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El triunfo de Trump, fracaso del liberalismo en su forma neo

 

Donald Trump, el mismo que ha sido ridiculizado por los reality shows USA, al que muchos americanos tildan, acertadamente, de fascista, se ha alzado con la presidencia del país más poderoso del mundo. ¿A dónde vamos?

 

Ciudades abandonadas, grandes industrias desmanteladas, los obreros norteamericanos han perdido su sueño, que implicó, en los años sesenta, llevar a sus hijos a la Universidad, y que sus Fondos de Pensiones dominaran Wall Street. Los granjeros, hasta hace poco mimados, ven como el fracking contamina las aguas, y a los banqueros enriquecerse, después de haberlos arruinado a ellos y a sus fondos de pensiones. Cuando Obama ganó las elecciones, en 2008, lo hizo sobre un amplio movimiento social, dirigido a restablecer los derechos civiles de todos y a poner en “cintura” a los chicos de “La Calle del Muro”, donde está la Bolsa. Timothy Geithner, el mismo que desde la Reserva Federal de Nueva York había rescatado el Bearn Steams, y colaborado con Paulson en la desregulación del mercado de bonos, fue nombrado por Obama Secretario del Tesoro Federal, el nuevo presidente ponía, a sabiendas, a la zorra a cuidar de las gallinas. La historia del rescate mundial, de cómo los cachorros de Goldman Sachs se hicieron con el conjunto de los órganos reguladores de USA y Europa, no es desconocida para los norteamericanos. Se llama Neoliberalismo, y su crisis ha creado tal número de huérfanos de la ciudadanía, que el nuevo fascismo tiene un amplio campo abierto.

El neoliberalismo es la actualización en la era de la segunda globalización, de la doctrina económica que dominó la salida a la primera, a finales del siglo XIX. Entre 1883 a 1895, se produjo en Europa, América, Japón y Australia lo que se llamó la Gran Depresión, la primera depresión global del capitalismo industrial, cuyos efectos fueron vistos por los contemporáneos de una manera sumamente desigual. Los precios bajaban, y con ellos subía el nivel de vida de las masas trabajadoras urbanas de la industria, al tiempo que los artesanos y campesinos se arruinaban.  En esa época, las invenciones en las nuevas industrias de la tecnología aparecieron en forma de oleadas, facilitando la movilidad social de trabajadores cualificados y nuevos profesionales. Ese fue, al mismo tiempo, el periodo del auge del liberalismo económico, al tiempo que de decadencia del liberalismo político. Ambos movimientos estaban relacionados.

El auge del radicalismo y del socialismo, empujados por las nuevas organizaciones sindicales y la progresiva conquista de la ampliación del sufragio masculino, estuvieron acompañados del catolicismo político y el conservadurismo, ambos definidos por su voluntad de intervención en lo social, para conjurar la lucha de clases. El liberalismo, allí donde no se alió con el sindicalismo y el radicalismo o republicanismo, desapareció de los parlamentos. Conscientes de la inevitabilidad de la democracia, Hayek, Wicksell y Schumpeter,  lanzaron la idea de la separación radical del Gobierno y la Economía, como programa para contener el socialismo. Este programa tuvo una éxito relativo, debido al auge simultáneo de nacionalismo e imperialismo. Pero se convirtió en la biblia de los Gobiernos anteriores y posteriores a la primera guerra mundial, a pesar de las advertencias de Keynes.

El fundamento de estos economistas fue el análisis, con la utilización por primera vez en la historia del cálculo estadístico, de la experiencia de la Gran Depresión del XIX. Para ellos, la “liberación de capital” para la nueva tecnología había sido una consecuencia directa del bache bajista de la depresión. Hayek y Schumpeter entendían que las penalidades de la depresión habían constituido una parte necesaria de ese progreso, y que el efecto había funcionado satisfactoriamente, generando el auge de inversiones posterior, porque el patrón oro había contenido las ofertas monetarias en una especie de paridad con los movimientos de los precios.[i] En esos mismos años, y movidos por el objetivo de explicar la “depresión de la abundancia”, Rudolf Hilferling y Rosa Luxemburgo[ii] escribieron, cada uno por su parte, su versión del ciclo y del papel del dinero. Se anticiparon a las teorías de Keynes, y explicaron porqué había funcionad el ajuste económico, al ciclo del capitalismo, a final del Siglo XIX, en los países mas desarrollados, y cómo había implicado una trasferencia de rentas de los campesinos y artesanos a los capitalistas y, en menor medida, a los salarios. Demostraron que el empobrecimiento de los campesinos, durante la Gran Depresión, había llevado al trasvase de la población rural a las ciudades, y con ello se había acabado la fuente de cesiones de capital del campo a la ciudad. Esta trasferencia, que se quiso hacer universal mediante el imperialismo, mantuvo la lucha de clases en parámetros pacíficos, hasta que las contradicciones inter-imperialistas saltaron en 1914.

