Artículo extraído de Confluencia Network


 

Elecciones andaluzas: El canario en la mina


Tras la conmoción provocada por el resultado de las elecciones autonómicas andaluzas entramos en un periodo en el que cada una de las próximas citas a las urnas puede suponer una pequeña explosión de grisú, anticipo de la deflagración final que destruya la forma en la que se han desarrollado las cuatro décadas de nuestra democracia, hasta hace bien poco apuntalada por la relativa bonanza económica, y sustentada en el pacto de la transición. La conjunción de las fuertes presiones disruptivas generadas por la Revolución Digital, y los dramáticos efectos sociales de la Gran Crisis del 2008, unido a las políticas neoliberales con las que se ha tratado de responder a las primeras y superar los segundos, han creado un peligrosa mezcla ambiental de alto poder destructor.

Desde la irrupción de Podemos en las europeas de 2014, a cada contienda electoral le ha seguido un periodo de desconcierto y temor ante la conformación de una realidad parlamentaria inesperadamente fragmentada, y un ecosistema político incapaz de reconfigurarse. Un tiempo de duraciones vacías (durée pure), por utilizar la expresión de Bergson, de un dejarse llevar por un presente desligado de toda idea de futuro, donde las formaciones políticas, viejas y nuevas, son incapaces de llegar a los obligados y necesarios acuerdos, pactos, y alianzas, de forma que se conviertan en la forma normalizada de hacer política. Este quieto silencio en medio del agitado griterío es como el canario en la mina, la verdadera alerta que deberíamos tener en cuenta. Valga esta metáfora como introducción al análisis de las elecciones andaluzas.

La coartada de la abstención

Los resultados de las elecciones autonómicas andaluzas evidencian con bastante claridad la influencia de los movimientos profundos que recorren nuestro sistema socioeconómico. Por eso conviene resaltar algunos datos de alto valor explicativo.

Cuadro eleccionesResultados comparativos entre las elecciones de 2018 y 2015. *Suma de los votos de Podemos e Izquierda Unida

Yo destacaría, en primer lugar, la alta abstención, cuando se presumía que la importancia de la primera confrontación electoral de un ciclo que incluye todas las formas de elección ciudadana impulsaría una gran participación, adquiere un alto valor político, a parte de gran interés sociológico. Y explica en buena medida, los resultados; particularmente el descenso de las izquierdas, y la significativa dimensión de la presencia parlamentaria de Vox. En efecto, aunque siempre es aventurado adscribir los no votos a formaciones concretas, dada la diversidad de motivaciones que llevan a la gente a no acudir a los colegios electorales, el que la abstención se haya concentrado en zonas de fuerte arraigo socialista permite afirmar que el PSOE ha sido el principal damnificado, con la abultada pérdida de casi 400.000 votos respecto a las elecciones de 2015. El mismo fenómeno lo ha sufrido la coalición Adelante Andalucía, con la importante pérdida de 280.000 votos respecto a lo conseguido en 2015 por Izquierda Unida y Podemos por separado. Mientras, los casi 315.00 votos perdidos por el PP están casi sobradamente compensados por el notable incremento de 290.000 votos experimentado por Ciudadanos. A todo ello hay que sumar los inesperados 395.978 conseguidos por Vox, un partido que en la elecciones generales de 2016 apenas superó los 46.000 votos en toda España. Resumiendo, la profunda transformación del panorama político andaluz se materializa en un cambio de mayorías: frente a la ganancia de 350.881 votos por el bloque de las derechas (en sus 3 versiones), el bloque de izquierdas pierde más de 680.000 votos. Estas son las trascendentes dimensiones de un fracaso que debería obligar a los afectados a realizar una profunda y honesta reflexión crítica. Desgraciadamente, no parece que tal cosa vaya a ocurrir.

