Artículo extraído de Confluencia Network


 

Las amenazas de la hora liberal para todos nosotros


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LAS AMENAZAS DE LA HORA LIBERAL PARA TODOS NOSOTROS

 

¿Porqué querría un contendiente que está ganando una guerra usar armas prohibidas por los tratados y arriesgarse a una condena por crímenes de guerra? Solo la estupidez o la voluntad de ensañamiento, unida a la prepotencia del que se cree inmune, explicaría una actitud tan torpe. Y no es que consideremos al actual gobierno de Siria incapaz de un crimen tan atroz, la mayoría de los gobiernos de la zona son capaces de hacerlo, teniendo en cuenta que manejan conceptos tribules y sectarios, cuando no teocráticos. Incluso algunos de ellos se cree un pueblo elegido por su Dios único. Pero existe la ONU, y la opinión pública internacional, y no es fácil eludirla; por fortuna. A pesar de todos los retrocesos, el humanismo democrático impregna culturas importantes en todas las sociedades actuales, en unas pocas es mayoritario, pero en el resto es, por lo menos significativo. Por lo tanto, el deseo gubernamental de guerra es la primera amenaza en ésta hora liberal. ¿Y que gobiernos de la región quieren evitar que la guerra termine?

 

Empecemos por el Gobierno de Siria, el cual está navegando para sobrevivir en un ambiente hostil, es decir no puede aparecer como prepotente. Tampoco la familia Asad, y la burguesía que hasta hace pocos años la apoyaba son idiotas. Sin embargo, ¿Puede ser éste su estilo? Por los antecedentes, sí, pero el contexto hace inverosímil el comportamiento. Entonces, hay que seguir con las preguntas: ¿Qué gobiernos no quieren que termine la guerra? Evidentemente, el gobierno derechista de Israel no desea una victoria militar de Asad en Siria, ni tampoco Arabia Saudí, ni los Estados Unidos de Donald Trump. Los jeques del petróleo están demostrando en Yemen que no le hacen asco a las conductas criminales en su guerra contra los chiitas, y hay pruebas claras de que están usando armas prohibidas en esa guerra. Los otros dos actores citados, contrarios a la continuidad de la Siria de Asad, han demostrado contundentemente que utilizan el bombardeo de poblaciones civiles como estrategia de terror en las guerras; que utilizan armas prohibidas contra objetivos civiles, pero desde Viet-Nam no han usado agentes químicos en sus incursiones militares contra poblaciones civiles. Y la aviación de Arabia Saudí no puede llegar a Siria sin ser detectada.

 

Todas las dudas quedan en pié, pero lo que no es cuestionable, es que el que lo haya hecho, si no es estúpido, desea la intervención directa de Estados Unidos en la guerra contra el Gobierno de Asad, y no le importa que con ello se ponga en peligro la paz mundial. Lo cual nos coloca ante la segunda amenaza de la Hora Liberal, la vuelta del petróleo al centro de la geo-estrategia mundial. Porque la larga guerra de religión en Oriente Medio, esconde un enfrentamiento estratégico entre las dos grandes potencias de la zona, Arabia Saudí e Irán, por el control de los gaseoductos que llegan al Mediterráneo en la zona. Eludir el Golfo Pérsico y el paso del Canal de Suez, en un mundo donde al crudo petrolífero le están saliendo tantos competidores, implica un plus de seguridad y de abaratamiento del transporte, constructor de auténticas ventajas competitivas. Irán lleva ventaja por el momento, el pasillo chií que recorre Irán, Irak y Siria, y mantiene el apoyo importante de Hizbollá en Líbano, está muy cerca de consolidarse. Las petro-monarquías del Golfo tienen el escollo de Israel, solo superable si su hegemonía militar y política en el mundo árabe es suficientemente fuerte como para permitirles pactar con el sionismo, al que solo pueden rodear si neutralizan al chiismo de Siria y destruyen política y militarmente a Hizbollá.

