Coyuntura

Antes rotos que rojos

Triunfo de la ofensiva derechista en el PSOE

La operación de acoso y derribo se ha consumado. El Secretario General ha tenido que dimitir tras caer los oficialistas en una autotrampa en el Comité Federal, donde la votación ha esquivado el tema central que divide al PSOE: facilitar o no el gobierno del PP. That is the question. Eliminado el obstáculo Sánchez, la abstención está cantada. Pero ahora con el disfraz de un lastimero no hay más remedio, debido a la crisis del partido… provocada por los mismos que farisaicamente se lamentan. La repetición de una farsa devenida en tragedia, al contrario de lo que suele ser habitual en la historia.

El desenlace era previsible, porque es mucho lo que está en juego: la posibilidad de que se articule una alternativa de gobierno que pudiera poner en cuestión el consenso neoliberal sobre la defensa cerrada del sistema socioeconómico capitalista, cueste lo que cueste (desplome electoral con Zapatero, fractura y defenestración con Pedro Sánchez). Y más en tiempos de crisis sistémica y contestación ciudadana ante las políticas de austeridad implementadas para superarla. Lo lamentable es que la derrota de los oficialistas no se queda en casa, sino que afecta a toda la izquierda. Es algo que no han calibrado bien los críticos. Ahora tendrán que enfrentarse a la previsible rebelión de las bases. Porque la sociedad de la información y la comunidad en red supone, de facto, la incorporación de la democracia participativa deliberativa y directa a la vida pública, y cada vez condicionará más la actividad política. Esa rebelión de las bases es  la única esperanza de revertir un proceso de difícil vuelta atrás, salvo que los oficialistas ganen las futuras primarias para elegir nuevo Secretario General. Porque un partido socialista (olvidemos de una vez eso de obrero) derechizado (felipetizado) amplía gravemente las ya de por si enormes dificultades para formar un gobierno progresista y de izquierdas en nuestro país. Por eso, no entiendo bien la euforia mal disimulada de Podemos, autoproclamándose la única alternativa al PP; o la ingenua llamada a la afiliación de IU. Parece que ninguno de ellos está libre de problemas: Podemos, tras inspirarse en el populismo de Laclau, se reinventa hacia una versión castiza de la socialdemocracia escandinava; UP-IU, deambula cual sonámbulo sin meta, una vez desaparecido el modelo soviético. Y, hasta ahora, ambos carecen de una estrategia clara y viable de transformación, bien por no proponérselo bien por no sepan cómo hacerlo. Nada nuevo en una izquierda acostumbrada a navegar entre divisiones, fracturas, y peleas internas.

Una readaptación imposible

La pugna entre oficialistas y críticos no es más que la expresión orgánica de un proceso recurrente en las filas socialdemócratas, un ejemplo más del conflicto latente en un partido que se debate entre su alma fundacional marxista y anticapitalista y un pragmatismo que les lleva a aceptar el sistema como el único marco para la acción reformista. Lo vivimos en nuestro país con el enfrentamiento entre Largo Caballero (el Lenin español) e Indalecio Prieto; entre la dirección en el exilio y los jóvenes renovadores del interior; en el tour de force de Felipe González en el XXVIII congreso para desmarxistizar el PSOE; y ahora con el cínico, desleal, hipócrita y repugnante acoso y derribo de Pedro Sánchez.

Ante este panorama uno no puede por menos que sentir admiración por el coraje de Pedro Sánchez proponiendo una clara definición de izquierdas en un partido que ha rematado su viaje hacia ninguna parte con el giro neoliberal de Zapatero, el cándido, al que no le tembló el pulso a la hora de aplicar la primera tanda de ajustes y recortes, mientras aceptaba su destino con aquel heroico me cueste lo que me cueste… un elevado precio que han terminado pagando los trabajadores. Pocos se esperaban, y con sobradas razones, la capacidad de resistencia del Secretario General de los socialistas, enfrentado al fuego cruzado de los poderes económicos, políticos, institucionales (ejemplar la conducta de la Vicepresidenta en funciones arremetiendo contra Sánchez y su propuesta de gobierno frankenstein) y mediáticos, con El País como punta de lanza de la Gran Coalición primero, la abstención después, y la defenestración finalmente. Y mucho menos el órdago en toda regla a sus enemigos fraternos, que desde el principio le han considerado un incómodo intruso en la oligárquica estructura del PSOE. No era uno de los suyos. De ahí que la labor de zapa se iniciara al poco tiempo de ganar en las bases lo que antes se decidía en la cúpula endogámica del aparato. Pero lo que ha colmado el vaso y desatado la furia de baronías y dirigentes social-liberales ha sido su intento de formar un gobierno de izquierdas. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Y, obviamente, no se ha llegado.

Lo lamentable es que el frente anti Sánchez debería saber, y los más lúcidos saben, que una posición subordinada a los interés del PP (ahora la investidura, luego los presupuestos, después los ajustes pactados con Bruselas, etc. compensados con algunas concesiones en temas menos sensibles)) significaría la laminación electoral del PSOE. No importa. ¡Antes rotos que rojos!. Van camino de conseguirlo. Mientras, en el Partido Popular y su nuevo socio Albert Rivera no disimulan su regocijo, y se preparan encantados para una nueva legislatura que les permita anunciar a la inquieta Comisión Europea que tras el caos de la crisis vuelve a reinar el orden en España. Ya solo les queda Portugal para rematar la faena tras la neutralización de Grecia.

