Coyuntura

Vender errores tácticos como aciertos estratégicos

 

La sorprendente euforia y fanfarronería política de Pablo Iglesias en el pasado Consejo Ciudadano Estatal de Podemos contrasta lamentablemente con el triste panorama de la situación política y socioeconómica de nuestro país: próximo Gobierno de Rajoy con el apoyo de Albert Rivera, gracias a la abstención técnica, limitada o total, de los socialistas, que se enfrentan a una grave crisis interna (con peligro de implosión), y nuevos recortes que seguirán sufriendo los trabajadores, no sé si tan contentos como algunos dirigentes del partido morado. Qué importa, gracias a la pequeña gran coalición, Podemos es la alternativa a Rajoy, puede liderar la oposición y ganar, esta vez sí, las próximas elecciones. Padecer unos pocos años más el gobierno del PP merece la pena si, finalmente, se consigue la ansiada sustitución de los socialistas y la ocupación de su espacio político… y más allá. Las cosas no podían haber salido mejor. La naranja mecánica se ha quitado la careta, y los taimados barones socialistas se han pasado a la otra orilla con sus desmembradas huestes avanzando de rodillas. ¡Diana!

Uno no sabe que admirar más, si la ingenuidad mitinera de Pablo Iglesias, y su capacidad para ofrecer a sus seguidores los fracasos como triunfos; o la incendiaria sobreactuación de un hiperdirigente incapaz de superar el nivel político de las frases publicitarias y los slogan vacíos. Mucho ruido y pocas nueces. Y cuidado con hablar de socialismo. ¡Eso sí que da miedo!

Nada de esto tendría mayor importancia si solo se tratara de animados debates universitarios y jueguecitos de poder virtuales. Pero se trata de un partido político con muchos millones de votos detrás, capaz de dar cauce político a la indignación, mérito que nadie puede negarles. Y eso obliga a analizar en profundidad las razones de que el desbloqueo haya significado el triunfo de las políticas neoliberales y sus ejecutores políticos. Una vez más, la socarrona sonrisa del triunfante Rajoy se corresponde con la gritona algarabía del perdedor Iglesias. Por eso nos debemos adentrar en las causas profundas de tan extraña paradoja y sacar algún provecho político de tanto desatino. Al menos los marxistas críticos que luchamos por el socialismo, conjetura científica que los trabajadores de las sociedades capitalistas deben confirmar.

Táctica y Estrategia en los sistemas complejos

Las turbulencias sociales y políticas desatadas por la gran crisis de 2008, y el agotamiento del sistema político-representativo creado en la Transición, con la aparición de amplias movilizaciones ciudadanas, la irrupción entusiasta de Podemos y mareas varias, el revulsivo ideológico en el seno de una IU desbordada, y las sucesivas elecciones e investiduras fallidas hasta la proclamación de Rajoy como presidente del gobierno, han generado una amplia polémica sobre lo acertado o no de las decisiones tácticas de la izquierda tomadas desde las elecciones del 20D. Debate que Pablo Iglesias ha tratado de cerrar reafirmando lo acertado de las decisiones tomadas; y que, al parecer, los hechos han confirmado. Prescindiendo del calado orgánico de dicha posición (confrontación entre errejonistas y pablistas, con los anticapitalistas a la expectativa), lo que subyace en tan optimista valoración es la vieja y siempre renacida cuestión cardinal de la relación entre táctica y estrategia en la lucha política. De ahí que debamos abordarla sin caer en lo anecdótico, o en simplificaciones que reducen la realidad a mera propaganda.