 

La tercera amenaza es el ISIS, que ha sido uno de los instrumentos para conseguir neutralizar el avance del chiismo en la zona, pero la práctica del terrorismo antioccidental les está resultando muy costosa en términos políticos a los suníes. Ha amenazado a los kurdos, que han respondido con contundencia, pues es el único actor democrático de la zona, y tiene una larga experiencia de lucha política y militar.   Sin embargo, en un mundo globalizado, la retirada del ISIS de las zonas kurdas no va a resultar en el triunfo del proyecto democrático del nacionalismo kurdo; existen demasiados intereses en contra. El primero, de fondo, es que el proyecto kurdo implica, en su concreción, el reparto de los recursos y la riqueza de la región, por lo menos de los numerosos recursos, sobre todo petrolíferos del subsuelo kurdo, lo cual milita contra la esencia del liberalismo, que es la acumulación de capital, una vez conseguidos los derechos civiles en los países que desarrollan una economía capitalismo. Al proyecto democrático kurdo se oponen el nacionalismo turco, en todas sus variantes, kemalista, socialdemócrata e islamista, tanto moderado como radical; los nacionalistas iraquíes, en sus dos variantes suníes y chiitas, y los suníes y chiitas sirios; amén del nacionalismo persa-iraní, aunque aún no se haya pronunciado abiertamente, porque los kurdos son una pieza clave en la guerra contra el islamismo suní radical. A pesar de todos éstos últimos rivales, el enemigo más peligroso para los demócratas kurdos, es el nacionalismo islamista del turco Erdogán, necesario para los Estados Unidos en su esfuerzo por contener el protagonismo ruso, y el ejército más potente en la zona, si excluimos a Israel. Que además es la frontera sur de Europa.

 

Además, el liberalismo, por su esencia de supremacía nacionalista euro-occidental, es incapaz de asumir los esfuerzos necesarios para reconducir el largo conflicto de Oriente Medio, cuyo inicio se remonta a la configuración de los territorios nacionales de la zona, basada en los intereses de las potencias sobre los recursos del subcontinente. Esas tierras, que fueron la cuna de la civilización islámica, aún no han resuelto los problemas socio-culturales que la incorporación a la civilización industrial supone para las culturas sustentadas en el Islam. La larga guerra de religión en el seno de las sociedades musulmanas, guerra que no es otra cosa que la resistencia de las masas pre-capitalistas a pagar el coste de la modernidad, y su toma de conciencia de que los enormes recursos existentes en sus territorios podrían haber amortizado el choque, si no los hubieran explotado sociedades y ejércitos de culturas extrañas a sus costumbres. Territorios que además han sido considerados un vertedero, escondite de la peor vergüenza de Europa, el antisemitismo, a costa de desplazar las poblaciones allí asentadas. Por lo tanto, el liberalismo, que defiende la globalización, genera, al mismo tiempo, el rechazo de todos los pueblos y sectores sociales relegados y perjudicados por los fenómenos de internalización cultural y económica, auténticos parias de la globalización. El resultado ha sido el surgimiento de un inmenso ejército de reserva del proletariado mundial, que ha destruido las armas trabajosamente construidas en los últimos años por la clase obrera de los países desarrollados para defender sus condiciones de vida; así como el trasvase hacia otras sociedades, sin derechos democráticos, o con derechos meramente formales, del proletariado industrial mundial.

 

Lo cual nos lleva a la cuarta amenaza liberal, las crisis migratorias, producidas por los refugiados de la guerra, los refugiados de la crisis agrícola generada por la globalización capitalista y los refugiados climáticos. Todas ellas irresolubles desde las herramientas políticas del liberalismo. Porque, como ya afirmó Margaret Thatcher, la esencia de la política económica liberal es liberar la acumulación de capital de cualquier traba redistributiva, y dejar que el mercado señale los caminos de la inversión de capital. Desde la perspectiva liberal, los refugiados refuerzan las presiones redistributivas sobre el presupuesto de los estados de acogida; la acogida de inmigrantes económicos impide que los más aptos construyan pequeños negocios en los países donde la modernización agrícola está vaciando los campos, negocios que, tras la destrucción creativa del imaginario schumpeteriano liberal, crearían entramado económico capitalista –China, por supuesto, es la negación de esta tesis, pero a los liberales no les importa lo que pasa en la realidad.

