Unidad de la Izquierda

Apuntes para repensar la izquierda en España

En unos pocos meses tendrá lugar la XI Asamblea Federal de Izquierda Unida, y en estos momentos los y las militantes nos encontramos en un tiempo de reflexión y debate muy estimulante. Está en juego el futuro no ya de una organización histórica sino también de una cultura política básica y necesaria para la transformación social en nuestro país.

Con objeto de participar desde la honestidad intelectual y la claridad política y a fin de contribuir a dicho debate he trabajado el presente documento, que ahora quiero compartir públicamente. La mayor parte del texto fue escrita en octubre y noviembre de 2015, lo que me ha obligado a actualizarlo con los últimos acontecimientos y algunas reflexiones adicionales. También me he beneficiado de los comentarios de numerosos compañeros y compañeras, procedentes de diversas áreas de trabajo y estudio, que tuvieron a bien leer este documento con calma y profundidad crítica. No obstante, el documento refleja única y exclusivamente el alcance de mis opiniones personales.

El documento está escrito desde la preocupación por el devenir social, económico y político de nuestro país y de nuestra sociedad, pero también desde la esperanza en que colectivamente seremos capaces de desplegar un proyecto político capaz de incidir positivamente en la vida de la gente.

Para ello considero necesario que diagnostiquemos adecuadamente lo que está sucediendo y planteemos colectivamente alternativas que garanticen la existencia y fortaleza de instrumentos de transformación social. Estos apuntes son una humilde contribución a esa tarea. Están escritos a partir de la constatación de que el foco debe estar situado en el medio y largo plazo y que, sin embargo, los debates no pueden esperar hasta entonces.

EL DIAGNÓSTICO

  1. Crisis económica y neoliberalismo

Lo que continúa en crisis es el régimen de acumulación neoliberal que ha regido en las economías desarrolladas durante las últimas décadas. El neoliberalismo, como proyecto político e ideológico, está tratando de resolver esta crisis mediante políticas de huida hacia delante. Los llamados planes de ajuste o reformas estructurales son el conjunto de políticas neoliberales que buscan una nueva configuración institucional que permita mejorar aún más las expectativas del capital. La desregulación de los mercados, el incremento en la explotación laboral y la acumulación por desposesión que suponen las privatizaciones son asimismo parte del desmantelamiento de las aristas sociales que aún siguen en pie en algunos Estados.

El sistema-mundo capitalista está en un estadio de competencia cada vez más feroz, lo que incrementa las presiones destructivas sobre los recursos naturales y sobre los mecanismos de protección social, laboral y ciudadana conquistados por el movimiento obrero a la oligarquía en décadas anteriores. Lo que se ha convenido en llamar globalización opera como una palanca que levanta los obstáculos a la circulación del capital y engrasa y lubrica los beneficios empresariales en todas partes del mundo. Al mismo tiempo, la mercantilización afecta cada vez a más ámbitos vitales y ya no sólo a los aspectos productivos. Los contrapesos y las cortapisas al proceso mercantilizador del capital parecen caer con mayor facilidad, ante la mirada a veces  atónita  y  otras  veces  complaciente  de  una  izquierda  noqueada  y sumida en prácticas de resistencias mayoritariamente prosaicas y locales.

En  estas  condiciones,  de  carácter  histórico,  el  proyecto  de  la socialdemocracia está agotado. En una economía mundializada y atrapada en la camisa de fuerza de las instituciones neoliberales no es posible seguir sacando tajada de un esquema de reparto de rentas entre capital y trabajo. Más  al  contrario,  todo  proyecto  socialdemócrata  acaba  convirtiéndose  en mera gestión posibilista y neoliberal de las finanzas públicas.

Sin embargo, para sostener el crecimiento económico el neoliberalismo sigue alimentando las burbujas financieras, implicando nuevas y más fuertes crisis económicas. En los últimos años los planes de rescate bancario se han acompañado de enormes inyecciones de liquidez que han inundado de dinero los mercados financieros. El horizonte es, en consecuencia, el de una nueva crisis financiera que recaerá sobre economías cada vez más débiles y sobre situaciones sociales más precarias.

El  panorama  es  de  bonanza  macroeconómica  y  malestar microeconómico,  puesto  que  desterradas  las  prácticas  y  políticas  de cohesión social el engranaje capitalista opera cada vez con mayor crudeza y, por eso mismo, con mayor claridad. Transitamos hacia un modelo económico- social en el que la desconexión entre los índices macroeconómicos y el bienestar  de  la  población  es  cada  vez  más  profunda.  Las  condiciones materiales de vida, especialmente en la periferia europea y, sobre todo, entre los sectores más vulnerables, se degradan al mismo ritmo que crecen los beneficios empresariales. Pero este proceso agudiza las contradicciones propias de un sistema que no puede permitir el dominio de lo productivo por lo financiero  y  la  espiral  de  endeudamiento  privado  y  público  sin  entrar  en graves crisis.

En todo caso, estas sucesivas crisis generan respuestas populares. La mayor parte de las veces son respuestas populares de carácter no muy elaborado, muy  localizadas  y  además  desconectadas  de  un  gran  relato  político alternativo.  Otras  veces  las  respuestas  están  organizadas,  si  bien  se enfrentan a regímenes políticos que saben prever esas circunstancias y se preparan para ello a través de la represión y el autoritarismo y no a través de compromisos reales.

El reto de la izquierda es articular las respuestas populares que van surgiendo, cohesionarlas en la práctica y dotarlas de una narrativa política que las relacione en un proyecto político de transformación. La recomposición de esas luchas fragmentadas parece requisito imprescindible para sentar las condiciones de la alternativa. Al mismo tiempo, las respuestas populares también se inducen, y conviene entonces preparar el terreno para que la movilización social y popular se manifieste con intensidad.

