Artículo extraído de Confluencia Network


 

¿Por qué Europa?


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La filosofía liberal no ha fallado en nada tan conspicuamente como en su entendimiento del problema del cambio…, y el liberalismo económico leyó mal la historia de la revolución industrial porque insistía en juzgar los eventos sociales desde el punto de vista económico… (Karl Polanyi, La Gran Transformación)

 

Hace 80 años, el economista polaco citado alertaba sobre las consecuencias destructivas para los hombres y su entorno natural, de la sociedad sometida a las leyes del mercado, primero porque negaba que los mercados tuvieran leyes, más allá de la pauta de lo que todas las civilizaciones humanas han llamado “el regateo”, práctica muy útil para el contacto pacífico entre comunidades humanas diferentes, pero que la civilización capitalista había convertido en la pauta social que pretendía guiara todas sus interacciones, es decir en su institución central. Recordando el “fetichismo de la mercancía” de Marx, advertía que los hombres y sus relaciones, que son la sociedad, y se rigen por pautas culturales, la naturaleza, como entorno del que viven y en el que se reproducen, no pueden ser sometidos a la pauta del regateo, sin destruir en el intento todos los valores aportados por el liberalismo en forma de ciudadanía. Por último, la exigencia central de una sociedad de mercado, la separación de la esfera pública y la vida privada, sometiendo la primera a las exigencias de la extensión y reproducción del mercado, destruyen los valores culturales de convivencia y con ellos la propia reproducción de la vida humana que, como demuestra la antropología, se ha basado siempre en la cooperación y la ayuda mutua, dentro de grupos definidos.

Como hemos visto en las cuatro entregas anteriores, el proceso de creación de un sistema global de convivencia y economía[i]; sometido a la pauta liberal de la sociedad de mercado, está creando unas tensiones crecientes en un mundo cuyos gobernantes se niegan a aceptar el principio de gobierno, mucho menos aún de gobierno democrático; tensiones que pueden llevar a la guerra. Está impidiendo la extensión de las normas civilizadas de convivencia, oponiendo la particularidad nacional a la extensión de la ciudadanía a las personas de diferentes procedencias que, el propio mercado, junta en los territorios donde se producen los principales procesos de acumulación de riqueza y, por lo tanto, de generación de actividad económica, creadora de empleos. Al revés, al intentar reducir los individuos humanos a meras mercancías, los enfrenta en procesos de confrontación competitiva, generando populismo y odio, es decir racismo. El liberalismo mata en origen su propio principio político central, que es el del hombre y mujer ciudadanos. El principio civilizador mediante el cual intentó, mientras ha dominado la cultura, primero europea y luego mundial, legitimar su aspiración a someter todas las relaciones sociales al mercado; principio que, en su triunfo, deja sin otro argumento a los que se oponen a ser cosificados y sometidos a la lógica caótica de las transacciones mercantiles, que la negación de una práctica humana que tan útil ha resultado al avance del conocimiento humano respecto de su propio entorno y diversidad. Ya los faraones egipcios, como todas las civilizaciones humanas, han protegido a los extranjeros, nombre con el que se conocía a los comerciantes, y los intentos de prescindir en parte de Europa de sus efectos beneficiosos en el siglo XX han creado sociedades estancadas e incapaces de organizarse[ii]. Polanyi intenta otra explicación, más compleja y fundada en la historia. Para el autor, el mercado ha sido, hasta la sociedad liberal del siglo XIX, una herramienta de la sociedad, sometida a las relaciones sociales en cada momento de la historia. La “gran transformación” que, según él, trajo el capitalismo fue la de intentar convertirlo en el elemento regulador de las relaciones sociales: la ficción de la mercancía aplicada el trabajo, la tierra y el dinero, provee (en el capitalismo) el principio de organización vital del conjunto de la sociedad”.

Solo tras la segunda Guerra Mundial, la sociedad liberal renuncia a la aplicación del principio de mercado en toda su crudeza, y Europa conoce así el mayor periodo de igualdad y prosperidad que ha conocido en su historia. Sin embargo, al seguir sometido al mercado el principio vital de la inversión, es decir de hacia donde dirigimos nuestro futuro y el reparto de lo que producimos, y con él el empleo, la extensión natural del capitalismo al conjunto del mundo, junto al fracaso de los intentos de un sistema estatal no democrático de organización de la producción y la distribución de la riqueza, que no podía, a pesar de los intentos de convivencia pacífica, sino chocar y enfrentarse al dominante; esa extensión global del capitalismo ha intentado resucitar los fetiches del siglo XIX, poniendo en peligro todos los avances sociales conseguidas con la victoria sobre el fascismo de 1945.

