Coyuntura

La izquierda en su laberinto

Consumado el cínico ejercicio de justificación abstencionista por parte del portavoz socialista, el camaleónico Hernando, fiel funcionario de aparato; habiendo logrado Rajoy su continuidad en el gobierno y asegurado -por el momento- la gobernabilidad en minoría bajo amenaza de nuevas elecciones; encantada la oposición con sus logros (bienvenida la escasa subida del salario mínimo, aunque no llegue a compensar la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores) y sus triunfos parlamentarios sin consecuencias prácticas, lo que vendría a avalar el golpe de mano de Susana Díaz contra Pedro Sánchez; reinando finalmente el orden institucional sin más alteración que los gestos provocadores o irreverentes de Unidos Podemos e independentistas, los partidos de izquierdas se encaminan hacia procesos congresuales donde deberán resolver sus diferencias y definir una estrategia ganadora si quieren cumplir un papel algo más útil que el de acompañante exigente y molesto de la derecha triunfante.

Izquierdas que se debaten entre la indefinición y la renuncia, caminantes de un laberinto creado por el desconcierto ante los reiterados triunfos electorales de la derecha. Y expuestas a sufrir su usual proceso de dehiscencia[1] organizativa mediante la cual crecen dividiéndose. Nada nuevo si no fuera porque el capitalismo desarrollado se encuentra recorrido por los espasmos de un reajuste del sistema productivo que no acaba de cuajar, y cuyos efectos devastadores sobre las llamadas clases medias y populares (los trabajadores asalariados de todo tipo) exigen perentoriamente soluciones y no discusiones. Inmersas, mientras tanto, en una etapa de gobierno condicionado, tanto por la fragmentación parlamentaria que obliga a dialogar pero no a ceder, como por los ucases de Bruselas, cuyo objetivo es consolidar definitivamente la reordenación flexible del mercado laboral que facilite el despliegue sin trabas de la economía en la era de la globalización y revolución tecnológica, y terminar el drástico saneamiento de las cuentas públicas. Y para mayor desconcierto, en la escena internacional ocurren fenómenos inesperados como el Brexit, el triunfo del magnate Trump, la recuperación de posiciones de la oligarquía en América latina, y el ascenso de la extrema derecha europea cabalgando el populismo. Actos de irracionalidad ciudadana que desafía los análisis tradicionales y han desatado las alarmas del establishment. Por su parte, los trabajadores contemplan desalentados, frustrados, y estupefactos como nuestros partidos de izquierda se cuecen lentamente en su propia salsa intentando reubicarse ideológica y políticamente. Veamos.

 

Locos guiando a ciegos

Los socialistas, tras el golpe de mano con que se extirpó la tentación de gobernar con la izquierda populista (lo de pactar con los independentistas es un burdo tapavergüenzas) se dedican a reagrupar las fuerzas para la batalla del próximo Congreso donde sancionar definitivamente el neofelipismo. Salvo que las bases ganen la partida en las primarias, como hicieron en el Partido Laborista. De no ser así, supondrá para el PSOE una lenta forma de suicidio en diferido. Porque los años dorados de la socialdemocracia, cuando gobernaba Toni Blair, Gerhard Schöeder, Felipe González, Mitterrand, o Romano Prodi, y era posible menospreciar a la izquierda radical, ya pasaron. Y fueron los mismos socioliberales quienes les dieron la puntilla con sus políticas de recortes y ajustes, facilitando la vuelta de la derecha aupada por el desengaño de los trabajadores.

El disparate del aparato socialista, con Susana Díaz a la cabeza, no es querer recuperar el prestigio y poder perdido del PSOE, sino intentar hacerlo con las mismas políticas (las que practica, por cierto, en Andalucía) Se olvidan los del mal menor abstencionista que las batallas internas ya no se ganan en el espacio burocrático de los aparatos oligárquicos predigitales, sino en el campo dinámico y complejo de la sociedad de la información y la conexión en red, donde actúan militantes, simpatizantes y votantes. Y donde las razones patrióticas de los viejos partidos se disuelven en el ácido de la dura realidad socioeconómica. Lo que ofrece la oportunidad de recuperar su partido a los socialistas de la estirpe del tipógrafo Pablo Iglesias. Para ello deben ser capaces de movilizar a todos los que no renuncian a un proyecto socialista, por muy difícil que sea, y deciden participar con el resto de la izquierda en la formulación y defensa de un nuevo sistema socioeconómico basado en las conquistas logradas a lo largo de la historia del movimiento obrero, tanto políticas (Estado Social y democrático de Derecho), como económicas (cooperativismo, negociación colectiva, cogestión empresarial, fiscalidad realmente progresiva, etc.) y sociales (Estado del Bienestar) para avanzar hacia un nuevo tipo de sociedad, más justa, igualitaria y sostenible. Lo que exige abandonar decididamente el fiasco de la Tercera Vía,[2] y recuperar los principios fundacionales del PSOE, pero readaptados a los nuevos tiempos.