Pero más grave que los datos, aún siendo desastrosos, es el alarmante hecho de que se inscriben en una generalizada tendencia a la baja de la izquierda, tanto de la vieja socialdemócrata y comunista, como de la nueva de Podemos y sus confluencias. La caída de Adelante Andalucía no sería tan preocupante si no mostrarán una amenazadora continuidad con el millón de votos perdidos por Unidos Podemos en las generales de 2016. Y todavía desconocemos el resultado del prometido análisis político de aquella alarmante hemorragia de votos. Ahora Teresa Rodríguez se da unos meses para analizar las causas del descalabro. A la espera de conocerlos, ya contamos con algunos indicios de por donde pueden ir los tiros. Porque si penosos han sido los resultados para las izquierdas, no lo son menos las primeras reacciones de sus dirigentes. Empezando por los más afectados, no deja de ser significativas la intervenciones de Teresa Rodríguez y Pablo Iglesias la misma noche electoral, tras conocerse el retroceso de Adelante Andalucía y la perdida de la mayoría parlamentaria por parte de la izquierda. Iglesias proclamó solemnemente la Alerta antifascista, en el más genuino estilo de un dirigente estudiantil, un papel que borda y en el que se siente a gusto, lo que sin duda levantó los alicaídos ánimos de los militantes en busca de causa mayor. Oyéndole parecería que Vox había ganado las elecciones, estuviera a punto de hacerse con el poder, y peligraran la libertades en España. ¡Menudo regalo a la extrema derecha! Pese a su exiguo, e inesperado, 10,9% de votos, aunque la abstención haya magnificado su representación parlamentaria, se veía así elevada a la categoría de principal problema político del país. Una concesión cuanto menos prematura. Lo paradójico es que la heroica llamada a la lucha antifascista era seguida por la justa censura a los que se habían dedicado irresponsablemente a blanquear y cebar al partido de extrema derecha, otorgándole un protagonismo excesivo en los medios y los discursos, cuando el verdadero peligro se gesta en las aguas más profundas del sistema productivo. Luego, en las manifestaciones se hace una patética caricatura del heroico grito republicano no pasarán… cuando ya han pasado. Todo desde la zona de confort de la democracia española. Banalizar la lucha antifascista es el mejor regalo que se le puede hacer a la derecha. Una torpeza fruto del uso vacío del término fascista, hoy en las bocas más pintorescas. Movilizar a los ya movilizados, cuando el verdadero desafío político es movilizar a los desmovilizados, supone no solo un gasto poco productivo de energía, sino abundar en la ceguera política. Es cierto que, días después, Pablo Iglesias ha esbozado un anuncio de autocrítica. Veremos a donde llega.

No parece estar por la labor Teresa Rodríguez,  tal vez ante el riesgo de que se cuestione su liderazgo. Sigue empecinada en echar balones fuera al reiterar, con la ingenua aquiescencia de Maíllo, que la pérdida de votos y escaños de Adelante Andalucía no es lo que más debe preocuparnos, sino la irrupción de Vox y su posible acceso al gobierno de la Junta; para, a renglón seguido, reafirmarse en su visceral antisusanismo sin complejos. El que lo justifique diciendo que eso no es socialismo no arregla precisamente las cosas. Olvida que el llamado susanismo es la expresión mayoritaria, hoy por hoy, del socialismo realmente existente, y con el que hay que contar para sacar adelante políticas de izquierdas o, al menos, progresistas. Esta bien querer convertirse en dique de contención de las derechas, y recuperar el nuevo sentido común que se abrió con el 15-M (¿quién lo ha perdido?), pero cuesta imaginar cómo pueden materializarse tan nobles objetivos si se pierden continuamente votos, se carece de una propuesta real y realista de transformación socioeconómica (¡se llaman anticapitalistas!), y se olvida que los trabajadores nos juzgarán por los hechos y no por los sueños de un pasado fallido o un presente catastrófico.

Más sensato parece Errejón, poco dado a la vieja retorica revolucionaria, aunque su afirmación de que no hay 400.000 andaluces fascistas en Andalucía resulta decepcionante como punto de partida de un análisis riguroso, aparte de ser una perogrullada. Tampoco son fascistas los 10,640 millones de votantes a Marine Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas; como no son nazis el 10,25 % del electorado que apoyó a Afd (Alternative für Deutschland) en las últimas elecciones de Baviera. Es más, ni siquiera puede afirmarse que sean socialistas todos los que votan al PSOE, ni radicales de izquierdas quienes lo hacen por Podemos, lo que solo puede decirse de los exiguos votantes de IU. Esperemos que, superado el tic de saltar ante la menor boutade de Iglesias, haga una valoración algo más profunda que el recurso fácil al momento populista.[1]