Frente a Wicksell y Hayek, Keynes alertó, en 1919 de los peligros económicos de la Paz, no porque estuviera contra la paz, sino porque demostraba que los términos de Versalles arruinarían a Alemania y, con ella, al conjunto del continente. El fascismo se instaló en media Europa, con personajes tan peligrosos como Hitler y Mussolini, Franco, Pétain, Salazar, …, De Alemania a Rumanía, pasando por Austria, de Barcelona a Lisboa… Dos guerras mundiales condujeron a los demócrata-cristianos y socialdemócratas a apropiarse los criterios de Keynes, que se tradujeron en 30 años de paz social en Europa, no exentos de continuos escarceos entre neoclásicos liberales y keynesianos, siempre reducidos al plácido entorno académico, en sintonía con los marxistas polacos, quienes, a pesar del “telón de acero”, se movían entre Londres y Varsovia. Pero, la trasferencia de rentas del campo y la minería (III Mundo), a las metrópolis capitalistas, entró en crisis en los años setenta, y el liberalismo neoclásico recuperó su protagonismo; como única forma de garantizar la transferencia de rentas de las clases subalternas a las clases capitalistas.

El nuevo programa, que se conoce con el nombre de Neoliberalismo, y que puede fecharse en la visita de Nixon a Chu En-lai en 1973, ha significado retomar el paradigma de las inversiones en países con bajos salarios, para aprovechar el poder de compra de trabajadores y clases medias de los países mas avanzados. Este programa, que se vendió a las masas europeas bajo la falacia de que la brecha tecnológica implicaba una nueva economía de servicios, que impediría que las transferencias de trabajo a los países con salarios más bajos, crearan paro estructural en los países mas desarrollados. Compensando, como ocurrió a finales del siglo XIX, en un periodo razonables, la pérdida de empleos industriales con empleos de mayor valor añadido. Este mecanismo de Intercambio desigual, crearía prosperidad relativa en los países mas pobres, y garantizaría la supremacía de Occidente (este concepto incluye curiosamente Japón y Australia) en un mundo global. Las generaciones que, por motivos relacionados con la edad fueran incapaces de reciclarse, serían ayudadas por el Estado del Bienestar.

Los años ochenta conocieron la primera confrontación con el modelo neoliberal, con la destrucción de las Trade Unions británicas del carbón y el acero, el desmantelamiento de la siderurgia en todo el continente europeo, etc. La clase media, apuntada fervorosamente al campo de la transformación tecnológica, apoyó a Thatcher y Reagan, en los países anglosajones, y la Unión Europea cumplió de forma desigual, pero evitando los conflictos sociales, en el mantenimiento de un Estado del Bienestar, con prejubilaciones, desarrollo turístico y, sobre todo, el auge del sector servicios y, en España, de la construcción. Y la base de ese primer agotamiento está en el agotamiento de los ahorros de los europeos y norteamericanos. A partir de esas fechas, el poder de compra de los trabajadores y ciudadanos de clase media de los países desarrollados se mantiene con el recurso al endeudamiento progresivo, con créditos a cada vez más largo plazo, para comprar los cachivaches que el capitalismo global produce en cantidades crecientes.[iii]

El problema, es que el modelo de “intercambio desigual” se fue desgastando, conforme estados como China, Vietnam, Corea, La India,…., y algunos de los países petroleros, aprovechaban sus ingresos aumentados para desarrollar su sistema educativo. La ingeniería inversa ha estado funcionando, y en esos países ha emergido una burguesía, pero sobre todo una amplia clase media profesional, capaz de replicar la tecnología de las empresas que allí han invertido, y desarrollar su propia tecnología. En Europa y USA se extiende el pauperismo, primero por el paro, y mas tarde por que los precios resisten su nivel mientras bajan los salarios.