Por su parte, Podemos se ha envuelto en un disparatado debate, al estilo del huevo o la gallina, sobre si votar las ideas antes y las personas después, o si ideas y persona deben ir en un mismo paquete. Eso unido a una pugna sorprendente sobre el sistema de votación: Borda, Dowdall, o proporcional puro (no pueden negar su profesión de politólogos). Mientras, con indudable sentido de la oportunidad, Miguel Urbán, jefe de filas de los Anticapitalistas, juega hábilmente su posición de bisagra, en una especie de espejo fractal de lo que ocurre en los divididos parlamentos. Supongo que una parte significativa de sus votantes y simpatizantes se preguntarán qué les pasa a estos audaces asaltadores del cielo sin consenso, enzarzados en la clásica lucha de poder, envuelta en un supuesto combate ideológico. Porque hay que ser muy y mucho experto politólogo, como diría Rajoy, para encontrar diferencias sustanciales (incluso simplemente diferencias) entre el populismo laclaudiano de Errejón, y el caudillismo populista de Iglesias.

Lo paradójico es que el Secretario General de Podemos incurre en una especie de felipismo a la violeta al vincular la ideología de Podemos con su renovación como líder indiscutido, pese a sus evidentes errores y fracasos. Tal vez lo que busca es tener las manos libres para desplegar, sin inoportunas críticas tuiteras de su segundo, la manera como entiende la lucha política: una mezcla de emoción y simpleza, o de simpleza emocional, que oculte la falta de objetivos transformadores bajo un baño de lagrimas sentimentales. Por su parte, Errejón, desorientado ante el fracaso de su esquema transversal, se olvida que la democracia plebiscitaria que combate es la más acorde con el populismo que defiende.

Finalmente, esta curiosa algarabía de cartas, tuits, y mensajes de Facebook, son la manifestación pública y acaramelada de la pugna por redefinir Podemos una vez caídos de los cielos electorales. Lo que parece que está en juego es si se reafirma la visión populista transversal, en línea con los postulados de Ernesto Laclau, o si se decanta por una definición más claramente de izquierdas que permita retener a IU en su campo, aun cuando sigan bebiendo del discurso populista que diluye las clases y sus luchas en significantes tan generales como vacíos: élites, casta, Ibex 35, gente, verdaderos o patriotas, etc. Es una disyuntiva importante, cuyo resultado influirá seriamente en las posibilidades de articular una verdadera alternativa de transformación socialista en nuestro país. Pero eso no debe hacernos olvidar que ambas opciones, hoy por hoy, nadan en la indefinición sobre el modelo de sociedad. No estaría nada mal que explicaran de una vez en qué se concreta esa idea tan sugestiva de devolver el país a la gente. De lo contrario corren el peligro, ya señalado por sus adversarios, de que suene parecido al discurso del populismo de derechas. De ahí que sea obligado preguntarse qué modelo socioeconómico de país defiende cada uno, aparte de polemizar sobre cómo ganar más votos en las próximas elecciones. Tal vez Vistalegre 2 lo aclare. De momento solo contamos con vagas referencias a una reformulación de la mejor versión de la socialdemocracia, salseada a la escandinava, pero que no pone en cuestión el capitalismo sino sus externalidades perversas.

Otra faceta del debate identitario en Podemos gira en torno a cómo ocupar el espacio progresista que ha monopolizado hasta hace poco el PSOE. Es un objetivo legítimo y necesario, dentro de la lucha por la hegemonía política, pero no conviene olvidar lo que ese intento ha supuesto hasta ahora: asumir aspectos definitorios del espacio socialdemócrata. Tal vez eso explique el grave error de la dirección de Podemos al tratar de quitarle el sitio al PSOE empujándole a la derecha, al facilitar la neutralización de su corriente más a la izquierda por el aparato socioliberal forjado por Felipe González y sus mal aplicados émulos. No es necesario insistir cuan distinta (y mucho más favorable) seria hoy la situación política si Sánchez fuera el Presidente del gobierno, aún condicionado por Rivera. Puede ser instructivo ejercitar un poco la capacidad de ucronía e imaginarlosiempre que no sea un acto masoquista.