La crisis y sus turbulencias

Pero profundicemos en el análisis. Lo que estamos presenciando en el PSOE, como en las disputas internas de Podemos, o las dificultades de IU por reinventarse, son la manifestación del efecto de la crisis sistémica de 2008 en el fluido de la política, y la consiguiente formación de intensas turbulencias sociales. Esta situación caótica de difícil amansamiento ha trastocando el tablero electoral, aunque de momento en menor medida de lo que algunos catastrofistas y asaltadores de los cielos suponían, obligando a redefinir su papel a los partidos en el eje derecha-izquierda, con un centro liberal que busca desesperadamente su plasmación electoral e institucional ante una dinámica de estiramiento de los extremos. Así, el espacio centro-derecha y centro-izquierda se diluye ante la tensión generada por la crisis, lo que obliga al PSOE, pero también al transversal populismo de Podemos, a definirse.

Lo que empezó siendo un debate táctico sobre si era posible una alternativa de gobierno a Rajoy (y en qué condiciones), ha terminando por hacer que aflorara el debate soterrado de qué significa ser socialista en la actual fase histórica de agotamiento del sistema capitalista desarrollado, y su incapacidad para resolver las crisis sin causar un grave deterioro de las condiciones sociales y ambientales. Crisis que ha dado origen a una fuerte contestación ciudadana, socavando el viejo liderazgo de la socialdemocracia, y angostando su campo de acción política por la aparición de nuevos agentes políticos a su izquierda.

Lo paradójico es que algunos de los que deberían abonar esa posibilidad de gobierno alternativo se hayan empecinado en hacerla imposible con exigencias inasumibles, facilitando el triunfo de los críticos de Pedro Sánchez y, en consecuencia, la permanencia de Mariano Rajoy en el gobierno. Pero de eso ya he hablado suficientemente, y ya no tiene vuelta de hoja. Las lecciones en política solo pueden ser autoimpartidas mediante el examen crítico de los resultados. Y esa tarea es urgente si no se quiere caer en la inoperancia. La tienen que hacer los que intentaron, con más ilusión que conocimiento de la fuerza del aparato, dar un giro a la izquierda en el PSOE; la tiene que hacer Podemos para superar sus indefiniciones; y la tiene que hacer Izquierda Unida, si quiere que su reformulación tenga sentido estratégico.

Las indefiniciones, sean oportunistas, populistas, o fruto de una fase de reformulación teórico-política, tienen poco recorrido ante los desafío de una crisis sistémica que tira de los extremos a la hora de aplicar salidas. La interesada cantinela de que las elecciones se ganan en el centro, que responde a la necesidad de neutralizar las propuestas políticas de izquierdas, solo tiene éxito en situaciones de bonanza económica que permiten la emergencia de un importante sector de la población (la llamada clase media) cuya mejora socioeconómica le hace poco proclive a apoyar cualquier propuesta que pueda poner (o que se le vendan que puede poner) en peligro su nuevo status consumista. La realidad es que las batallas se ganan en la derecha o en la izquierda, y lo hace el que consiga atraer a su campo a esa amplia capa social machacada por la crisis. Una pugna, para expresarla en términos coloquiales, entre los que ofrecen como solución austeridad, ajustes y sufrimiento, tanto en su versión dura del PP, como en la blanda (mayor sensibilidad social y tímida defensa del Estado del Bienestar) del PSOE; y los que proponen soluciones de izquierda viables, pero enmarcadas en un horizonte transformador. Si salir de la crisis tiene un precio, que al menos lo pague también el sistema capitalista.

Reagrupar la fuerzas para una salida socialista

Situándonos desde la perspectiva de los intereses socio-laborales de los trabajadores, y la posición política de la izquierda transformadora, es evidente que la batalla interna del PSOE era de vital importancia y el fracaso de Pedro Sánchez una pésima noticia. Solo los que siguen inmersos en la ensoñación populista de una jibarización de los socialistas como condición sine qua non para alcanzar el poder, pueden alegrarse con el triunfo de las fuerzas derechistas, la defenestración de Pedro Sánchez, y el paso de los socialistas a la otra orilla. La realidad es que no es posible, hoy por hoy, un gobierno de izquierdas sin la participación significativa del PSOE; lo mismo que el PSOE no se puede plantear formar un gobierno sin la participación determinante de Unidos Podemos. ¿O alguien piensa que eliminado Sánchez, con otro Secretario General sería mas factible un acuerdo de gobierno de izquierda en nuestro país?.

