Artículo extraído de Confluencia Network


 

Banderas al viento


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Una primera valoración de los resultados de las elecciones autonómicas catalanas del 21D es que se ha confirmado el empantanamiento previo general, aunque nada sigue igual en lo concreto en un escenario configurado por la tensión entre la necesidad de cambio de dinámica política y las enormes resistencias a realizarla. Hay estancamiento porque las opciones que más votos han obtenido lo han conseguido con la defensa de posiciones inmovilistas y de enfrentamiento mutuo, mientras que aquellas que planteaban una camino de negociación, el único posible por otra parte, o han retrocedido o han crecido insuficientemente. Son resultados que evidencian que ni la declaración unilateral de independencia ni la aplicación del artículo 155 han modificado sustancialmente la disputa por la hegemonía electoral catalana, en todo caso ha quedado claro que ambas medidas han generado rechazos viscerales que se contraponen y de alguna forma se anulan mutuamente..

 

La iniciativa perdida

Y sin embargo nada es igual, porque se reconozca o no todos son conscientes de que el contexto ha cambiado. El “procesisme” ha conservado la mayoría absoluta en el Parlament, incluso ha incrementado sus votos, a pesar de ver reducidos tanto el porcentaje y el número de diputados; pero está agotado, No sabe como sucederse a sí mismo, cómo y qué cambiar para seguir manteniendo la movilización de sus bases sin el horizonte cercano de la secesión. Una movilización que se ha mantenido en la pasada contienda electoral pero que ha tenido un sentido muy diferente a las que han acompañado a las celebraciones de las diadas de los últimos 7 años y a la campaña del 1-O. Y es que mientras que aquellas se inscribían en una línea ofensiva en la que el llevaba la iniciativa y obligaba al resto de las fuerzas sociales y políticas a posicionarse sobre sus actuaciones, en esta campaña electoral ha actuado esencialmente a la defensiva. Tras el 1-O esa capacidad de dirigir los tiempos políticos quedó amortiguada por el escaso espacio de maniobra que le dejó el enfrentamiento con el Estado español y el aislamiento internacional. La última oportunidad de recuperar parte de esa iniciativa la malgastó Puigdemont cuando renunció a convocar elecciones. Enseguida se evidenció la incapacidad para responder, para ofrecer una alternativa a la aplicación del artículo 155 y a la convocatoria de elecciones anticipadas. Y en esas vino en su auxilio la actuación del fiscal general del Estado, de la Audiencia y del Supremo. La imagen, con su correspondiente mensaje, que ha ofrecido, y sigue ofreciendo, la Justicia no ha sido, ni es, la de la institución que equilibra la aplicación de la ley con la garantía de los derechos de los ciudadanos, sino la de un aparato de estado que se venga de los que los han cuestionado, de los que han puesto en peligro su existencia, y que actúa esencialmente como represor. En palabras del exfiscal José maría Mena hay un desequilibrio que sólo es imaginable en función de ciertas características de predisposición represiva que no son propias de una justicia serena y con deseo de pacificar la convivencia. (1). Y ese mensaje de represión ha recargado las pilas de la emotividad, de la cohesión frente a la agresión externa, del ellos y nosotros. Claro que el independentismo unilateralista olvida en sus quejas contra ese forzamiento, o instrumentalización de la ley, que ellos abrieron esa senda el 6 y 7 de Septiembre en el Parlament. Lo grave no sólo es que estas actuaciones de cada uno de los dos bandos deterioran el Estado de derecho, sino que lo hacen con el respectivo aval de una parte de la ciudadanía.