Hoy por hoy es evidente que PSOE y Unidos Podemos se necesitan si quieren tener alguna posibilidad de ganarle a la derecha. Su enfrentamiento y pugna por el mismo espacio es la mejor garantía de fracaso. Lo inteligente es crear una dinámica de pactos y acuerdos para dar satisfacción a las demandas más acuciantes de los trabajadores, lo que exige acordar con los socialistas mejoras socioeconómicas del país en un proceso donde la hegemonía se gana sumando fuerzas en la izquierda y debilitando a la derecha. Por que no se está más sano porque los demás se pongan enfermos. En este sentido, Errejón, con una visión populista más sólida y elaborada, demuestra mayor inteligencia política que Iglesias. Lo que no deja de ser preocupante.

Por su parte, Izquierda Unida se encuentra ante una encrucijada muy peligrosa, tal vez definitiva, que va a exigir de Alberto Garzón grandes dosis de habilitad política, cintura táctica y claridad de ideas si quiere salir airoso: elegir entre la natural pulsión disolvente en Podemos, o la reformulación como Unidad Popular. Lo primero supone aceptar en gran medida tanto el liderazgo de Iglesias, como sus postulados populistas de izquierdas y su forma de entender la lucha por la hegemonía de la que tanto hablan, aunque cada vez menos; lo segundo solo será posible si formula una clara y precisa estrategia de transformación del capitalismo y avance al socialismo que vaya más allá de su denuncia genérica.

De momento, las tensiones internas entre los comunistas de principios inamovibles, los eurocomunistas críticos, y los luchadores anticapitalistas de todo tipo sin adscripción político-organizativa, que conviven mejor o peor en IU, no han alcanzado el nivel de conflicto abierto. Parece existir cierto compás de espera hasta ver que ocurre con Podemos. Como consecuencia de ello, IU está fuera de foco, para bien y para mal, con un papel poco visible y nada determinante. Pero tarde o temprano será necesario definir su futuro como organización. Sería bueno que Alberto Garzón aprovechase este impase para coger el toro por los cuernos y plantear claramente un debate abierto sobre qué modelo de país proponen a la ciudadanía, y bajo que presupuestos organizativos. Encuadrando la opción estratégica en la lucha cotidiana por las medidas concretas para revertir los efectos de la crisis sobre los trabajadores.

En cualquier caso, Podemos e Izquierda Unida, más allá de la coalición electoral, parecen no comprender que el verdadero eje de la lucha política no se expresa mediante el recurso discursivo a los principios inamovibles, las arengas radicales, la transversalidad y un poder popular cuyo contenido real es una incógnita. El eje se establece entre la opción por las reformas funcionales, incapaces de satisfacer las demandas sociales generadas por el propio sistema; o abordar las transformaciones estructurales necesarias para hacerlo. Y esto nos lleva a lo que debe ser el punto de partida de la actividad política de la izquierda.

 

El potencial transformador de la Revolución Digital

No podremos pensar, diseñar y ejecutar políticas verdaderamente de izquierdas que den respuesta a las demandas de la ciudadanía trabajadora si nos quedamos solo con los dramáticos efectos de la gran crisis y resección de 2008, y no somos capaces de entender y describir las fuerzas de fondo que caracterizan el periodo histórico en el que vivimos. Un periodo crucial, punto de inflexión, o cambio de fase, en el sistema productivo capitalista desarrollado, consecuencia del impacto tecnológico de la Revolución Digital, la Industria 4.0, la Sociedad de la Información, o como lo queramos llamar. Un proceso que está generando, a ritmo de vértigo, nuevas posibilidades productivas, y trastocando las relaciones de producción a un nivel del que no somos plenamente conscientes. Baste señalar que en pocos años, a los procesos iniciados a finales del siglo pasado de producción automatizada con la incorporación de la electrónica y la información, le han seguido los sistemas físico cibernéticos (cyber physical systems o CPS), la fabricación inteligente, las máquinas que hacen máquinas, los materiales programables, el desarrollo de la Inteligencia Artificial (AI) en base al aprendizaje profundo (deep learning), la robótica colaborativa, la impresión en 3D[3], la hiperconectividad y el Internet de las Cosas (Internet of Things), los Big Data[4]. Todo ello está creando una transformación productiva gigantesca, económicamente accesible y flexible, de forma que la economía se inclina del lado de la demanda, con las preferencias del consumidor como eje decisorio empresarial, lo que supone la personalización de la oferta, atendida cada vez más bajo demanda gracias a la rapidez, flexibilidad y capacidad de ajustarse a las necesidades y preferencias de los consumidores. Esta innovación e incremento de las fuerzas productivas están trastocando las relaciones sociales y laborales de una forma nunca vista hasta ahora. En suma, estamos ante una revolución científico-técnica rápida, disruptiva, creativa pero también destructiva. Y no hay marcha atrás por mucho que los nuevos ludistas[5] traten de impedirlo, o lo demonicen con tenebrosos relatos de ciencia-ficción.