A finales de los años noventa, Europa desechó, por presiones conservadoras, principalmente británicas, una agenda social, que ligara la Unión Europea al desarrollo de los derechos sociales de los trabajadores y las capas mas golpeadas por la globalización. La primera manifestación del agotamiento del proceso de Intercambio desigual, desde las crisis de 2001 y 2007, han colocado a las masas asalariadas al margen del sistema político, donde no encuentran representación. La izquierda, desorientada, y sin un programa alternativo para la globalización, que es ya irreversible, no es capaz de crear alianzas continentales que puedan responder al reto global. Todos dicen que la Unión Europea es imprescindible, porque es evidente que, en una economía global, solo las grandes unidades comerciales pueden influir en su desenvolvimiento, pero nadie presenta un programa trasnacional, socialdemócrata y de izquierdas, para Europa.

Ahora ha sido Trump, antes estuvo Berlusconi, Viktor Orban en Hungría, Beata Szydlo en Polonia, el siguiente triunfo del fascismo puede producirse en Francia, …., el único freno en los años treinta fueron los Frentes Populares, …, ¿Seguirán los líderes de la izquierda jugando a la pelea y el insulto,.., como entonces?

[i] Normas Stone (1986) La Europa Transformada, Historia de Europa Alianza

[ii] Rudolf Hilferding: El Capital Financiero

Rosa Luxemburgo: La Acumulación de Capital

[iii] Louis Hyman: Debtor Nation, The History of América in Red Ink.

 

Y 2 Crónica del fracaso neoliberlal : América a un lado,  al otro Europa.

 

Después de 1905, surgieron en Europa movimientos radicales conservadores que, de alguna manera, se adelantaban al fascismo (Norman Stone, Historia de Europa…)

 

En nuestra primera entrega sobre el trasfondo económico de la victoria de Trump en USA, nos hemos remontado a los años anteriores a 1914, como escenario de la primera globalización, donde los Liberales definieron su programa para evitar que la Democracia (para ellos Demagogia) desembocara en regulaciones del mercado capitalista que llevaran al socialismo. Es importante no perder de vista ese programa, porque todos los esfuerzos científico-sociales y culturales hegemónicos desde los años ochenta, han ido dirigidos a convertir en sentido común ese corolario. Y lo han conseguido[i]. Ni la evidencia, constatada por el economista del FMI, Olivier Blanchard[ii], y más tarde por Piketty, Acemoglu y Róbinson, etc.,de que el Consenso de Wasington estaba creando una desigualdad creciente; y que la desregulación fomentaba movimientos especulativos muy peligrosos para los niveles de vida de los ciudadanos de todos los países: ninguna de estas advertencias han minado la base ideológica del programa neoliberal.

Ya vimos como Obama acometió la reforma del sistema financiero, buscando sobre todo el consenso del propio sistema, lo cual ha dejado en muy poco el avance de la regulación legal del mismo. Hemos asistido en Europa a una secuencia similar de acontecimientos, mientras países enteros, como Grecia, se hundían y otros resultaban seriamente dañados. Y todo eso en un mundo sin secretos. Todo ciudadano europeo que quiera enterarse pude saberlo. En Reino Unido hemos asistido al Brexit, donde el voto Galés, la zona de Gran Bretaña más castigada por la desindustrialización, ha sido decisivo para el triunfo de las tesis populistas xenófobas. La crisis de los refugiados árabes y subsaharianos, ha mostrado el peor perfil de Hungría y Polonia, el de los “progroms” antisemitas y el apoyo al genocidio nazi. Y en general el de todos los países de la Unión.