Y sin embargo, las prácticas de casi la tercera parte de la población del planeta, sus políticas económicas y sociales, demuestran que es posible regular los mercados y someterlos a la pauta de la convivencia y de una solidaridad creciente entre los habitantes de una parte considerable de las sociedades humanas. No pretendo decir que Europa, actualmente, sea una sociedad solidaria, tal como soñaban los dirigentes socialistas del siglo XIX, ni tampoco China, Japón o Canadá; por ceñirnos a los estados-nación con sistemas de bienestar. Unos más desarrollados que otros. Pero las prácticas de unos y otros demuestran que objetivos como someter el mercado a las sociedades de ciudadanos, con el intento de hacerlos más iguales y convertir la confrontación entre las clases en un conflicto dominado por la política democrática, es decir regido por las normas de la mayoría y no autodestructivo, es posible.

Empecemos por China, donde más de 400 millones han salido de la pobreza extrema en los últimos 30 años y se han convertido en ciudadanos que trabajan y se ganan su vida, sabiendo que sus descendientes tienen la educación asegurada por los poderes públicos y, poco a poco, ven como se crea un sistema público de salud, aún pobre y precario, pero con voluntad clara de mejorar. Ningún europeo aceptaría las condiciones de vida de esos ciudadanos chinos; pero los chinos que estaban en la pobreza estaban en China y no en Europa[iii]. Ha establecido, gracias a su enorme poder económico y demográfico, controles de inversión y de movimientos de capitales, mucho más eficaces y eficientes que ningún otro país[iv]. El gobierno ha controlado el paso de una economía estatalizada muy ineficiente, a un capitalismo de estado y privado, donde ciertamente los procesos inversores son dirigidos desde el estado. A diferencia de la experiencia rusa y de otros países de la antigua área soviética, China está construyendo un sistema fiscal, aún poco trasparente y pequeño, en comparación con Europa o Estados Unidos, pero mucho mayor que el de la India y otros países que hace 25 años estaban muy por delante de la economía China, y se están quedando rezagados. Los analistas, poco sospechosos de simpatías, coinciden en que el secreto está en el control de las inversiones y de la investigación y, sobre todo, en el sistema educativo público y universal que se implanto tras la pacificación del país después de la Revolución cultural. Considera que todos los conocimientos que crea la industria en China, sea de capital público, privado o extranjero, son propiedad pública de China, así como las tecnologías de las industrias que se instalan en el país. Esta trasgresión del principio capitalista de la apropiación del capital intelectual de las empresas es una de las innovaciones mas revolucionarias chinas, aunque poco trasferible, ya que es producto del tamaño de su economía y su demografía.

China no es un país democrático, su gobierno es autoritario y la mayor parte de sus millonarios (personas con más de 1.000 millones de dólares de fortuna) pertenecen a la estructura del partido comunista; pero aún así, sus índices de desigualdad son mucho menores que la media europea. Dado que la oligarquía china se confunde con el estado, es de suponer que con el desarrollo económico se irá acercando a los niveles extremos de desigualdad de los EE UU, Gran Bretaña o Francia, pero hoy por hoy, su clase media, que se acerca al porcentaje europeo, está mucho mejor situada respecto al conjunto de la sociedad que la rusa o la de la India[v]. Además, y a pesar de lo que comenta la prensa desinformada, el gasto de armamento de China está muy lejos de significar lo que implica en los otros grandes países y, a pesar de ser la asegunda potencia económica del mundo, su presupuesto armamentístico es mucho menor que Rusia y Estados Unidos, ¡claro! Pero también que los de Gran Bretaña o Francia[vi].

En cuanto al otro gran actor global en vías de desarrollo, Rusia, su evolución desde 1989 ilustra la verdad elemental de que no existe sociedad sin estado. La descomposición de la URSS, el oportunismo de los jerarcas comunistas de Moscú en torno a Yelstin, para hacerse con el dominio del país, tras disolver el estado soviético, dan la razón a la crítica de Polanyi al liberalismo, efectuada cincuenta años antes. Para el economista polaco, que estableció la conexión entre ésta filosofía social y el ascenso del nazismo, esta doctrina es una falsa utopía “que subordina los propósitos humanos a la lógica de un impersonal mecanismo de mercado” y fue dominante en Europa hasta que estalló en 1914. Esta ideología política justificó el desmantelamiento súbito del estado soviético para dejar “libre” la acción del mercado; con estas medidas se generó la desorganización social que facilitó el reparto de las riquezas del país entre un pequeño grupo de funcionarios y altos cargos comunistas, repentinamente convertidos en liberales reaganianos[vii].