Resulta lógico que este fenómeno, y sus turbulencias, genere dramáticos efectos a corto y medio plazo, al menos mientras el sistema productivo se encuentre encorsetado en los márgenes funcionales del capitalismo que lo ha engendrado y su ley de hierro de la propiedad privada de los medios de producción y el mercado libre, es decir desregulado para que actúe como un depurador darwinista. Así, la financiarización de la economía global, que se nutre de la sociedad de consumo, y extrae beneficio de las propias necesidades financieras que dicha sociedad demanda, sin necesidad de ostentar la propiedad de la industria y los servicios, es un factor de crisis inseparable de la Revolución Digital. Por eso, parte de los efectos sociales de las avalanchas destructivas podrán paliarse en parte gracias al colchón del Estado del Bienestar, aunque esté jibarizado (lo intenta compensar la neobeneficencia), y sus excesos especulativos corregidos a costa de los contribuyentes, pero las tensiones (antes llamadas contradicciones) internas del sistema siguen alumbrando conflictos cuya definitiva resolución es imposible sin transformar las bases del sistema socioeconómico capitalista. Por ejemplo, la automatización y robotización generalizada de la industria y servicios reduciría drásticamente el empleo humano en todas las áreas de la producción y distribución donde la inteligencia artificial, el aprendizaje automático y robótica, sean más eficaces. Lo que sin duda reducirá la participación del trabajo en áreas donde hasta ahora se concentraba gran parte del empleo.[6] Ante esto, los trabajadores quieren respuestas prácticas concretas, y no frases heroicas denunciando las maldades intrínsecas del capitalismo y la globalización. Porque no vale simplemente el NO, abandonándose a la nostalgia por los buenos-malos tiempos cuando las grandes fábricas concentraban ejércitos de obreros. La globalización puede estancarse, tener momentáneos retrocesos, pero es irreversible. Hay que oponer a la globalización capitalista una globalización socialista basada en el comercio justo, la defensa común de los derechos de los trabajadores, la relación cooperativa y solidaria entre los países, que sea responsable medioambientalmente. Y no el reaccionario repliegue nacionalista, como proponen los populismos, que no es otra cosa que el señuelo con el que ganan votos de los trabajadores afectados por la deslocalización y la precariedad. De paso, tratan de ganar posiciones más ventajosas las empresas de los países más desarrollados frente a las economías emergentes.

Por eso es necesario plantear un modelo socioeconómico distinto que incorpore y desarrolle las nuevas capacidades productivas de la Revolución Digital. Un sistema basado en la socialización, donde la economía, basada en los Big Data generados en el propio proceso, pueda racionalizarse de forma que se impida la disipación y derroche de riqueza característico del sistema de libre mercado, cuyos ajustes se realizan con un alto coste humano y medioambiental. Es decir, hay que plantear soluciones socialistas, rompiendo el embrujo ideológico del neoliberalismo y el socioliberalismo en el que se haya sumida la izquierda, vieja y nueva, prisionera de un sistema que les domina por no entenderlo.

