Coyuntura

¡Good bye, Errejón!

 

 

 

 

 

En Vistalegre II se ha impuesto finalmente la lógica plebiscitaria y el reflejo defensivo de supervivencia. Eso explica la gran movilización de votantes inscritos, la mayor votación de la breve pero intensa historia de la formación morada. La dinámica de enfrentamiento creada por la agria polémica en la dirección del partido-movimiento ha planteado a la militancia la necesidad de optar entre lo conocido, aunque sea insatisfactorio para muchos de ellos, y el vértigo a lo desconocido, con el serio peligro de fractura que hubiera supuesto la derrota político-organizativa de Pablo Iglesias, tal como él mismo se encargó de hacer visible.

De ahí la votación casi calcada en los documentos sometidos a votación, y en la composición del Consejo Ciudadano, que explica la cara de desconcierto con que Iñigo Errejón recibía los resultados. Sin duda, en sus cálculos no entraba tan claro y contundente varapalo. Ha sido una cura de realidad (Iglesias lo llamó humildad) para los errejonistas, ofuscados por votaciones anteriores donde la diferencia con los pablistas resultó ser mínima. Es decir, Vistalegre II es una buena radiografía del Podemos actual, y quien mejor lo encarna (y sabe hacerlo) es Pablo Iglesias. Se ha pasado del liderazgo sin líderes del 15M, al líder sin liderazgo social de Podemos; y de estrategias populistas sin estrategas, a estrategas sin más estrategia que ganar elecciones. En ambos casos, con una pésima gestión del riesgo. Sorpresas que regala la complejidad de la política. Deberían saberlo nuestros profesores. En cualquier caso, las crisis y el caos son el medio más rápido para aprender de los errores y reorganizar el sistema para ganar eficiencia. Y ha sido la inteligencia de enjambre (swarm intelligence) de los más de 150.000 inscritos para votar en la Asamblea Ciudadana de Podemos la que ha salvado la situación de un desastre anunciado prematuramente. Hermoso espectáculo de democracia directa que amplía políticamente la mera elección de representantes, y nos enriquece a todos.

Y como siempre tras una votación donde se dirimen posiciones claramente enfrentadas sobre la orientación estratégica de Podemos, la continuidad del proceso pasa por saber administrar la victoria. Es decir, el siguiente escenario de confrontación se establecerá en la conformación de los órganos de dirección, en consonancia a la nueva situación. Comienza ahora el obligado reajuste orgánico y político para que Unidos Podemos, bajo la dirección reforzada de Iglesias, pueda aplicar consecuentemente su política. Es decir, los resultados de Vistalegre II, una vez restado el componente emocional que expresaban los gritos de unidad, o la larga ovación a Miguel Urbán, no supone que se haya alcanzado la negación superadora, por utilizar la terminología dialéctica, entre tesis y antítesis de pablistas y errejonistas. Porque no se trata de una cuestión de poder, aunque tenga ese componente inevitable en toda pugna política, sino del qué hacer, y cómo hacerlo, para derrotar al PP y la vieja política, razón de ser de su nacimiento. Y esa cuestión fundacional pivotará sobre la actividad de Podemos, de manera que avances electorales supondrán el reforzamiento de Pablo Iglesias, mientras que retrocesos significarán un fortalecimiento de Errejón de cara a la próxima Asamblea Ciudadana. En cualquier caso, ya no hay marcha atrás, ni son posibles ambiguas componendas, salvo que se quiera navegar, como hasta ahora, en las aguas traicioneras de la indefinición política. Algo muy arriesgado cuando la situación socioeconómica, y los efectos de una austeridad que no cesa, hace que la ciudadanía en general, y los trabajadores en particular, exijan certezas antes de otorgar su confianza.

Qué ser para ganar

Así que la primera lección de Vistalegre II es que ya no cabe seguir como hasta ahora. La dinámica política obliga a plantearse, más allá de la oportunidad electoral, el futuro de Unidos Podemos. Porque, no nos engañemos, la coalición electoral ha sido el desencadenante de la ofensiva errejonista contra el viraje a la izquierda de Podemos. Ofensiva que no hubiera ocurrido si el resultado electoral del 26J hubiera supuesto el anunciado sorpasso. Pero la cosas no ocurrieron como parecían indicar las encuestas, y ese millón de votos perdidos terminó cebando la carga explosiva del populismo de origen, que Errejón, su principal teórico, reivindica, felizmente con poco éxito.

