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Las hipotecas de la izquierda… europea

 

 

 

Hace unas semanas, antes del predecible desenlace del sainete burlesco de Vistaalegre.2, reflexionábamos sobre las hipotecas de la izquierda española. Mi reflexión particular, no compartida desde luego por la mayoría de los actuales dirigentes de la izquierda, es que si no enfocamos las estrategias, de lo que vagamente se conoce como la izquierda en nuestro país, desde una perspectiva de Unión Europea, es impensable toda institucionalización del más mínimo control regulatorio de la economía de mercado y, por lo tanto mucho menos de una dirección democrática de los flujos de riqueza, tanto intangible, dirección del desarrollo tecnológico y de las culturas de consumo, como de la dirección del funcionamiento de las cadenas de valor, una parte mínima de las cuales es la producción física de mercancías. El componente intangible del valor del producto mundial, continental o nacional, depende del área de análisis que se utilice, es tan abrumador, hoy en día, que hablar de propiedad de los medios de producción es una broma, o una antigualla. Los técnicos de las empresas llaman a la maquinaria “la chatarra”, y no les falta razón. La media de amortización financiera que calculan los departamentos de contabilidad para esos archivos, es de cuatro años, y lo que son inmuebles de solares, y obra civil, suelen adquirirse con subvenciones; subvenciones que salen de la competencia entre gobiernos para atraer inversiones que creen puestos de trabajo.

Me he entretenido en esta larga introducción, igual que en otras ocasiones me entretengo en resaltar el carácter trasnacional, global, de las cadenas de valor industrial, porque me interesa que se comprenda la dificultad de hablar de socialismo, precisamente ahora, en lo que estoy de acuerdo con Carlos Tuya, en que ya no es un problema teórico, de difusión de ideas generalistas, sino práctico, como herramienta necesaria para afrontar los problemas más agudos a los que nos enfrentamos: la amenaza de destrucción de la base bio-ambiental sobre la que vivimos y nos reproducimos los seres humanos; la desigualdad creciente, que hunde en la pobreza a la mayoría de la humanidad, mientras la riqueza se acumula en una pequeña oligarquía global; la desposesión de sus medios de vida, incluidas las tierras de cultivo y el medio natural, de las poblaciones que no han accedido a la industrialización, y el paro o el trabajo sin garantías, para la mayoría de los seres humanos que viven sometidos a la industrialización capitalista. Y, sin embargo, lo que dice el “ex vicepresidente de la UE” Jyrki Katainen, que “mas del 50% de las empresas europeas forman ya parte de cadenas de valor mundiales” es rigurosamente cierto; en otras palabras, la globalización no tiene una “vuelta atrás” nacionalista, y todo intento de trasformación democrática y socialista ha de ser pensada en términos de “gran jugador” mundial; como españoles, solo tenemos esa opción de la mano de la Unión Europea. Por lo tanto, las hipotecas de la izquierda europea, son nuestras hipotecas.

 

La herencia de la Guerra Fría

Muchos coincidirán en considerar que la división de Europa en dos partes, cada una de ellas tributaria de una gran potencia, es un factor que ha fraccionado la izquierda, y unido a la derecha tras el patronazgo de los EE UU. Historias diferentes han consolidado culturas políticas encontradas, que impiden la aceptación de la tradición comunista por la clase obrera de los países que sufrieron la hegemonía de la URSS estalinista y sus epígonos. No podemos olvidar que la última gran revuelta obrera en Europa tuvo como protagonistas a los trabajadores polacos contra el gobierno comunista de su país. Sin olvidar Praga 1968, y otras experiencias. Salvando, si se puede, que otras experiencias anteriores estuvieron enmarcadas en la amenaza nuclear USA al país de los soviets. La mayoría de los trabajadores de Europa no aceptan esa tradición como propia.

La Guerra Fría también marcó la historia de la socialdemocracia, cuyas izquierdas fueron laminadas por la presión del imperio, como la del gobierno belga, los antinucleares británicos, los partidarios de la unidad de izquierdas en Italia, Grecia y, en menor medida, Francia, donde el PSF siempre, desde sus orígenes, fue una continuación del republicanismo demócrata de la III República. Sin contar las experiencias escandinavas, recelosas del vecino soviético, que se había merendado a cuatro de las provincias bálticas, y bastante tenían con mantener la neutralidad para dos de sus estados.

En segundo lugar, citaría el pasado colonial, y el entusiasmo con que los sindicatos de la mayoría de las potencias europeas, defendieron la expansión colonial, o la defensa de los restos imperiales durante la primera mitad del siglo XX. Incluida la vergonzosa actitud de pasividad y no querer saber, del Partido comunista francés, y el apoyo a las guerras de Indochina y Argelia del PSF, más tibio que los laboristas británicos, defensores de la Common-wealth, pero críticos con el Imperio, siempre que no afectara al empleo británico.

