Artículo extraído de Confluencia Network


 

¡Quo vadis Podemos!


Video Pablo Iglesias

Finalmente, tras utilizar abusivamente las redes sociales, fundamentalmente en la forma constreñida y a todas luces insuficiente e inadecuada para debatir políticamente de los twitter, lo que deriva casi siempre en cuestiones personales, ya tenemos los tres documentos donde pablistas, errejonistas y urbanistas plasman, ¡por fin!, sus distintas versiones político-organizativas del Podemos que deberá emerger vigoroso y unido de Vistalegre II. Y en ellos nada hay que justifique el ruido mediático, ni las sobreactuaciones de sus protagonistas.

Con una extensión parecida, y abordando prácticamente los mismos temas, tanto el plan 2020, como desplegar las velas, y la aportación de un podemos en movimiento, hacen propuestas muy similares, la mayoría compatibles entre sí, pese a que los tres parten de un diagnóstico de coyuntura diferente en aspectos de indudable importancia. Es decir, de la lectura de los tres documentos resulta imposible extraer una diferencia estratégica significativa, un proyecto de transformación de la realidad socioeconómica diferente. ¡Por la sencilla razón de que carecen de ella!. Se trata, por tanto, de un debate sobre cuestiones esencialmente tácticas (cómo ganar las próximas elecciones autonómicas, municipales y, finalmente, generales) lo que no le resta importancia. Sobre todo en uno de los aspectos fundamentales, núcleo y motor de la contestación interna de Errejón: la unidad de las izquierdas, empezando con UP-IU, más allá de una oportuna coalición electoral.[1] Algo que busca cortar de raíz el Secretario Político de Podemos. En mi opinión, esa es la razón categórica de la pugna política entre ambos líderes, hasta ayer inseparables. El cambio de rumbo que exige Errejón para hacer las paces con Iglesias. Otra cosa es la aportación colateral de los anticapitalistas, lógicamente dispuestos a jugar las bazas que les proporciona su condición de bisagra ante fuerzas tan igualadas en pugna, pero que no aporta nada significativo, pese al empeño de su dirigente más representativo, Miguel Urbán.

La cuestión es dónde poner el acento

Y como en todas las cuestión tácticas, la cuestión a dirimir es dónde poner el acento en una coyuntura dada. Nada baladí. Recordemos que en el lenguaje el acento (enfatizar una sílaba dentro de la palabra, dándole mayor fuerza o intensidad) es fundamental para evitar equívocos. Del acento puede depender el sentido de una frase y, por lo tanto, el mensaje que se quiere transmitir. Lo mismo ocurre en las propuestas políticas cuando las formulaciones no son claras y contundentes. El verdadero sentido suele encontrarse en el acento y no en las diferencias, la mayoría de las veces de matiz. No hay más que ver cómo la prensa, interesada en magnificar los enfrentamientos en Podemos (lo hace con todos los partidos) destaca aspectos poco significativos del debate como insuperables divergencias. Se subraya lo que separa para convertirlo en lo que divide. Actitud irresponsable en la que, desgraciadamente, también incurren algunos analistas y politólogos. Este inexplicable error de bulto impide comprender las diferencias tácticas que subyacen en las escenificaciones de las distintas corrientes hoy imperantes en Podemos. ¡Es el rumbo estúpido!

En los documentos encontramos expresiones y conceptos intencionadamente vagos e imprecisos (también pueden ser fruto de la incapacidad de exactitud que acompaña a quien no tiene claras las ideas) pero cuya capacidad redundante hace que se asocien a ideas o conceptos de sentido común (conceptos dados por ciertos o sabidos, que no exigen mayores explicaciones) con lo que se consigue decir sin decir, y por lo tanto negar, si hace falta, que se diga lo que se dice. Es el modelo oportunista del razonamiento político, habitual aquellas formaciones que renuncian a explicitar su estrategia cuando piensan que puede serles desfavorable desde el punto de vista electoral. En eso es experto Pablo Iglesias: renuncia al rigor político por la necesidad de llegar a la gente de la que se supone es representante. Se trata de una clara manifestación de lo que en ciencia cognitiva (también en Inteligencia Artificial) se conoce como degradación indulgente, lo que da pie a las eficaces y socarronas descalificaciones de un condescendiente Rajoy. Es un mecanismo mental necesario. El problema surge si se aplica a la política, que siempre tiene, o debería tener, una dimensión pedagógica.