El desmantelamiento de la URSS, además, frustró el desarrollo de nuevos conceptos en torno al socialismo democrático, que se estaban intentando desarrollar a finales del siglo XX, para usar creativamente “los instrumentos de un gobierno democrático para controlar y dirigir la economía con el fin de satisfacer las necesidades individuales y colectivas, utilizando los mecanismos de mercado subordinados a las políticas que desea la gente común y corriente y a la cooperación internacional ” [viii]. Este pensamiento, reflejado en Puerto Alegre y los diversos Foros “Otro mundo es posible”, fue claramente dañado por el desarrollo de Europa del Este y Rusia en el siglo XXI, al igual que lo han sido los procesos institucionales democráticos en la gran república euroasiática.

Además, a efectos de las políticas liberales, Rusia es la demostración de la ineficacia de un potente sistema educativo, cuando fallan los componentes organizativos en la industria y la economía para aprovechar el “capital intelectual”. Estos últimos elementos fueron fuertemente desarrollados en China desde su gobierno[ix], lo mismo que en otros estados asiáticos autoritarios, especialmente Corea del Sur, cuyo gobierno actual es producto de las luchas obreras y estudiantiles, lo cual permite pensar que los ciudadanos de China, más pronto o más tarde, reclamarán parecidas trasformaciones de su estado.

Por ello, las visitas de Macrón y Merkel a Moscú y Pekín, reseñadas en el artículo anterior, pueden tener un alcance más profundo que la que implica la actual coyuntura marcada por el presidente estadounidense. China, tras el acuerdo de desnuclearizar Corea del Norte, y abrir las fronteras entre los dos estados de la península, pretende comenzar una gran era de acuerdos comerciales con sus vecinos, especialmente con Japón y Corea, que permitirían abrir perspectivas pacíficas en la zona: ¡Nada tan pacificador como el comercio y la cooperación económica! Y Rusia necesita de Europa, la cual podría aprovechar para convencer al autócrata del Kremlin de que los conflictos, en las fronteras Este de la Unión Europea, no pueden ser sometidos al estrés militar. Ayudaría a pacificar a los recelosos países del este de la Unión, y facilitaría las políticas contra el cambio climático, con el intercambio de tecnologías y la liberalización de los suministros de gas ruso, mucho más limpio que lo esquistos bituminosos; para cubrir energéticamente los años de transición hacia un sistema des carbonizado. Pero para que todo esto sea posible, se necesita que la Unión Europea exista como proyecto político, algo incompatible con el liberalismo nacionalista.

 

Junio 2018

 

[i] Polanyi defiende que la economía ha estado sometida a la convivencia en todas las civilizaciones anteriores a la civilización industrial capitalista, y cuando se han alejado de esa pauta, las civilizaciones se han autodestruido,

[ii] La facilidad con que ha surgido una oligarquía que se ha apropiado las riquezas del país en Rusia, y en general en los países de su entorno, no se puede achacar a la maldad de “agentes externos”. Más bien parece tener relación con la degradación de las instituciones autoritarias del llamado socialismo real allí existente antes del derrumbe.

[iii] Es sabido, además, que ha habido huelgas y movimientos sindicales en las zonas industrializadas de China, que ya son la mayoría del país, y que han sido reprimidas, como lo eran en Europa hace menos de 100 años, pero también que en muchos casos han obtenido victorias y mejoras importantes.

[iv] También es cierto que la represión del blanqueo y fuga de capitales está penado en China con la muerte, pero es que allí se juegan el pan y el futuro de sus ciudadanos. Eso no impide que haya un alto grado de corrupción, dado que las oligarquías se protegen entre sí; pero no es cierto, según todos los analistas financieros, que los controles del dinero en China funcionan, y muy bien (Ver Piketty).

[v] Piketty opina que las estadísticas chinas no son una maravilla, pero son mucho más fiables que las de la India o Rusia, países donde el impuesto sobre la renta es sistemáticamente eludido.

[vi] En China es importante separar el gasto en armamento del de personal, dado que el ejercito popular es un elemento esencial del sistema educativo de la juventud.

[vii] Maurice Glasman, Unnecesacessary Suffering: Managing Market Utopia.

[viii] Fred Block, en Critical Perspective on Historic Issues.

[ix] Ese es el verdadero significado de la frase de Deng Xiaoping: “gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones”, que tanto gustaba a Felipe Gonzalez.