Pero antes de entrar en materia, me gustaría señalar que no existe una sólida teoría de la táctica que permita, dada una estrategia determinada, deducir cuál es la más adecuada en cada momento. Aquí juega la dependencia sensitiva a las condiciones iniciales de los sistemas complejos dinámicos (el llamado efecto mariposa, tan popular como mal comprendido). Y en los sistemas sociales humanos hay tantas variables independientes que las incertidumbres se imponen, lo que impide toda predicción lineal. Solo caben conocimientos imperfectos y resultados probabilísticos. De lo contrario, todas las tácticas resultarían acertadas, y se anularían unas con otras. Por eso, establecida una estrategia, todo depende de la valoración de la correlación de fuerzas en cada periodo concreto; correlación que es de naturaleza dinámica y que varía por efecto de las propias decisiones tácticas, entre otros factores. Digo esto para que no se crea que una estrategia clara comporta necesariamente el acierto táctico, como pretendían los infalibles secretarios generales comunistas en el siglo pasado. De ahí que la táctica sea cambiante y flexible para que pueda ser remplazada de acuerdo a los resultados de su aplicación; mientras que la estrategia es estable. En cierto modo ocurre como en los sistemas escalares: la estrategia posee universalidad,[1] lo que posibilita las inmensas variables tácticas con las que afrontar la vida política concreta en cada nivel de complejidad. Sin universalidad no hay estrategia, a lo sumo un conjunto errático de tácticas. Y la universalidad de la estrategia transformadora es el socialismo. Naturalmente, es la lucha de clases la que sanciona su acierto o equivocación. Lo que, a su vez, dependerá del análisis marxista científico del sistema socioeconómico y sus contradicciones internas, así como de su interrelación con otros sistemas en un mundo globalizado. Porque lo mismo que la fotografía infrarroja permite ver formas y detalles de un paisaje veladas a la percepción, así el marxismo critico (prefiero llamarlo neomarxismo) desvela realidades y relaciones ocultas por la ideología dominante de la sociedad. Fundamentalmente la topología de la lucha de clases. Sirva esto a modo de preámbulo.

Guerra de posiciones y correlación de fuerzas

Pese a la experiencia acumulada en los últimos 10 meses, y el esclarecedor resultado final de los movimientos tácticos de las izquierdas durante las fallidas investiduras hasta el previsto triunfo final de Rajoy, parece que cuesta extraer las oportunas lecciones de lo ocurrido. Así, se sigue defendiendo lo acertado del NO a la investidura de Pedro Sánchez el pasado 4 de marzo, que es el punto de inflexión de la coyuntura, la ocasión perdida de sacar al PP del gobierno. Tal vez porque no se comprende adecuadamente que ese era el objetivo principal, la condición inicial y necesaria para ir creando escenarios favorables en la lucha por una verdadera alternativa de izquierdas. Por el socialismo en suma, que es la única estrategia realmente trasformadora al capitalismo desarrollado.

Las razones del NO, y del empecinamiento en defenderlo pese al resultado final, exige analizar la naturaleza de un error vendido como un acierto. Cierto, se trata de agua pasada, sin posibilidad de rectificación, pero debe, al menos, servirnos para extraer algunas provechosas lecciones políticas. En primer lugar, aquel sonoro NO, ejecutado a dos sorprendentes voces, debe inscribirse en los movimientos tácticos propios de la guerra de posiciones que caracteriza la actual lucha por el socialismo, y no en la pretendida guerra de movimientos de un infantil asalto a los cielos (supongo que a falta de un Palacio de Invierno) cuyo carácter ilusorio ha tardado muy poco en evidenciarse. Ahora bien, esa guerra de posiciones no hay que entenderla como un atrincheramiento, sino como parte de una estrategia ofensiva. Hay que considerar las posiciones conquistadas no como una nueva trinchera, sino como zonas de poder político-institucional en la evolución de la lucha de clases hacia un cambio de sistema global. Es decir, rupturas de la dominación ideológica, que se materializan en la creación-ocupación de espacios emergentes de emancipación. En segundo lugar, la decisión del NO es todo menos intrascendente. Al contrario, tiene una indudable importancia político-estratégica que merece ser tenida en cuenta de cara al futuro si no queremos vagar sin rumbo, entre lamentos y reproches, que no conducen a ninguna parte. Lo que nos lleva a la relación dialéctica entre táctica y estrategia.