No debemos olvidar que el capitalismo financiero global optimiza su ganancia a base de fragilizar[7] la cohesión social, poniendo en peligro el sistema productivo. Riesgo que le obliga a implementar cierto nivel de regulación del mercado, lo que a su vez reduce la eficacia del sistema. De ahí que esas mínimas regulaciones sean transitorias. Lo justo para reiniciar un proceso cuyos costes e incapacidad para satisfacer las expectativas sociales es cada vez menos asumible. Por eso, el capitalismo no puede escapar al caos del que se alimenta.[8]

 

Una respuesta emancipadora a la crisis

En pocas palabras, es necesario articular una respuesta positiva a la actual crisis, recesión, estancamiento o crecimiento insuficiente, que partiendo del impacto de la Revolución Digital y la incapacidad del capitalismo desarrollado para satisfacer las expectativas de trabajo, vida y bienestar generadas por la sociedad de consumo, proponga a la mayoría social un nuevo sistema socioeconómico de producción y distribución de riqueza, el socialismo. Un nuevo sistema basado en la socialización de áreas estratégicas de la economía (financiero, energía, transporte, comunicación, sanidad, educación…) y la creación de espacios cooperativos donde la sustitución del trabajo por la máquina inteligente resulta inexorable y ventajosa. Un nuevo sistema donde la democracia se expanda por el cuerpo social hasta abarcar también la economía, implantando la autogestión en las empresas de titularidad publica, y la cogestión en las de capital privado. Un nuevo sistema que, sin negar la democracia representativa, amplíe y perfeccione la acción ciudadana con la democracia participativa, deliberativa y directa. Un nuevo sistema en el que la comunicación se universalice en tiempo y espacio gracias al pleno y gratuito desarrollo de Internet, el ágora de nuestro tiempo. Un nuevo sistema que garantice la percepción de una renta básica de progresión negativa (más a quien menos) que permita, entre otras cosas, el uso y disfrute del tiempo liberado por las máquinas inteligentes, convirtiendo el ocio obligado en tiempo libre, el tiempo humano con el que soñaba Marx.

No se trata de una ensoñación utópica más, sino de una posibilidad bien real, cuyas bases materiales, culturales y políticas se están gestando ante nuestros ojos, aunque en el restringido frame del sistema capitalista, con sus nefastas secuelas de inseguridad, desempleo crónico, precariedad, marginación, deterioro medioambiental, desigualdad galopante e insufrible, etc. Es lógico y natural que la primera reacción sea de rechazo. El riesgo es quedarse permanentemente a la defensiva. O soñar con su derrocamiento por decreto, en un ejercicio de voluntarismo que termina siempre en decepción. Por el contrario, la trasformación del sistema socioeconómico será un largo proceso de conquista de posiciones. Necesita ganar la hegemonía política y el poder institucional para desarrollar las oportunas y necesarias reformas estratégicas mediante la aplicación inteligente del gradualismo revolucionario, lo que hoy por hoy nos permite la conquista del Estado Social y democrático de Derecho. Gradualismo revolucionario que viene determinado tanto por la interconexión internacional de la economía como por la necesidad de ir forjando mayorías sociales que permitan desarrollar el proceso de socialización y ampliación democrática. Y para ello hace falta crear una gran confluencia socialista que agrupe a las izquierdas junto a todos los sectores sociales interesados en un nuevo sistema productivo basado en la ciencia, la razón, la cooperación, la solidaridad, la justicia y la igualdad.

La ciudadanía ya no percibe la política exclusivamente desde la óptica clásica de izquierda-derecha, sino desde la urgente necesidad de soluciones concretas a sus problemas concretos, vengan de donde vengan. Pongámonos en la piel de los jóvenes sin futuro, de los trabajadores precarios, de los parados sin posibilidad de reintegración laboral, en los excluidos y marginados sobrevivientes gracias a la solidaridad familiar y las nuevas formas de caridad, en el preocupante y letal aumento de la contaminación y el cambio climático, en las mujeres que pagan su integración laboral y la conquista igualitaria a base de mutilar sus expectativas personales, en la intelectualidad que ve su aportación social debilitada por la nuevas formas de entretenimiento mercantilizado hasta el paroxismo, etc. Es natural que la nostalgia por los viejos buenos tiempos de hace pocos años, y la esperanza de revertir el proceso, sean campo abonado, junto con la creación imaginaria de un enemigo externo, del populismo, que ha sabido explotar la situación con bastante éxito, debido el desgaste de la izquierda tradicional y la incapacidad de las instituciones para atajar los efectos de la crisis. La experiencia de la socialdemocracia antes y durante la crisis, y la de los países del socialismo realmente existente, les hace desconfiar de las etiquetas. Por eso, la dicotomía se da hoy entre soluciones que conservan (pero que no solucionan) y soluciones que transforman (pero que exigen la conquista del poder político) Las primeras aparecen como más factibles, y ese es el gran argumento de la derecha; las segundas se encuentran todavía en el limbo, a la espera de que sean formuladas con rigor y llevadas a la práctica con eficacia. Esa es la tarea fundamental.