 

La ambigüedad no siempre paga

Este contexto explica en gran parte que la pugna dentro del bloque unilateralista la haya ganado, aunque sea por la mínima,  Junts per Catalunya, cuando no sólo las encuestas sino todos los pronósticos previos anunciaban como inevitable la victoria de ERC. Pero ello no se debía los méritos propios de ERC sino al desgaste de los antiguos convergentes (PdeCat), afectados gravemente por la corrupción. En los años de gobierno de Junts pel Si el partido dirigido por Junqueras no pudo (o no supo) diferenciarse suficientemente de su aliado. Es cierto que despertó expectativas, que parece que incluso llegaron a ilusionar a sectores de Podemos y de los Comunes, pero no fue por sus actos sino por unas pretendidas intenciones, que se plasmarían tras ganar las elecciones y liberarse de la presión convergente. Escenario que, como otros tantos manejados por la nueva izquierda como inevitables, no se han dado. En la misma campaña de ERC, la penosa actuación de Marta Rovira se encargó de evidenciar la debilidad de su posición y mensaje, sustentados ambos en una ambigüedad que quería sintetizar la  continuidad de la experiencia de Junts pel Sí y con un  cambio de orientación. Lo cierto es que desde la dirección del partido no se ha hecho pedagogía sobre el fracaso de la unilateralidad y la necesidad de una estrategia de negociación, con alianzas fuera del bloque secesionista y a medio o largo plazo.

Por su parte la CUP ha protagonizado un gran retroceso, sólo superado por el del PP. Justa recompensa a una política esquizofrénica que ha combinado declaraciones y reivindicaciones maximalistas, acompañadas demasiado a menudo de propuestas disparatadas, con un triste seguidismo del “procesisme”, al que sigue adherido como adalid del unilateralismo a ultranza.

 

El nacional-liberalismo

Una de las causas del actual estancamiento que sufrimos es que las dos fuerzas políticas ganadoras Cs y JpC han basado su relato electoral casi exclusivamente en su mutua derrota. Sin embargo Cs y JpC comparten no sólo grupo parlamentario europeo sino que beben de las mismas fuentes ideológicas, económicas y sociales (2). Expresan la angustia y el miedo de amplios sectores de clases medias que carecen de alternativa ante l su posible pérdida de status como consecuencia de la globalización y la crisis. Como carecen de proyecto de sociedad propio y diferenciado buscan refugio en la defensa de una identidad nacional, que consigue altos grados de coherencia interna pero excluye al que no la comparte. No es casual la presencia de Manuel Valls en la campaña electoral catalana. Él representa al nacionalismo neoliberal que busca sintetizar la liberalización y globalización económica, con su correlato restricción de derechos sociales y económicos, con la asunción de la bandera nacionalista.

El problema en este caso es que las identidades nacionales defendidas por JpC y Cs son contrapuestas, se afirman en el ataque a la otra, y se disputan un mismo territorio. Y en esa pugna, se retroalimentan, la afirmación de cualquiera de las dos identidades siempre excluye y hace sentirse excluidos a los que no la comparten, que tienden a refugiarse en la otra. Enfrentamiento en el que los elementos y aspectos más reaccionarios del nacionalismo: la xenofobia, el supremacismo encuentran un caldo de cultivo idóneo. De esta forma JpC se hace hegemónica en la Catalunya interior y Ciudadanos en el Área Metropolitana y Tarragona, zonas estas últimas mayoritariamente obreras y en las que la penetración del relato nacionalista viene facilitada por la ausencia, en la nueva y vieja izquierda, de un proyecto de sociedad con el sentirse identificados (3).

No deja de ser paradójico, aunque significativo del dominio del pensamiento mágico, que haya sido una huida, convertida publicitariamente en admirable acto de desobediencia, la que haya trastocado radicalmente las tácticas previas dentro del “procesisme”. Así Puigdemont, libre en la práctica de responsabilidades gubernamentales, ha ejercido como twitero desencadenado para, a semejanza de Trump, inundar las redes tanto con la simplificación maniquea de la realidad  como con la suplantación de esta por el relato. Una vez más las redes han demostrado su potencial comunicativo y movilizador y han impulsado a JpC mucho más allá de lo que habían pronosticado las cocinas de las encuestadoras. Pero el “sostenella y no menealla” de JpC, en el que compite con la CUP, vuelve a encontrarse con la realidad, de la correlación de fuerzas, la inexistencia de espacio institucional para la unilateralidad y el hartazgo del ERC de jugar el papel de secundarios. Eso sin contar con que el factor Puigdemont puede mutar su efecto impulso por el de claro obstáculo.