Por eso, a fin de poder desvelar el contenido de las ambigüedades calculadas, debemos recurrir a lo que los psicólogos conductistas llaman satisfacción de restricciones, un procedimiento usual en la vida cotidiana mediante el cual resolvemos, por ejemplo, como descifrar un término (lingüístico o fonético) de interpretación equívoca.[2] Es lo que ocurre cuando dos palabras (en inglés puede ser simplemente el acento) se parecen o suenan igual. En estos casos es necesario recurrir al contexto donde se inscriben. Y eso es lo que necesitamos hacer para no perdernos en la abundante fraseología de los documentos en discusión. Y ver si las supuestas diferencias son insalvables, y la confrontación inevitable. Nada de esto sería necesario si en los tres documentos, fundamentalmente en los de Iglesias y Errejón, se hubieran eliminado los conceptos y propuestas que inducen a diversas interpretaciones. Claro que este es un procedimiento obligado para los populistas: ponen patria, y dejan que cada uno le de el contenido que quiera… siempre que les vote. Es la primacía de la emoción sobre la razón, un mecanismo eficaz de subyugación ideológica. Tal vez permita ganar elecciones, aunque hasta ahora no ha resultado ser muy eficaz, pero será a costa de imposibilitar la emancipación de su gente. Dicho todo lo cual, veamos ahora cómo se expresan las distintas posiciones políticas, y en que se pueden traducir las diferencias entre pablistas, errejonistas y urbanistas.

Tan iguales y, sin embargo, tan distintos

Después de leer los tres documentos, y particularmente los del Secretario General y el Secretario Político, lo que más sorprende (pese al ruido mediático), es la ausencia de planteamientos lo suficientemente distintos, no digamos contradictorios o antagónicos, como para justificar el dramatismo con el que se han expuesto y vivido las discrepancias. Tal vez la explicación se encuentre en la idea de Monedero de que todo es en el fondo una lucha por descabalgar a Pablo Iglesias: si cae Iglesias cae Podemos (y tú te jodes).[3] Toda una lección de finura política del mediático profesor universitario. Pero reducir la cuestión a una pugna por el poder orgánico es una simpleza. Todos quieren que Iglesias siga siendo el Secretario General, pero unos (los errejonistas) pretenden controlar políticamente, y otros influir significativamente (los anticapitalistas) en la orientación de Podemos. De ahí que las diferencias en los aspectos organizativos, y mucho más en los programáticos, apenas esbozados y coincidentes, sean subsidiarias de ese objetivo. Y que Errejón, un populista pragmático, esté dispuesto a consensuar con Iglesias un documento común si se acepta su rumbo. Lleva tú el barco siempre que sea yo el que de las órdenes de navegación.

En realidad, Errejón plantea una enmienda a la totalidad de la actividad de Podemos tras el 20 D, que representaría el cambio de rumbo del partido al forjar la alianza electoral Unidos Podemos. Es curioso comprobar cómo los dos máximos dirigentes achacan a causas distintas los malos resultados (desde un punto de vista de las expectativas) electorales. De ahí que para uno la tarea sea recuperar al Podemos fundacional, y para el otro se trate de avanzar hacia su ampliación. Rectificar o más de lo mismo. Errejón lo señala con claridad: Para ello, hemos de demostrar capacidad de gobierno y voluntad de poder. No queremos dar pasos atrás en este sentido. Una fuerza de gobierno es aquella que, incluso antes de gobernar, marca con su iniciativa política e institucional, con sus propuestas y con su generación de confianza, el rumbo posible y alternativo de país. (pág. 23)… Eso sí, nosotros lo decimos sin ambages: Podemos tiene que mantenerse como organización autónoma e independiente. Estas tareas son moradas y nadie las va a hacer por nosotros. Nuestro objetivo es más ambicioso que la unidad de la izquierda es la unidad popular y ciudadana en la que cabe la izquierda tradicional, pero va mucho más allá. Por lo tanto, Podemos tiene que seguir construyéndose política y orgánicamente como un proyecto autónomo capaz de establecer posteriormente alianzas electorales y acuerdos amplios con otras fuerzas hermanas (pág. 32). Iglesias, por el contrario, afirma: La tensión restauración-cambio requiere el impulso de un bloque político y social, de carácter popular, capaz de anudar a los diferentes sectores sociales que quieren avances y de articular no solo un plan alternativo de gobierno, sino un nuevo proyecto de país. (pág. 22)… Al mismo tiempo requiere de un esfuerzo militante cotidiano que se extienda desde las instituciones hasta nuestros barrios y pueblos, donde debemos huir de la politiquería partidista de las medallas para centrarnos en la consecución de victorias en las que la gente conforma un bloque popular del que nosotros formamos parte pero no somos el todo. (pág. 23)… Ganaremos si esas victorias no son de Podemos, sino del bloque social y popular (pág. 24)