  1. El proceso constituyente español, régimen y corrupción

En   el   marco   español,   y   aunque   la   lucha   sigue   abierta,  el   proceso constituyente ya está en marcha y es dirigido por las oligarquías. Éstas han logrado que se inicien una serie de reformas encaminadas a adaptar nuestras instituciones jurídico-políticas a las necesidades de este capitalismo en crisis. Las sucesivas reformas estructurales tienen como objetivo consolidar el régimen de acumulación neoliberal y facilitar así la constitución de un nuevo orden social caracterizado por la precariedad y el ajuste salarial permanente. En este sentido, la primera de las víctimas de este proceso constituyente es el propio Derecho del Trabajo, en tanto que se ha convertido en el principal   obstáculo   para   la   revalorización   del   capital   en   las   nuevas condiciones económicas y sociales.

No  obstante,  a  ello  hay  que  sumar  el  tipo  de  inserción  en  la  economía mundial. La economía española ha basado su crecimiento reciente en un modelo de endeudamiento que era insostenible y que implicaba enormes déficits comerciales, entre otros desequilibrios. El objetivo de la oligarquía es transitar hacia un modelo basado en los bajos salarios y en el que las exportaciones netas sean las que empujen el crecimiento económico. Eso sí, dada la estructura productiva de la economía española la única posibilidad es la competencia en sectores de bajo valor añadido y, en consecuencia, con enorme precariedad laboral.

Todas las alternativas económicas para nuestro país pasan por diversificar la estructura productiva y hacer de los salarios el motor esencial de la demanda. Ello implicaría políticas de redistribución de la renta y de inversión pública, si bien la mayoría de ellas chocan frontalmente con la camisa de fuerzas de la actual Unión Europea, especialmente por el papel del Banco Central Europeo, la arquitectura institucional y los últimos tratados y pactos por la austeridad.

Al mismo tiempo, la corrupción ha sido funcional al modelo de crecimiento especulativo, estando muy vinculada al sector de la construcción y siendo además la corrupción el idioma común que han usado las élites económicas y las  élites  políticas.  Aunque  la  mayoría  de  la  población  española  –y  los medios- focalizan normalmente la corrupción únicamente en el ámbito de la administración pública, es evidente que ningún proceso de corrupción puede llevarse a cabo sin la participación de una parte privada, la cual en España ha estado vinculada a las grandes empresas constructoras y financieras.

Sin embargo, el desgaste que ha acusado el régimen político y económico y los partidos del sistema no se ha traducido en un predominio de las fuerzas alternativas. Durante mucho tiempo esta posibilidad fue una importantísima preocupación de los organismos internacionales que promovían las políticas neoliberales. De hecho, en agosto del 2013 el Fondo Monetario Internacional reconocía en un informe sobre España que «el gobierno tiene una amplia mayoría, no habrá elecciones generales hasta finales de 2015 y solo se ha enfrentado a disturbios sociales limitados» al mismo tiempo que afirmaba que «el contexto económico ha reducido la popularidad de los dos principales partidos,  lo  que  podría  hacer  que  el  apoyo  público  a  nuevas  y  difíciles reformas fuera más complicado».

Aunque  por  momentos  pudo  pensarse  que  la  irrupción  de  Podemos significaba la oportunidad de desmantelar el sistema de partidos tradicional y el régimen en su totalidad, la reacción de las oligarquías fue rápida. Así, desde las elecciones municipales y autonómicas el panorama político español ha cambiado hasta tal punto que, podríamos decir, se ha cerrado de facto cualquier posibilidad de transformación real en este ciclo electoral. Lo que manifiesta a su vez el error de la consigna ahora o nunca como instrumento analítico, más allá de su capacidad para estimular la movilización. En lugar de una alternativa se ha abierto un escenario político a favor de un proceso de adaptación de las instituciones a las necesidades del capital que instrumentaliza el deseo de cambio de gran parte de la población española.

Así las cosas, la disyuntiva entre restauración y ruptura en este momento de grave crisis institucional parece saldarse en beneficio de la primera. Es probable que estemos encaminados en el medio plazo a una reforma de la Constitución que blinde aún más el esqueleto neoliberal de la vida económica y política al mismo tiempo que consolide las reformas estructurales que ya se han aplicado hasta el momento. La capacidad para cortocircuitar ese proceso dependerá de la habilidad de la izquierda para repensar su espacio y reorganizarse de forma rápida y contundente.

  1. El contexto internacional

Todo esto está sucediendo en un sistema-mundo en el que, como hemos dicho, se ha incrementado la competencia por los mercados internacionales de bienes y servicios. Esa presión también se produce sobre los recursos naturales, lo que agudiza las tensiones imperialistas.

El gasto energético creciente es condición sine qua non para la formación de energía que estrecha, en nuestro mundo finito, el espacio geográfico de competencia entre economías. Ello hace al imperialismo cada vez más brutal, lo que desencadena también conflictos armados vinculados a los recursos naturales.

Por otra parte, las intervenciones militares y guerras promovidas por la OTAN y por Estados Unidos están destruyendo no sólo centenares de miles de vidas por todo el planeta, especialmente en Oriente Medio, sino también desarticulando las comunidades políticas y conduciendo a diferentes países a situaciones de permanente inestabilidad y caos. La política exterior estadounidense está fundamentada en una suerte de Estado de excepción global según el cual todo vale para preservar los intereses materiales y estratégicos de la potencia militar. Torturas, espionaje electrónico y ejecuciones extrajudiciales son algunos de los rasgos de una forma de actuar internacionalmente que tuvo un punto de inflexión tras los atentados del 11 de septiembre de 2011.

De la mezcla entre pobreza y nacionalismo anti-imperialista está irrumpiendo con fuerza movimientos religiosos y fanáticos, como el ISIS, que contribuyen a sumir en la guerra permanente a varias regiones del planeta. Esta extensión de movimientos extremistas religiosos está estrechamente vinculada a la política exterior estadounidense, tanto por las relaciones financieras como por los efectos creados por las guerras imperialistas.