Ciudadanos por su parte partía de una propuesta central, casi única: aplicación del artículo155 y convocatoria de elecciones anticipadas en Catalunya. Su mensaje a los electores era el de nosotros representamos a la España (adornada y/o disfrazada de Constitución) que os defiende del secesionismo. Libres del desgaste tanto de la corrupción como, paradójicamente,  del de haber gobernado, han rentabilidad el hecho de que la táctica rajoyista, de esperar a los errores del adversario, haya facilitado la iniciativa secesionista. En todo caso la aplicación de la fórmula ha producido resultados sólo a medias satisfactorios para Ciudadanos, pues no ha modificado sustancialmente la realidad, no ha reducido en casi nada su complejidad. Sin embargo les proyectan como adversario real del PP para el conjunto del estado español. Y es que el PP que, en orden a incrementar réditos electorales y apoyo social en el resto de España, ha asumido la exaltación del nacionalismo español, se ha encontrado con un Cs crecido que le disputa ese espacio. Se abre un periodo de competición entre ellos, que las organizaciones sociales y políticas progresistas deberían asumir como fracaso de sus análisis de la realidad y de las políticas aplicadas.

La llibertat es l’alba un dia de vaga general

El 20 D por la tarde Luis García Montero y Joan Margarit presentaron conjuntamente en Barcelona sus dos últimos libros: A puerta cerrada y Un hivern fascinant. El acto acabó con la lectura al alimón del poema La llibertat de Margarit, éste dando voz a la versión castellana del mismo y García Montero a la catalana. Era una reivindicación del diálogo al final de una campaña que lo había marginado contundentemente. El diálogo, no como figura estética, ni tan siquiera ética, sino como instrumento de cambio, vehículo de alianzas, elemento clave de la democracia deliberativa y participativa, base de reformas y de transformaciones sociales… y también como antídoto del pensamiento mágico y del absolutismo identitario. Una reivindicación del diálogo que tiene eco en un sector social que, hoy por hoy, no tiene una referencia política clara, aunque se mueve entre PSC y Comuns. Un sector que genera opinión pero que no puede competir a corto plazo con la emotividad de las redes. Es la base de una alternativa a medio plazo que necesita articularse, consolidar una mínima base de intervención en la sociedad para después ampliarla. En la creación de esa base tiene o puede tener un papel clave el sindicalismo de clase confederal por su apego vital a la realidad del conflicto social y por su larga experiencia de diálogo como elemento de reivindicación y de acuerdo.

La suerte de las organizaciones políticas más cercanas a ese sector ha sido más bien adversa. El PSC ha conseguido un pequeño avance electoral pero ha quedado muy lejos de los resultados de Cs con los que competía en pugna por la hegemonía del anti-independentismo. Su apuesta era ambiciosa: atraerse al voto moderado del catalanismo y recuperar el del universo asalariado del cinturón industrial. Una opción que quería revitalizar la confluencia entre reforma social y catalanismo progresista que consolidaron el PSUC y CCOO y rentabilizó el PSC durante mucho tiempo. La habilidad táctica de Iceta tejió una candidatura heterogénea con la pretensión de pescar en varios caladeros electorales alejados del procesisme, pero esa apertura conllevaba también el riesgo de provocar tantos o más rechazos como adhesiones. Peligro aumentado por la visceralidad de la polarización, la debilidad organizativa y de pensamiento del PSC, tras una cascada de escisiones y abandonos, y la ambigüedad del PSOE y su inacción política de los últimos meses.

 

Obras son amores

Los resultados para Catalunya en Comú Podem, marcan un final de una etapa, encrucijada que puede conducir a la renovación o a la desaparición. Y es que después de encabezar los resultados de las dos últimas elecciones generales se ha pasado a la cola del pelotón junto con el PP y la CUP, y todo ello con el mismo candidato. Las expectativas de imparable ascenso a la hegemonía electoral, se han desvanecido radicalmente y al hacerlo han puesto en evidencia, o han resaltado, la fragilidad del proyecto.

