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VIAJE A TEHERÁN, VIA PEKIN Y MOSCÚ

Y IV LA HORA LIBERAL

 

 

Prefiero sin duda la expresión “economía política”, tal vez un poco anticuada, pero con el mérito de ilustrar lo que, a mi parecer, es la única especificidad aceptable de la economía dentro de las ciencias sociales, es decir, su intención política, normativa y moral. (T. Piketty, El Capital en el Siglo XXI)

 

El último movimiento de Trump, suspendiendo su conferencia con Kim Jong-un, ha exacerbado la desazón de los ciudadanos del mundo, y parece ser que también de los dirigentes europeos. Aún en proceso de digestión del portazo al acuerdo con Irán, sobre el que los expertos asesores de la Unión no se han puesto de acuerdo a propósito de cuales podrían ser los cauces para eludir las sanciones de Washington, y en plena escenificación de la protesta gestual ante el presidente de los EE UU; Merkel y Macrón, después del intento de tranquilizar al gobierno de Teherán, reconducen sus estrategias globales con Pekín y Moscú, en sendas visitas presidenciales.

Los viajes de ambos mandatarios, en principio pensados para fortalecer los lazos comerciales de las empresas de ambos países, especialmente del presidente francés a Moscú, dada la relación con los proyectos de Total para explotar el gas iraní, en “junt-venture” con Gasprom. Han adquirido en la coyuntura creada por Trump un simbolismo especial, porque tanto China como Rusia, que están dispuestas a seguir con sus negocios en territorio persa, desean ampliar los acuerdos comerciales con la Unión Europea y ninguno de los dos está interesado en aumentar la tensión bélica, ni en Oriente Medio ni en Corea. Pero los europeos saben que los lazos financieros con Estados Unidos son demasiado complejos, trabados por casi setenta años de dependencia militar y política, en los cuales han jugado a ser potencias, sin querer asumir las responsabilidades globales de su influencia política, cultural y económica. El caos asociado a la errática política estadounidense, y a los gestos de grandeza de su presidente, tiene la ventaja de cerrar una etapa, en la cual los europeos preferían ignorar la especificidad de su modelo cultural y social común, y las obligaciones respecto al resto del mundo tras el final del colonialismo. Ahora, la sociedad europea se ve reflejada en el espejo, y espera. Mientras, los actuales gobiernos de China y Rusia, que ven en la situación los mismos riesgos bélicos que los europeos, contemplan también la oportunidad de negociar nuevos alineamientos circunstanciales, que les permitan afianzar su posición en los escenarios tradicionales de su relación con Europa. A todas estas preguntas, que tienen sobre la mesa Macrón, Merkel y sus homólogos chino y ruso; éstos dos últimos han respondido con un discurso. Y los dos líderes del liberalismo piden a Putin y Xi-Jinping que hagan de puente para convencer a Trump para que no haga de Trump. Sin embargo, lo evidente para los cuatro mandatarios es que no confían en un cambio otoñal en Washington, y se preparan para un largo periodo de influencia del Tea Party en el partido republicano y la política estadounidense.

Es el momento para Europa de definir qué quiere ser y, desgraciadamente, solo el presidente liberal de Francia ha puesto sobre el tapete un proyecto de futuro. Frente al desafío de Washington, se decantan dos caras del liberalismo europeo, el liberalismo centroeuropeo de Merkel y la CSU, y el de los liberales del sur, que han tenido que improvisar un partido para presentarse en sociedad. La debilidad política de Macrón, sus orígenes antisindicales, que le llevan a generalizar las agresiones a las conquistas obreras para hacerse creíble, y la del liberalismo nacionalista alemán, es su anclaje en el Bundesbank y su dominio de las instituciones europeas, sobre todo desde la crisis de 2008, que puso en valor su posición acreedora en Frankfurt en oposición a los socios del sur, y a sus problemas bancarios e inmobiliarios.

Estas diferencias han vuelto a plasmarse, negro sobre blanco, en las conversaciones que ambos gobiernos están manteniendo de cara a la cumbre de junio, sobre la reforma del euro, que incluye la reforma bancaria, con la negativa alemana a los fondos de protección de depósitos; a la ampliación del presupuesto comunitario, devaluado por Merkel y sus socios en el escuálido presupuesto para 2019. Esta situación agrava la debilidad que supone, ante la posibilidad de una crisis del petróleo, la ausencia de un Tesoro europeo y de una mutualización de deudas en euros, mediante unos eurobonos para los que no hay aún ni nombre ni fecha. Es decir, más de lo mismo, la reforma del euro quedará en una mayor vigilancia de los presupuestos nacionales. De cara a la cumbre de junio de la UE, solo una propuesta se encara a la crisis aguda de la gobernanza global: convertir los mecanismos nacidos para la crisis de la deuda soberana de los estados de la Unión Europea en un FMI para Europa. El tiempo dirá.

Desgraciadamente, ante la incomparecencia de la izquierda, las dos caras liberales del futuro europeo son la únicas visibles. Y las únicas que van a dar respuesta a las preguntas de los banqueros y ejecutivos corporativos, y de todos los ciudadanos: ¿es posible mantener una posición independiente, y hacer negocios con el mundo, obviando el veto USA? Irán, e incluso aquellos que comercian con ese país, va a ser, a corto plazo, el banco de pruebas de una globalización hipotecada, hasta hace poco, al dominio de las instituciones controladas por EE.UU: el FMI y el Banco Mundial. Pero no solo debemos pensar en hipotecas; la inoperancia europea convirtió a los Estados Unidos en los años posteriores a 1989 en los garantes del orden mundial; de ahí la desolación manifestada en la frase del presidente del Consejo, Donald Tusk, “con amigos así ¿quién quiere enemigos?”. Ante la orfandad, solo cabe el realismo, pero, ¿se han construido en los 18 años del siglo XXI puentes multilaterales para la negociación de instituciones de gobernanza global? Porque esta crisis está dejando en evidencia las carencias del modelo de gobernanza global construido en torno al G7, y sus derivaciones posteriores, G8 y G20. Incluso para un capitalismo de desigualdad extrema, como el instaurado por el proceso actual de globalización, la gobernanza multilateral es imposible. Máxime con la desigualdad económica y demográfica existente entre los actores, se necesitan unidades políticas más amplias, si se quiere un enfoque de cooperación multilateral. E incluso así, un enfoque multilateral de gobernanza que no toque los fundamentos capitalistas llevará aún mas lejos las desigualdades sociales, y con ellas los riesgos para el clima y la paz. El mundo necesita que uno de sus actores principales ponga sobre el tapete los problemas enlazados del desarrollo desigual, la contaminación y el clima, y la necesidad de reguladores correctores de la acumulación de capital, para reorientarla hacia esos problemas.

 

 

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