En todo caso, la pérdida de hegemonía económica de Estados Unidos aún no va acompañada de una correlativa pérdida de hegemonía militar, y las instituciones internacionales como la OTAN y la actitud de la llamada comunidad internacional ante guerras como la de Iraq, Siria o Libia dan buena muestra de ello. Al mismo tiempo, la OTAN ha convertido España en un portaviones que sirve para  contener a  Rusia desde  Rota (el  ejemplo  del escudo “anti”-misiles) y proyectar fuerza militar sobre África (grupo de guerra especial de los marines en Morón). A ello hay que sumar las capacidades logísticas o el espionaje a través de los satélites. Además, Torrejón es uno de los dos centros de mando de operaciones aéreas de la alianza, Bétera es un cuartel de alta disponibilidad, está la escuela de pilotos OTAN en Albacete y también la base de drones en Las Rozas.

El caso de la Unión Europea merece atención aparte. En primer lugar, porque económicamente  se  sitúa  en  una  versión  mucho  más  liberal  que  la  de Estados Unidos. Ejemplo de ello es el tipo de institución que es la Reserva Federal en comparación con el Banco Central Europeo. En segundo lugar, porque no deja de ser una correa de transmisión de la política internacional estadounidense para los temas más trascendentes. Entre ellos, podemos destacar tanto el aspecto económico –con la negociación del Tratado de Libre Comercio-  como  el  aspecto  militar  –con  el  nuevo  despliegue  militar  en territorio Europeo.

En  términos  de  futuro,  cabe  insistir  en  que  la  pérdida  de  hegemonía económica es también un signo que marcará las próximas décadas a nivel internacional.

  1. Trayectoria reciente de Izquierda Unida

Izquierda Unida diagnosticó de forma precisa el momento histórico por el que atravesaba nuestro país durante los últimos años. Supo leer perfectamente la descomposición social que vivimos y los efectos de las políticas de recortes. Así aparecía en los documentos aprobados una y otra vez por las asambleas. También identificó correctamente el desgaste del bipartidismo y del propio régimen en las condiciones de crisis económica e institucional.

Hasta las elecciones europeas de mayo de 2014, éstas inclusive, Izquierda Unida había demostrado ser una fuerza política que crecía correlativamente al descontento social y, particularmente, a la tasa de desempleo. Pero al mismo tiempo, era fácil percibir que en los últimos años los votantes que dejaban de votar  a  los  partidos  del  régimen  no  optaban  por  IU.  Es  decir,  IU  se manifestaba incapaz de canalizar una frustración creciente.

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Hasta las elecciones europeas la verdadera fuerza que se nutría del descontento social y político era la abstención, lo que permitía entender que había un espacio creciente de potencialidad para las políticas rupturistas y para IU. Lo que decíamos entonces es que «tenemos es un sector cada vez más amplio de la ciudadanía que no se siente representado y que está, de facto, fuera del sistema político». Y afirmábamos que «no es un sector despolitizado per se, sino un sector sencillamente sin ilusión política. Perciben el actual sistema como algo gris, producto de formas de organización que no se adecúan a las necesidades sociales actuales». Una estrategia política y electoral atrevida hubiera podido absorber al menos una parte importante de esa abstención que alcanzaba niveles históricos.

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Sin embargo, Izquierda Unida no supo entender que ese escenario sociopolítico no necesariamente se traducía en un incremento electoral proporcional. Se optó por la inercia y por un proceso conservador, estando ausente cualquier apuesta atrevida o audaz. Y en política no hay espacios vacíos, y aquel espacio que no ocupamos nosotros es ocupado por otros. Podemos  vino  a  cubrir  un  espacio  huérfano,  a  partir  de  una  estrategia electoral ad hoc.

Desde entonces el ascenso de Podemos ha sido meteórico en las encuestas y algo menos potente en las sucesivas elecciones a las que se ha concurrido. Y el retroceso de Izquierda Unida ha sido descomunal, tanto en expectativas como en presencia parlamentaria. Tras las últimas elecciones autonómicas quedó fuera de los parlamentos de Murcia, Madrid, País Valencià, Extremadura, a los que había que sumar la inexistencia previa en Cantabria, La Rioja, Castilla-La Mancha, Canarias y Baleares. Sólo se ha resistido en Asturias,  Andalucía,  Aragón,  Castilla  y  León  y,  de  forma  particular  y subalterna, en Cataluña y Galicia.

La reacción interna de Izquierda Unida desde mayo de 2014 ha sido lenta, difícil y contradictoria. La convocatoria de elecciones primarias para elegir al candidato a la presidencia del Gobierno contrastó con el mantenimiento de las estructuras orgánicas, con todo lo que ello conllevaba. Se optó por no llevar a cabo una asamblea extraordinaria que adaptara los órganos a la nueva situación política. Así, los pasos a una completa renovación no se han terminado de dar aún.

Al mismo tiempo, las clases dominantes y sus representantes pusieron en marcha una estrategia con la que mitigar el impacto político de Podemos y canalizar en otra dirección el fenómeno social que cristalizaba en la formación morada. Así fue como el crecimiento extraordinario de Ciudadanos se basó, en general, en la misma estrategia comunicativa que había parecido tener éxito en Podemos. Además, desbordando por mucho los límites reales de Podemos para llevar hasta sus últimas consecuencias la estrategia de calculada ambigüedad ideológica.

Por otra parte, las elecciones municipales fueron un escenario para probar las candidaturas de unidad popular. Aunque su origen es complejo y diverso, lo cierto es que muchas de esas candidaturas obtuvieron resultados extraordinarios y fueron capaces de ganar en muchas ciudades. Allí fue también necesaria la presencia de Izquierda Unida junto con las militancias y cuadros de otros partidos.