El síndrome de Boabdil

La cuestión por tanto que nos debemos plantear es el por qué de la sangría de votos de las izquierdas, y la razón por la que se abstienen. Y hacerlo antes de que la extrema derecha se alimente de nuestros errores y retorica trasnochada y hueca, como ha ocurrido en Francia, está ocurriendo en Italia, y puede llegar a ocurrir en Grecia. Porque el verdadero núcleo de la cuestión no es a quién se vota, sino las propuestas que se apoyan con el voto, aunque éste sea de castigo, rechazo o indignación. Cuando un votante comunista de toda la vida termina votando a Le Pen no es cuestión de rasgarse las vestiduras, sino de buscar y comprender las razones que tiene para hacerlo. La respuesta es tan evidente que no se ve porque las izquierdas carecen de un nuevo proyecto socialista de sociedad digital creíble con el que puedan identificarse los damnificados del capitalismo global y financiero, tras comprobar en las propias carnes la insuficiencia e ineficacia de las políticas neoliberales de la socialdemocracia, y la inoperancia de los comunistas. La razón profunda del tsunami ultraderechista estriba en que, tras el fracaso del socialismo real, ha desaparecido del horizonte de la izquierda, ayer revolucionaria, el objetivo de transformación socioeconómica del capitalismo. No debe extrañarnos que, si las ofertas políticas se mantienen en el estricto marco de un neoliberalismo con mayor o menor sensibilidad social, muchos trabajadores golpeados por el efecto conjunto de la Gran Crisis del 2018 y los efectos disruptivos de la Revolución Digital, opten por formaciones populistas antisistema de extrema derecha que les ofrecen seguridad y recuperación del anterior estatus socioeconómico basándose en la defensa de la identidad nacional, la promesa de recuperar la soberanía perdida en Bruselas,  y la imputación de todos los males que les afligen a la elites egoístas y los inmigrantes delincuentes. El miedo de los demócratas a la extrema derecha se convierte para muchos de los afectados por la crisis capitalista, la globalización, el dominio financiero de la economía, y los efectos de Revolución Digital sobre las relaciones de producción, en un poderoso aliciente para votarles. De poco sirve llorar como Boabdil y lamentarse a toro pasado por el voto perdido; ni atrincherarse tras falsos muros construidos con la nostalgia de los buenos tiempos.

Es urgente despertar de la celestial ensoñación del pasado revolucionario, y fijar la atención en la tierra para abrir sendas en el barro de la realidad, donde chapotean los trabajadores precarios, los excluidos y expulsados del sistema, los nuevos y viejos habitantes de la pobreza civilizada, los ofendidos y humillados por el hipnótico resplandor de la sociedad de consumo. Y hacerlo ya para que la derrota no vuelva a alcanzarnos. El victimismo, aunque se cubra las vergüenzas con retórica militante antifascista, es una estrategia de debilidad, propia de aquellos que carecen de poder real y se niegan a admitirlo. Ante el ascenso de Vox no basta con gritar ¡que viene el lobo!, porque podemos estar contribuyendo a que el lobo termine por llegar en nuestro país, como ya ha ocurrido en Europa. Lo que hay que hacer es proponer soluciones a los problemas generados por la Gran Crisis capitalista, y los efectos de la Revolución Digital. Y no limitarse a señalar que los otros no son la solución.

Es cierto que la socialdemocracia no ha sido capaz de ofrecer políticas anticrisis propias, sometiendo su actividad práctica a la lógica neoliberal imperante, lo que supone sumar a la injusticia social la ineficiencia económica. Pero la izquierda transformadora solo puede criticar con éxito esa servidumbre desde nuevas propuestas estratégicas inscritas en un horizonte socioeconómico socialista, y no ofreciendo una versión más radical (muchas veces inviable), de las mismas políticas económicas socialdemócratas que combate.

Centrémonos, por tanto, en los casi 700.000 abstencionistas, la gran mayoría de izquierdas, sin magnificar el coyuntural éxito de Vox. Estos votos que nos mandan un claro mensaje de hastío y repudio a las políticas de quienes esperaban honestidad y soluciones a sus problemas, y una luz de esperanza en el negro agujero de la crisis. No olvidemos que este abandono suele seguir un patrón de conducta: primero desilusión, luego desafecto, para terminar, si no se pone remedio, en repudio. Ya ha ocurrido en Francia y en Italia, donde la izquierdas parecían sólidamente asentadas.  Desgraciadamente, es habitual en política llenar el vacío de ideas con elevadas dosis de moralina. El fariseo rasgado de vestiduras trata de suplir la desnudez estratégica; y la invocación al programa, programa, programa se utiliza más como un exorcismo que como la base flexible y dinámica de los necesarios acuerdos, pactos y alianzas en una sociedad democráticamente desarrollada. Es resultado del dominio en la izquierda de políticos agramáticos, incapaces de articular una formulación coherente frente al dominio ideológico neoliberal, y su correlato de no hay alternativa.[2] Todo ello impide una lucha eficaz por la hegemonía, y se traduce en un descenso continuo en votos.