El to be or not to be de Podemos

Esta es la verdadera cuestión, la duda hamletiana de Podemos, y no los acentos y matices en las propuestas organizativas y programáticas. O en la valoración académica de los procesos políticos desde la aparición fulgurante del partido morado. El dilema al que se enfrentan las tres corrientes de Podemos es el de optar por la transversalidad populista de origen, o avanzar en su ampliación y reformulación a fin de crear, con las fuerzas de lucha y cambio que hoy no militan en Podemos, un nuevo bloque hegemónico de la izquierda que de la batalla por la transformación del sistema social. Ser más primando lo electoral, lo que exige no asustar y convertirse en un referente político útil para la gente frente a la casta, ese concentrado de todos los males que nos afligen; o ser más agrupando a las fuerzas políticas de izquierdas, los movimientos sociales, y gente indignada en general, en un bloque social y popular que priorice la lucha al acuerdo. En definitiva, si optar por una estrategia populista (¡de izquierdas, naturalmente!) construyendo pueblo donde quepan (y condicionen) todos menos las elites, o decidirse por una alianza estratégica para la transformación del sistema socioeconómico que integre a la mayoría de los trabajadores como fuerza hegemónica y dirigente… aunque de esto nada se diga.

Esta es realmente la cuestión que deberá dilucidarse en Vistalegre II, y no dónde se debe poner el acento: si en la calle o las instituciones, si en cavar trincheras o llegar a acuerdos en el parlamento; disquisición que recuerda mucho la de que fue primero si la gallina o el huevo. Ni que decir tiene que para cualquier proyecto transformador en nuestro país resulta fundamental que triunfe la ponencia política de los pablistas, para lo cual la actitud de los urbanistas puede resultar decisiva.

En resumen, sin duda los pablistas tienen una idea de Podemos más política y menos instrumental que los errejonistas. Al menos hablan de modelo de país, aunque tal cosa brilla por su ausencia en el documento plan 2020: ganar al Partido Popular, gobernar España. Pero esa idea puede ser la base para una futura, necesaria y urgente, confluencia socialista. Salvo que piensen que existe otro modelo de país alternativo al actual, y al que se llegará mediante una nueva transición (sic) En cuyo caso sería bueno que explicitaran con claridad, a fin de despejar las dudas de sus actuales y futuros aliados, qué diablos es ese supuesto modelo, hasta ahora solo in mente de Pablo Iglesias y su equipo. ¿El de la socialdemocracia avanzada a la que hasta hace poco se referían con tanto entusiasmo?.[4]