Esas experiencias abrieron una línea política para Izquierda Unida que le dio un fuerte revulsivo porque conectaba con el sentir de la ciudadanía: la unidad popular. Al mismo tiempo, se desconectó de la federación de Madrid que operaba como lastre y que había participado del boicot a las candidaturas municipales de unidad popular. Se creaba un nuevo escenario.

Sin embargo, la decisión de Podemos de desoír el clamor popular y de presentarse  en  solitario  a  las  elecciones  rompió  las  expectativas  que  se habían generado. Y así es como Izquierda Unida se presentó a estas elecciones en una plataforma de confluencia llamada Unidad Popular y que no incluye a todos los sujetos políticos que pretendía desde el principio, mientras que Podemos ha establecido alianzas puntuales, puramente instrumentales, con las que fortalecer su posición electoral. Todo ello sin que haya desaparecido el clamor por la unidad popular.

Las conversaciones con Podemos no llegaron a fructificar en un acuerdo de colaboración porque la máxima aspiración de la fuerza morada era incluir a varios candidatos de Izquierda Unida en sus listas electorales como independientes, desestimando al resto de la organización y a su cultura política. En esas condiciones de no reconocimiento de nuestra organización y cultura fue imposible llegar a un acuerdo satisfactorio para la sociedad, algo que sí sucedió, por ejemplo, en Cataluña o Galicia.

Aún sin un acuerdo global para una candidatura unitaria, el trabajo que se ha dado en la candidatura de Unidad Popular debe valorarse muy positivamente. Esta experiencia ha servido para seguir tejiendo complicidades entre las gentes  que  optamos  por  un  proyecto  rupturista  y  que  sin  embargo  no militamos  en  las  mismas  organizaciones.  El  trabajo,  codo  con  codo,  con gentes de otras organizaciones y en torno a un programa político común ha sido  una  experiencia  muy  satisfactoria.  Al  mismo  tiempo,  ha  sido  la candidatura más coherente con el programa democratizador. No obstante, debemos señalar también que la experiencia de la candidatura de Unidad Popular ha sido desigual a lo largo de todo el Estado, y que no en todos los territorios  se  ha  logrado  sumar  a  gente  que  trabajaba  fuera  de  las coordenadas de Izquierda Unida.

El pasado 20 de diciembre finalizó, por el momento, el largo ciclo electoral que había comenzado en mayo de 2014 con las elecciones europeas. El balance final del proceso tiene sus claroscuros. Por un lado, Izquierda Unida- Unidad Popular consiguió el 20D casi un millón de votos en unas condiciones casi heroicas, con prácticamente todo en contra. Pero el trabajo incansable de militantes y simpatizantes ha permitido que vivamos una hermosa campaña, con una enorme movilización popular en los actos públicos y para la difusión de nuestras propuestas. Ahora bien, en términos generales los resultados para  nuestra  organización  son  malos  y  representan  en  gran  medida  los errores del pasado, los deberes no hechos en los últimos años y los incumplimientos sistemáticos de los acuerdos adoptados por los órganos federales; entre ellos el de la llamada refundación.

INSTRUMENTOS

  1. El ciclo económico y la cultura política

Es probable que una de las mayores transformaciones sucedidas en el ámbito de la izquierda política haya sido el arrinconamiento del análisis materialista, basado  en  el  diagnóstico  de  las  condiciones  económicas  en  las  que  se insertan las comunidades políticas, y su sustitución por un análisis cultural, estético y electoral de la política.

Los dirigentes del marxismo clásico se caracterizaban por su doble papel como intelectuales y dirigentes políticos, pero también porque sus reflexiones giraban en torno a la dinámica del capitalismo en el sistema-mundo. Dicho escuetamente, su atención se situaba en el ciclo económico y desde ahí se definían estrategias y tácticas. Sin embargo, el marxismo occidental de posguerra fue abandonando esas preocupaciones y concentró su atención en los elementos culturales y estéticos de las sociedades modernas y posmodernas. El desplazamiento fue desde la noción de explotación hacia la de alienación, desde el estudio de la estructura hacia la superestructura.

Políticamente ese desplazamiento fue paralelo a la conversión de los partidos políticos  en  meras  maquinarias  electorales.  La  consecuencia  fue  que  se redujo el alcance de la estrategia política, y se circunscribió cada vez más al ciclo electoral. Una vez el horizonte no era económico, las estrategias y tácticas dependían de otros objetivos, esta vez electorales. Aunque la retórica podía ser la misma, la izquierda dedicó cada vez más la mayoría de sus recursos al ámbito electoral. Descuidó o directamente ignoró el análisis económico del capitalismo.

Algunas de las paradojas de esta transformación en pensamiento y práctica son bien conocidas. En primer lugar, en el actual momento histórico tienen más validez que nunca las predicciones marxistas clásicas en torno al concepto de explotación –empobrecimiento relativo y absoluto de las clases trabajadoras, dependencia extrema de los caprichos del mercado y agudización de los conflictos armados- y, sin embargo, es cuando menos se está hablando de ello. En el caso español es notorio que las preocupaciones de la ciudadanía se hayan desplazado desde la economía hacia aspectos institucionales como la corrupción. En segundo lugar, es representativo que en la mayor crisis económica desde la Gran Depresión la izquierda anticapitalista haya quedado tanto o más sorprendida que la oligarquía y haya sido, en consecuencia, incapaz de reaccionar. Fue más fácil ver hablar a Sarkozy de refundar el capitalismo que a los sindicatos mayoritarios hablar de capitalismo, a secas.

En última instancia el desplazamiento del que hablamos es un cambio en la cultura política. Así es como la cultura política del marxismo clásico ha ido dando paso a una cultura política institucionalizada y electoral. Donde un dirigente clásico hacía el centro de sus análisis a los movimientos socioeconómicos  de  largo  plazo,  un  dirigente  actual  hace  del  centro  del análisis a las fórmulas comunicativas para optimizar el voto en el mercado electoral. Unos mejor y otros peor pero todos en ese marco.