Toda decisión táctica está determinada por la estrategia que la alumbra, y condicionada por la coyuntura, su correlación de fuerzas en cada momento concreto. Tanto si se es consciente de ello como si no. Salvo que se den palos de ciego o se juegue peligrosamente con el azar. En nuestro caso, la estrategia que subyace a la decisión de votar NO a la investidura de Pedro Sánchez parece ser que era la de sustituir al PSOE como la nueva socialdemocracia de nuestro país, lo que pasaba por debilitarlo lo más posible previamente. En ese sentido se trata de una decisión táctica que es acorde con el objetivo estratégico. Por eso, no les falta razón a los que jalean el actual resultado, haciendo caso omiso a sus efectos sobre los trabajadores. Aquí la cuestión a dilucidar es si esa estrategia, claramente populista de izquierdas, es la mejor para las clases trabajadoras, tanto a corto como a medio y largo plazo. Y evidentemente, los resultados demuestran que no lo es. Al contrario, podía haberse basado en la estrategia de avanzar posiciones en la lucha por la transformación del sistema socioeconómico dentro de la perspectiva del socialismo en nuestro país. En ese caso era obligada la abstención, ya que permitiría a Podemos e IU incidir en la incipiente división en la derecha, potenciar la corriente menos felipista en el seno del partido socialista, representada -hasta su defenestración- por el Secretario General (aparte de la corriente izquierda socialista, carente de fuerza) quien con toda probabilidad seguiría al frente del PSOE. Pero sobre todo convertirse en la garantía de supervivencia del gobierno, lo que les hubiera proporcionado una gran capacidad de influencia e intervención política sin el desgaste de un gobierno maniatado por Bruselas. Por no hablar de mejoras para los sectores de la población más afectados por la crisis, con menos capacidad de afrontar sus consecuencias y salir de ella, que podría imponer. No parece poca cosa. Y, desde luego, mucho mejor que el próximo gobierno de Rajoy, por muy en minoría parlamentaria que se encuentre.

Si nos fijamos, la primera estrategia se corresponde con la tesis de las dos orillas de Anguita, versión actualizada de la funesta consigna de clase contra clase, pero en versión populista de izquierdas (en este caso ampliando a IU su estrategia sustitutoria). La segunda estrategia se corresponde con el carácter de la mencionada guerra de posiciones en la actual lucha por el socialismo, y en la valoración del PSOE como un aliado necesario en la presente correlación de fuerzas, tanto a escala nacional como internacional. Es decir, lo que se dirimía con el NO y la abstención era el tipo de decisión táctica adecuada a la estrategia que la alumbra. Y, como ocurre siempre en las decisiones de coyuntura, o en el análisis concreto de la situación concreta como le gustaba insistir a Lenin, el acierto o no lo sancionan los resultados y no los propósitos.

En nuestro caso, lo que deberemos tener en cuenta es si se ha avanzado en los objetivos estratégicos del NO, la sustitución del PSOE como fuerza principal de la izquierda y alternativa real a la derecha, ya que al no haberse producido la abstención no tenemos resultados que comparar. O dicho de forma más pedestre: tras el 26 J, ¿está la izquierda mejor ahora que antes? ¿Podemos ha conseguido realmente sustituir política y socialmente al PSOE y convertirse claramente en la primera fuerza de la izquierda a nivel nacional? Preguntas esclarecedoras que, de haberse producido la abstención en vez del NO, podríamos formular de la siguiente forma: ¿hemos avanzado posiciones en el largo y complejo camino hacia el socialismo? ¿Se ha fortalecido la necesaria relación con un PSOE más sensible a firmar acuerdos con la izquierda transformadora? Y, sobre todo, ¿puede afirmarse rotundamente que se conseguirán ahora mejores condiciones laborales y de vida para los trabajadores gobernando Rajoy que con un gobierno de Pedro Sánchez, pese a estar limitado por Cs.? Son preguntas sencillas para fenómenos complicados, claves y graves, que no se merecen respuestas de diletantes.