La cuestión, por tanto, que deberá dilucidar la nueva dirección de Podemos, es qué sentido y continuidad otorga a su coalición con Izquierda Unida. Parece evidente que solo puede entenderse estratégicamente como un primer paso, una fase de transición hacia algo más ambicioso, si se quiere evitar el riesgo de estancamiento o retroceso, lo que volvería a situar el debate en la casilla de salida. En ese sentido, habrá que ver que contenido político real tienen las palabras de Pablo Iglesias cuando dice en su ponencia política que se necesita conformar un bloque popular del que nosotros formamos parte pero no somos el todo.[1] Veremos en que queda esa acertada idea de ser algo más, abrirse, ampliarse, desarrollar una política inclusiva y expansiva a la vez, lo que no es precisamente una tarea fácil debido al oxímoron que encierra. Nada nuevo, por otra parte. La realidad social es compleja, dinámica, abierta y no-lineal, donde las ansiadas certezas son pronósticos cargados de incertidumbre. Nada que ver con los planteamientos binarios, dualistas y maniqueos, con su una lógica bivalente: 1 o 0, jamás 1 y 0. Lo que generalmente se manifiesta políticamente en forma de sucesivos órdagos.

Lo esperanzador de esta situación y sus brechas es que la idea de Pablo Iglesias, aunque formulada con más literatura que precisión, coincide con la propuesta de IU. Por ese lado todo son buenas noticias. Se ha impuesto la cordura práctica sobre la ensoñación teórica. Pero nada de lo ocurrido supone que los problemas y desafíos a los que se enfrenta Podemos, IU, y su suma, Unidos Podemos, hayan desaparecido. En primer lugar, porque la cuestión de fondo sigue ahí, como un atractor que conduce la discusión al mismo punto: cómo ganar las sucesivas elecciones y conquistar espacios de poder que permitan (para utilizar el lenguaje podemita) resolver los problemas de la gente. Si se sigue apostando por la política de las dos orillas es obligatorio volver a la idea inicial de asaltar el cielo sin consenso, léase sin pactos (salvo en posición de fuerza) con los demás. Aunque suene novedosa, es una vieja y fracasada opción estratégica de la izquierda dogmática, aunque hoy se vista de nueva política. Ahora bien, si se vuelve a optar por ella, es obligado alcanzar mayorías absolutas o, por lo menos, tan claras que te dejen gobernar, lo que no parece sencillo. Tal vez se consiga sacar más votos y/o lograr más escaños, pero no se podrá gobernar sin los socialistas; igualmente, tal vez los socialistas sean capaces de aguantar, recuperarse y evitar de nuevo el sorpasso, pero necesitarán a Unidos Podemos para hacerse con el gobierno.

Todo lo cual supone facilitar la relación, promover el encuentro, y crear complicidades, con los ayer denostados socialistas, cuya pasoquización ni estaba ni está a la orden del día, pese a la defenestración de Sánchez y la toma del poder por el aparato del PSOE. Por supuesto, las cosas serán mucho más fáciles si Pedro Sánchez o Patxi López consiguen recuperar su partido, liberándolo del histórico dominio social-liberal de sus barones. Pero ni siquiera eso será posible sin una comprensión clara de que no habrá cambios significativos en la vida de los ciudadanos, y mejoras reales en la situación laboral de los trabajadores, si no se cuenta con los socialistas para algo más que acuerdos muy concretos y específicos en ciertas autonomías y ayuntamientos.

Un Proyecto de País

Por lo tanto, más allá de frases sobre trincheras y gestos antisistema, el problema no estriba en cómo llegar al gobierno ya que, al menos a corto y medio plazo y salvo cataclismo social, habrá que llegar a acuerdos con el PSOE, sino en qué políticas se busca implementar en caso de conseguirlo. Porque de poco serviría gobernar, salvo para un saludable rejuvenecimiento de las instituciones democráticas, si las políticas concretas que se van a aplicar no desbordan el marco del tan denostado reformismo socialdemócrata, como ocurre, por ejemplo, en Grecia. Es decir, si se carece de una estrategia transformadora. Se necesita una política que partiendo de la realidad socioeconómica concreta de nuestro país y su integración en la UE, implemente aquellas reformas estratégicas (cambio en las relaciones de poder), y aplique el gradualismo revolucionario (pequeños cambios que generen, en el tiempo, grandes mutaciones)[2] permita crear un nuevo campo de fuerza para la transformación del sistema productivo capitalista y la realidad institucional desde la que se ejerce el poder. Y eso no se consigue con proclamas ni buenas intenciones moralizantes, sino resolviendo adecuadamente los problemas concretos que plantean las demandas de los trabajadores, lo que no se puede conseguir ateniéndose estrictamente a las reglas de juego del sistema capitalista. En pocas palabras, es necesario contar con un Proyecto de País verdaderamente alternativo. Esa es la tarea que Unidos Podemos debe afrontar urgentemente, ya que no son posibles políticas transformadoras sin tener un estrategia de transformación.