No se trata de plantear que ambas culturas políticas sean antagónicas sino de entender que las diferencias están en los puntos de gravedad y de referencia. Y considero imprescindible recuperar el análisis materialista y la cultura política clásica –llamada Economía Políticasin despreciar en absoluto las enseñanzas conseguidas a través de las lentes de la nueva cultura política, especialmente en el ámbito comunicativo.

  1. La transformación social y la ideología

Si bien lo anterior puede parecer demasiado abstracto o teórico, tiene implicaciones directas en la praxis política. Cuando se produce un desahucio o  un  despido,  conviene  examinar  sus  causas.  La  llamada  nueva  cultura política observa los desahucios y el desempleo desde la óptica electoral, de tal forma que se ofrecen soluciones del tipo “dación en pago” o “planes de empleo” que a buen seguro son necesarias. Al mismo tiempo se señala a los responsables políticos en los gobiernos y en las entidades financieras. Pero en realidad, conviene ir más allá. Los desahucios o despidos se producen empujados por fuerzas estructurales como la competencia capitalista, que fuerza a las grandes empresas a las reconversiones o a la fría maximización contable de beneficios. Dicho de otra forma, además de responsables individuales con nombres y apellidos hay una lógica estructural derivada del sistema económico. Y es esta lógica la que marca los límites de lo posible en la política institucionalizada, lo que limita cualquier política que se haga en ese marco.

En consecuencia, la transformación social, que es la aspiración a romper con esa lógica, no puede producirse únicamente desde el lado institucional. Y mucho menos a través de su aspecto meramente electoral. Requiere de elementos que, paradójicamente, fueron desarrollados con más profundidad por los autores del marxismo occidental, y que se refieren a los ámbitos culturales. Estamos hablando, en esencia, de la ideología o de la concepción  del  mundo  de  la  gente.  Y  esa  concepción  del  mundo  se transforma en la praxis, pues es en el conflicto –y la política es conflicto- donde se alza la subjetividad. Mucho más que en los despachos universitarios o en las torres de marfil del pensamiento ilustrado.

Todo esto es tanto como decir que una izquierda que aspire a transformar la sociedad necesita tener una buena maquinaria electoral pero, también, capacidad de penetrar en los conflictos sociales para ganar la batalla cultural. Para hacer del sistema de ideas de izquierdas el sentido común de la gente.  Es  decir,  uno  de  los  retos  de  la  izquierda  es  saber  aunar  la movilización  social  con  el  rearme  ideológico  a  partir  de  las  premisas apuntadas   anteriormente.   Un   rearme   ideológico   que   permita   huir   del fetichismo de las palabras y de las interminables liturgias simbólicas que entumecen a las organizaciones de izquierdas. Se trata, en esencia, de recuperar el espíritu ético-político de Manuel Sacristán.

En un momento político-económico como el actual, con nuevas formas laborales  basadas  en  la  más  absoluta  precariedad,  conviene  también censurar los intentos de los sindicatos mayoritarios por lograr al precio que sea un nuevo pacto social. Un pacto social que es imposible, habida cuenta de lo descrito en la primera parte de este documento. Eso sí, la izquierda no puede renunciar de ninguna manera a buscar herramientas de intervención en los centros de trabajo que no estén insertas en las coordenadas del régimen. Además, no sólo en los centros de trabajo clásicos sino también en aquellos espacios de explotación no-productivista como es el ámbito de los cuidados. Es esencial  encontrar formas de  organizar  a  todas las  personas, especialmente mujeres, que son explotadas laboralmente en el ámbito de los cuidados y que son sistemáticamente invisibilizadas por el sistema.

  1. Los partidos políticos y las organizaciones

La   reivindicación   de   la   Economía   Política   es   entonces   pareja   a   la reivindicación del Partido como instrumento de transformación social. Pero el Partido entendido como institución social y no como maquinaria electoral. El Partido no es sólo una marca que busca maximizar votos, sino una simiente del mundo nuevo. Es el instrumento para pero también la cristalización de la transformación social. El Partido es la institución que tiene en su seno los principios y valores que queremos sean dominantes en una comunidad política, y por eso es en cierta medida una comunidad política a pequeña escala. Y esto dista mucho de parecerse al comportamiento de las organizaciones políticas de izquierdas durante las últimas décadas. En realidad,   lo más parecido a un Partido en los últimos años ha sido la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), pues su presencia en el conflicto social estaba combinada con la pedagogía y con una determinada cultura política, si bien limitada y primaria, que defendían sus miembros en tanto comunidad.

Como institución, el Partido contiene una cultura política, un capital político y humano y un valor que va más allá de la suma aritmética de sus militantes. De ahí que la importancia de una organización como Izquierda Unida no resida en su estructura jurídica o marca sino en el potencial, experiencia y capital político que aúna. Y eso es, precisamente, lo que hay que preservar. Que no es otra cosa que una cultura política. Dicho de otra forma, IU no es importante en tanto estructura jurídica sino por la energía social que canaliza a través de una enorme estructura capilar de activistas y simpatizantes unidos en torno a una cultura política determinada.

Sin embargo, hay que apuntar también que el tablero de juego ha cambiado en  las  últimas  décadas  y  que  estamos  presenciando  un  modelo  de democracia mediática y espectacularizada que limita las tácticas. Además, al mismo tiempo que se ha simplificado sobremanera el contenido político, también se ha desviado el foco más hacia los rasgos mercantiles de la política

–la marca, las fusiones, los beneficios- que hacia el contenido ideológico- programático de las organizaciones. Y ello también en el seno de la organización.

  1. Proyecto político y democracia interna

Un Partido debe tener un proyecto claro de transformación social, sin que eso implique la necesidad de tener una receta concreta y preconcebida ante cada conflicto particular. El Partido es una organización democrática, en sus fines, procedimientos y organización, que debate sobre objetivos, estrategias y tácticas  a  la  luz  de  su  propia  cultura  política  y  que,  entre  otras  cosas, consigue elaborar también programas electorales.