Hechos frente a las ensoñaciones

A estas alturas las respuestas deberían estar claras, tanto para los populistas de izquierdas, como para los que, como nosotros, tienen un horizonte socialista que guía su acción política. El error táctico del NO es, en mi opinión inapelable. Salvo que se considere que cuanto peor mejor, y que el objetivo prioritario no era desalojar al PP de la Moncloa, sino provocar la debacle política como método para ilusionar a las masas. Y puestos a justificar el NO, aunque sea a base de retorcer la lógica hasta convertir el argumento en un prión ideológico de peligrosas consecuencias, Pablo Iglesias ha explicado ante el Consejo Ciudadano Estatal, con indisimulada satisfacción, que gracias a la oportunidad brindada por el PSOE, al permitir la investidura de Rajoy, les permite ocupar el espacio de oposición abandonado por los socialistas.[2] ¡Albricias, gobierna el PP, pero nosotros somos la única oposición y la alternativa de gobierno! Misión cumplida. Ahora, a prepararnos para un largo periodo parlamentario, conjugado con el redescubierto arte de cavar trincheras[3] en la sociedad civil. Cierto, si esa es la estrategia, no puede decirse que los resultados tácticos del NO sean malos. Lamentablemente, lo verdaderamente malo es la estrategia. Y los próximos recortes lo volverán a evidenciar.

No menos curioso es el intento de justificar el NO, pese a reconocer su efectos colaterales, en que lo contrario hubiera supuesto apoyar el pacto entre PSOE y Cs –una posibilidad que defendieron en privado algunos dirigentes errejonistas, de Comprimís, incluso de IU – hubiera supuesto subalternizar (sic) la formación morada al gobierno presidio por Pedro Sánchez. ¡Pero si podían tumbarlo y provocar nuevas elecciones en caso de no cumplir la parte progresista del pacto!. Es tanto como afirmar que controlar al gobierno desde la oposición es imposible si se ha apoyado su investidura… que es lo que, hasta ahora, han hecho en Extremadura, Aragón, Valencia, Baleares, y ayuntamientos. ¿Qué pensarán de tamaño dislate los portugueses del Bloco de Esquerda y del PCP?. Que lo argumenten los socialistas del NO a Rajoy tiene su lógica, ya que defienden sus siglas frente a la previsible debacle electoral en las siguientes comicios, aunque no parecen muy consecuentes con dicha actitud. Pero no nos desviemos. Incluso desde la óptica sustitutoria, la realidad es que ahora Unidos Podemos solo puede ejercer una oposición digna de tal nombre con el acuerdo de los arrodillados socialistas, lo que, al menos, debería rebajar un poco la euforia. Tiene razón el cuestionado Errejón: la oposición no cae del cielo. Y parece poco probable que los 85 diputados socialistas les vayan a facilitar el trabajo de encabezar la oposición parlamentaria. En cualquier caso, resulta bastante disparatado basar la política opositora al PP en la claudicación del PSOE, aliado imprescindible, hoy por hoy, para formar un gobierno de izquierdas en España. Porque contribuir a debilitar un aliado necesario es fraguar la próxima derrota. ¿O es que alguien piensa que es hoy más fácil un gobierno de izquierdas que antes?. Cuando uno está solo en su radicalidad tiene que fortalecerse mediante acuerdos, pactos y alianzas con la izquierda que se encuentran en el campo, hoy mayoritario, de la moderación. Y eso no es renunciar a nada, no es traicionar las líneas rojas del programa, no es mostrar debilidad, sino comprender la relación de fuerzas y actuar tácticamente en consecuencia. El populismo laclaudiano de Errejón es bastante más consecuente que el populismo incendiario de Iglesias. Paradojas de la política.

Un balance muy poco optimista

Resumamos los hechos tras el fracaso de la investidura de Pedro Sánchez por el NO cruzado del PP y Podemos, las posteriores elecciones del 26J, y el final feliz del contestado Rajoy:

– La correlación de fuerzas en el Congreso de los Diputados ha variado significativamente a favor de la derecha y centro derecha, en detrimento del centro izquierda e izquierda. Es decir, estamos peor y el PP mejor.