Y acabo con una reflexión. Si los sindicatos de clase no incorporan la Revolución Digital y sus efectos sobre el trabajo y su organización como uno de los ejes estratégicos de su acción reivindicativa, se verán reducidos a la irrelevancia. Porque, como toda revolución tecnológica, la digital es capaz de promover el progreso, pero arrastra una estela de sufrimiento a una gran parte de la población, precisamente los más desfavorecidos. Todo depende al servicio de quien está. Solo su control social permitirá que actúe como uno de los instrumentos más poderosos creados por la humanidad para alcanzar el nivel de bienestar, igualdad, justicia, y realización personal y social que, finalmente, nos humanice. Por eso su gestión no puede quedar en manos de los empresarios, por muy visionarios que sean y mejor intención que tengan (el mercado con rostro humano del que hablaba Adam Michnik)[9] ya que la razón de ser del capitalismo, la obtención del máximo beneficio privado, es una frontera insuperable. En gran medida sirvió para que llegáramos hasta aquí, pero ya no sirve, sino todo lo contrario, para seguir avanzando. Hoy, cuando la gestión empresarial recae generalmente sobre profesionales carece de sentido el poder absoluto de los propietarios sobre el sistema productivo. Autogestión de la empresa pública y cogestión en la privada deben ser objetivos sindicales fundamentales, inseparables de la lucha por la mejora de las condiciones económicas y laborales de los trabajadores. Porque es en ese campo de poder donde se ventila el futuro de la actividad productiva, que es uno de los pilares fundamentales (el otro es el político) sobre el que se podrá construir el nuevo sistema socioeconómico socialista. Mientras, la izquierda sigue enzarzada en inoperantes discusiones acerca de cuál es la verdadera salida a su laberinto.

 

 

[1] La reproducción de una célula se inicia con la dehiscencia o separación de los dos filamentos del ADN. También se refiere al proceso de apertura espontánea del fruto para dejar salir las semillas.

[2] El éxito de Blair y su Nuevo Laborismo se basó en la supresión de la cláusula 4 del programa del partido por la que se comprometía a la socialización de los medios de producción, y se abandonaba definitivamente la idea de realizar cambios significativos en la estructura capitalista británica.

[3] Por ejemplo, la implementación cada vez mayor de las impresoras 3D permiten la fabricación individualizada a pequeña escala, o en el lugar de uso, y que cada vez se extiende por más campos: construcción, arquitectura, aviación, diseño industrial, alimentación, industria química, prótesis, u órganos y tejidos con células madre.

[4] Pensemos que se estima que más de 30 mil millones de dispositivos se conectarán de forma inalámbrica a la Internet de las Cosas (Internet of Things) para el año 2020; y que cada segundo se generan más de 7.000 tuits, se hacen más de 50.000 búsquedas en Google, y se envían más de 2,5 millones de mails. Los algoritmos de personalización y recomendación son capaces de reconocer nuestros intereses y gustos a partir de las compras que realizamos en Internet, y recomendarnos productos que se ajusten a ellos. Así, se estima que como mínimo el 35 % de los ingresos de Amazon son fruto de esos algoritmos.

[5] Movimiento que toma el nombre de Ned Ludd, con el que se firmaban los comunicados anunciando los motines contra las máquinas organizadas por los trabajadores ingleses en los últimos decenios del siglo XVIII y primeros años del siglo XIX, que se iniciaron en Inglaterra para extenderse por el resto de Europa.

[6] Si bien, carecerá de sentido deslocalizar una fábrica robotizada y automatizada que solo necesita servicios de mantenimiento informático y vigilancia

[7] La fragilidad es consecuencia de la eficiencia evolutiva en los sistemas complejos dinámicos no lineales adaptativos. Por ejemplo, la eficiencia en la carrera de una yegua supone un nivel de fragilidad de sus patas. El equilibrio se traduce en un cierto congelamiento adaptativo.

[8] Utilizo el termino caos no en el sentido cotidiano sino en el referido a un sistema dinámico no lineal cuyo comportamiento inestable, recorrido por turbulencias, incluye pautas y patrones de resolubilidad que le permiten evolucionar y adaptarse sin destruirse.

[9] Periodista, editor del periódico polaco Gazeta Wyborcza, fue uno de los más destacados miembros de la oposición en la Polonia socialista.

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