Sin embargo la globalización es un hecho, representa la nueva configuración del mercado, en el que se mueven las mercancías y el trabajo. Pero sobre todo las fuerzas productivas. No tiene marcha atrás, y la única manera de afrontarla democráticamente, igual que en 1905, es utilizando la democracia para intervenir en la economía, es decir, confrontar y vencer al programa neoliberal. Pero la intervención en la economía no es cosa que se pueda hacer desde una mesa ministerial. Como nos enseñaban los liberales, las instituciones, y su control, son la palanca. No se trata solo de que el Gobierno de la UE responda ante el Parlamento. Los comisarios toman medidas, cuyas decisiones críticas están construidas por la tecnocracia de Bruselas, en permanente contacto con los lobbyes financieros y empresariales, muy interesados en perpetuar el statu-quo actual. La única institución económica con poder en Europa es el BCE, que ya se han encargado los tratados de poner por encima de la democracia, incluso de la muy indirecta democracia de la Comisión.

Por lo tanto, como toda construcción estatal, la Unión Europea dependerá de las coaliciones políticas que se creen  para influir en su gobernanza. Un programa muy lejano, que se escapa a la urgencia actual. Las decisiones en la UE, como toda organización política, dependen de la correlación entre las fuerzas que intentan influir en su gobierno y gobernarla. Si la Unión Europea es la única entidad global capaz de oponer su poder comercial a Estados Unidos o China, y forzar consensos, la debilidad de sus instituciones le impiden cumplir esas expectativas. El Parlamento Europeo, respecto a la Comisión, se encuentra en la misma tesitura. La batalla, por lo tanto, solo puede empezar en la Comisión, aunque las alianzas de base solo se puedan trazar en el Parlamento. Y dentro de la Comisión, ¿Qué gobiernos pueden influir con suficiente fuerza como para forzar un cambio de rumbo?  Evidentemente, Alemania, Francia e Italia, una vez Reino Unido ha optado, afortunadamente, por el Brexit. Y esas dos últimas, solo pueden influir si actúan coordinadamente. Como en todos los problemas globales, nos movemos en Terra ignota; pero cualquier estrategia socialista, o socialdemócrata, la dificultad es la misma en ambos supuestos, choca con la ausencia de instituciones, incluidas las propias del movimiento social por el cambio. Ni hay un partido europeo socialdemócrata, ni revolucionario, ni nada que se le parezca.

Por lo tanto, en cada país, las fuerzas democráticas del anti-populismo, se van a ver confrontadas a la misma disyuntiva que los ciudadanos USA, elegir entre tecnocracia liberal o populismo fascista, y el resultado está ahí: Donald Trump. ¿Es Hollande un político tan sólido como Hillary Clinton? Evidentemente no. La izquierda francesa se va a ver en la tesitura de votar a la derecha; aquí, en una situación menos dramática, el PSOE ha facilitado la investidura de Rajoy. ¿Y Italia?, van a seguir las derechas siendo incapaces de presentar un candidato. … El triunfo del partido de Merkel no es un triunfo de la derecha populista y antidemocrática. Pero, inevitablemente, favorece a ese tipo de derechas en el resto de Europa, .., pues es la globalización y el programa neoliberal para situarse ante sus retos, el que genera la sensación de orfandad que lleva a los barrios obreros de Marsella, antes comunistas, a votar a Le Pen.

Mientras no comprendamos que es en Bruselas donde se está jugando nuestro futuro, y hacia donde hay que buscar alianzas si queremos cambiar las políticas de austeridad, la izquierda, marxista, del Real Madrid o populista de algún sociólogo mas o menos desencantado del marxismo, no podrá ser considerada en serio. Y, en cada uno de los países, regiones o municipios, si no buscamos la unidad de acción legislativa, los acuerdos, con todos los que representan a las amplias masas que se ganan la vida con un salario, el peligro Trump seguirá alarmantemente cercano. Toda otra discusión, ahora, es útil en tanto nos pueda ayudar a buscar teorías políticas y políticas de clase para construir el proyecto europeo de partido transformador. Que, evidentemente, pasa por construir el proyecto global adaptado a las idiosincrasias de regiones y estados de la Unión Europea, pero sin olvidar que el internacionalismo europeo, hoy por hoy, no es ya un proyecto moral, sino una urgencia política.

[i] Daniel T Rodgers (2012) Age of Fracture.

[ii] Blanchard, O (2008) Cracks in the System, reparing teh damaged global economy

 

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