El carácter democrático de la organización tiene que ser reforzado para evitar la llamada Ley de Hierro de la Oligarquía, es decir, la capacidad efectiva de una minoría para decidir por la mayoría. Para ello han de implementarse mecanismos democráticos internos tales como los revocatorios de cargos, los referéndums y otro tipo de procedimientos para facilitar que los debates sean reales y tengan efecto sobre las decisiones.

Es evidente que, sin embargo, ello se produce en un contexto en el que la política hipermoderna se ha espectacularizado hasta el punto de que priman los grandes titulares y las noticias sensacionalistas. No obstante, aunque ese sea el tablero de juego, el terreno de batalla, la política seria y con rigor debe saber imponerse incluso en esas condiciones.  Es necesario huir de toda tentación de “manejar a las masas” a través de estrategias populistas que ponen la relación entre dirigentes y ciudadanos al mismo nivel que la que tiene un alfarero con el barro. No se trata de pastorear a las masas; en todo caso de empoderar a la gente a través de la participación y la formación política.

Al mismo tiempo, no se puede desarrollar un proyecto político ni adaptarlo en el  tiempo  sin  equipos  de  trabajo  y  dirigentes  que  trabajen  de  forma coordinada. Así, los órganos de dirección no pueden repartirse entre cuotas de familias sino a partir de una visión integral de los problemas que enfrenta el país y la sociedad, atendiendo a la capacidad de los dirigentes y al enfoque estratégico que corresponda. Todo ello integrado en el diseño democrático de la organización.

Hasta ahora, la propia organización está estructurada internamente con una rigidez  y  dinámica  propia  de  un  partido  tradicional.  Y  esa  circunstancia conduce a una incapacidad manifiesta de atraer a personas que navegan actualmente fuera de la organización. Así las cosas los insiders, esto es, las personas familiarizadas con la negociación interna y con la correlación de fuerzas entre las distintas corrientes internas, suelen imponerse finalmente a los outsiders, esto es, a todas esas personas que son potencialmente militantes pero que no terminan de sumarse debido a las enormes barreras de entrada. Un problema que es ajeno al enfrentamiento puramente ideológico pero que al enquistarse en el seno de la organización logra segar la dinámica que sería necesaria para mantener el equilibrio calle-instituciones.

  1. Valores, principios, utopías y Derechos Humanos

Sin embargo, la política no es sólo proyectos y programas teóricos. Es, ante todo, pasión razonada. Y ello se acompaña no sólo de valores y principios sino también de horizontes utópicos que operan como motor de las fuerzas y sujetos que empujan para la transformación social.

Hace falta un discurso moral, que enraíce con la tradición de la lucha por los Derechos Humanos. Fue precisamente el socialismo quien mantuvo viva la llama de los derechos humanos desde 1789 hasta 1948, y somos nosotros quienes tenemos que recuperar esa bandera que simboliza lo mejor de la modernidad y de la lucha por la emancipación. Todos los seres humanos tienen derecho a crecer, desarrollarse y a elegir el modo en que desean conducir sus vidas. Y, sobre todo, tenemos que recordar que el cumplimiento de los derechos humanos es incompatible con el capitalismo.

Aunque la modernidad política haya entrado en crisis, al menos en algunos aspectos, es importante reivindicar los valores que siguen teniendo vigencia. Sin duda, ellos son los de libertad, igualdad y fraternidad.

La  libertad  entendida  como  libertad  positiva,  es  decir,  como  capacidad efectiva de los ciudadanos para satisfacer sus necesidades más básicas. Sólo en el caso de que los seres humanos abandonen el reino de la necesidad por el reino de la libertad será posible decir que nuestras sociedades son libres. En privaciones y carencias no hay libertad.

La igualdad aceptando que ninguna comunidad política es sostenible en el tiempo en condiciones de extrema desigualdad, y que es precisamente tarea de los Estados y Gobiernos la de garantizar la cohesión social. Actualmente, sometidos a décadas de neoliberalismo, somos conscientes de que la desigualdad se ha disparado en el seno de las sociedades occidentales pero también entre países. Se hace imprescindible recuperar el concepto de seguridad  como  una  noción  civil,  vinculada  a  la  ausencia  de  pobreza  y miseria, y no como noción militar.

Y la fraternidad, como concepto esencial para la emancipación humana. Sólo en la medida que los individuos no dependen de terceros, y menos aún de fuerzas caprichosas e irracionales como el mercado, se puede decir que somos ciudadanos. En consecuencia, sólo en la abolición del sistema económico capitalista y su dinámica y la creación entre todos de una nueva cultura sin hybris, justa, ecologista y humanista, será posible desarrollarnos como personas libres.

Las utopías son performativas. Las revoluciones modernas inspiraron una nueva relación de los conceptos de experiencia y expectativa, puesto que la expectativa  condicionó  la  experiencia.  El  actual  divorcio,  la  ausencia  de utopías y horizontes objetivos, ensombrece la capacidad de elaborar una estrategia política. La necesidad de una utopía es, en consecuencia, tanto a objeto de proyecto teórico como de emoción-moral.

Al mismo tiempo, conviene abandonar los elementos caducos de la propia modernidad. La noción unilateral de progreso, e incluso las visiones deterministas  de  la  historia,  tienen  que  ser  desechadas.  Tenemos  la necesidad de establecer una nueva visión del mundo que haga valer la contingencia y la indeterminación. En definitiva, hay que trabajar para lo incierto y en el marco de una nueva temporalidad.

La incorporación del feminismo y la Ecología Política a los instrumentos de análisis y lucha social no son, en consecuencia, elementos accesorios o modulares  sino  conocimientos  y  prácticas transversales. Es parte de  esa nueva concepción del mundo que necesitamos hacer predominante.