Toda contienda electoral se proyecta hacia el futuro más inmediato, porque es lo que en ella se decide, o quieren decidir las personas que participan en la votación, pero está condicionada por el pasado cercano que actúa como impulso o como rémora. Y en el caso de los comunes ese ayer estaba cargado de lastres. Les ha pesado le dependencia de un hiperliderazgo que ha demostrado que sus indudables capacidades comunicativas topaban con grandes y graves insuficiencias políticas. Han cargado además con la dificultad de dar credibilidad a su mensaje de centralidad social después de romper el pacto de gobierno de Barcelona con los socialistas por la aplicación del artículo 155. Su ni DUI- ni 155 ha sido como mínimo insuficiente, no engendraba confianza ni seguridad porque transmitía la voluntad de no definirse ante el conflicto que planteaba la creación de un estado sobre la base de la ruptura de otro. Y sin definición no hay propuestas positivas y no hay una línea clara de actuación. Así, se pasó de puntillas sobre la gravedad determinante de lo sucedido el 6 y 7 de septiembre , donde se evidenció que el unilateralismo conducía inevitablemente a la vulneración de la democracia y que la ambigüedad ya no era posible desde posiciones de izquierda: o se estaba con el “procés” o se apostaba claramente por la reforma del estado. Se obvió, se marginó el trabajo realizado por la mayoría del grupo parlamentario de Catalunya si que es pot (vaya nombrecito), especialmente en esos días. Su coherencia en la radical defensa de la democracia y en el compromiso con los derechos sociales, su clara oposición al “processisme”, su permanente búsqueda de acuerdos aún en las situaciones más complicadas, su responsabilidad de mojarse y realizar propuestas en los momentos más difíciles, sin recurrir a la falsa protección de la perplejidad… configuraban un referente que fue ninguneado de forma evidente y vergonzosa.

Todo ello ha sido posible porque en la práctica Catalunya ha funcionado con una concepción vanguardista (blanquista), como  una organización regida por afinidades de grupo, muy permeables por otra parte a la hegemonía que, dentro de las clases medias catalanas, ha ejercido y ejerce el “procesisme”. Una parte influyente de los Comunes han compartido la ensoñación de vivir un proceso constituyente, de ruptura, dentro del que incluían el “procès”. Cuando la realidad evidencia cada vez más que no sólo no se dan las condiciones para el mismo, sino que, como consecuencia de ese planteamiento, las fuerzas políticas progresistas están en franco retroceso.

Los resultados electorales evidencian que es necesario cambiar, y lo más pronto posible, hacia una organización más colectiva, abierta y plural. Una organización con una dirección transparente que potencie los canales de participación, lejos del actual despotismo plebiscitario; que se rija por los valores de la democracia deliberativa, participativa y directa. Una organización que asuma que la perspectiva de la hegemonía electoral se ha desvanecido por un tiempo. Que sólo se  recuperará con un proyecto que de respuestas de cambio y transformación económica y social con horizonte socialista, a una sociedad compleja y hoy por hoy dividida, y en parte ya fracturada. Un proyecto que en la cuestión nacional sólo se puede inscribir en la reforma constitucional que mejore el autogobierno, pero también que ofrezca una indispensable salida al independentismo social con el reconocimiento del derecho de separación. Objetivo tan necesario como difícil de conseguir a corto plazo y que demanda elaborar y realizar una política de alianzas con claridad y flexibilidad.

(1) http://www.eldiario.es/politica/parece-buscado-peor-casa_0_720578320.html

(2) Sin embargo, los votantes de JxCat son tan partidarios de bajar los impuestos como los de Ciudadanos. También son más religiosos. En 2016, según el CIS, la mitad de los votantes convergentes iba a misa alguna vez, por un 36% de los de Cs. Lo confirma el CEO: el 21% de los primeros dicen ir a misa cada mes, por un 16% de los segundos.

https://elpais.com/autor/francisco_llaneras_estrada/a/ 27-12-2017

(3) La caracterización de ese sector social en De elecciones, procesos y comunes Albert Recio Andreu 30-12-2017 Revista Mientras Tanto