 

Por último, después de negar el cambio climático, están ideando miles de chiringuitos financieros para reconducir la economía dominada por el carbono; en los cines se pueden ver los últimos anuncios de los créditos del carbono. El tiempo pasa, los problemas se acumulan y las crisis se vuelven más y más peligrosas. Por fortuna, Europa aún resiste, y la oposición de la población estadounidense al nacionalismo militarista crece en aquel país. Pero los problemas señalados también generan respuestas demagógicas, adaptadas a las fantasías primitivistas de los parias, tanto de los países más desarrollados, como de los nuevos países emergentes. Pueden ser movimientos que resucitan las fórmulas mágicas de formas pre-capitalistas de la religión; o remakes de la política social fascista, contagiando, incluso, a una parte de la izquierda: la frase jose-antoniana “no queremos que las personas sean puestas al servicio de la economía, queremos que la economía esté al servicio de las personas”, ha sido oída últimamente en más de una boca de conocidos dirigentes de la izquierda.

 

Sin embargo, el propio capitalismo ha generado tecnologías y conocimientos que, en la actualidad, permitirían reconducir muchos de los problemas aquí apuntados, y ralentizar soluciones a los problemas que generan la guerra, adaptando los ritmos a los procesos de aprendizaje de las poblaciones afectadas. Proveyendo, mientras tanto, recursos para paliar las repercusiones de la globalización, ya inevitable e irreversible, sobre las masas no preparadas para los enormes cambios que se están produciendo. En primer lugar, la informática, entendida como desarrollo conjunto de sus elementos hard y soft, permite hoy en día, la gestión global de los principales procesos de producción y distribución de mercancías, de desarrollo tecnológico, y de redistribución de los recursos. En segundo lugar, el control global y democrático del conocimiento que se genera, en todos los ámbitos que se relacionan con la producción de bienes, de servicios, salud, educación y medio ambiente, es posible, siempre que desaparezcan las trabas abusivas que imponen las grandes corporaciones, al trasvase de conocimiento entre instituciones pedagógico-investigadoras del mundo. En tercer lugar, la guerra que nos amenaza desde Oriente Medio, solo responde a los intereses de las grandes corporaciones del petróleo y a las tecno-estructuras militares y políticas que ven en el nacionalismo, una forma de perpetuar el status-quo. Se puede decir que, en Europa, y cada vez menos en Estados Unidos, la juventud no ve la patria en peligro, ni cree en valores heroicos. Es el desarrollo tecnológico, que permite la guerra teledirigida, y la desesperación de las masas desplazadas por las satrapías árabes y persas, que son utilizadas como carne de cañón, y son pasto fácil de mitos teocrático-nacionalistas, el complejo que, junto a las inercias del seguidismo imperial en Europa, facilitan los tambores de guerra liberales.

 

Los tambores de guerra, han fomentado los ataques a la libertad de expresión, y el liberalismo ha completado su esquema publicitario, con la mercantilización de los medios de comunicación y la cultura. Asistimos a una campaña de construcción mediática de enemigos, pareja al aumento del peso de los gastos militares en los presupuestos, al tiempo que se disminuyen los ingresos fiscales, en una búsqueda de nichos de inversión para el capital financiero, en la demanda de servicios que ya los ciudadanos creían exclusivamente públicos. Toda una ofensiva, que pilla a la izquierda, moderada y radical, no importa su posición en el semicírculo parlamentario, sin una política alternativa. Cegados por el ámbito nacional de gobierno, no se adoptan medidas para posicionarse allí donde se toman las decisiones; en los ámbitos desde los que se están construyendo las instituciones de la globalización. Y, desde una perspectiva cegada, no sale de una derrota cuando ya se está preparando para la siguiente. Mientras tanto, el liberalismo, pese a que nadie ignora su esencia, sigue en ascenso. Está claro que la gente se cree su discurso de que no hay alternativa, ayudada por la izquierda; se nos llega a convencer de que solo se puede elegir entre un liberalismo que gestiona bien, con eficiencia y sin despilfarros; y un liberalismo corrupto y que dilapida el dinero de los contribuyentes en gastos inútiles. Lo importante para los liberales es que lo público desaparezca de la agenda política, como dijo la dirigente conservadora británica, “solo hay ciudadanos y su dinero, una parte del cual debe ir a impuestos, pero solo el mínimo posible”. El problema principal es que una parte de la izquierda ha comprado ese discurso, y la otra plantea, a veces, un mundo irreal, basado en un planeta tan pequeño, en su ámbito de relaciones, como el del pequeño príncipe.