Además, el discurso moral y político debe servir para acompañar el proyecto de clase. Eso significa que la perspectiva de clase debe estar presente en todo momento, como reflejo de la contradicción central del capitalismo, lo que se traduce en discursos construidos sobre las condiciones materiales de vida de la gente –paro, desigualdad, pobreza, vivienda, energía.

FUTURO

  1. Izquierda Unida

La actual situación de Izquierda Unida es crítica a todos los efectos. Y debe ser  una  preocupación  de  país, en  tanto que  la  organización  contiene  un capital y una cultura política que son fundamentales para la transformación de nuestro   país.   La   desaparición   de   IU   como   proyecto   político,   y   en consecuencia  el  grave  debilitamiento del  PCE, sería definitivamente malo para los trabajadores y sectores populares de la sociedad española.

Podemos parece la fuerza destinada a ocupar el lugar electoral que IU ha estado  representando  durante  las  últimas  décadas.  Y  aunque  Podemos cuenta con cuadros estupendos y con una elite dirigente muy formada, sufre dos graves déficits. El primero, carece de una organización estructurada en una red capilar y experimentada para ser algo más que una maquinaria electoral. El segundo, sus dirigentes han optado por una estrategia política de moderación y aceptación de muchas líneas establecida por el régimen que dice combatir. En ese sentido, la mera sustitución de Izquierda Unida por Podemos en el panorama político sería un drama real para la izquierda en nuestro país y para las clases populares.

Naturalmente, para que estos fenómenos no se produzcan es necesario que Izquierda Unida pueda refundarse en un proyecto político que cuente con el potencial real que da el escenario político y social actual. No obstante, conviene también saber ascender desde una identidad-resistencia hacia una identidad-proyecto, en tanto que la resistencia en sí misma no es garantía de transformación social y, por el contrario, un proyecto político concreto se proyecta hacia el futuro.

En unos tiempos en el que la izquierda está tan despistada conviene ser claros también en las propuestas. Y desconfiar de aquellas que no lo son. Por eso trataré de explicitar con nitidez mi apuesta concreta. Pienso que debemos evitar dos tentaciones y apostar por una vía que, siendo más compleja, es la más útil para nuestros objetivos ideológicos.

La primera tentación a evitar es la que podemos llamar el deslumbramiento o podemita. Consiste en una suerte de idealización de los fenómenos más recientes, como es el de Podemos pero también el del 15-M, y que suele acabar  proponiendo  una  entrada  íntegra  en  otra  formación  política.  Esta opción supone desestructurar las redes de militantes y simpatizantes que, articulados en torno al significante PCE/IU, inciden en el conflicto social y político. El fenómeno de Podemos merece ser estudiado y en gran medida reconocido, pero no tiene las características que puedan hacer de él un instrumento  de  transformación  social  en  el  sentido  que  nosotros  hemos venido planteándolo en los últimos años. Al fin y al cabo, las transformaciones sólo pueden llevarse a cabo cuando existen redes capilares de activistas organizados que comparten una misma o similar concepción del mundo, una estrategia y una cultura política común, y que además tienen capacidad de incidir en la vida concreta de las clases populares a través de la presencia en los conflictos sociales. Como maquinaria electoral Podemos carece de esas características, mientras que las redes de PCE/IU está más cerca de tenerlas; si bien, como observamos, lejos de que funcionen correctamente entre otras cosas por la falta de una dirección política coherente y cohesionada.

La segunda tentación a evitar, siempre latente, es la que llamaríamos irracional-impulsiva o neocarrillista. Consiste en cierta melancolía freudiana de quien no acepta la nueva situación económico-política y espera, con fe ciega, que aquellos tiempos de cierta comodidad –la comodidad del 10% electoral- puedan volver por arte de magia. Habitualmente propugna el refugio a un marxismo fosilizado y fetichista, sin incidencia social e insignificante en apoyo social. Convierte a la izquierda marxista en una pieza de museo. Y es, paradójicamente, la opción con menos autonomía de todas porque siempre se referencia en otras fuerzas políticas, del mismo modo que el bueno de la peli requiere de su antagonista para ser quien es. Es también la opción más emocional,  porque  se  acompaña  de  la  simbología  más  obrerista  para encubrir, curiosamente, la opción política más dogmática. Y, por supuesto, está desconectada de los problemas reales de la gente y de los análisis marxistas sobre la situación económica ya que, en esencia, es una opción de pura fe. De la fe de quien cree que cerrando los ojos la realidad será distinta. Y ya se sabe que la fe no necesita ni ciencia ni hechos.

La opción más coherente es la racional-crítica o democrático-radical. Parte de asumir que el 15-M y Podemos, entre otros, es un fenómeno social que manifiesta parte de los deseos e inquietudes de las clases populares. Y que, sin embargo, eso no es suficiente para transformar la realidad ni para aspirar a construir un horizonte alternativo y socialista. Propugna la construcción de un instrumento de radicalidad democrática, recogiendo las demandas republicanas de los movimientos sociales, y con un proyecto político anticapitalista, herencia del movimiento obrero, porque hunde sus raíces en un riguroso análisis marxista de la realidad socioeconómica. Propugna autonomía   política,   sin   referenciarse   en   otras   fuerzas   políticas,   pero manifiesta intención de colaboración con otros sujetos, políticos y sociales, y sobre todo pone encima de la mesa la necesidad de reforzar las redes de activistas sociales y la incidencia concreta en la vida de la gente. Es decir, presencia en conflictos sociales y también pedagogía como elemento central para el establecimiento de una cultura política compartida. En última instancia es  la  expresión  política  de  lo  que  representa  este  documento  y  sus reflexiones.

Estoy convencido de que esta la tercera opción es la que necesitamos, para el bien de nuestro país y para que la izquierda marxista pueda trabajar para la emancipación de las clases populares. En definitiva, para pasar del reino de la necesidad al reino de la libertad. Pues esa siempre fue la tarea comunista.