– Ciudadanos ha pasado de apoyar un gobierno socialista a apuntalar la continuidad de Rajoy, responsable máximo de la mayor corrupción sistémica de nuestra democracia. En consecuencia, se ha debilitado la incipiente división entre derecha conservadora y centroderecha neoliberal, que es una condición facilitadora del triunfo de una izquierda históricamente dividida.

– La operación de acoso y derribo del intruso Pedro Sánchez, iniciada prácticamente desde que ganara las primarias socialistas, se ha consumado, y la felipización del aparato de dirección ha abortado de raíz toda veleidad de gobierno alternativo, imponiendo finalmente la abstención. El PSOE, un aliado necesario en la actual correlación de fuerzas se enfrenta a un serio riesgo de fractura que solo beneficia a la derecha conservadora y liberal

– Hemos pasado de la posibilidad de un gobierno presidido por Pedro Sánchez, con el apoyo pactado de Cs, y la oposición determinante de Podemos e IU, a un gobierno de Mariano Rajoy, con el soporte de Albert Rivera. Todo ante una oposición fraccionada, con escasa capacidad de incidencia dada la derechización impuesta por los barones, encabezados por la costurera Susana Díaz, en la dirección del PSOE y su grupo parlamentario.

Al menos se reconocerá que el precio de la supuesta ocupación del liderazgo en la oposición a Rajoy tiene un precio muy alto… que no pagarán sus señorías sino los currantes de toda la vida. Y digo supuesta porque, más inteligente y realista, Errejón reconoce que, como ya he dicho, que el liderazgo de la oposición no cae del cielo, ese lugar donde habita Pablo Iglesias pese a no haberlo asaltado, sino que hay que ganárselo. El análisis científico, no ideologizado, de la realidad debería bastar para valorar críticamente la decisión táctica del NO, y sacar las oportunas conclusiones sobre la naturaleza de la estrategia sustitutoria que subyace en ella. Sinceramente, no entiendo con qué argumentos se puede seguir (defendella y no enmendalla parace la consigna de los dirigentes de Podemos) insistiendo en el acierto de una decisión táctica cuyos resultados no son precisamente halagüeños, por decirlo suavemente. Empecinarse en sacar petróleo de las piedras del NO solo consigue disipar las valiosas energías transformadoras de la izquierda. En la estrategia ocurre como en un puzle: las piezas solo tienen valor si encajan en el lugar preciso; así hasta completar la imagen (proyecto de país). La táctica consiste en elegir la pieza adecuada. Y solo con mucha voluntad y elevado don de autoengaño es posible afirmar que se ha acertado en la elección.

Es cierto que algunas de las razones esgrimidas para justificar el NO a Pedro Sánchez tienen peso. Por ejemplo, el acuerdo de Pedro Sánchez con Albert Ribera (previamente demonizado como marioneta del Ibex 35) introducía un factor neoliberal en el acuerdo de gobierno que impedía implementar políticas auténticamente progresistas. El acuerdo, firmando solemnemente por PSOE y Cs., limitaba gravemente la posibilidad de una acción gubernamental de izquierdas, al tiempo que lograba uno de los objetivos declarados de Cs.: bloquear la participación en el gobierno de Podemos, con sus pretensiones de vicepresidencia y ministerios sensibles. Pero la alternativa a ese gobierno presidido por los socialistas solo podían ser nuevas elecciones, dados los vetos del Comité Federal de PSOE. De todo esto ya he escrito suficientemente en CONFLUENCIA y me remito a lo dicho. En cualquier caso, esos eran los datos a tener en cuenta para establecer una táctica que optimizara las posibilidades, por escasas que fueran. Se cayó en la trampa de Cs, y caminamos decididamente hacia nuevas elecciones, calculando que la coalición Unidos Podemos iba a convertirse en la primera fuerza de la izquierda, lo que obligaría a los socialistas a apoyar un gobierno presidido por Pablo Iglesias, que ya se veía en la Moncloa (al menos tuvo la generosidad de ofrecer la vicepresidencia al PSOE). El resultado: casi un millón de votos perdidos, cuya explicación se continúa buscando mediante sesudos estudios demoscópicos; Rajoy fortalecido y el PP recuperando votos y escaños; el PSOE derechizado, y en peligro de ruptura; Podemos debatiéndose entre la transversalidad populista y la vuelta a los orígenes, sometido a la esquizofrenia de tener un pie en la calle y otro en las instituciones; y UP-IU convocado a un ambiguo proyecto de refundación o la integración en Podemos.