 

Igual que construyó los estados nacionales, en el siglo XIX, el liberalismo quiere construir el mundo global sin democracia. El modelo liberal del siglo XIX era: Los ciudadanos tiene derechos protegidos por la Ley, pero solo los que se juegan su capital, y los profesionales que lo gestionan, tiene derecho de voto. El entramado institucional de la globalización del siglo XXI, se construye sobre la base de los gobiernos nacionales, cuyos votos representan el montante financiero que manejan del comercio global, su poder militar y, en último lugar, su peso demográfico, siempre y cuando sean significativos en los dos primeros aspectos. Sin embargo, se permiten las coaliciones, lo cual convierte a la Unión Europea en el tercer jugador más importante; podría ser el primero o segundo, pero las ambiciones nacionalistas de sus miembros más importantes, lo impiden. Compitiendo en tercer lugar, con Estados Unidos y China, son los modelos sociales de éstos países los que predominan, obligando a Europa a la reducción de su Estado del Bienestar, para no quedar en desventaja competitiva de costes. Pero, incluso en ese contexto, predominan los intereses imperiales, y los 7 grandes (7G), donde no están ni China, ni la India, ni Rusia, ni Brasil, se reúnen para escuchar al jefe del tesoro USA, cuando es el “euro” la moneda real de reserva.

Lo mismo podemos decir de los tratados para proteger el planeta contra la contaminación y el cambio climático. Como Estados Unidos es negacionista del clima, y China está subdesarrollado en las técnicas de contención de la contaminación de sus industrias, además de estrenarse en el uso masivo del automóvil; la transición europea hacia un modelo energético liberado, o en proceso de liberación del carbono, supone un coste adicional al de su estado del bienestar, además de ser poco operativo en un mundo donde los otros emiten más carbón del que tu ahorras. Y así, podríamos hacer un recorrido por las principales políticas económicas y sociales, que siempre nos llevaría a lo mismo.

 

La única opción de cambiar el mundo hacia una economía democrática y regulada -y libre del peligro de una guerra global y del cambio climático- es que la Unión Europea pase a ocupar el papel hegemónico en la economía mundial, que le corresponde por, primero la calidad de sus instituciones, en segundo, el volumen de su contribución al comercio y la producción mundial, y en tercer lugar, porque la orientación tecnológica de sus inversiones tiene un contenido de propósitos democráticos de los que carecen otras economías con un desarrollo tecnológico más brillante, como los países asiáticos o la costa oeste de los Estados Unidos.   Hoy por hoy, como ya he dicho en otros trabajos, Europa tiene la ventaja de que China ha mostrado estar en disposición de aceptar un papel europeo de liderazgo, Rusia necesita angustiosamente volver abrirse al comercio y las inversiones europeas, lo cual ayudaría a convencer a su gobierno de que las grandes potencias son un atraso, y fomentan las malas prácticas militares y políticas; por otro lado, las izquierdas latinoamericanas necesitan del modelo social europeo para justificar sus propuestas, y la izquierda del partido demócrata americano desea que la Unión Europea se convierta de una vez en una confederación.

 

En próximos artículos hablaré de las fuerzas europeas que empiezan a construir una perspectiva trasnacional y federativa, y de los cambios que debe acometer la organización y la política de la izquierda realmente existente en España, para poder contribuir a estos objetivos. Por ahora, prefiero dejar la reflexión en estos párrafos, porque creo, firmemente, que solo reflexionando y haciéndonos preguntas seremos capaces de salir de la melancolía de la corrupción, el sistema judicial politizado y los recortes, paso a paso, contra el estado de las libertades y del bienestar.

 

 

 

Valencia, 14 de abril de 2018, conmemoración republicana.