Trabajo

Paisaje después de seis años de contrarreformas laborales

El 16 de Junio, se cumplieron seis años desde que el gobierno de José Luis Zapatero aprobara el Real decreto ley de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral. Con él se iniciaba la ofensiva de contrarreformas laborales que han actuado tanto sobre la entrada al trabajo y la salida de él de las personas, favoreciendo la contratación precaria en un caso y el despido individual o el ajuste colectivo de plantillas en el otro. En ambas actuaciones, aparte de dañar muy gravemente las condiciones concretas de los millones de personas afectadas, condenadas al desempleo o al trabajo pobre, se ha modificado la relación de poder entre trabajadores y empresarios, debilitando la posición y la capacidad de negociación de los primeros frente a los segundos. En la misma línea ha incidido también el ataque a la ultraactividad de los convenios, así como el intento de imponer los convenios colectivos de empresa por encima de los de ámbito sectorial y el incremento de la capacidad de decidir unilateralmente del empresario. Se ha tratado de, y conseguido por lo menos temporalmente, cambiar el campo y las reglas de juego en la disputa en la producción y distribución de la riqueza entre capital y trabajo; al igual que se intenta con propuestas de similar contenido en Francia y en Italia por gobiernos tanto de derecha como socialdemócrata. Simplemente se busca revertir la corrección, conseguida a base de muchas luchas, derrotas y victorias, de la natural desigualdad que entre trabajador y empresario existe en el mercado laboral. Esta ofensiva ha vuelto a evidenciar que el Trabajo, las condiciones en que se realiza, sus derechos, su participación en las decisiones económicas y sociales afecta sistémicamente a la sociedad. Y no sólo porque repercute en la forma y calidad de vida de la mayoría de la sociedad sino porque su consolidación o retroceso, va a marcar el signo la evolución de nuestra democracia. Y es que la calidad de las condiciones laborales y sociales de las personas que viven de su trabajo han definido en el sistema capitalista la esencia del avance o retroceso de la democracia. O lo que es lo mismo: la ampliación de la democracia se ha realizado a base de reducir tanto el poder del capital sobre el conjunto de la sociedad y como el de los patronos sobre su parte alícuota de clase obrera en la empresa.

Ahora, después de seis años de gestión de la crisis bajo la férula de la hegemonía neoliberal y ante unas nuevas elecciones, se vuelve a plantear la disyuntiva de ampliar la democracia o profundizar aún más en las últimas restricciones. Y en esa encrucijada la cuestión de la lucha contra el desempleo y por la calidad de las condiciones laborales sigue siendo un eje central. O se fortalecen los derechos laborales o se incrementa el autoritarismo empresarial. O se apuesta por políticas públicas de empleo y de cobertura de las personas en paro o se incrementa la inseguridad y la exclusión social. O se llega a un salario mínimo digno y se articula una renta mínima de garantía o se consolida una ciudadanía de segunda: la de los trabajadores pobres. O se aplican políticas fiscales redistributivas y se recuperan derechos sociales, lo que exigirá un reforma fiscal, o se consolida una sociedad dual en educación y sanidad y previsión social. O se democratiza la economía o continua la escalada de la desigualdad.

Es cierto que no se trata de una disyuntiva que se pueda resolver exclusivamente en el marco de nuestra sociedad y de nuestro Estado. Estamos inscritos en un marco europeo dominado por la política de falsa austeridad, con unas instituciones cada vez menos democráticas y que seguramente obstaculizaran cualquier medida que rompa con su ortodoxia. La misma elaboración y construcción de un modelo productivo alternativo al actual tropezará con resistencias tanto de intereses de otros estados como de las élites financieras. Es cierto que el movimiento obrero había perdido la iniciativa política y ha sido castigado duramente con la crisis y su posterior gestión. Pero también es cierto que la crisis ha desnudado las mentiras del neoliberalismo, ha vuelto a demostrar que el capitalismo tiende naturalmente a la desigualdad y a crear catástrofes sociales. Y no es menos cierto que ese movimiento obrero al que no sólo los enemigos u adversarios se apresuran a dar por obsoleto o agónico, sigue ahí, resistiendo y buscando respuestas a las nuevas preguntas.

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