  1. Las CUP municipales

El pasado 24 de mayo muchas ciudades pasaron a ser gobernadas por candidaturas unitarias de izquierdas. Estas candidaturas habían sido creadas, por lo general, con mucha urgencia y a través de mecanismos participativos como   las   primarias   abiertas.   La   heterogeneidad   resultante   fue   muy importante, y la mezcla de culturas políticas también. Permitieron ilusionar a la ciudadanía de izquierdas y a la vez demostraron que era posible abrir una brecha electoral al bipartidismo. No obstante, en ningún caso se consiguió mayorías suficientemente amplias como para gobernar en solitario.

Pero el principal problema son las restricciones económicas que enfrentan como consecuencia del contexto económico y fiscal. Salvo excepciones, la mayoría de las ciudades está bajo vigilancia estricta del gobierno del Estado y, además, sometida a fuertes imposiciones financieras que limitan por mucho la capacidad de gestión política.

Todavía es pronto para hacer balance de la gestión de estas ciudades, pero parece evidente que ha habido una tendencia a la política de gestos que ha compensado, al menos de momento, la ausencia de políticas vinculadas con los aspectos materiales de la ciudad. La política de empleo y la remunicipalización de servicios está de momento en fases de estudio más que en aplicación. Quizás la excepción más notable sea Madrid, pero porque precisamente cuenta con superávit y con mayor margen de maniobra política, por cierto brillantemente aprovechada por el concejal de Economía y militante de IU Carlos Sánchez Mato y su equipo.

En este sentido, hay que celebrar también el trabajo inmenso de nuestros concejales  en  las  candidaturas  unitarias  municipales,  que  es  igualmente válido que el de aquellos concejales que se presentaron con otra fórmula jurídica pero también defendiendo nuestro proyecto.

No obstante, es verdad también que Podemos ha tratado de instrumentalizar estos fenómenos políticos, por defecto plurales, en pos de fortalecer un relato ganador de su candidatura. Propio de una forma indecente de hacer política. Sin embargo, salvo en Cataluña y Galicia ese relato es muy forzado en tanto no ha habido acuerdo estatal entre IU y Podemos. La ausencia de una candidatura unitaria ha sido un golpe al ánimo y espíritu creado en las elecciones municipales, y ha sumido en mayor frustración a la ciudadanía de izquierdas.

Una repetición del Gobierno de PP, bien sea con el apoyo de Ciudadanos o a través de otras opciones, supondrá nuevos retos a estas ciudades del cambio. Sin duda el régimen maniobrará con nuevas perspectivas y ánimo al comprobar que las amenazas emergentes el 24M quedaron rotas el 20D.

Conviene desarrollar los mecanismos de coordinación de las CUP, mientras al mismo tiempo se consigue establecer una conexión real entre los representantes públicos elegidos y el tejido social que conforma su base. Al mismo tiempo, las CUP y sus experiencias pueden ser uno de los puntos nodales sobre los que iniciar la reflexión sobre el repensar de la izquierda.

Pero eso no podrá hacerse si no somos conscientes de las importantes contradicciones que sobrevuelan también a las candidaturas unitarias, tanto municipales  como  de  convergencia  electoral  en  las  generales.  Porque también padecen algunas de las tensiones que hemos detectado y criticado en este documento. En primer lugar, hay una tendencia a desconectar la gestión municipal del activismo político. El ejemplo de algunos concejales de Podemos que reniegan ya, de facto, de la intervención social a través de la movilización es paradigmático. Es urgente reconducir esa situación y recordar que el activismo social debe estar imbricado con la gestión institucional. En segundo lugar, porque la moderación en la propuesta política está haciendo, en algunos casos, que crezca la posibilidad de que las candidaturas unitarias sean meros ejercicios de revolución pasiva, es decir, de legitimación de las políticas dominantes en las últimas décadas.

LAS CLAVES

  • Es necesario repensar la izquierda tanto a efectos teóricos, adaptándonos a un escenario económico y político distinto, como a efectos prácticos, con la reconstrucción de la izquierda política en España.
  • Es necesario recuperar la Economía Política como instrumento de análisis de los fenómenos actuales y como guía para la elaboración de las estrategias políticas internas y externas. Se trata de recuperar el análisis materialista y renunciar a la quimera del ilusionismo electoral.
  • Es necesario contar con una organización volcada en los conflictos sociales, y que subordina su actividad electoral e institucional a objetivos estratégicos de mayor alcance.
  • Es necesario  preparar  a  la  izquierda  para  un  nuevo  contexto  económico  de precariedad y crisis permanente para la mayoría social y con la proximidad de una nueva crisis financiera.
  • Es necesaria una organización radical y democrática que sea una institución social, con nuevos valores y principios, y no una mera maquinaria electoral. Una organización con democracia interna y con equipos dirigentes capacitados y sin reparto de cuotas.
  • Una organización que aúne distintas tradiciones políticas y que preserve lo mejor de la   cultura   política   marxista,   enriqueciéndola   con   nuevas   aportaciones provenientes de otras culturas políticas. Una organización que haga de los Derechos Humanos su discurso moral y político, siempre desde una perspectiva de clase y centrada en los problemas de la gente.
  • Es necesario poner en marcha mecanismos para reconstruir la izquierda rupturista en el país. El análisis y trabajo de las candidaturas de unidad popular municipal es parte de esa reconstrucción, habida cuenta de sus éxitos pero también de las importantes contradicciones que mantienen.
  • En IU hay que evitar tanto la tentación podemita, que idealiza el fenómeno, como la tentación neocarrillista, que aspira a encerrarnos en un museo de la historia. Hay que apostar por una organización radical-democrática y autónoma que recoja lo mejor del movimiento obrero y lo mejor de los movimientos sociales, con capacidad para incidir en la vida cotidiana de las clases populares y sin miedo a afrontar escenarios y realidades cambiantes.
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