Internacional

La Unión Europea y los refugiados: entre la inoperancia y el cinismo

En la primavera de 2015, distintas ONGs alertaban del inminente estallido de una emergencia humanitaria en Europa y del constante aumento de las muertes de las personas que intentaban alcanzar las costas mediterráneas. Sin embargo, la emigración no era un problema nuevo. Desde hace decenas de años, miles de hombres y mujeres llegaban a nuestro continente huyendo del hambre, las guerras y las dictaduras en busca de una vida mejor. El endurecimiento de las políticas europeas por el aumento del desempleo comunitario y la influencia de los nuevos movimientos xenófobos, convirtió a Europa en una fortaleza con dos consecuencias terribles: las continuas muertes en el Mediterráneo y el auge de las mafias. Todo ello se agravó, cuando a los conflictos bélicos existentes se añadieron la desintegración de Libia, la guerra de Siria y el surgimiento del Estado Islámico, lo que llevó al Alto Comisionado para los Refugiados de Naciones Unidas a calificar la situación como “la peor crisis humanitaria de nuestra era después de la Segunda Guerra Mundial.

En una tardía reacción, la Comisión aprobó la Nueva Agenda Europea sobre Emigración para dar respuesta a la preocupación por la pérdida de vidas humanas y arbitrar una acción solidaria de los estados miembros. Para lo primero, se reforzó el Frontex con dos nuevos operativos para el control y vigilancia de fronteras, es decir, se primaba la seguridad antes que intentar evitar nuevas muertes. En cuanto a las actuaciones solidarias, se propone acoger 20.000 refugiados. Inmediatamente se oponen a la medida Reino Unido, Francia, Hungría, España…. Desde este momento, se sucederán kafkianas reuniones de distintos organismos comunitarios, a cual más inoperante, evidenciando la falta de voluntad de resolver el problema y de aplicar la legislación internacional, adecuando en las declaraciones el matiz compasivo o de firmeza en la defensa de las fronteras según el estado de la opinión pública.

El 3 de septiembre, la foto del cadáver del niño sirio conmociona a la ciudadanía europea, a pesar de que no era el primer niño fallecido ni sería el último. Esto obliga a nuevas reuniones de organismos comunitarios y a aumentar el cupo a 160.000 refugiados. Decisión inútil, algunos Estados empiezan a actuar por su cuenta. Hungría, Eslovaquia, Croacia y Austria suspenden Schegen y establecen controles fronterizos. Se construyen vallas, ¿se acuerda alguien de las furibundas críticas al “muro de la vergüenza” de la extinta RDA? Incluso la “modélica Dinamarca” adapta sus leyes para poder incautar los bienes a los refugiados. Tras meses y meses de dilaciones, se logra el 18 de marzo el consenso para firmar el acuerdo con Turquía, que lo único que significa es quitarse el problema de las manos y aplicar a los refugiados idéntico trato que se venía dando a los “emigrantes ilegales”: desregularización, externalización de la policía de fronteras, degradación de derechos, lo que finalmente ha desembocado en campos de internamiento semejantes a los CIES que conocemos en España, de naturaleza jurídica desconocida, y todo ello a pesar de estar protegidos por una legislación internacional.

El acuerdo estipula la devolución automática de “todos los emigrantes irregulares” que lleguen a Europa después de marzo, una consagración de “las devoluciones en caliente” de nuestro impresentable Jorge Fernández Díaz. Por cada ciudadano sirio devuelto a Turquía, otro es reasentado en un país europea hasta 72.000. Se concede a Turquía 3.000 millones de euros iniciales, se flexibilizarán los visados a sus ciudadanos y se agilizarán las negociaciones para la admisión de Turquía a la UE. En contrapartida se le exige modificaciones en su legislación antiterrorista para adaptarla a los estándares jurídicos europeos. Las críticas han sido abrumadoras y proféticas. Entre ellas, que el giro autoritario y represivo por el que atraviesa Turquía haría imposible que ésta reformara su legislación, como así ha ocurrido. Ante esta negativa la UE ha aplazado la discusión hasta septiembre.

Como también se pronosticaba, y las autoridades comunitarias conocían, cuando una ruta migratoria se cierra otra aparece, aunque sea más larga y peligrosa y más lucrativa para las mafias. Así, la Guardia costera italiana ha rescatado 13.800 refugiados estos últimos días y se calcula que más de 1.000 han podido perder la vida.

Con el acuerdo con Turquía, la UE contribuye a agravar un drama humano de enormes dimensiones, haciéndose co-responsable del mismo. Europa renuncia a los ideales que están en el origen de su nacimiento y a la primacía del derecho en la superación de los conflictos. Sitúa a los refugiados en la a-legalidad, saltándose el derecho internacional. La ciudadanía europea, tan exquisita respecto a los derechos humanos, debería afear a sus dirigentes que con esta decisión nos han situado al mismo nivel que el gobierno de los EEUU con la prisión de Guantánamo.

La crisis de los refugiados ha hecho más patente la propia crisis de la UE, incapaz de encontrar políticas comunes cuando nos salimos del marco jurídico-mercantil. Los temas sociales o las vulneraciones de derechos democráticos (Polonia, Hungría) se eternizan sin lograr acuerdos. Los temas “importantes”, referéndum del Reino Unido, se resuelven rápidamente aunque para ello se infrinjan los tratados comunitarios y afecten negativamente a los países más pobres.

Aunque los refugiados hayan servido para reforzar a la derecha xenófoba, también han mostrado que existe otra Europa. Decenas de miles de voluntarios dispuestos a ayudar, varios ciudadanos daneses enfrentados a procesos judiciales por ayudarles a cruzar la frontera. Pero lo que es más importante, se ha empezado a transcender  el ámbito humanitario para situarlo en el terreno político. Los principales ayuntamientos de España: Madrid, Barcelona, Valencia…. se han declarado ciudades de acogida y han encabezado una red de ciudades refugio coordinadas con otras ciudades europeas; y distintos gobiernos autonómicos, como la Generalitat valenciana y la catalana, se han implicado activamente. El objetivo sería que todos los grupos de izquierdas y progresistas europeos aunaran sus reivindicaciones y acciones de denuncia de la derechización que se está imponiendo en la UE. La urgencia de la crisis humanitaria no debe ocultarnos que estamos ante un problema político en cuya resolución estamos poniendo en juego la Europa social y democrática.

 

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