¿Qué le interesa a la izquierda transformadora, un PSOE embridado para que no tenga más tentaciones socialistas, aunque sean muy moderadas; o un PSOE que se sitúe, como pretendía Pedro Sánchez, en la izquierda aunque sea mirando al centro?. La contestación depende de como se valore estratégicamente a los socialistas. Si de lo que se trata es de sustituirlos (al parecer, también en su papel socialdemócrata, tal como ha hecho Syriza en Grecia) lo mejor es su decantación hacia la derecha; si, por el contrario, se considera que durante bastante tiempo va a ser imposible articular un gobierno y políticas de izquierda sin los socialistas, desde ya hay que tender puentes con la corriente de izquierdas de los socialistas, estén o no en el PSOE. Lo que nos lleva a la principal tarea a abordar en la actual situación de recomposición del pacto neoliberal-socialdemócrata.

Lo primero es partir del lamentable hecho de que la derecha va a seguir gobernado, que volverán a producirse dolorosos recortes, que estos ajustes volverán a recaer principalmente sobre los trabajadores, y que el PSOE actuará como colaborador necesario a cambio de algunas concesiones que no afectan al sistema productivo, cubiertas con el manto sagrado del interés de España. (Pacto por la Educación, Ley mordaza, reajustes en las reformas laborales, ligero incremento en la dotación presupuestaria para las prestaciones sociales, etc.) El palo y la zanahoria, pues, ciertamente, el interés nacional exige un PSOE fuerte para la estabilidad del sistema con una elevada dependencia sensitiva a las condiciones generadas por la crisis.

Es urgente que se resuelvan los debates internos en IU, Podemos, Marea, En Común, ecologistas, etc., para poder plantearse un proceso de confluencia entre todos los agentes políticos que tienen un horizonte socialista. Solo entonces se podrá abordar un diagnóstico común de la actual coyuntura, y plantearse la acción política coordinada frente al recompuesto pacto neoliberal-socialdemócrata. Porque lo mismo que el mecánico que ignora la suciedad de las bujías no será un buen profesional, el agente político que desconozca la verdadera correlación de fuerzas en la lucha terminará siendo un fracasado. Y con el, sus representados, los que le apoyan y votan para que optimice su fuerza sin disiparla por planteamientos erróneos.

Aceptar el desafío, preparar el futuro

Estamos ante nuevo ciclo histórico, iniciado en los primeros años del siglo XXI, e intensificado por la gran crisis sistémica de 2008, cuyas avalanchas destructivas ha desactivado el eficaz pacto neoliberal-socialdemócrata que sustentó los años dorados del capitalismo post bélico, y permitió a los trabajadores conquistar el Estado del Bienestar. Ahora intentan reformularlo, como antes lo hiciera Tony Blair con su Tercera Vía, aún a costa de generar una grave crisis en el PSOE. Paro ya nada es igual. Porque el capitalismo desarrollado necesita algo más que el bipartidismo para sustentar un edifico en crisis que afecta a todos sus pilares. Por eso se inclina cada vez más por soluciones autoritarias, xenófobas, y ultranacionalistas, de raíz populista, de las que España se ha librado hasta ahora al estar vacunada por la dictatorial experiencia franquista.

No nos engañemos, la cabeza de Pedro Sánchez es el preludio de una contraofensiva en toda regla. Sería bueno que, en el debate de la izquierda, se tuviera en cuenta el grave error táctico de no abstenerse en la investidura de Pedro Sánchez. No solo le costó casi un millón de votos a UP, sino que desató la operación derechista de los barones, encabezados por la meliflua aparatichi Susana Diez, muñidora de la decapitación de su Secretario General desde su fortaleza andaluza, la única autonomía que resiste la paulatina descomposición de un partido incapaz de redefinir su papel ante la nueva etapa histórica sin desgarrarse.

Ante esta situación, la salida desde la izquierda es articular una gran CONFLUENCIA SOCIALISTA qué ofrezca soluciones de transformación estructural en el ámbito de la economía, de la política-institucional, y de la participación ciudadana, como: banca publica, sistemas de financiación alternativa, potente sector publico en áreas de interés estratégico socioeconómico (transportes, energía, comunicaciones, industria vinculada a la salud, etc.), impulso al cooperativismo y otras formas de economía colaborativa, obligatoriedad de verdaderas primarias en la elección de candidatos para el poder local, autonómico y estatal, derecho de revocación a todos los niveles representativos; protección legal de las formas estatales externas de democracia participativa, deliberativa y directa, reforma constitucional que aborde el problema territorial y contemple la posibilidad reglada de separación, reconocimiento constitucional de los derechos sociales junto con los políticos y humanos, efectiva igualdad de género, armonización del sistema productivo con la exigencias de respeto y recuperación del medio ambiente, políticas de promuevan una verdadera igualdad de oportunidades, etc. Porque de nada le sirve a un ejército tener una excelente logística si carece de estrategia. Y, para que dicha confluencia sea posible, hay que irse olvidando la religiosa pretensión de un partido guía infalible. La armonía platónica es una aspiración religiosa, una peligrosa muestra de superstición política. Como decía Mandelbrot, creador de la geometría fractal, las nubes no son esferas, los montes conos, ni el rayo fulmina en línea recta. El socialismo, o es una obra colectiva o no será… como la historia ha sentenciado inapelablemente. Carecemos de certidumbres absolutas, salvo de la urgente necesidad de intentarlo.

Pongámonos a ello.

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