¿Es que no hay nadie en Podemos que pueda aportar un poco de rigor y sensatez, de forma que se pase del slogan a la propuesta, de la táctica sin estrategia a la estrategia que permita plantearse eficazmente la táctica de una guerra de posiciones, sin trincheras, ampliando espacios de libertad, participación, deliberación y democracia? ¿Es tan difícil comprender que instituciones y sociedad civil son una misma realidad indivisible, y que su compartimentación por el liberalismo es el filtro jurídico-ideológico al poder democrático de la ciudadanía, la garantía de que la democracia no desborde el cauce representativo? Porque no se trata de tener un pie en la calle y otro en las instituciones, sino de institucionalizar la calle y desfragmentar la política. Puestos a buscar algo positivo a ésta situación solo se me ocurre que, alejadas de momento las elecciones, los problemas político-organizativos a los que se enfrenta la izquierda podrán abordarse con el necesario sosiego.

Clases sociales y representantes políticos

Pero el error táctico del NO encierra un viejo equívoco, característico del marxismo dogmático y recogido por los populistas de izquierdas: la visión simplista, determinista y mecanicista de la relación directa entre clase social y representantes políticos. Así, para ceñirnos a lo que nos interesa, Cs. sería el instrumento del Ibex 35, una creación de las élites contra la gente común (para el populista británico de extrema derecha Nigel Farage, gente real). Sin negar que el poder financiero apoye económicamente y mediáticamente a los de Albert Ribera (cosa que hace con más partidos), deducir que su función y funcionalidad responde directamente a las directrices de los Botín y cía. es ignorar el papel de los partidos de masas en las sociedades desarrolladas, y su necesidad de… ¡transversalidad!. Es decir, su existencia y eficacia está en relación con la capacidad de conquistar hacia sus postulados políticos el mayor número de electores de todas las clases sociales susceptibles de ser atraídos. La Subyugación Ideológica es el mecanismo por el que se consigue que una gran parte de la gente común (más de 10 millones en las últimas elecciones) vote en contra de sus intereses. Lo que no anula el carácter de instrumento político de dominación clasista. Pero esa necesidad de ganar electores populares (al partido de las élites no le votan solo las elites y aledaños, ¡Ojalá!) exige integrar en el sistema las clases subalternas. Parece una evidencia que a menudo se olvida a la hora de plantearse una política de alianzas estratégicas y acuerdos tácticos. Insisto, no hay relación directa entre representantes políticos y clases sociales. Esa simpleza marxista-leninista (en realidad una codificación aberrante del estalinismo) llevó a la nefasta política de clase contra clase (y la fracasada tesis de las dos orillas de Anguita), mencionada en mi artículo Hagan juego señorías.

La hegemonía política en la izquierda no se consigue a base de posiciones maximalistas que confunden lo deseable con lo conveniente. Sin duda, era deseable un acuerdo del PSOE con Podemos e IU, mediante acuerdos con la izquierda soberanista, pero resultaba de imposible aceptación por los socialistas (y más, por su insistencia en un referéndum vinculante). La otra opción, como he tratado de explicar en mis últimos artículos de CONFLUENCIA, sería intentar la casi imposible abstención de Cs. ante un gobierno alternativo con Unidos Podemos, lo que evitaría el escollo de los independentistas. Pero eso mismo hubiera supuesto reducir la participación de Podemos, algo incompatible con la postura de hablar de tú a tú a los socialistas. Es decir, un gobierno de izquierdas en la actual correlación de fuerzas, que incluye también la dimensión internacional (UE y particularmente el Eurogrupo) no es posible sin cambiar previamente dicha correlación de fuerzas. O, si se prefiere, conquistando posiciones en la lucha por la hegemonía. Pero no nos engañemos, la prepotencia y el desenfado con que justifican sus errores tácticos los profesores de universidad que dirigen actualmente Podemos es posible por la falta de protagonismo del movimiento obrero, encerrado a la defensiva en fábricas y en empresas, con unos sindicatos que parecen haber olvidado la dimensión política de su lucha reivindicativa.

