana a otro que maneja la economía mundial, que igual ni respeta los derechos humanos, pero que posee millones de razones bélicas para hacerte entender las cosas, incluso que asume como normal el despilfarrar los recursos naturales.
No es fácil de entender que tras haber sembrado la semilla de la acción contra el cambio climático se tarden tantos años, 25, en llegar a un acuerdo.

No es fácil sentarse en una mesa con algunos compañeros después de horas de reuniones, briefings, discursos, de haber comido solo un bocata, carísimo encima, y haber tomado unos cafés que tenían la gracia de que te cobraban 1 euro por el vaso a cuenta de su devolución, coger el texto final y darte cuenta en la lectura que echas de menos que se hable de reducir de manera drástica e inmediata las emisiones de GEI (gases de efecto invernadero) para evitar llegar a un aumento de la temperatura media global de 3ºC a mitad de siglo, que carezca de procedimientos de trabajo reales para conseguir lo anterior, de bases sólidas, de cifras y cálculos que provengan de la comunidad científica, de topes máximos de emisiones, de instrumentos de verificación basados en realidades incuestionables, que no se mencione a los verdaderos responsables de lo que está ocurriendo, que no se hable con contundencia de descarbonización, de impulso real hacia otro modelo de desarrollo, de la fuerza del trabajo y de como avanzar en la senda de oportunidades de empleo, que haya deseos pero no obligaciones y que no haya un método para sancionar a aquellos que no cumplan con los compromisos. Quizás éstos se lleven una regañina mientras comparten mesa y mantel en una reunión del G20.

No es fácil oponerse al poder de las grandes corporaciones petroleras y a la todopoderosa industria del automóvil, esa que es capaz de, a la par que recibe cuantiosas ayudas públicas, como la otra, engañar al mundo entero con sus emisiones. Ni decir no a las industrias químicas que necesitan de las bases naturales para la investigación y elaboración de esas sustancias que luego nos “curan” pero que no están a disposición de los pobres. Ni oponerse a las omnipresentes multinacionales de la agro-industria y de la alimentación que, por encima de todo, velan por la seguridad alimentaria y que a nadie le falte alimento, ni a las multinacionales energéticas y mineras que apenas llegan a fin de mes para repartir dividendos. No es fácil enfrentarse a los poderes económicos y financieros. No es fácil enfrentar al capital. No, no es fácil.

Nadie dijo que lo fuera, pero en mi modesta opinión, era lo que se debería haber hecho, era lo que se esperaba, lo que esperábamos miles y miles de personas que estamos en esa lucha, que consideramos que hay que actuar ya. Que se hubiera actuado con valentía, que se defendieran y prevalecieran los intereses de la inmensa mayoría de la gente y del planeta por encima de otros intereses codiciosos y me atrevo a decir que espurios, que nos van a llevar a darnos un galletón minino. Ambición, justicia y equidad.

Bueno, París, más allá del fresco que nos hizo pasar y del acuerdo histórico, no significa el final de la lucha, ésta continúa y será el movimiento social el que mueva conciencias y persiga la búsqueda del equilibrio entre la gente y el planeta.

175 países han firmado el Acuerdo de París. Sus representantes se vieron en New Yor City en la sede de la NNUU, la fecha elegida para el encuentro fue el 22 de Abril, día de la Pachamama, de la madre Tierra, esa que vapuleamos todos los días con nuestra acción o inacción. Se echa en falta alguno, como Arabia Saudí, país estandarte de la democracia y respeto a los derechos humanos y también el mayor productor de petróleo del mundo más allá de su continuo torpedeo de las negociaciones parisinas. Se les habrá olvidado la fecha. También se les ha olvidado a Nigeria y a Irak, entre otros, bueno tienen casi un año por delante para rectificar, veremos. De los primeros en rubricar fueron los pequeños estados insulares, normal, si todo continúa igual desaparecerán en el océano.

España si lo ha firmado, eso sí, también hemos aumentado nuestras emisiones de gases de efecto invernadero por la quema de combustibles fósiles un 2,3% en comparación con el año anterior, la UE de media ha incrementado gases un 0’7% en 2015. Somos el sexto país de la UE en emisiones. Eso dice Eurostat. No vamos bien, esto lo digo yo.

No hay empleo en un planeta muerto. No hay posibilidad de continuar con un sistema basado en la obtención permanente de recursos naturales finitos, de su transformación, de su venta y de su deshecho, en un bucle permanente. No es posible mantener un sistema de consumo a cualquier precio, sin fin, que fomenta las desigualdades, la exclusión social, la pérdida de derechos, el empobrecimiento de muchos y el acaparamiento de poder y riqueza en unos pocos. Que somete a los ciclos naturales al desequilibrio. El capital nos va a devorar.

El cambio climático ya está aquí y de nosotros y nosotras depende que pongamos toda nuestra inteligencia, destreza y recursos económicos para frenar sus efectos negativos y avanzar en otra dirección que permita el desarrollo pleno de la persona sin poner en jaque la capacidad del planeta para proveernos de lo necesario para ello.

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