Desbordamiento democrático

Es previsible que en las próximas semanas el tema principal de debate en Andalucía, y por extensión en el resto de España, sea la formación de un nuevo gobierno. Tras los primeros escarceos, principalmente entre la derecha ganadora, sobre quién debía presidir la Junta, parece que se terminará evitando una excesiva proximidad a Vox, lo que puede situar a las izquierdas ante el dilema de abstenerse para facilitar un cierto cordón sanitario en torno a la extrema derecha, o votar negativamente lo que podría tener ciertos réditos a corto plazo pero resultar muy peligro a la larga, ya que facilita el blanqueo de Santiago Abascal y su formación, al verse obligados la coalición PP-Cs. a contar con su apoyo por activa o por pasiva. Parece lógico que tras la derrota del ganador los socialistas quieran jugar sus cartas, y obtener algún provecho de su desgracia, buscando articular una respuesta constitucionalista al tóxico protagonismo de la extrema indignación, como se autodefinen los de Vox. A su vez, Iglesias muestra instinto político al no cerrarse la puerta a una posible participación en esas negociaciones políticas, que Teresa Rodríguez descarta completamente. Veremos. En cualquier caso, centrar el debate en si hay que abstenerse o votar no en una investidura de Moreno o Martín, Martin o Moreno, cuando nuestro país se normaliza con la irrupción parlamentaria de la extrema derecha, es no entender la urgencia de centrarse en la creación de una alternativa transformadora a la ontogénesis digital del capitalismo global y financiero, periodo de transición con terroríficos dolores de alumbramiento, que siempre pagan los mismos, como ya ocurrió en la etapa de transición a la era industrial. El tacticismo sin una estrategia clara es como un carpe diem político ilusorio que distorsiona la realidad e impide cambiarla. Así que, sin desatender los oportunos movimientos tácticos, es urgente afrontar de una vez por todas el análisis de las fuerzas que conforman y condicionan la etapa de transición socioeconómica en la que estamos inmersos.

En primer lugar, debemos partir de que la crisis que no cesa no es solo una muestra cíclica más de los mecanismos de reajuste y reseteo del capitalismo, sino la convulsa expresión de esa misma transición, donde las respuestas al estado de necesidad adaptativo, y sus presiones sobre el sistema productivo, tienen carácter estratégico. Un periodo fluctuante en el que se dirime (bifurcación) si la resolución supone una reconversión digital del capitalismo, con sus relaciones de producción basadas en la propiedad privada, asumiendo los elevados costes sociales que conlleva (austeridad, desregulación, flexibilidad, temporalidad); o la gradual construcción de un socialismo digital, basado en la autogestión de lo publico y en la cogestión de lo privado, en el que los avances científico-técnicos permitan el desbordamiento democrático del viejo sistema de poder y privilegio empresarial. No hay terceras vías para las izquierdas en épocas de transición, cuando se diluyen las certidumbres del pasado, y las formaciones de extrema derecha ganan espacio ofreciendo una ilusoria recuperación.

No parece probable que partidos nacional populistas como Vox, y su mirando hacia atrás con ira, lleguen a ser mayoritarios,  pero si ocupar un lugar estratégico en la formación de los gobiernos de derecha, condicionando sus políticas con su agenda reaccionaria, lo que contribuirá a la polarización (populismo en estado puro) de la sociedad. En las sociedades democráticas avanzadas, con una opinión pública hiperactiva gracias a las redes sociales, el efecto de estas simplificaciones movilizadoras puede llegar a tener un impacto notable. Frente a todo ello, la nueva izquierda debe superar la tentación de subirse al llamado momento populista (Laclau-Mouffe), y plantear a los trabajadores las nuevas certidumbres de un futuro inscrito necesariamente en el horizonte del socialismo digital.