Para acabar, resulta evidente que la arriesgada apuesta por ganar al PSOE, ¡no digamos al PP!, en las pasadas elecciones ha sido un fiasco del que, al parecer, nadie quiere extraer las oportunas consecuencias. Mal asunto para afrontar con acierto la lucha larga y compleja por el socialismo. Lo más sorprendente es que en Podemos prime todavía la ambición de sustituir al PSOE para realizar una política socialdemócrata renovada. Y eso cuando la socialdemocracia se encuentra inmersa en una grave crisis de reubicación por su incapacidad para dar respuestas a la grave crisis sistémica del capitalismo. Porque este es el escenario actual de la lucha de clases, el terreno donde desarrollar la actividad política transformadora, el ámbito donde se ponen a prueba las decisiones tácticas y la estrategia que las alumbra. Lo que exige reformular, a la luz de la experiencia y el avance científico, la teoría y práctica política marxista. Y diseñar las líneas maestras de una nueva alternativa socialista acorde con el desarrollo del capitalismo financiero global y el impacto socioeconómico de la Revolución Digital en las actuales relaciones de producción. Crucemos los dedos

[1] Propiedad de los sistemas complejos no lineales, propuesta por Feigenbaum, que señala la existencias de estructuras iguales a distintos niveles de escala, así como en el comportamiento caótico de los sistemas. Las estructuras escalares indican cómo se relacionan los grandes detalles con los pequeños.

[2] Algunas expresiones de gran profundidad analítica ofrecidas por el autoproclamado líder de la oposición, Pablo Iglesias, en la cámara de eco del encuentro previo al Consejo Ciudadano Estatal con militantes madrileños de Podemos: Después de entregarle el gobierno a los corruptos, a los mafiosos, ¿alguien se va a creer que el PSOE o Ciudadanos son la oposición?… Ahora nuestro desafío es ser la oposición al PP (¿antes no?)… la gran coalición puede tener muchas fórmulas, pero al final es una gran coalición… Somos un instrumento para hacer un país mejor, y lo hemos conseguido a base de “podemizar” nuestro país y otros partidos (!!!)…Para ser más hay que ser creíbles, y creo que a veces nos poníamos una careta (¿socialdemócrata?)

[3] Pablo Iglesias confunde guerra de posiciones con cavar trincheras en la sociedad civil, malinterpretando, como ya es habitual, una metáfora gramsciana: Estados más avanzados, donde la “sociedad civil” se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a las “irrupciones” catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etcétera) las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de las trincheras en la guerra moderna. La idea de Gramsci es que ya no caben asaltos a palacios de invierno (ni asaltos a los cielos) sino que es necesario estudiar con “profundidad” cuales son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posición. (A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, política y el Estado moderno) Ciertamente, no señala la dimensión ofensiva de la guerra de posiciones, tal vez porque su metáfora bélica se inspira en la I Guerra Mundial. Hoy, con toda seguridad, se habría expresado dialécticamente mejor. Lo cierto es que en la situación actual de desarrollo socioeconómico, gravísima crisis sistémica, y la conquista del Estado Social y democrático de Derecho, la fase de resistencia no se corresponde con las necesidades actuales de la lucha de clases, ni con la urgencia de implementar soluciones socialistas al actual drama humano, despilfarro económico, y desastre natural que amenaza la supervivencia del Homo sapiens sobre el planeta Tierra.

 

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