La mayoría de los trabajadores sienten, algunos saben, y los menos teorizan, que las soluciones a los problemas actuales de estancamiento económico, falta de perspectivas profesionales, precariedad laboral, y desigualdad in crescendo, no pueden resolverse con los viejos métodos oligárquicos, las viejas recetas reformistas, y la antigua forma de participar en política. La realidad es que los actuales partidos, una creación de finales del siglo XVIII, desarrollada en el XIX y consolidada en el XX, ya no sirven como único y privilegiado cauce, expresión, y herramienta para dar solución a las demandas de la ciudadanía. Demandas que -y ahí está la clave política del momento actual- el propio sistema capitalista ha creado, y que necesita para seguir funcionando, pero que no puede satisfacer.

De ahí que la única política sensata y eficaz sea lograr una amplia confluencia socialista que, en base a unos mínimos programáticos comunes, permita ofrecer al país una salida por la izquierda a los problemas que la crisis sistémica y el tsunami socioeconómico que la Revolución Digital están provocando. Un tsunami que está trastocando no solo las relaciones de producción capitalista, sino la forma en que la ciudadanía participa en la política y desarrolla su vida social, hoy impensable sin las redes sociales. Si a todo esto le sumamos que el dominio financiero y global del capitalismo convierte las clásicas crisis económicas en sistémicas, que la anquilosada burocracia partidista está más ocupada en mantener sus privilegios que en cumplir su papel de mediación política, y que la corrupción sigue campando por sus respetos alimentada por la ingente capacidad económica del Estado, tenemos el escenario perfecto para la desafección política, la indignación ciudadana, y el actual desconcierto generalizado de la sociedad civil. En esta situación, el populismo emerge como la imagen negativa de la impotencia política de los partidos tradicionales, representada por el común denominador del rechazo al establishment, que es visto como la causa principal de todos su males, algo en lo que se apoya y explota eficazmente el populismo. Se alimenta así la falsa percepción de que todo es consecuencia de las personas que lo dirigen y controlan el país, la casta, y no del sistema productivo capitalista. Marx por el vertedero.

A los partidos populistas les trae al pairo las viejas etiquetas de izquierda y derecha. Sus propuestas transversales incluyen necesariamente medidas de ambas sensibilidades sin el menor reparo y con el mayor descaro. Son un producto de la antipolitica característico de las etapas de transición, como la que estamos viviendo, y que vivimos dramáticamente en épocas pasadas. Por eso no debe extrañar que antiguos votantes comunistas de las zonas industriales francesas lo hagan hoy por Le Pen. La similitud de lenguaje no es fortuita, ya que revela un diagnóstico de la coyuntura muy similar en su burda simplicidad binaria. Cierto, con la complejidad real de la sociedad es difícil construir mayorías. Tan difícil como transformar el sistema socioeconómico capitalista. Pero no hay otra salida. Esperemos que Vistalegre II, con el éxito de Pablo Iglesias, suponga no solo la reafirmación de su liderazgo y la consolidación de Unidos Podemos, sino el abandono definitivo de todo vestigio de sinrazón populista.

 

[1] Plan 2020. Ganar al PP y gobernar España (Pág. 23)

[2] Es algo que permite la naturaleza compleja, dinámica, no-lineal de la sociedad. Ocurre en muchos órdenes de la naturaleza, como con el aumento del número atómico (protones) que da lugar a la tabla periódica de los elementos, o en las reacciones de polimerización; por no hablar de la evolución de las especies resultado de pequeños cambios graduales debidos a la variabilidad genética, sobre los que luego actúa la selección natural. Por contra el gradualismo reformista no cambia la naturaleza del sistema sino algunas características, como ocurre con los átomos o moléculas cuando ganan (anión) o pierden (catión) electrones.

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