Debemos ser rigurosos y precisar los linderos semánticos del discurso político, para no convertirlo en una sucesión de tópicos y frases hechas que pueden tener valor formal pero no formativo. Y asumir de una vez por todas que el crecimiento raquítico, el estancamiento, cuando no la recesión económica, fruto de la gran crisis sistémica de 2008, así como los perturbadores efectos de la imparable digitalización del sistema productivo capitalista, no pueden afrontarse con los viejos esquemas y fórmulas del pasado, surgidos de la Revolución Industrial y las luchas obreras. La izquierda debe basar su pugna por la hegemonía en un proyecto de transformación socioeconómica que suponga la ampliación del Estado Social y democrático de Derecho mediante formas de democracia participativa, deliberativa y directa, la democratización de la actividad productiva superando la actual dominación predemocrática empresarial, la planificación científica de la actividad económica basada en los instrumentos de la Revolución Digital, principalmente la Inteligencia Artificial (IA), junto con la regulación democrática del mercado que optimice los limitados recursos y evite el despilfarro de riqueza. Y eso exige una confluencia de las fuerzas políticas de izquierdas, los sindicatos de clase, y los movimientos sociales, incompatible con la pugna suicida por ocupar espacios ajenos.

En pocas palabras: la reformulación del paradigma socialista de acuerdo con los avances científico-técnicos de la Revolución Digital. Lo que supone pensar como especie (internacionalismo transversal) integrando, con carácter prioritario, la defensa del medioambiente a la hora de plantearse la transformación del sistema socioeconómico capitalista; formular nuevos Derechos de Ciudadanía generados por la sociedad de la información; plantear una Cobertura Social Integral Universal, que erradique definitivamente todas las formas de pobreza; asociar los trabajadores a la tarea de construir un nuevo modelo de sistema socioeconómico mediante la autogestión (de lo público) y la cogestión (de lo privado), donde la concurrencia competitiva del capitalismo sea gradualmente sustituida por la concurrencia cooperativa propia del socialismo. Medidas y objetivos que, partiendo de las conquistas políticas, económicas y sociales logradas en el marco del Estado Social y democrático de Derecho, permita la construcción de una sociedad libre, justa, cooperativa, solidaria, y protectora del medioambiente: el socialismo de la era digital. Se trata de un proceso novedoso, lento y difícil, que deberá trascurrir por un terreno no cartografiado, donde los viejos mapas suponen un viaje a ninguna parte.

Estamos en el vórtice de una tensión dialéctica difícil de gobernar y prever (como todo vórtice) donde se agitan y enfrentan factores de gran impacto social: el fallo sistémico del sistema democrático provocado por la corrupción; la impotencia paralizante y desconcertante de las formaciones políticas tradicionales, con mayor incidencia en la izquierda, sin un relato creíble para el siglo XXI; la neoludista reacción defensiva ante los efectos disruptivos de Revolución Digital; la eclosión de falsas noticias, postverdades, hechos alternativos, ruido amplificado de la sociedad de la información. Es la evidencia del agotamiento de un sistema socioeconómico nacido hace más de 300 años, que en su desarrollo ha desatado las fuerzas capaz de desbordarlo. Los llamados partidos antisistema son en realidad una reacción irracional ante las disfunciones del capitalismo y las limitaciones de la democracia representativa. Crecen y se crecen ante la notoria incapacidad de las formaciones establecidas para dar respuestas, implementar soluciones, y satisfacer las expectativas que el propio sistema genera. Y así, la vieja sociedad de la opulencia desigual entra en una especie de trampa cuántica: se trastocan los valores democráticos, se rompen las leyes de la comunicación, se reniega de los mecanismos de representación política, y las tinieblas de la confusión se desploman sobre víctimas y verdugos. Solo el socialismo de la era digital puede traer la necesaria claridad.


[1] Hago un análisis crítico del momento populista, concepto propuesto por la filósofa Chantal Mouffe, y aceptado con entusiasmo por Iñigo Errejón en: Carlos Tuya, Momento populista vs. soluciones socialistas (https://confluencia.network/coyuntura/politica/momento-populista-vs-soluciones-socialistas)

[2] El agramatismo es una alteración del lenguaje en que la persona presenta un déficit lingüístico con fallos referidos a estructuras morfológicas. Es decir, presenta un gran dificultad para unir palabras en una frase formando secuencias sintácticamente adecuadas.