Trascender el capitalismo

Sin un proyecto de país diferente y diferenciado del neoliberal (conservador o socialdemócrata) no hay posibilidad de plantearse la batalla política para transformar la realidad socioeconómica. Se conseguirán mejoras, se defenderán conquistas, se anularan regresiones legislativas, lo que es muy necesario y urgente, pero el capitalismo financiero y global seguirá provocando avalanchas destructivas, aumentando la desigualdad congénita, generando conflictos sociales y guerras, poniendo en peligro el equilibrio medioambiental y con él nuestra existencia como especie. Es decir, plantearse la defensa de los intereses de los trabajadores, que constituyen la abrumadora mayoría social, es inseparable de un horizonte socialista, de un proyecto de país que se inscriba en un proceso democrático y participativo de transformación, basado en lo que denomino reformismo estratégico y gradualismo revolucionario.[5] El primero afecta fundamentalmente a la relaciones de producción (autogestión de lo público, cogestión de lo privado) lo que exige implantar la democracia en el ámbito de la empresa, y al poder institucional, fundamentalmente el Estado Social y democrático de Derecho, ampliado con la democracia participativa, deliberativa y directa; el segundo, a las conquistas socioeconómicas, como el Estado del Bienestar, y todo el sistema productivo mediante el desarrollo tecnológico y su reorientación sostenible. Un proceso que partiendo de la más amplia confluencia socialista, y mediante el juego cambiante y dinámico de alianzas coyunturales (fundamentalmente con el PSOE, siempre que eso sea posible), permita dar respuesta a las demandas populares transformado la realidad socioeconómica, y no ajustándose a ella.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que, mientras a finales del siglo XIX y principios del XX los trabajadores levantaron heroicamente la bandera del socialismo, hoy la lucha protagonizada por una difusa, confusa, desconfiada y mal llamada clase media, es incapaz de superar el encantamiento de un capitalismo sin alternativa. De momento, su mayor aspiración es que se cumplan las expectativas que el propio capitalismo consumista ha generado. Sin comprender que, incapaz de afrontar los desafíos tecnológicos y productivos de la Revolución Digital, y solucionar los graves problemas socio-laborales que plantea su imparable desarrollo e implementación, no puede (aunque algunos social-liberales lo intenten de buena fe) satisfacerlas. Salvo para una fracción precaria y cambiante de la sociedad. En ese sentido, el socialismo es la realización (racional y sostenible) de dichas expectativas, así como de la plena realización personal en el ámbito de un sistema social igualitario, justo y solidario.

Como decía el genial escritor polaco Stanislaw Lem, nada envejece más rápido que el futuro. Yo añado: a no ser que se renueve continuamente. Es la tarea estratégica a la que nos enfrentamos. ¡Ojala Vistalegre II sea un paso en la buena dirección!

 

 

[1] Resulta curioso constatar la parecida reacción de los barones contra Sánchez cuando tanteó la posibilidad de un gobierno con Podemos, y la de los errejonistas ante el peligro de una relación íntima con IU, que pudiera desembocar en un nuevo bloque de izquierdas.

[2] En una caricatura de Gary Larson que decora las puertas de los despachos de muchos psicólogos cognitivos, un piloto que sobrevuela a un náufrago en una isla desierta, tras leer el mensaje que éste había garabateado en la arena, dice por la radio: ¡Aguarden, aguarden!… retiren lo dicho, creo que pone AGUDA (citado por Steven Pinker en Cómo Funciona la Mente. Destino, 2008)

[3] Titulo del artículo publicado el 2 de Enero de 2017 en 20mintos.es (ver: www.20minutos.es/opiniones/juan-carlos-monedero-si-cae-iglesias-cae-podemos-y-tu-te-jodes-2924984/)

[4] La socialdemocracia renunció al marxismo no porque pensara que así tenía más posibilidades de ganar elecciones (que también) sino porque terminó por aceptar que la economía capitalista de libre mercado y su sistema de democracia liberal representativa como el único instrumento de alcanzar y ejercer legítimamente el poder político, dejando la economía fuera de su ámbito, era la opción posible y deseable; y que su misión política consistía en dotarla de sentido social. Por el contrario, para los partidos marxistas trascender el capitalismo en un nuevo sistema productivo, el socialismo, no solo es posible sino necesario (y hoy urgente). Y eso es así no por designio divino, sentido profético de unos revolucionarios idealistas, ni mucho menos por imperativo histórico, sino porque el capitalismo, en su desarrollo, crea las condiciones y los mecanismos para hacerlo.

[5] Incremento progresivo de mejoras que termina cambiando la naturaleza del objeto, como ocurre con los elementos de la tabla periódica; por el contrario, el gradualismo reformista no afecta a la naturaleza del objeto en cuestión sino a algunas de sus características, como cuando añadimos sal al agua. Aplicado a los sistemas complejos no lineales, como el socioeconómico, puede provocar grandes resultados finales partiendo de pequeñas modificaciones iniciales (sensibilidad a las condiciones de origen)