Estos componentes, que han fortalecido el eurocentrismo heredado del siglo XIX, impide a las izquierdas europeas comprender los retos que la globalización impone al pensamiento democrático y solidario. Pero también a liberarse de la ideología del liberalismo económico. Una vez abandonado el keynesianismo, por su enraizamiento en el marco del estado nacional (el de Keynes es un sistema cerrado, donde pequeños estímulos estatales, que no tocan el derecho de propiedad y de libre empresa, pueden provocar correcciones importantes del funcionamiento económico, generando empleo, especialmente si van unidos a mecanismos fiscales de redistribución. Si se abre, los mecanismos del sistema se vuelven erráticos), y la herencia de Roosevelt (la regulación del sistema financiero para evitar grandes oscilaciones incontroladas); la socialdemocracia, depurada por la guerra fría, se quedó sin pensamiento tras la crisis del petróleo de 1973-78.

 

La nueva izquierda

Cuando en el marco de la Guerra Fría, se radicalizaron los jóvenes por el riesgo de pasar a una fase de “guerra templada”, surgieron los movimientos pacifistas que, unidos a los nuevos temores generados por la amenaza ecológica, dieron nacimiento a los Verdes. Estos aparecieron y enraizaron en los centros cercanos a la línea divisoria entre “bloques”, y en el resto de Europa son testimoniales.

En Inglaterra, como intento de renovar la izquierda laborista y el comunismo, nació la nueva izquierda. Pronto, el brote surgido de la lucha anti armamento nuclear británico, se diversificó en los movimientos sociales, que explosionaron en los años sesenta, donde la “anti-política” tenía un lugar de honor, como rechazo a lo existente, entre otros a un sistema electoral mayoritario puro, y a las normas que marcaba la propia guerra fría. Atacados desde todos los rincones de la vieja política, los militantes de todos esos movimientos mantuvieron la rebeldía juvenil durante los años de confusión posteriores a 1989. Hoy, renacidos en algunos países como partidos, o componentes de coaliciones diversas, suponen un reto a los partidos socialdemócratas nacionales, y como tal, principalmente, son vistos. Formaciones nuevas, sin experiencia, corren el peligro de reaccionar encapsulándose y, por lo tanto, convertirse en un adorno sectario más, de la vieja dama de la política europea.

Por último, y sin ser exhaustivo, queda el sindicalismo. Prácticamente atado por sus recuerdos de éxitos pasados, y falto de margen de maniobra por la debilitación que le supone la globalización y los cambios tecnológicos, no se observan en su seno los aires de renovación que imponen los nuevos retos. Las cúpulas sindicales han sido expulsadas de los órganos de planificación económica; entre otras cosas porque esos órganos nacionales han sido desmantelados. El sindicalismo ha sido incapaz de crear estructuras de acción sindical supranacional, que le permitan exigir y luchar por una participación en los órganos globales de planificación económica, donde sí están las principales empresas y los gobiernos más importantes. Ni tan siquiera han conseguido exigir y luchar por un marco de negociación colectiva al nivel de la Unión Europea. El Lobby sindical en Bruselas de la CES no pasa de ser una oficina para negociar subvenciones, o jubilar viejos sindicalistas. Desvinculado del Grupo Verde, y sospechoso para el Socialista, representa sindicatos nacionales, y no pretende una línea política común sindical.

Todos los indicios llevan al nacionalismo, como el enemigo principal de la izquierda, empezando por el movimiento obrero, víctima en su mejor momento del patriotismo de 1914. El nacionalismo que alimenta el populismo, y vuelve a colocar los distritos obreros, antiguos reductos del comunismo y la izquierda, en manos de derechistas que apelan a los sentimientos de defensa de lo nuestro, lo nacional, frente a las migraciones de la globalización, mientras la socialdemocracia se pliega al discurso, y la izquierda expresa su disconformidad con pálidas protestas, para evitar ser sacada del consenso nacional marcado por los neoliberales.

Esos problemas marcan los retos a los que se enfrentan los que quieran ver renacer un movimiento socialista. Si no lo enfocan desde la perspectiva europea, no podrán ir más allá de lo que ha llegado la coalición de las izquierdas griegas. Muy lejos en el corto plazo, pero cuya falta de aliados europeos ha generado una frustración que puede ser letal para la izquierda de aquel país. Un nuevo rescate, exige apoyos externos para obligar a la Comisión a la renegociación. El mismo FMI reconoce que la única opción viable para Grecia es el “impago”. La experiencia histórica nos indica que esas soluciones implican una intervención internacional de la política económica del país. De la izquierda española ya hemos hablado en un artículo previo. Y la economía del país, en plena fase ascendente del ciclo, no crea empleo, y menos empleo de calidad, y corre peligro de ser estrangulada por la deuda. Lo mismo podemos decir de Italia, amenazada por las quiebras bancarias, mientras la izquierda se desintegra, sin encontrar su discurso. Un discurso que pasaría, como el de Grecia o España, por la mutualización de la deuda. No digamos Francia, cuyo partido socialdemócrata está buscando la salvación en un candidato centrista, de fuera del partido, que le proteja contra el propio candidato de la izquierda del partido, que ha salido votado en las primarias de éste último.

Los problemas de los ciudadanos, sobre todo de los trabajadores y parados, pero también de los trabajadores del conocimiento, que se definen a sí mismos como nueva clase media, y son los únicos europeístas convencidos, exigen, así como las propuestas de la izquierda, una solución federalista a Europa. Pero esa solución no es, ni tan siquiera imaginable, sin encontrar los medios para unir algo tan heterogéneo, y sin un núcleo social que sirva de aglutinante, como la izquierda europea.

 

 

 

Fallas de 2017

 

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